MasukEl sol de la tarde bañaba la imponente finca en las afueras de Nueva York. Las flores blancas y los arcos de jazmín transformaban el jardín en un escenario de ensueño para celebrar no solo una unión formal, sino la consolidación de un hogar que superó cada sombra del pasado.En la primera fila, la condesa sostenía en su regazo con infinita devoción al pequeño Darren, su nieto de dos años, quien jugaba curioso con los encajes de su vestido. A su lado, Nikolai le rodeaba los hombros con elegancia, mirando el altar con una sonrisa pausada. Inclinándose apenas hacia ella, Nikolai le rozó la mejilla con los labios y le murmuró al oído:—Eres y serás siempre el amor de todas mis vidas.La condesa lo miró con ternura, apretándole la mano en silencio mientras la música suave anunciaba el inicio del cortejo.Dimitric aguardaba al pie del altar, vistiendo un esmoquin impecable. Tras convivir formalmente con Danna durante casi dos años, proyectaba la calma sobria y segura del hombre maduro que ya
Maxwell cargó al pequeño Arthur en brazos, acomodándolo sobre su cadera para que pudiera asomarse al amplio cristal de la sala cuna. Al otro lado del vidrio, envuelta en una manta rosada, dormía plácidamente la recién nacida.—Mira allá, campeón —le susurró Maxwell al oído, señalando el cunero—. Es tu hermanita Virginia.Arthur pegó las manos al cristal, abriendo mucho los ojos con pura curiosidad infantil.—Es tan chiquita... —murmuró el niño, maravillado de verla por primera vez fuera del vientre de su mamá.Justo debajo de ellos, los hijos de Dominic y Grace daban pequeños saltos, intentando asomarse sin éxito.—¡Nosotros también queremos verla! —reclamó Doménica, alzando el cuello con todas sus fuerzas.—¡Yo tampoco alcanzo! —protestó Derek a su lado, poniéndose de puntitas.Dominic soltó una carcajada baja y no dudó en intervenir. Con la destreza de un padre acostumbrado al caos, se agachó y cargó primero a Derek para acercarlo al vidrio.—Parece una de las muñecas de mi hermana
El día tan esperado finalmente llegó. Con nueve meses cumplidos y el vientre abultado en su punto máximo, Sarah ingresó a la clínica para su cesárea programada. Aunque intentaba mantenerse firme, el temblor en sus manos traicionaba los nervios inevitables antes de entrar a quirófano.En la sala de espera del centro médico, Grace y Dominic se hicieron cargo por completo de Arthur, acompañados por sus propios hijos, quienes habían viajado especialmente para apoyarlos en este momento tan importante.—Mamá, yo me voy a portar súper bien con papá Dominic y la tía Grace —dijo Arthur abrazando a Sarah por la cintura antes de que la trasladaran—. Te voy a esperar aquí.—Así se habla, campeón —lo animó Dominic con una sonrisa, poniéndole la mano en el hombro—. Aquí te lo cuidamos como a un rey, Sarah. Tú tranquila y enfócate en lo tuyo.—Están en las mejores manos —le dijo Grace, dándole un abrazo apretado a Sarah—. Todo va a salir perfecto.Ya dentro del quirófano, el ambiente esterilizado y
Danna voló a San Francisco para cerrar formalmente ese capítulo de su vida. Le tomó un mes entero capacitar a la persona que la reemplazaría en la empresa de Maxwell y dejar todo su departamento corporativo en absoluto orden. Durante esas cuatro semanas, Dimitric la llamaba cada mañana para saber de ella y asegurarse de que estuviera bien. El día que Danna aterrizó de vuelta en Nueva York, Dimitric ya la esperaba en la pista con la puerta del auto abierta y los brazos dispuestos para recibirla.La mudanza a su nueva casa en Manhattan fue fluida y sin contratiempos. Instalada junto a él, Danna descubrió una faceta de Dimitric que jamás imaginó: un hombre atento, devoto y enfocado por completo en su bienestar. No la dejaba cargar ni la bolsa del supermercado, se encargaba personalmente de prepararle los desayunos según los antojos que le surgían por las mañanas y no faltaba a una sola cita de control prenatal.Tratada verdaderamente como una reina, la rigidez del pasado de Danna se dis
Dimitric no la soltó. Después del beso, la sostuvo entre sus brazos sintiendo cómo el temblor abandonaba poco a poco el cuerpo de Danna. Le tomó la mano con delicadeza. —A la cama —le pidió en un murmullo suave pero firme—. Tienes que descansar. Todo este estrés no te hace bien.—Dimitric...—Acuéstate y cuídate, por favor —la interrumpió con ternura, dándole su espacio para que ella misma fuera al área del clóset a ponerse algo cómodo.Danna regresó vestida con una pijama holgada y se metió bajo las cobijas. Mientras tanto, Dimitric se dirigió a la barra de la cocina, que quedaba a solo unos pasos dentro del amplio espacio integrador. Tras revisar el refrigerador, le preparó un plato de fruta y unas tostadas. Se acercó a la cama cargando la bandeja humeante.Se sentó en el borde del colchón y le acercó la bandeja con paciencia. Danna, que no había probado bocado en todo el día por los nervios, comió en silencio mientras él la observaba en calma. El vacío en su estómago por fin desap
Danna permanecía hecha un ovillo en el sofá del loft que solía rentar cada vez que pisaba Nueva York. Las luces estaban apagadas y la penumbra del lugar apenas se interrumpía por el brillo tenue que entraba por el ventanal. Todavía llevaba puesto el vestido azul de dama de honor, arrugado y pesado sobre su cuerpo cansado. Tenía las mejillas ardientes y el pecho entumecido de tanto llorar; no lograba digerir la frialdad con la que Dimitric había puesto en duda su fidelidad, tratándola como a una cualquiera.El sonido repentino de unos golpes suaves pero firmes contra la puerta de la entrada la hizo dar un brinco en su sitio.Se congeló, aguantando la respiración en medio del absoluto silencio del departamento, rogando internamente porque quien fuera que estuviese del otro lado simplemente se marchara.—Mi dulce ángel... —resonó la voz grave y baja de Dimitric al otro lado de la madera—. Sabes perfectamente que puedo pedirle a la administración que me abra, pero quiero que seas tú quien







