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La Redención Final Del Don de la mafia
La Redención Final Del Don de la mafia
Author: Ariella

Uno: La traición

Author: Ariella
last update publish date: 2025-11-14 21:47:58

Punto de vista de Aria.

La cocina olía ligeramente a limón y ajo; el pollo asado se doraba en el horno. Limpié la encimera por tercera vez, aunque ya brillaba. No era desordenada por naturaleza, ni mucho menos. Pero limpiar me daba algo que hacer, una distracción del silencio que me oprimía el pecho.

Hace catorce meses, dejé definitivamente la unidad de traumatología, cambiando las cirugías nocturnas y las urgencias llenas de adrenalina por la tranquila vida suburbana. David me había dicho que quería una esposa, no una médica que trabajara ochenta horas semanales. Y como lo amaba —porque creía que eso era el amor— colgué la bata blanca, empaqué mis libros de medicina en cajas de cartón y me mudé a la casita que él había elegido.

Me decía a mí misma que no lo echaba de menos. Las luces fluorescentes. La ropa quirúrgica manchada de sangre. La forma en que la vida de desconocidos pendía de un hilo en mis manos. Y la adrenalina de las cirugías apresuradas y los diagnósticos rápidos. La forma en que mi corazón se iluminaba con cada vida que salvaba y con cada familia a la que ayudaba, ya fuera con una sonrisa en los ojos o con alivio en el corazón. Era un momento agridulce, pero me había preparado toda la vida para ello. Porque por amor había que hacer sacrificios, y yo tenía que ser quien los hiciera.

Pero algunas noches, cuando Ethan se quedaba hasta tarde en la oficina, me encontraba recorriendo con la mirada la tenue cicatriz en la base de mi muñeca: la de mi primera cirugía en solitario. Un recordatorio fino y plateado de que una vez fui alguien importante y formé parte de un mundo que cambiaba a diario. Extrañaba ese mundo con toda mi alma, pero no podía seguir adelante.

Esta noche era otra de esas noches. Mi teléfono vibró con su mensaje: «Trabajando hasta tarde. No me esperes despierta».

Forcé una sonrisa a la pantalla brillante, aunque nadie pudiera verla. Escribí una respuesta —corta, educada, cuidadosa como siempre— y dejé el teléfono boca abajo sobre la encimera.

No esperaba que estuviera por aquí. Regresé a casa de repente después de un programa de la iglesia, pero solo esperaba poder pasar un rato juntos. Como antes.

La piel del pollo crujía suavemente en el horno. Lo revisé de nuevo, aunque no tenía hambre. Mi mirada se dirigió a la sala. En la repisa de la chimenea, nuestra foto de boda me miraba fijamente.

Me veía tan joven allí, radiante con seda blanca, los ojos llenos de esperanza. El brazo de Ethan me rodeaba los hombros, su sonrisa segura, posesiva.

La mía flaqueó. La mujer de esa foto ahora me parecía una extraña, una versión de mí misma en la que había creído que seríamos para siempre.

El sonido de la puerta principal al abrirse me sacó de mis pensamientos. Sentí un alivio repentino; tal vez había cambiado de opinión y había vuelto a casa, pero ese alivio se desvaneció al oírlo. Una sonora carcajada. La risa de una mujer.

Se me encogió el estómago y el miedo me invadió. Reconocí esa risa con todo mi corazón. Vanessa, mi mejor amiga.

Otra risa resonó, profunda y llena de alegría. Era la risa de Ethan. Presentía lo que estaba pasando, pero no quería que fuera cierto.

Salí al pasillo, descalza, mis pasos silenciosos sobre el suelo de madera. El corazón me latía tan fuerte que temía que me delatara. La risa me llevó por el pasillo, hacia nuestro dormitorio. El dormitorio que compartía con mi marido.

La puerta estaba entreabierta. Dudé un segundo entero, con mil pensamientos dando vueltas en mi cabeza. Sabía perfectamente las implicaciones que lo que estaba a punto de ver tendría en mi vida. Pero tenía que verlo.

A través de la rendija, los vi. Las manos de Ethan agarrando caderas que no eran las mías. La cabeza de Vanessa echada hacia atrás, sus labios entreabiertos en un gemido que me desgarraba.

Por un instante, el mundo se estremeció. Sentí que no podía respirar. Esto no podía estar pasando. No con ella. No con mi mejor amiga y mi única confidente.

.

Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas me mordían las palmas. Sentía un impulso irrefrenable de gritar, de lanzar algo, de arañarlos a ambos. Pero mi formación me frenaba. Años en urgencias, años calmando manos temblorosas y acallando el pánico. Los médicos no perdíamos el control; al contrario, prosperábamos en situaciones caóticas. Por eso no lo perdí cuando Ethan empezó a dormir fuera. No lo perdí cuando sus mentiras se hicieron evidentes. No lo perdí cuando me menospreciaron, tachándome de tonta por sacrificar mi vida por un hombre. Algo en mí se quebró en silencio. Tenía la mente en blanco y lo único que sabía era que tenía que irme. Inmediatamente.

Así que me alejé, en silencio, tranquila, como si simplemente hubiera entrado en la habitación equivocada de mi propia casa. No grité ni armé un escándalo. Pero no podía quedarme en esa casa, no podía hacerme esto a mí misma porque tarde o temprano perdería el control y haría algo que no quería hacer.

De vuelta en la cocina, guardé el teléfono en el bolsillo, agarré el bolso de la encimera y caminé hacia la puerta principal. Miré la cocina; el gran cuchillo de carnicero estaba allí, sobre la encimera. Podía apagar las luces con el interruptor principal. Conocía la casa al dedillo y no me costaría nada ir allí y cortar...

Parpadeé para alejar esos pensamientos. Mis movimientos eran mecánicos, deliberados. No di un portazo. No lloré.

Afuera, el aire fresco de la noche me golpeó la cara. Inhalé profundamente, mirando las estrellas dispersas. Mi matrimonio había terminado y era una horrible realidad. Una relación por la que había sacrificado tanto se había desvanecido en cuestión de minutos. Pero me negué a darles la satisfacción de destrozarme en ese instante.

--

El teléfono sonó unas cuatro horas después. Era Vanessa.

Lo ignoré. Una vez. Dos veces. A la tercera llamada, contesté.

—Aria —dijo, con voz suave, cargada de una preocupación fingida. “¿Adónde fuiste? Tenemos que hablar.”

Apreté la mandíbula. “Creo que ya no hay nada más que decir.”

“No entiendo por qué eres tan fría.” Fingió ignorancia.

“Te acuestas con mi marido, ¿me dejo algo?” Fui directa, sin rodeos.

“No seas así. Por favor. Déjame ir a buscarte. Quédate conmigo esta noche, lo aclararemos. Me conoces y sabes de lo que soy capaz. Tengo una buena explicación y necesitas saber la verdad. Por favor, Ria, por favor, dame una oportunidad para explicarte.”

Casi me reí. ¡Qué descaro! Vanessa, la mujer que acababa de destruir el último vestigio de mi antigua vida, ofreciéndome consuelo.

Pero la fuerza se me escapó antes de poder aflorar. Estaba demasiado cansada. Demasiado vacía. Y en algún lugar, enterrada bajo la traición, una parte ingenua de mí quería creer que no había sido su intención. Que tal vez la había malinterpretado. Y otra parte quería que aprovechara la oportunidad para deshacerme de ella. De una vez por todas. Por mi salud mental.

—Está bien —dije al fin.

Su alivio fue evidente—. Bien. Escríbeme dónde estás y vengo.

Cuando terminó la llamada, me temblaban las manos. Me quedé mirando el teléfono hasta que la pantalla se apagó. Algo en mi interior me susurró que no debía confiar en ella ni en mí misma. Que debía huir. ¿Pero adónde? Mis padres se habían ido. Mi familia vivía en otro continente. Mis compañeros se habían alejado después de que salí del hospital. Ethan me había aislado por completo; Vanessa era la única amiga que me quedaba. Y ahora me daba cuenta de que era para mantener a su amante cerca. Lo suficientemente cerca como para que pudiera hacer lo que quisiera sin que yo sospechara. O era obvio y yo era la que se hacía la ciega. A medianoche, su elegante coche negro se detuvo. Se inclinó sobre el asiento del copiloto, con una sonrisa radiante. El mismo perfume que había olido en mi habitación se adhería a ella como un arma.

—Estás pálida —dijo, rozándome el brazo como si nada—. Vamos. Yo te cuidaré.

Me dejé caer en el asiento. El cuero estaba frío y rígido bajo mis manos.

Vanessa conducía suavemente; las luces de la ciudad se difuminaban en franjas fuera de la ventana. Llenó el silencio con su charla, con una voz dulzona. Habló de nuevos comienzos, de olvidar a hombres como Ethan, de reinventarse.

—Vanessa, no estoy aquí para escuchar tus divagaciones. Dijiste que tenías una explicación… —Mi voz se apagó, sintiéndome mareada.

—No te preocupes, Ria, todo saldrá bien.

Sentí los párpados pesados. Parpadeé, intentando despejarme, pero la visión se me nubló.

—Vanessa… —Sentí un nudo en la lengua—. ¿Qué… hiciste…?

Su sonrisa perduró, afilada bajo la tenue luz del tablero.

—No te preocupes —susurró—. No sentirás nada. Es increíble cómo lo que respiras puede ser tu perdición instantánea.

La oscuridad me envolvió antes de que pudiera alcanzar la manija de la puerta.

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