Mag-log inEl viernes llegó con el sol colándose por el gran ventanal del penthouse, disipando las caricias y la tormenta que los tortura. Kateryn Thorne y Sebastián Blackwood se vistieron en un silencio sepulcral, cargado de una pesada melancolía. Con una falsa caballerosidad que intentaba camuflar el dolor de la inminente despedida, él se acercó para ayudarla a subir el cierre de su vestido azul perla, mientras ella, con manos trémulas, se estiró para ajustarle el nudo de la corbata de etiqueta, la misma prenda sastre que Valeria le había llevado el día anterior. El contacto físico los quemaba. Justo antes de Kateryn cruzara la puerta para salir del penthouse y darle fin al contrato, Sebastián la jaló con brusquedad de la mano, atrapándola por la cintura contra su pecho escultural. —¿Y si mejor nos quedamos aquí encerrados el resto del día? —sugirió el magnate en un siseo ronco, sus ojos negros invitados en un deseo primitivo. No quería que terminara. —No podemos hacer eso, Sebastián —resp
—Pensé que eso se había acabado —le reclamó Sebastián con una voz ronca que vibró con el filo de una navaja. Kat tragó duro, sintiendo el violento vuelco de sus propias náuseas. Sabía perfectamente que hacer entrar en razón a un monstruo cegado por los celos y el desprecio del pasado sería una total imposibilidad. —No es lo que tú crees, Sebastián… —dijo Kat en un hilo de voz apenas audible. Sebastián desvió la mirada bruscamente hacia el gran ventanal, sintiendo que perdería la batalla del orgullo si seguía contemplando el azul profundo de sus ojos. Se obligó a sí mismo a aferrarse a la máscara de su venganza, recordándose el frío objetivo de su plan: ella era solo una transacción, una prisionera a la que utilizaría para saciar su sexo antes de unirse en el altar con la mujer que sí merecía su apellido. Se reafirmó mentalmente que Valeria era digna de su corona, la esposa perfecta para su estatus. Su meta era convertir a Kat en su amante sumisa, y ya lo había logrado; no iba a
—Lo que me dijiste ayer en la sala de juntas me dejo pensando —soltó Sebastián con una voz ronca y calculadora, rompiendo el tenso silencio del estacionamiento en cuanto Kateryn se perdió de vista en el vehículo. Clavó sus ojos negros en su cuñado—. Dime qué está sucediendo realmente con Valeria ¿Por qué me dijiste eso ayer? Debe haber una razón. Alexander se quedó inmóvil, sosteniéndole la mirada. En su interior, el joven caballero volvió a dudar ferozmente sobre si guardar el secreto de su hermana era lo correcto o si la lealtad a su sangre se estaba convirtiendo en una complicidad peligrosa. Sebastián, cuya mente analítica estaba entrenada para detectar la más mínima vacilación, capturó de inmediato esa duda. En ese microsegundo, el magnate confirmó que las advertencias de Alex no eran simples exageraciones fraternales; había algo turbio ocurriendo en el entorno de su prometida. —Exijo que me digas qué me estás ocultando, Alexander —sentenció Sebastián, dando un paso al frente,
Una vez que el torbellino de la pasión desatada disminuyó, ambos comenzaron a arreglarse la ropa en un silencio denso. Elena y Marcos regresaron discretamente a la sala de diseño, trayendo consigo un aire de tensa normalidad. La jornada laboral concluyó bajo el agua; Kateryn Thorne ordenaba sus planos con una frialdad autómata, aceptando amargamente en lo más profundo de su pecho que Sebastián pronto sería padre de un bebé que lleva Valeria.Después del encuentro erótico sobre el escritorio, Sebastián notó de inmediato el drástico cambio en la actitud que Kateryn había adoptado. Se mostraba sumamente seria, esquiva y distante. El magnate, atrapado en su propia mente analítica, no lograba comprender con exactitud qué es lo que estaba pasando por la cabeza de su Kiki; ignoraba que ella ya empezaba a experimentar la dolorosa agonía de la despedida final. Mientras tanto, el millonario luchaba ferozmente en contra de sus propios sentimientos verdaderos, obligándose a mantener la farsa y el
Kateryn Thorne no se dejó intimidar ante la letal mirada que gobernaba a su jefe. Pese a ver la furia contenida marcándole las venas del cuello y la rigidez de su cuerpo, ella caminó con paso firme y decidido directo hacia el imponente escritorio de Sebastián. Al llegar, dejó caer el encendedor de oro macizo sobre los planos con un golpe.—Tu percance de última hora me pidió que te diera esto. Olvidó dártelo ayer después de su cena —espetó Kat con un hilo de voz impregnado en un veneno helado y cortante.A Sebastián le importaba un carajo el maldito encendedor de oro. Lo que verdaderamente le importaba, lo que le quemaba las entrañas y le taladraba la mente analítica era saber dónde diablos se había largado ella esta mañana, rompiendo su estrictas órdenes.—Llegas tarde. ¿Dónde diablos estabas? —siseó el magnate, controlando a duras penas el grito salvaje que amenazaba con estallar en su garganta.Kateryn, hirviendo en celos tras descubrir la supuesta traición de la noche anterior jun
Al divisar a su prometido sosteniendo el teléfono con el rostro tenso, Valeria pensó que esa rigidez se debía puramente a la cercanía de la gala de la triple corona. Se colgó de su cuello con un ímpetu empalagoso y le plantó un beso devorador en los labios. Sebastián recibió el impacto, pero le correspondió el contacto físico apenas por unos escasos segundos antes de apartarla con una cortesía elegante, casi perfecta, que rozaba la gélida frialdad. —Cariño, ¿qué haces aquí? —cuestionó el magnate con voz ronca, guardando el móvil en el bolsillo tras haber colgado abruptamente la llamada de Kat. —Solo pasé a dejarte la corbata de mañana, Seb —ronroneó Valeria con una dulzura ensayada, extendiéndole una pequeña caja satinada. —Gracias —respondió él, notando de inmediato la inusual e inmensa felicidad que desbordaban las facciones de su prometida. Sebastián asumió al instante que su alegría se debía a la cena de la noche anterior en su restaurante favorito. Lo que Sebastián Blackw







