تسجيل الدخولCruzar la frontera de su corazón será el juicio más difícil. Cristina es una mujer noble, sencilla y poseedora de una belleza tan pura como su corazón. Sin embargo, la vida no le da opciones: con su madre al borde de la muerte por una grave enfermedad y sin recursos para costear el tratamiento, se ve obligada a tomar la decisión más peligrosa de su vida. Tras sobrevivir a un viaje infernal a través del implacable desierto, Cristina logra pisar suelo estadounidense con una sola meta: trabajar incansablemente para salvar a su madre. Pero el destino la pone directamente en el camino de su peor pesadilla. Max Cooper es un abogado brillante, poderoso y temido, cuya vida está regida por una obsesión implacable: limpiar el país de los inmigrantes ilegales, a quienes ve como una amenaza absoluta. Pero en medio del odio, el amor siempre encuentra su lugar.
عرض المزيدCiudad De México ( México)
—Lo lamento mucho, pero su madre tiene cáncer de pulmón y es necesario que empiece el tratamiento lo antes posible —el médico habla con ese tono frío que te deja congelada. Cristina lo mira con desesperación; sus ojos café claro se llenan rápidamente de lágrimas. —Sí, doctor. Lo que mi mamá necesite... El segu... El médico no la deja terminar. Le explica que el seguro no cubre esa clase de tratamientos y que es necesario trasladarla a una clínica privada. Cristina se queda paralizada, incapaz de creer lo que está escuchando. ¿Una clínica privada? ¿Cómo iba a llevarla si no tenía suficiente dinero? Sin embargo, no piensa quedarse de brazos cruzados. Sale del hospital a toda prisa y se dirige directo al pequeño hotel donde trabaja. —Doña Leonor, necesito pedirle un favor. Es muy importante, es de vida o muerte —suplica Cristina, tratando de seguirle el paso a la mujer, que camina a paso veloz por los pasillos del hotel. —¿Otro favor, Cristina? Desde que empezaste aquí es lo mismo: siempre llegas tarde, siempre estás pidiendo favores... A ver, ¿qué quieres? —Lo siento mucho, Doña Leonor, es que mi mamá está muy enferma. Sé que apenas llevo un año aquí y que los últimos meses he pedido muchos permisos, pero ya sé qué es lo que tiene: es cáncer en el pulmón derecho —dice Cristina, conteniendo las lágrimas. La mujer se detiene, la mira de arriba abajo y responde con indiferencia: —Lo lamento. ¿Pero cuál es el favor? —Necesito un préstamo. Mi mamá tiene que empezar el tratamiento lo antes posible y... —¿Qué? ¿Me viste cara de banco o de institución de beneficencia? No te prestaré nada. —Por favor... Se lo suplico, Doña Leonor. Se lo pagaré, se lo juro. Cristina habla muy en serio. Siempre ha sido una joven honesta y responsable; trabaja sin descanso para sostenerse a sí misma, a su madre y a sus dos hermanos menores. Es decidida, de carácter fuerte y nunca se rinde. La mujer la mira con fastidio y le lanza un rotundo no. Cristina le ruega un poco más, pero el corazón de Doña Leonor no se conmueve. Al contrario, con total frialdad, le pide que no vuelva más, asegurándole que una empleada como ella ya no le sirve en el hotel. Cristina buscó empleo desesperadamente, pero no era nada fácil. Con su madre en casa sufriendo dolores muy fuertes y sus hermanos pequeños dependiendo enteramente de ella, sentía que se estaba volviendo loca. Agotada, se sentó en el borde de una acera y cerró los ojos mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Más tarde, al llegar a la puerta de la vecindad donde vivía, escuchó a una de sus vecinas llorar amargamente mientras se despedía de sus hijos. Cristina se levantó, se secó las lágrimas y se acercó a ella para preguntarle qué le sucedía. La mujer, con el corazón roto, le confesó que estaba muy triste porque sus hijos se iban de "mojados" a trabajar a los Estados Unidos, siguiendo los pasos de otro vecino del barrio. Al escuchar eso, una chispa de curiosidad y esperanza se encendió en Cristina. —¿Y al otro vecino le ha ido bien? —preguntó. —Sí, imagínate que ya hasta le compró una casa a su mamá —respondió la mujer, limpiándose los ojos—. Hasta la hermana menor está en la universidad gracias a él. Todo lo que manda es en dólares. Por eso mis hijos también se animaron a irse. Cristina la escucha atentamente y una idea fija comienza a rondar su mente. Estaba tan desesperada que ya no sabía qué hacer. Entró a la vecindad y, justo antes de cruzar la puerta del pequeño departamento donde vivía, miró al cielo y pidió una orientación, suplicando por una señal que le indicara el camino a seguir.Esa noche fue una completa pesadilla para Max. Se revolvía en la cama de un lado a otro buscando una postura para dormir, pero el sueño le era completamente esquivo. Cada vez que cerraba los ojos, el rostro de Cristina aparecía con una claridad exasperante: su mirada asustada, su respiración agitada y, sobre todo, el roce de sus labios. —Esto es increíble... ¿pero qué demonios me pasa? —se preguntaba entre dientes, pasándose las manos por el rostro mientras se revolcaba en las sábanas. Miranda, por su parte, se quedó tirada en la cama, completamente frustrada y con la respiración entrecortada. El rechazo intempestivo de Max le había pegado directamente en el orgullo. Sentía unos deseos ardientes de estar con alguien y su prometido no le había cumplido, dejándola a medias y con mil dudas en la cabeza. No entendía qué le pasaba a Max, pero en ese preciso momento, lo único que le importaba era sentirse deseada y valorada por un hombre. Decidida a no quedarse con las ganas, estiró e
Cristina entró a la habitación de Eric sosteniendo con cuidado las bolsas con las prendas que le había encargado. Se acercó al armario y colocó cuidadosamente en el clóset la ropa que él le pidió comprar, asegurándose de que no quedara ninguna arruga. Pero al momento de cerrar la puerta del clóset, giró levemente la cabeza y miró hacia su derecha. Sobre la mesa de noche había un retrato. Era una fotografía de Eric junto a Max. Al ver el rostro de Max, Cristina se quedó completamente paralizada, congelada en su sitio mientras el aire se le escapaba de los pulmones. En ese mismo instante, los recuerdos la golpearon con fuerza y revivió de golpe el beso que él le había dado a las afueras de la tienda. Se acercó lentamente hacia la fotografía y la siguió mirando fijamente, atrapada en una tormenta de emociones. Cerró los ojos con fuerza y pasó su mano por el rostro, intentando ahuyentar la imagen. No podía creer lo que estaba sintiendo. No podía asimilar que comenzaba a sentir algo por
—¡Me tienes harto! Estás en todos lados —exclamó Max, acomodándose la ropa y tratando de ocultar lo alterado que estaba. —Pero no te confíes —continuó él, señalándola con firmeza—. No vas a seguir por allí como si nada. Muy pronto te sacaré de mi país. Cristina se levantó del suelo, sacudiéndose la faldilla del uniforme y mirándolo directamente a los ojos, cansada del constante acoso. —¿Por qué nos odia tanto? —preguntó ella con la voz firme, aunque llena de dolor—. ¿Por qué no le da la oportunidad al que viene a trabajar honradamente? —¿Honradamente? —se burló Max con frialdad—. No me hagas reír. —Sí... Al menos a eso vine yo —respondió Cristina sin dar un paso atrás—. Usted no conoce nada sobre mí, usted no sabe quién soy. Estoy aquí para poder pagarle el tratamiento a mi mamá y eso voy a hacer. La vida de ella vale más que sus caprichos. —No es un capricho —sentenció él, endureciendo la mirada—. Y me importa un rábano si tu mamá está enferma o no... si es que es verdad eso.
Desconcertado por lo que acaba de sentir, Max se aleja bruscamente de Cristina. La mira con desprecio, intentando ocultar la enorme confusión que lo domina por dentro. Da un par de pasos hacia atrás, como si ella fuera fuego, e inmediatamente se regresa a su auto. Cierra la puerta de un golpe seco y avanza por la entrada hasta estacionar. Cristina se queda ahí, apoyada contra la reja, viéndolo alejarse. Su corazón late a mil por hora, completamente sorprendida por la extraña sacudida que recorrió su cuerpo al tenerlo tan cerca. Sacude la cabeza para alejar esos pensamientos y, sin pensarlo más, decide seguir su camino hacia la playa. Era el único lugar donde realmente se sentía bien y en paz. Mientras tanto, Max estaciona el auto frente a la casa. Apaga el motor, pero antes de bajarse, la mente se le va directo al momento exacto que acaba de vivir con Cristina. Recuerda el brillo de su mirada, el calor de su respiración y la intensa electricidad que sintió al sostenerla por el bra












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