Share

Capítulo 3

Author: itsButterflys
last update publish date: 2025-07-21 22:20:28

Después de un día agotador en la cafetería, llegué al Eclisse justo a tiempo para mi turno. El club estaba en su peak: luces estroboscópicas, música alta y el aire cargado de alcohol y perfume barato.  

Me vestí rápido en el camerino, evitando mirar la puerta. ¿Y si él volvía? 

Pero no había tiempo para pensarlo. El presentador anunció mi nombre y salí al escenario, transformándose en la diosa escarlata que todos querían ver.  

Sin embargo, mientras bailaba, noté una figura sentada en la esquina más oscura del VIP.  

Era él. ¿Había vuelto por mi?

No bebía. No hablaba con nadie. Solo me observaba, con esa intensidad que me hacía perder el ritmo por un segundo.  

El primer escalofrío fue instantáneo, como si alguien hubiera pasado un cubo de hielo por mi espina dorsal. Él estaba otra vez allí, en la misma mesa del VIP, envuelto en sombras que no lograban ocultar la intensidad de su mirada.

Mientras mis caderas seguían el ritmo de la música, sentí cómo el aire se espesaba a mi alrededor, como si el club entero se hubiera reducido a ese único punto: a él, a esos ojos oscuros que me devoraban desde la distancia.  

No era la mirada lasciva de los otros hombres —esa que me hacía sentir como un pedazo de carne en un escaparate. No. Esto era diferente, más profundo, más peligroso. Él no sonreía, no chiflaba, no hacía gestos obscenos. Solo observaba con una concentración casi violenta, como si cada movimiento de mi cuerpo fuera un mensaje cifrado que solo él podía descifrar.  

Noté cómo mi piel se erizaba bajo las lentejuelas del vestido. ¿Por qué me miraba así? ¿Qué quería? El deseo en sus ojos era innegable, pero había algo más —algo que me recordaba a un lobo acechando a su presa, calculando cada paso antes de atacar.  

Y lo peor de todo era que, a pesar del miedo que me provocaba, mi cuerpo respondía. Un calor traicionero se extendía desde mi estómago hasta la punta de los dedos, acelerando mis latidos hasta casi ahogar la música. Por un segundo, imaginé cómo sería acercarse a esa mesa, inclinarse sobre él y...  

—¡Cuidado!  

El grito del presentador me sacó de mitrance. Había perdido el ritmo, algo que nunca me pasaba. Con un esfuerzo, recuperé la compostura y terminé el baile, pero ya era tarde —él había notado mi debilidad.  

Cuando las luces se apagaron y el público estalló en aplausos, huí del escenario con las mejillas ardiendo. Odiaba que ese extraño me hiciera perder el control. Odiaba aún más que, en algún lugar recóndito de mi mente, ya estuviera esperando volver a verlo.

  

Porque ahora sabía una cosa con certeza:  

Ese hombre no se iría de mi vida tan fácilmente. 

Respiré hondo y continué, ignorando el latido acelerado de mi corazón.  Cuando bajé del escenario. Las piernas me temblaban. ¿Y si volvía a acercarse? 

Mientras me quitaba el maquillaje, Alicar, el dueño del bar,  apareció en el backstage con un sobre en la mano.  

—Para ti, preciosa —dijo, alargando el pago—. Aunque podrías llevarte mucho más si aceptaras mi oferta.  

Tomé el sobre sin mirarlo. Alicar volvía a insistir en que me uniera a las bailarinas del club que ganaban dinero por acostarse con sus clientes más importantes. Nunca recurriría a eso, aunque tuviera que vivir en la calle.

—No estoy interesada.  

Alicar no se inmutó.  

—Todos tienen un precio, querida. Tú solo no has encontrado el tuyo aún.  

Antes de que pudiera responder, un ruido en la puerta nos distrajo.  

Él estaba ahí, silueteado por la luz del pasillo.  

Alicar palideció.  

—Señor Montenegro, no sabía que...  

—Salga —dijo aquel hombre, con una voz tan fría que sentí  escalofríos.  

Alicar no lo pensó dos veces. Salió del camerino como si el diablo lo persiguiera.  

Y entonces, me quedé sola.  

Con el hombre que no podía dejar de pensar.  Con el peligro que, por alguna razón, mi cuerpo anhelaba.  

Su presencia llenó el camerino como una tormenta a punto de estallar. No necesitó mover un solo músculo para que el aire se volviera espeso, casi irrespirable. Me quedé paralizada, sintiendo cómo sus ojos oscuros me recorrían de pies a cabeza con una lentitud deliberada, como si cada centímetro de mi piel fuera un territorio que necesitaba memorizar.

El vestido de lentejuelas, que antes me hacía sentir poderosa, de pronto parecía una segunda piel demasiado frágil bajo esa mirada. 

El silencio entre nosotros era tan denso que podía escuchar el leve crujido de su chaqueta de cuero cuando respiró hondo. Sabía que debería decir algo, echarlo, gritar quizás... pero mi boca estaba seca, y la única certeza era que cada célula de mi cuerpo estaba alerta, vibrando con una mezcla peligrosa de miedo y algo más, algo que no me atrevía a nombrar. 

El me miró, y por primera vez, habló directamente:  

—No deberías trabajar en este lugar.

Con una mira desafiante me crucé de brazos. Intentando ignorar los fuertes latidos de mi corazón.

—¿Y qué sugieres? ¿Que trabaje para ti?  

Vislumbré como la oscuridad en sus ojos aumentaba. Dió un paso atrás, hacia la puerta y estuve a punto de rogarle que no se marchara. Quería saber quien era, a qué se dedicaba y por que seguía acercándose a mi.

—No es bueno para ti estar cerca mío —dijo y una sensación amarga me estremeció el cuerpo.

Crucé los brazos sobre el corsé ajustado, protegiéndome sin querer.  

—¿Por qué?  

—Porque hombres como yo... —dudó por primera vez, buscando las palabras correctas— no son buenos para chicas como tú.  

El eco de sus pasos resonó en el pequeño espacio mientras se acercaba. No retrocedí aunque cada fibra de mi cuerpo me gritaba que lo hiciera.  Era tan alto, tan intimidante que contuve un jadeo.

—¿Y qué sabes tú de mí? —pregunté alzando la barbilla.  

—Lo suficiente.  

—Eso no es una respuesta.  

Él se detuvo a solo un paso de distancia. El aroma a tabaco y algo más oscuro, más peligroso, me envolvió.  

—¿Quieres saber mi nombre? —pregunté llenándome de valor, desafiante.  

—No hace falta.  

—¿Ah, no?  

—Danae —pronunció él, haciendo que mi nombre sonara como una confesión.  

 Contuve el aliento, mi corazón latiendo desbocado.

 Él ya lo sabía.  

—No es justo —musité—. Tú conoces el mío y yo...  

—Kael Montenegro —interrumpió él, adelantándose—. Aunque algo me dice que ya lo sabías.  

Mi corazón se aceleró. Era verdad. Había preguntado, husmeado entre las chicas del club, pero creí que me habían dicho cualquier nombre para saciar mi curiosidad.  

Todas parecían bastantes interesadas en el hombre que tenía al frente.

—Quizá —admití, sosteniendo su mirada—. Pero eso no significa que sepa quién eres realmente.  

Kael estudió mi rostro por un largo momento, como si estuviera grabando cada detalle.  

—Eres lista. Eso es bueno —dijo por fin—. Significa que sabrás mantenerte lejos.  

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió tras él.  

—Jefe —dijo una voz desde el pasillo—. Tenemos unproblema.  

Kael no apartó los ojos de mi.  

—Piénsalo, Dánae —murmuró—. El dinero no vale lo que podrías perder.  

Y entonces se fue, dejando tras de sí un silencio cargado de preguntas sin respuesta y una advertencia que, en lugar de asustarme, solo avivó mi curiosidad. 

 

 

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • La Tentación del Mafioso   Epílogo

    Kael El viento del atardecer olía a sal. La brisa venía del mar, tibia, suave, jugando con los cabellos de Sofía y Lucas mientras corrían por la arena riendo a carcajadas. Sus risas eran lo más puro que había escuchado en mi vida. Después de tanto ruido, tanto caos, tanto disparo… ese sonido era mi paz. Danae estaba sentada junto a mí, descalza, con el vestido blanco ondeando suavemente y el sol besando su piel. La miré en silencio, tratando de grabar cada detalle. Su sonrisa. La forma en que sus ojos se cerraban un poco cuando el viento soplaba fuerte. El modo en que aún lograba quitarme el aliento, incluso después de todo. Habían pasado meses desde aquella noche en la ciudad. El pasado, con toda su oscuridad, había quedado atrás. Anya había desaparecido; algunos decían que se había ido del país. Yo elegí no buscarla. Por primera vez, no sentía necesidad de venganza. Solo quería vivir. —¿En qué piensas? —preguntó Danae, con esa voz suave que siempre lograb

  • La Tentación del Mafioso   Capítulo 123

    Kael La noche olía a tormenta. A esa calma artificial que precede al caos, al olor metálico del peligro que uno aprende a reconocer cuando lleva años caminando entre sombras. La ciudad dormía, o fingía hacerlo, mientras mis hombres y yo nos movíamos entre las calles estrechas del puerto abandonado. Sabía que él estaría ahí. Mi padre. El hombre que me enseñó a matar antes de enseñarme a vivir. El mismo que destruyó a mi familia… y que ahora había regresado para terminar lo que empezó. Matteo caminaba a mi lado, con el rostro tenso, las manos firmes. —¿Estás seguro de que quieres hacerlo tú mismo? —preguntó. —Sí. Esto empezó conmigo, y conmigo va a terminar. El eco de mis pasos era lo único que rompía el silencio. La lluvia comenzaba a caer, lenta, densa, como si el cielo también quisiera participar de aquel juicio. Entonces lo vi. De pie, en medio del almacén, esperándome con ese gesto arrogante que tanto odié de niño. No había cambiado. Los años no le habían

  • La Tentación del Mafioso   Capítulo 122

    La noche había caído sobre la mansión con un silencio que me oprimía el pecho. No era el silencio tranquilo que antecede al descanso, sino ese que pesa, que avisa que algo va a romperse. Afuera llovía con suavidad, las gotas chocaban contra los ventanales del pasillo y el sonido se mezclaba con el crujir lejano de la madera. Caminé descalza hasta el estudio, siguiendo la luz tenue que se filtraba por la rendija de la puerta entreabierta.Kael estaba allí, de pie frente al escritorio. No me vio entrar. Su cuerpo, rígido y tenso, parecía tallado en piedra. Tenía las manos apoyadas sobre el mapa extendido en la mesa, los nudillos blancos de tanto apretar. Un cigarrillo ardía entre sus labios, y el humo formaba espirales que subían hasta perderse en la penumbra.Por un instante solo lo observé. Su figura poderosa siempre me había inspirado respeto y deseo, pero esa noche… esa noche lo vi vulnerable. Había algo en su mirada que no le conocía: una tristeza contenida, un cansancio antiguo.—

  • La Tentación del Mafioso   Capítulo 121

    La noche había caído pesada sobre la ciudad.El viento golpeaba las ventanas del despacho, haciendo crujir los marcos de madera, y la luz del cigarrillo que tenía entre los dedos parpadeaba como un corazón cansado. No había dormido desde que salí del hospital. No podía. Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Danae desmoronándose entre mis brazos, su voz pidiéndome que no me fuera.Y sin embargo, el caos seguía. No me daban tregua.Matteo estaba frente a mí, con el rostro tenso, los ojos fijos en los documentos que había sobre el escritorio. Su silencio me inquietaba más que cualquier noticia. Había pasado demasiados años a su lado como para no reconocer la gravedad en sus gestos.—Habla —le ordené con voz baja, sin levantar la vista de la copa de whisky que giraba entre mis manos.Matteo respiró hondo.—Lo confirmé hace una hora. No fue Dorian quien movía los hilos de todo esto. Él solo seguía órdenes.—¿De quién? —pregunté, aunque una parte de mí ya lo sabía.Esa sospecha qu

  • La Tentación del Mafioso   Capítulo 120

    El silencio del hospital era tan profundo que podía oír el tictac del reloj sobre la pared. Un sonido monótono, constante, que me recordaba que el tiempo seguía su curso aunque el mundo se me hubiese detenido por completo. Kael seguía inmóvil en esa cama, con la piel más pálida de lo que alguna vez creí posible. Cada respiración suya, asistida por las máquinas, era una lucha invisible, una guerra que yo no podía librar por él.No sé cuántas horas llevaba sentada junto a su cama. Quizás días. Afuera, la noche se confundía con la madrugada, y la madrugada con un amanecer que no traía consuelo. Me habían pedido que descansara, que comiera algo, pero no podía. Si cerraba los ojos, lo único que veía era su cuerpo cubierto de sangre, la llamada de Dorian, los gritos, el miedo.Le tomé la mano con cuidado. Estaba tibia, viva.—Kael… —susurré, y mi voz tembló como una hoja en medio del viento—. No puedes dejarme ahora. No después de todo lo que pasamos.Apreté sus dedos entre los míos. Nada.

  • La Tentación del Mafioso   Capítulo 119

    DanaeEl sonido de la lluvia golpeando los ventanales fue lo primero que escuché.Desperté sobresaltada, el corazón latiendo tan rápido que por un instante creí que se me saldría del pecho.No sabía qué hora era, pero el cielo afuera estaba oscuro y el aire tenía ese aroma a tormenta que siempre me había inquietado.Me senté en la cama, intentando calmar mi respiración, pero el presentimiento no se iba. Era como si una mano invisible me apretara el pecho. Algo dentro de mí gritaba que algo estaba mal. Muy mal.Miré a mi alrededor: la habitación estaba vacía.El lado de Kael en la cama seguía intacto, la colcha sin arrugar, el aire frío donde debería estar su calor.—Kael… —susurré, apenas un murmullo en la oscuridad.Nada.Ni una nota, ni un mensaje, ni un sonido que me dijera que estaba bien.Me levanté de golpe, caminando descalza por la habitación. Afuera el viento rugía, y cada ráfaga hacía crujir las ventanas.Intenté convencerme de que había salido temprano, que quizá estaba con

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status