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La Prometida se Entregó al Extraño: Embarazada de Mellizos
La Prometida se Entregó al Extraño: Embarazada de Mellizos
Autor: DaysyEscritora

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last update Fecha de publicación: 2026-01-10 11:38:10

Valentina deslizó una sonrisa que iluminó todo el lugar. Su prometido, Edward Sutton, era la razón. Él acababa de mencionar que todos los preparativos para la boda ya estaban en marcha, con una perfección que rayaba en lo obsesivo.

—...y hemos pensado en irnos a Italia, ¿verdad, hermosa? —informó Edward, mirándola con una dulzura que parecía blindada contra cualquier duda.

Valentina asintió. Esa felicidad, casi palpable, la hacía proyectarse en un futuro idílico.

—Sí, papá —confirmó, buscando la mirada de Arthur.

Arthur Fairchild rebosaba orgullo.

¡Al fin su hija se casaría!

—Estoy tan orgulloso de ti, hija. Todavía recuerdo cuando estabas pequeña, corriendo de un lado al otro —mencionó, con una ternura que humedecía sus ojos—. ¿En qué momento has crecido tanto?

Edward, siempre formal, intervino:

—Señor Arthur, cuidaré muy bien de su hija. Le prometo que jamás la haré llorar.

Valentina se sentía amada y protegida. Los tres conversaban en la lujosa sala, ajenos a la sombra que los observaba: Verónica. Escondida, con la mirada inyectada de envidia, Verónica sorbía cada palabra como veneno. Para ella, Edward era una fantasía prohibida que debía ser suya.

Tras un abrazo casto y una despedida formal, Edward se marchó. Valentina se acercó a su padre y lo rodeó con cariño.

—Eres el mejor papá del mundo —susurró ella, y Arthur la abrazó como a la niña de sus ojos.

Más tarde, Valentina cerró la portátil, abandonó la habitación y fue a la cocina por un aperitivo. Allí se topó con su hermana. La observó con ojo agudo, dándose cuenta de que ella parecía enojada. Desde que eran niñas, la relación había sido una montaña rusa de indiferencia y frialdad por parte de Verónica, mientras que Valentina siempre había intentado, sin éxito, derretir ese hielo.

—Verónica... ¿ocurre algo?

—¿A qué te refieres? No me pasa nada, Valentina —respondió ella a la defensiva.

Valentina entrecerró la mirada. A pesar de los años de rechazo, ella se negaba a rendirse con su hermana.

—Te conozco. Llevas ese gesto en la cara...

Verónica suspiró y cambió el tono a uno falsamente amigable, detectando la vulnerabilidad de su hermana.

—¡Me has atrapado! Solo estoy un poco agobiada por... bueno, por lo rápido que está pasando todo. De pronto te vas a casar y me di cuenta de que hemos estado tan distantes —Verónica bajó la mirada fingiendo arrepentimiento—. Por eso, organizaré una cena de chicas y quiero que estés allí. Pensé que tal vez tú y yo podríamos recuperar el tiempo perdido antes de que te vayas a Italia.

Valentina sonrió genuinamente. Esa era lo que había esperado durante años. Su deseo de tener una hermana real nubló su juicio.

—Acepto el plan. Una noche de chicas será ideal, la verdad es que la necesito... y creo que será bueno para ambas.

Verónica sonrió satisfecha y se retiró. Valentina se quedó un momento sola, saboreando esa pequeña victoria familiar, pero algo en la prisa de su hermana le llamó la atención. Esa "reconciliación" había sido demasiado súbita.

Curiosa, Valentina caminó hacia el gran ventanal del salón. Vio a Verónica subir a su auto y arrancar a toda velocidad. Un impulso extraño, una corazonada que no supo explicar, la hizo tomar las llaves de su propio coche y salir tras ella, manteniendo una distancia prudente.

Su corazón dio un vuelco cuando vio que el auto de Verónica se detenía, precisamente, en la residencia de Edward. Valentina detuvo su vehículo a una cuadra, observando cómo su hermana entraba en la casa de su prometido.

—¿Qué hace ella aquí a esta hora? —se preguntó en voz alta.

Mil pensamientos oscuros cruzaron su mente, pero Valentina sacudió la cabeza con fuerza. "No, Valentina, no seas paranoica", se reprendió.

"Seguramente están organizando alguna sorpresa para la boda". Su necesidad de creer en la bondad de su familia era su mayor debilidad.

Regresó a casa, obligándose a creer en la inocencia. Mientras tanto, dentro de la casa, Verónica sembraba la duda en Sutton.

​—No puedo seguir guardando silencio sobre algo que no es justo para ti, Edward —soltó ella con malicia oculta—. Necesito hablar contigo sobre Valentina.

​—¿Qué tienes que decir sobre mi prometida?

​—Me preocupa que te tomen por tonto. Sé que te está engañando.

​Edward se puso rígido. La palabra "engaño" se clavó en él como una daga.

​—Te desconozco, Verónica. ¿Cómo puedes decir algo así de tu hermana?

​—Porque me duele verte venerarla mientras ella te humilla a tus espaldas.

​Edward suspiró, tratando de contener la rabia.

​—Dame pruebas. Si me demuestras que ella me engaña, yo mismo la humillaré de una forma que nadie olvidará. Pero si mientes... te vas a arrepentir.

​Verónica deslizó una sonrisa triunfal.

​—Tendrás tus pruebas. Y no tendrás que esperar mucho.

​Se marchó de allí con el plan en marcha, sin saber que Valentina la había visto, pero confiada en que la ceguera del amor de su hermana sería su mejor aliada para destruirla.

***

Una vez de vuelta en su habitación, Valentina no podía apagar la curiosidad.

Le escribió:

“Verónica, te vi salir con mucha prisa, ¿a dónde has ido? ¿Está todo bien?”

Vibró pronto su móvil con la respuesta.

“Fui a comprar unos detalles para nuestra noche de chicas, hermanita. ¡Quiero que sea perfecto! No seas curiosa y descansa.”

Valentina leyó el mensaje. Sabía que su hermana le estaba mintiendo; la tienda de decoración estaba en la dirección opuesta a la casa de Edward. Sin embargo, su mente buscó desesperadamente una excusa lógica para no romper el frágil puente que acababan de construir.

—Qué tonta soy —susurró, sonriendo para calmarse—. Seguro fue a casa de Edward para pedirle ayuda con una sorpresa que no me quieren contar.

Convencida de que la mentira era un gesto amoroso de una hermana que finalmente intentaba quererla, Valentina se recostó, aferrándose a esa falsa calma. No podía imaginar que, al otro lado, Verónica guardaba el teléfono con una mueca de desprecio.

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