FAZER LOGINDanae:
—¿Ha ido bien hoy? La voz preocupada de Lana se filtró a través de la puerta del baño y yo solté un suspiro desde el sofá. Nada iba bien desde hacía cinco años, pero esperaba que en algún punto aquello pudiera cambiar. —Solo un hombre que se metió en el backstage —le dije lo suficientemente alto para que escuchara. La escuché soltar una maldición. Luego la puerta delbaño se abrió y salió cubriendo su cuerpo con una toalla. —¿Un pervertido? —preguntó. La figura del aquel hombre vino a mi mente. Cabello oscuro, ojos cafés, traje elegante, como uno de los calientes actores de las novelas que ve Lana cada noche. Su mirada se había quedado clavada en mi mente, su voz ronca y varonil. El aire se cortó en dos cuando la puerta se abrió. Alcé la vista en el espejo y ahí estaba él: el hombre del palco VIP, el de los ojos oscuros que me habían devorado mientras bailaba. De pie en el umbral de mi camerino, parecía aún más grande. Más peligroso. Miedo. Eso fue lo primero que sentí. Un escalofrío que me erizó la piel. Mis dedos buscaron instintivamente las tijeras de peluquería sobre la mesa. Pero entonces... Él no avanzó. No habló. Solo me miró con una intensidad que me quemó el alma. Y algo dentro de mi se estremeció. Atracción. Era imposible no notarlo: la mandíbula marcada, esas manos grandes que colgaban a los lados como armas sin usar, el traje negro que delineaba unos hombros anchos. Hasta el silencio que traía consigo era distinto—no vacío, sino cargado de algo eléctrico, como la calma antes de un huracán. —No lo parecía —terminé respondiendo. No intentó propasarse conmigo, parecía mirarme como si hubiese descubierto algo interesante. Como si fuera hermosa y no pudiera dejar de contemplarme. Nunca me habían observado con tanta intensidad, con tanta pasión. Estaba tan nerviosa cuando lo vi entrar en la pequeña habitación que usé para vestirme y arreglarme, que las manos me temblaban y respiraba entrecortadamente. Mi jefe me había dicho que tenía guardias custodiando esa parte del bar para que ningún cliente se metiera con las bailarinas que no prestan servicios sexuales, pero aquel hombre había entrado. ¿Quién era? —¿Pero te han pagado, no? —Lana me sacó de mis pensamientos y volví a mirarla. El rostro de mi mejor amiga se llenó de preocupación ante mi silencio. —Por supuesto —respondí con una sonrisa tranquilizadora—. Con este dinero y el pago de la cafetería mañana, completaremos en dinero de la renta, tranquila. Lana soltó un suspiro de alivio y se dejó caer en el sofá a mi lado. —Nos tenemos la una a la otra —dijo mientras tomaba mi mano y me daba un ligero apretón—. Estaba buscando videos de taekwondo en internet para luchar contra el casero. Una risa escapó de mi cuerpo. Estábamos rentando un pequeño apartamento en una de las zonas más peligrosas de la ciudad. No era lo que queríamos, pero si lo único que pudimos permitirnos con el poco dinero que teníamos al llegar aquí. El casero era un señor bastante desagradable que nos había amenazado varias veces esa semana por un retraso en nuestro pago, pero gracias al cielo, ambas logramos conseguir trabajos y podremos pagarle mañana. —Nana ha llamado —me contó Lana mientras jugueteaba con un mechón de mi cabello—. Le he dicho que París es de lo mejor y que ya sabes hablar francés, así que mas te vale aprender algunas frases para cuando vuelva a llamar. Asentí. Odiaba tener que mentirle a mi abuela. Pero era la única forma de mantenerla a salvo y fuera de las cosas que quería hacer. Necesitaba mantener todo el anonimato que pudiera, mientras Lana y yo estuvieramos en esta ciudad. Mientras buscaba la información que necesitaba. Luego volvería a casa con ella y finalmente tendría un poco de paz. —Que bueno que por lo menos trabajaremos juntas en la cafetería —le dije a Lana y ella sonrió. —Si no tuviese dos pies izquierdos también hubiese conseguido trabajo en ese bar. —¿El detective llamó hoy? —pregunté. —No —respondió enseguida—. Pero fui a ese museo, el de la foto que te envió y le mostré la foto de Anya al gerente, no recuerda haberla visto. Bufé. Era una encrucijada. Como si le hubiesen borrado la mente a todas las personas de la ciudad y los tres años que mi hermana mayor vivió aquí, nunca hubiesen existido. —Descubriremos la verdad, Danae, tranquila —me dijo Lana. —Lo haremos —confirmé. Ambas sonreímos y yo me puse de pie para entrar a la ducha. Necesitaba varias horas de descanso, el mañana se avecinaba cargado de estrés. (…) La cafetería "Lira" era un rincón donde el tiempo parecía haberse detenido en los años sesenta. Las paredes, pintadas de un amarillo desgastado, estaban adornadas con fotografías en blanco y negro de la ciudad, enmarcadas en madera oscura. Las mesas de roble, marcadas por años de uso y tazas de café dejadas sin posavasos, brillaban bajo la tenue luz que se filtraba por las cortinas de encaje medio deshilachadas. El mostrador de mármol, manchado de expresos derramados y azúcar cristalizada, separaba el mundo de los clientes del de los baristas, donde una máquina de café italiana de latón resoplaba como un viejo tren de vapor. El aroma a café recién molido inundó mis pulmones al empujar la puerta de la cafetería. El local estaba vacío, solo iluminado por el sol mañanero que se filtraba entre las cortinas de encaje. A mi lado, Lana bostezó, estirando los brazos sobre su cabeza. —Odio las mañanas —murmuró, mientras se anudaba el delantal con flores sobre sus jeans ajustados—. ¿En serio necesitamos este trabajo? Le lancé una mirada de reproche. —El bar no paga lo suficiente y lo sabes. Además, aquí no hay hombres borrachos intentando tocarme. Lana sonrió, jugueteando con su pulsera de plata. —Bueno, al menos en el bar te dejan propinas jugosas. No respondí. La sola mención de bar llevaba a mi mente al misterioso hombre que había entranado en el camerino, en esos ojos oscuros que me habían mirado como si me conocieran. ¿Quién era? ¿Por qué me había buscado? El sonido de la campanilla sobre la puerta me sacó de sus pensamientos. La cafetería comenzó a llenarse poco a poco: estudiantes universitarios con ojeras profundas, oficinistas apurados y alguna que otra ama de casa que venía por su dosis diaria de cafeína. Me dedicaba a servir con eficiencia, memorizando pedidos sin necesidad de anotarlos. —Un espresso doble y un croissant de almendra —me dijo un hombre de traje, sin siquiera mirar su menú. Lana, en cambio, coqueteaba descaradamente con los clientes jóvenes, haciendo que las propinas en su jarra aumentaran considerablemente. —¿Viste al de la mesa tres? —susurró Lana, acercándose mientras llenabámos azucareras—. Me ha pedido salir. Seguí su mirada hacia una de las mesas cerca de las ventanas. Un chico de pelo rizado y sonrisa tímida levantó su taza en un saludo torpe. —No es tu tipo —respondí segura, secando un plato con más fuerza de la necesaria. —¿Y cuál es mi tipo, oh sabia Dánae? —Alguien que no se sonroje solo por que le sonrías. Lana se rió, pero su sonrisa se desvaneció cuando la puerta trasera de la cocina se abrió. El señor Karim era un hombre de sesenta y tantos años, con el pelo canoso peinado hacia atrás y un reloj de oro que brillaba cada vez que movía las manos. Entró con aire de importancia, revisando las cajas registradoras con mirada escrutadora. —Buen trabajo, chicas —dijo, aunque sus ojos se detuvieron en mi cuerpo un segundo más de lo necesario—. El local ha estado lleno. Asentí nerviosa, evitando su mirada. Karim tenía fama entre las empleadas: ofrecía ascensos a cambio de favores. —Gracias, señor —murmuré, concentrándome en limpiar la máquina de café. Pero Karim no se movió. Se acercó lo suficiente para que el olor a colonia barata me llegara a la nariz. —Sabes, Dánae... podrías ganar el doble si te encargaras del turno de la tarde. Hay más intimidad. El doble sentido flotó en el aire como una mosca zumbando. Apreté el trapo en mis manos. —El turno de la tarde no me funciona, señor. Tengo otro trabajo. Karim sonrió, mostrando unos dientes amarillentos. —Todos tenemos prioridades, cariño. Piénsalo. Lana, que había escuchado todo desde la barra, hizo una mueca de disgusto cuando Karim finalmente se fue. —Asqueroso —murmuró—. ¿Quieres que le diga algo? Negué con la cabeza. Tenía que evitar problemas. Ambas necesitábamos ese trabajo si quieríamos seguir teniendo un techo donde vivir. Solo tendría que aprender a sobrellevar al señor Karim. —No vale la pena. Pero por dentro, mi estómago se retorcía. El mediodía trajo una avalancha de oficinistas. Lana, con su sonrisa coqueta y su pelo rubio recogido en un desorden estudiado, seguía recibiendo propinas generosas. —El de la mesa cuatro te ha estado mirando toda el rato —me dijo mientras le entregaba una orden. —No estoy interesada —respondí sin mirar. —¿Desde cuándo? —rió Lana—. ¿O es que solo tienes ojos para tu misterioso admirador del bar? Un calor inesperado subió por mi cuello. —No sé de qué hablas. Pero mentía. Y Lana lo sabía.Kael El viento del atardecer olía a sal. La brisa venía del mar, tibia, suave, jugando con los cabellos de Sofía y Lucas mientras corrían por la arena riendo a carcajadas. Sus risas eran lo más puro que había escuchado en mi vida. Después de tanto ruido, tanto caos, tanto disparo… ese sonido era mi paz. Danae estaba sentada junto a mí, descalza, con el vestido blanco ondeando suavemente y el sol besando su piel. La miré en silencio, tratando de grabar cada detalle. Su sonrisa. La forma en que sus ojos se cerraban un poco cuando el viento soplaba fuerte. El modo en que aún lograba quitarme el aliento, incluso después de todo. Habían pasado meses desde aquella noche en la ciudad. El pasado, con toda su oscuridad, había quedado atrás. Anya había desaparecido; algunos decían que se había ido del país. Yo elegí no buscarla. Por primera vez, no sentía necesidad de venganza. Solo quería vivir. —¿En qué piensas? —preguntó Danae, con esa voz suave que siempre lograb
Kael La noche olía a tormenta. A esa calma artificial que precede al caos, al olor metálico del peligro que uno aprende a reconocer cuando lleva años caminando entre sombras. La ciudad dormía, o fingía hacerlo, mientras mis hombres y yo nos movíamos entre las calles estrechas del puerto abandonado. Sabía que él estaría ahí. Mi padre. El hombre que me enseñó a matar antes de enseñarme a vivir. El mismo que destruyó a mi familia… y que ahora había regresado para terminar lo que empezó. Matteo caminaba a mi lado, con el rostro tenso, las manos firmes. —¿Estás seguro de que quieres hacerlo tú mismo? —preguntó. —Sí. Esto empezó conmigo, y conmigo va a terminar. El eco de mis pasos era lo único que rompía el silencio. La lluvia comenzaba a caer, lenta, densa, como si el cielo también quisiera participar de aquel juicio. Entonces lo vi. De pie, en medio del almacén, esperándome con ese gesto arrogante que tanto odié de niño. No había cambiado. Los años no le habían
La noche había caído sobre la mansión con un silencio que me oprimía el pecho. No era el silencio tranquilo que antecede al descanso, sino ese que pesa, que avisa que algo va a romperse. Afuera llovía con suavidad, las gotas chocaban contra los ventanales del pasillo y el sonido se mezclaba con el crujir lejano de la madera. Caminé descalza hasta el estudio, siguiendo la luz tenue que se filtraba por la rendija de la puerta entreabierta.Kael estaba allí, de pie frente al escritorio. No me vio entrar. Su cuerpo, rígido y tenso, parecía tallado en piedra. Tenía las manos apoyadas sobre el mapa extendido en la mesa, los nudillos blancos de tanto apretar. Un cigarrillo ardía entre sus labios, y el humo formaba espirales que subían hasta perderse en la penumbra.Por un instante solo lo observé. Su figura poderosa siempre me había inspirado respeto y deseo, pero esa noche… esa noche lo vi vulnerable. Había algo en su mirada que no le conocía: una tristeza contenida, un cansancio antiguo.—
La noche había caído pesada sobre la ciudad.El viento golpeaba las ventanas del despacho, haciendo crujir los marcos de madera, y la luz del cigarrillo que tenía entre los dedos parpadeaba como un corazón cansado. No había dormido desde que salí del hospital. No podía. Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Danae desmoronándose entre mis brazos, su voz pidiéndome que no me fuera.Y sin embargo, el caos seguía. No me daban tregua.Matteo estaba frente a mí, con el rostro tenso, los ojos fijos en los documentos que había sobre el escritorio. Su silencio me inquietaba más que cualquier noticia. Había pasado demasiados años a su lado como para no reconocer la gravedad en sus gestos.—Habla —le ordené con voz baja, sin levantar la vista de la copa de whisky que giraba entre mis manos.Matteo respiró hondo.—Lo confirmé hace una hora. No fue Dorian quien movía los hilos de todo esto. Él solo seguía órdenes.—¿De quién? —pregunté, aunque una parte de mí ya lo sabía.Esa sospecha qu
El silencio del hospital era tan profundo que podía oír el tictac del reloj sobre la pared. Un sonido monótono, constante, que me recordaba que el tiempo seguía su curso aunque el mundo se me hubiese detenido por completo. Kael seguía inmóvil en esa cama, con la piel más pálida de lo que alguna vez creí posible. Cada respiración suya, asistida por las máquinas, era una lucha invisible, una guerra que yo no podía librar por él.No sé cuántas horas llevaba sentada junto a su cama. Quizás días. Afuera, la noche se confundía con la madrugada, y la madrugada con un amanecer que no traía consuelo. Me habían pedido que descansara, que comiera algo, pero no podía. Si cerraba los ojos, lo único que veía era su cuerpo cubierto de sangre, la llamada de Dorian, los gritos, el miedo.Le tomé la mano con cuidado. Estaba tibia, viva.—Kael… —susurré, y mi voz tembló como una hoja en medio del viento—. No puedes dejarme ahora. No después de todo lo que pasamos.Apreté sus dedos entre los míos. Nada.
DanaeEl sonido de la lluvia golpeando los ventanales fue lo primero que escuché.Desperté sobresaltada, el corazón latiendo tan rápido que por un instante creí que se me saldría del pecho.No sabía qué hora era, pero el cielo afuera estaba oscuro y el aire tenía ese aroma a tormenta que siempre me había inquietado.Me senté en la cama, intentando calmar mi respiración, pero el presentimiento no se iba. Era como si una mano invisible me apretara el pecho. Algo dentro de mí gritaba que algo estaba mal. Muy mal.Miré a mi alrededor: la habitación estaba vacía.El lado de Kael en la cama seguía intacto, la colcha sin arrugar, el aire frío donde debería estar su calor.—Kael… —susurré, apenas un murmullo en la oscuridad.Nada.Ni una nota, ni un mensaje, ni un sonido que me dijera que estaba bien.Me levanté de golpe, caminando descalza por la habitación. Afuera el viento rugía, y cada ráfaga hacía crujir las ventanas.Intenté convencerme de que había salido temprano, que quizá estaba con







