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Capítulo 4

last update Fecha de publicación: 2026-06-03 03:43:01

Lady Clarisse corrió desesperada por los pasillos laterales de la mansión, sintiendo un dolor profundo y punzante en el pecho que la obligó a detenerse cerca de la escalinata trasera. No solo le había faltado el respeto al hombre más poderoso del salón, sino que, en una reacción instintiva y visceral, lo había golpeado.

¡Había abofeteado a un Duque en medio de un baile real!

—Pero él mismo se lo ha buscado. Él… él tuvo la culpa por su atrevimiento —se susurró a sí misma, tratando de convencer a su conciencia mientras sus manos temblaban violentamente.

El sudor frío la invadió de tal manera que se vio obligada a despojarse de sus guantes de seda, sintiéndolos como una piel muerta que la asfixiaba. La angustia la golpeó de nuevo al pensar en sus hermanas.

—No solo eso, sino que les he arruinado la noche a Kristen y Viviane. ¡Soy la peor hermana del mundo! —exclamó con los ojos vidriosos, dejando que la primera lágrima de frustración escapara.

Clarisse sabía que el momento bochornoso no se disiparía con el amanecer. Era evidente que el Duque buscaba esposa, y lo último que su familia necesitaba era a un hombre de su calibre persiguiéndolos por un escándalo de tal magnitud. La sociedad londinense era una bestia cruel; los comentarios estarían escritos en las gacetas antes de que el sol terminara de salir, pues había notado a varios cronistas de sociedad ocultos tras las columnas, afilando sus plumas para relatar el desplante.

Aunque el nerviosismo la atenazaba, se rehusó a seguir llorando. Se obligó a recuperar la compostura, convenciéndose de que ella era la víctima de la imprudencia de Mason Campbell. Si era necesario, se defendería ante la Reina acusándolo a él de provocación.

—¡Clarisse! —escuchó la voz de su padre. Vio venir a Baltashar Morrison a paso rápido, con los ojos desorbitados y el rostro pálido —¿Estás bien, mi niña? Ven aquí —ordenó el hombre.

Ella obedeció, entregándose al abrazo reconfortante de su padre. Ahogó un sollozo contra su pecho, algo que no lograba explicarse, pero el calor de su progenitor —quien normalmente no era dado a las muestras de afecto— logró calmar los latidos erráticos de su corazón.

—Padre… —susurró ella con voz quebrada—. Lo siento mucho.

—No tengo idea de lo que sucedió ahí dentro, Clarisse. Solo sé que, si la Duquesa de Cambridge pronuncia una queja formal, estamos arruinados —sentenció Baltashar con una gravedad que le heló la sangre.

Clarisse se separó de él, mirándolo fijamente. El semblante de su padre era de preocupación y miedo. El peso de la responsabilidad cayó sobre sus hombros como una losa de mármol. Jamás se había visto en una situación similar; siempre había considerado a sus pretendientes como monigotes sin carácter, pero Mason Campbell era diferente. Un Ducado era la máxima autoridad después de la Corona. Estaba en problemas, y eran problemas que el dinero no podría solucionar fácilmente.

—¡Debo hablar con ella, con la Duquesa! —exclamó de pronto, con las palabras tropezando en su boca temblorosa—. Me arrodillaré si es necesario ante Su Excelencia hasta que nos conceda la absolución, porque no puedo permitir que mi familia pague por esto.

—¡Santo cielo, Clarisse, cálmate! —la interrumpió su padre, tomándola por los hombros.

—¡Él, ese hombre es el responsable de esto, padre! —las lágrimas brotaron de nuevo, bañando su rostro sin permiso—. Es un patán, un… un animal sin escrúpulos.

—¡Deja de hablar de ese modo! —Baltashar la hizo callar, mirando hacia los lados con paranoia—. ¿No entiendes que solo pondrás las cosas peor?

—¡Milady! —una voz profunda y aterciopelada cortó el aire como un látigo de seda.

Ambos se tensaron al ver aparecer a Mason Campbell. El Duque se detuvo a pocos metros, ajustándose los puños de su chaqueta con una parsimonia que resultaba insultante.

—¡Baltashar! Mil perdones, no fue mi intención… —Mason cerró los ojos por un segundo al ver el rostro manchado de lágrimas de Clarisse, pero su expresión no era de arrepentimiento, sino de una determinación oscura—. Solo fue un tropiezo, un mal paso de mi parte.

—¡Fue su culpa! —gritó Clarisse, deshaciéndose del agarre de su padre para encararlo—. Es un patán. Le dije claramente que se alejara. ¿Qué es lo que no entiende de las señales? Realmente pensé que era usted un poco más inteligente, Milord.

—¡Clarisse! —regañó su padre, horrorizado ante el nuevo ataque hacia el hombre que no se había movido de su sitio.

—Excelencia, reciba mis más sinceras disculpas por todo esto —suplicó Baltashar—. Mi hija es impulsiva y no mide las consecuencias de sus actos…

—¡No! —respondió Mason, cortando la disculpa de tajo mientras clavaba su mirada azul en la joven.

—¿Disculpe? ¿A qué se refiere? —preguntó Baltashar, frunciendo el ceño.

—Pues es sencillo, Baltashar —comenzó a explicar Mason, dando un paso al frente con una elegancia imponente—. Es tu hija quien me ha faltado al respeto delante de toda la nobleza.

—Eso… no es cierto usted lo hizo primero…

La miró directamente a los ojos, desafiándola sin mover un solo músculo de su rostro.

—Entonces, creo que lo más sensato es que ella se disculpe. Que lo haga formalmente y acepte que la corteje. No solo es su dignidad la que se encuentra en juego ahora, sino la mía también —añadió, saboreando el momento en que vio la humillación brillar en los ojos avellanados de ella.

—¡Jamás! —la voz de Clarisse sonó tan firme como su rabia se lo permitía—. Puede que formule una disculpa formal por el golpe, pero no quiero que se me acerque. ¡No pienso ser su trofeo!

—Entonces, la queja por parte de la Duquesa será formulada esta misma noche —replicó Mason con una calma tan descarada como su sonrisa—. Y creo, Baltashar, que tu dinero no será suficiente para mitigar el daño social. Perderán el patrimonio, el nombre y cualquier favor en la corte.

Clarisse jadeó ante la desfachatez del hombre. Dio un paso al frente, pero su padre la detuvo tomándola por la cintura.

—¡Es usted un puerco desgraciado! —le gritó ella, fuera de sí.

—Añadiré ese insulto a la moción de la queja —respondió él con una sonrisa ladina que denotaba una burla franca—. O… podría olvidar el incidente si comenzamos el cortejo mañana mismo.

—Eso no puede hacerlo, no sea ridículo —intervino Baltashar, intentando tapar la boca de su hija, que parecía un toro furioso.

—Pues claro que puedo, pequeña maleducada e impertinente —le espetó Mason, su voz volviéndose de repente más autoritaria—. Por si se te ha olvidado, soy una autoridad ante ti y los tuyos. Aunque, no me molestaría retirar todo y ofrecer una disculpa pública yo mismo, Baltashar… ya que me siento sinceramente interesado en su hija.

Clarisse dio un paso atrás, soltando la mano de su padre. El vacío en su estómago se hizo inmenso al reconocer en Mason a un contrincante que no sabía lo que era perder.

—¡Vaya, esto es una verdadera sorpresa! —pronunció Baltashar, y Clarisse sintió que el suelo se movía bajo sus pies—. Realmente pensé que le agradaría más una de mis hijas menores, las debutantes…

—¿Y por qué razón pensaría eso? —cuestionó Mason, genuinamente divertido por la confusión del hombre.

—Pues porque ellas son las que están en el mercado, Milord. Se supone que un hombre de su rango busca la frescura de una debutante —explicó el padre, tratando de entender el juego del Duque.

—No, Baltashar. Tus hijas menores son unas bellezas, no hay duda de ello. Pero yo estoy interesado únicamente en Clarisse —sentenció Mason.

Hizo una reverencia perfecta, despidiéndose con una cortesía que se sentía como una sentencia de muerte.

—Pues le habría ido mucho mejor con una de ellas —intervino Clarisse en tono mordaz, Mason sonrió con altivez.

—Puede, pero es a usted, Milady a quien he escogido. Sabrán de mi postura a su debido tiempo. Buenas noches…

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Último capítulo

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