INICIAR SESIÓNValentina, atormentada por la culpa, seguía sin poder dormir bien. Ocho semanas después, la situación no había cambiado. Sentía que cada parte de su cuerpo pesaba. Le costó levantarse esa mañana, pero era el día de su boda. No podía permitir que la negatividad la consumiera.
Pero la culpa no se iba, ella que había decidido mantenerse virgen hasta el matrimonio, terminó como una sucia mujer en brazos de un hombre al azar. Se miró al espejo; sus ojos, habitualmente llenos de vida, estaban hundidos y rodeados de ojeras. Sin embargo, la maquilladora la tranquilizó, asegurándole que podía solucionarlo. Cuando su ayudante le colocó el delicado velo, Valentina sintió un nudo en el estómago. No era el nerviosismo del matrimonio, sino la profunda, inevitable culpa que se negaba a desaparecer. —Estás hermosa —comentó una voz grave a sus espaldas. Se volteó. Era su padre, Arthur, impecable y llevando aquel elegante traje a medida. —Papá, estás aquí —mencionó ella. Arthur la miró de pies a cabeza con amor sincero. —Realmente eres una princesa. ¿Estás nerviosa, hija? —Un poco, padre —admitió. De repente, una mujer asomó la cabeza y avisó que debían irse. La ceremonia estaba por comenzar. Valentina tomó una bocanada de aire temblorosa y se colgó del brazo de su padre. Todavía estaban a casi media hora del lugar. *** Mientras tanto, Declan hizo una mueca. No le gustaban las bodas, y menos las pomposas. Sin embargo, un socio que no había podido asistir le había insistido en ocupar su lugar, y él, a regañadientes, terminó haciéndole el favor a su socio. Se miró en el espejo de cuerpo completo por última vez, asegurándose de que realmente estaba bien. Al llegar al sitio del evento, el hombre se mezcló entre los invitados, sintiéndose un absoluto extraño. Se sentó casi en la penúltima fila, lejos del centro de atención. No pasó mucho tiempo antes de que la música de fondo cambiara anunciando la entrada de la novia y el hombre observó cómo todos los invitados se ponían de pie. Entró una mujer hermosísima del brazo de su padre. Brillaba como un diamante. Aun debajo del velo, Declan podía percibir la desesperación en sus ojos, o al menos, una tensión forzada en cada paso. Podría ser nerviosismo o presión, no podía dilucidarlo. Desde su posición, solo veía el perfil de su velo y la figura. Aun así, le era extrañamente atractiva y familiar, aunque el cabello recogido le daba un aspecto un poco distinto al que recordaba. En el altar, Valentina miró a su prometido, Edward. Su corazón se encogió. El hombre parecía venerarla de la misma manera, pero lo que ella no sabía era que estaba a punto de darle un golpe delante de todos. El acto finalmente había comenzado y Verónica, entre los presentes al lado de su padre, estaba preparada para disfrutar del espectáculo que se venía. Llegó el momento crucial. Los votos de amor que se dieron conmovieron a los presentes, a excepción de Edward. —Valentina Fairchild, ¿acepta como esposo a Edward Sutton? —quiso saber el oficial. Valentina tragó saliva con dificultad. —Acepto. Sí, acepto —avaló. Luego, llegó el turno del oficial de preguntarle al hombre. —Edward Sutton, ¿acepta como su legítima esposa a Valentina Fairchild? Y hubo un silencio demasiado extendido que hizo que los presentes comenzaran a murmurar, convirtiendo a Valentina en un manojo de nerviosismo descomunal. Buscó la mirada de su prometido; sin embargo, en ese momento solo consiguió encontrarse con una mirada que estaba inyectada de algo diferente: enojo y resentimiento. Edward se inclinó hacia ella y susurró con rabia: —Este es el momento en el que te darás cuenta de que meterte conmigo ha sido uno de tus grandes errores, Valentina. Vivirás con esta humillación para siempre. Se separó, dirigió la mirada al oficial y respondió finalmente: —No. No lo hago. No acepto como esposa a Valentina. La sala se llenó de voces, de conversaciones de incredulidad y de sorpresa. Los padres de Edward se miraron sin poder creer la negativa de su hijo; y por su lado, el padre de Valentina estaba impactado, mientras que Verónica a su lado solo sonreía como orgullosa de lo que estaba pasando. El oficial se sintió fuera de lugar y volvió a cuestionar, pensando que quizás era alguna broma de mal gusto: —Señor Edward, le estoy preguntando si acepta como esposa a Valentina —insistió. —¿No ha escuchado mi respuesta? No me puedo casar con esta mujer —declaró Edward, con la voz alta para que todos pudieran escuchar—. ¡Ella me es infiel! ¡Me ha traicionado a pocos días de este evento! El corazón de Valentina se quedó en blanco. Sus labios se volvieron pálidos y temblaba de los pies a la cabeza. Miró a la gente, que hablaba sin parar incrédulos, y cuando buscó los ojos de su padre, solo encontró decepción en él. De repente, de su cuarto sacó su teléfono y proyectó la imagen que Verónica le había dado en una de las pantallas de aquel lugar. La imagen en alta definición de Valentina en la cama con un torso masculino desconocido en un lujoso salón. —Aquí está la prueba de la traición de esta mujer. Una desvergonzada para la familia. No puedo casarme con alguien así —proclamó Edward, arrogante y frío. Valentina observó la imagen irrefutable que sabía que no había sido manipulada, pero que al mismo tiempo la hacía sentirse consumida por la culpa. ¿Cómo podría defenderse? ¿Cómo explicar un acto que ella misma apenas recordaba? La vergüenza estaba llenando su rostro enrojecido y el dolor estaba presionando su pecho; era agudo. Las lágrimas empezaron a correr sobre su cara, arruinando el maquillaje perfecto. Su mente cortó todos los lazos con la realidad y solo importaba una cosa: escapar. Así que, sin siquiera molestarse en rogar o en admitir lo que Edward estaba exponiendo, eligió el camino de la cobardía. Sin decir una sola palabra, sin mirar a nadie, se levantó la cola del vestido y salió corriendo de allí a toda prisa, a la par de los invitados atónitos. Corría sin rumbo con el pánico aferrado a ella. Afuera el clima estaba húmedo, había estado lloviendo así que las aceras y las calles estaban mojadas. Declan, que observó toda la escena, se había reconocido a sí mismo en aquella fotografía que se expuso. Un vuelco violento le sacudió el pecho. No podía creer la coincidencia tan enorme de que la mujer con la que había pasado la noche —aquella que lo había dejado intrigado y molesto por su repentina desaparición— fuera la misma que estaba allí, a punto de casarse. "Así que la mujer de aquella noche era ella", pensó Declan, mientras un sentimiento de posesividad oscura lo invadía. Le enfureció verla expuesta de esa manera, pero más le irritó que ella hubiera estado a punto de pertenecer a otro hombre después de lo que habían compartido. Observó cómo la mujer huía a toda prisa y decidió salir también de allí. Abandonó el lugar a empujones porque todo estaba hecho un alboroto tras abrirse paso entre la multitud; salió al exterior. Eso solo pudo observarla a ella a la distancia; ya iba demasiado lejos. Declan subió a su auto y condujo lentamente por las calles cercanas al salón de eventos. El hombre estaba buscándola por doquier. Unas cuadras más adelante la observó. Era ella, que se había detenido de repente en un callejón intentando quitarse el velo y el vestido; lo consiguió. Parecía angustiada y agotada por correr tanto. Declan detuvo el auto y observó a la mujer que estaba allí, quien parecía estar sufriendo por mantener el equilibrio, por mantenerse en pie. Su cuerpo visiblemente temblaba y no era por el frío sino por la desesperación. —Oye, ¿estás bien? —alcanzó a preguntar el hombre. Pero la mujer, ante el sonido de la voz, no reparó; estaba demasiado débil. De repente se había desplomado y había colapsado inconsciente. El pánico se apoderó del hombre, que terminó de llegar a ella confirmando de cerca los rasgos de la mujer que no podía olvidar. —¡Valentina! —pronunció su nombre tras haberlo escuchado en el evento—. ¡Responde! De repente, el hombre había bajado la mirada y notó algo alarmante: había demasiada sangre recorriendo las largas piernas de la mujer.5 años después...Las luces de la pasarela en el corazón de Manhattan se atenuaron, dejando un silencio expectante que solo el mundo de la alta costura sabe sostener. No era un evento cualquiera; era la noche en que la marca "Valentina F." presentaba su colección de otoño, una línea que ya no dependía del apellido Westerfield ni del legado de los Fairchild. Valentina había pasado los últimos cinco años trabajando en talleres, dibujando hasta el amanecer y demostrando que su talento no era un accesorio de su vida social, sino su esencia misma.Cuando la música comenzó a vibrar y la primera modelo desfiló con un diseño que evocaba la libertad de Florencia mezclada con la estructura de Nueva York, el público contuvo el aliento. Valentina observaba desde el backstage, con el corazón latiendo con fuerza, pero ya no por miedo, sino por orgullo.En la primera fila, la estampa era perfecta. Declan estaba sentado allí, luciendo impecable, pero sus ojos no estaban en la ropa, sino fijos en la c
La luz suave de la mañana se filtraba por las persianas de la unidad neonatal. Habían pasado tres semanas desde aquella noche de terror, y el silencio estéril del hospital finalmente se sentía cálido. Valentina estaba sentada en un sillón mecedor, sosteniendo contra su pecho a la pequeña Elena, mientras Declan, a su lado, acunaba con una torpeza adorable a Mateo. Los mellizos, aunque nacidos antes de tiempo, habían demostrado una fuerza heredada de su madre. Elena tenía los ojos curiosos de Valentina, mientras que Mateo ya mostraba ese gesto serio y decidido que tanto caracterizaba a Declan.—Míralos... —susurró Valentina, acariciando la suave mejilla de su hija—. Casi no puedo creer que estén aquí, después de todo lo que pasamos.—Son perfectos —respondió Declan, bajando la mirada hacia el niño que dormía plácidamente en sus brazos—. Y tienen suerte, Valentina. Tienen a la madre más valiente del mundo.Ese día, tras la última revisión médica, finalmente recibieron el alta. El regres
Sus manos, antes firmes, no dejaban de temblar. No era el CEO poderoso; era un hombre aterrado de que el hilo de su felicidad se cortara justo cuando empezaba a tejerse.— ¿Cómo está ella? Por favor, dígame que está bien.—La cirugía fue exitosa, pero ha sido un trauma severo para su cuerpo. El estrés le provocó una descompensación crítica. Ahora está en observación, recuperándose de la anestesia. En cuanto a los pequeños... —el médico hizo una pausa y le hizo una seña para que lo siguiera—. Venga conmigo.Caminaron hacia la unidad de cuidados intensivos neonatales. A través del cristal, Declan los vio. Eran dos figuras minúsculas dentro de cajas de cristal, rodeados de cables y monitores que median cada latido. Se acercó al vidrio, apoyando una mano en él, sintiendo que el corazón se le encogía de una manera que nunca antes había experimentado.—Son tan pequeños... —susurró Declan, con la voz quebrada por la emoción. Eran tan frágiles, tan ajenos al caos de Nueva York que casi los de
Declan entró de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas con una fuerza ensordecedora. Sus ojos recorrieron el lugar frenéticamente hasta que la vio: Valentina estaba encogida en una silla al fondo, pálida como el mármol, aferrada a su vientre con una mano y a su teléfono con la otra. No había rastro de Verónica; solo quedaba el eco del veneno que había soltado.—¡Valentina! —exclamó Declan, llegando a su lado en dos zancadas. Ella levantó la mirada, y lo que él vio lo aterró más que cualquier amenaza de sus enemigos. Sus ojos, antes brillantes de determinación, estaban nublados por el dolor y el shock.—Declan... duele... —susurró ella, su voz apenas un hilo quebradizo.—Te llevaré al hospital, te lo prometo. Todo estará bien —aseguró arrodillándose para quedar a su altura. Le tomó el rostro entre las manos y notó que estaba empapada en un sudor frío—. Necesito sacarte de aquí. Los bebés...Una contracción violenta la sacudió, haciéndola arquear la espalda con un grit
El vuelo de regreso desde Florencia fue aparentemente tranquilo. Dentro de la cabina privada, Declan y Valentina compartieron silencios que, por primera vez en meses, no se sentían como muros, sino como treguas. Sin embargo, en cuanto los neumáticos del avión tocaron la pista del JFK en Nueva York, la realidad los golpeó con la fuerza de un huracán.Al cruzar la puerta de la terminal privada, el destello de cientos de flashes los cegó instantáneamente. Edward se había encargado de filtrar la hora exacta del aterrizaje. Una horda de reporteros, camarógrafos y curiosos se abalanzó sobre ellos como buitres.—¡Declan! ¿Es cierto que el hijo de Lorena Miller no es tuyo? —gritaba uno.—¡Valentina! ¿Cómo te sientes siendo la mujer que rompió el compromiso del año? —chillaba otra, casi golpeándola con un micrófono.Valentina palideció, llevándose una mano al vientre, sintiendo que el aire le faltaba. Declan, con la mandíbula apretada y una furia gélida en los ojos, la rodeó con su brazo, pegá
La lluvia golpeaba el techo de la mansión Fairchild con una violencia que parecía querer derribar las paredes, pero el verdadero estruendo ocurría en el interior de la biblioteca. Verónica, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en un punto inexistente del suelo, sentía que su realidad se fragmentaba.—¡Papá, de qué estás hablando! —gritó, su voz rompiéndose en un agudo de desesperación—. ¿Cómo puedes decir una tontería como esa? ¿Cómo puedes decirme tantas mentiras en un momento así?Arthur, con el rostro congestionado y la mirada turbia por el alcohol, hizo un esfuerzo sobrehumano por enderezarse en el sillón. Sus palabras salían arrastradas, pesadas, como si cada sílaba fuera un bloque de plomo.—¿Crees que... que elegiría este momento para mentir? —balbuceó él, con una sinceridad brutal que la golpeó más que cualquier insulto—. Nunca he estado... tan desnudo. Estoy desnudando mis verdades, Verónica. Todo lo que te cuento es la realidad que he ocultado... que me ha podrid







