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Capítulo 3

Author: Katerina
A la mañana siguiente, oí girar la cerradura.

Adrian entró justo cuando terminaba de cerrar la última caja de cartón.

Mia venía detrás de él.

Ambos se detuvieron al ver las cuatro cajas perfectamente alineadas en la sala.

Adrian había llegado con una expresión fría, probablemente porque no lo había llamado la noche anterior. Sin embargo, en cuanto vio las cajas, su expresión se suavizó.

Pensó que yo estaba impaciente por mudarme al penthouse de lujo en Tribeca.

—Está bien. Ya basta.

Adrian se acercó y miró las cajas.

—Lo de ayer ya pasó.

—Deja de discutir conmigo por Mia. Hoy registraré tu huella y la boda sigue en pie.

Mia, que estaba detrás de él, intervino con voz suave.

—Claire, no culpes a Adrian por lo de ayer. Todos estábamos bromeando.

Hizo una pausa.

—Ese departamento es tu casa, obviamente. Yo solo estaba ayudando a preparar algunas cosas.

Mientras hablaba, apoyó la mano con toda naturalidad sobre el brazo de Adrian.

Meses atrás, me habría quedado mirando aquella mano y le habría preguntado por qué tocaba a mi prometido.

Ahora, solo sonreí.

—No pasa nada.

Adrian me observó durante unos segundos, claramente satisfecho con mi respuesta.

Extendió la mano para acariciarme el cabello.

Aparté la cabeza suavemente, pero pareció no darle importancia.

—Así está mejor.

Miró la hora.

—Voy a llevar a Mia de regreso a la oficina para recoger unos documentos. Esta noche tendremos la fiesta de inauguración en el penthouse. Luca y los demás estarán allí.

—Ven cuando termines de acomodar todo.

Luego añadió:

—No llegues tarde.

—Está bien. —respondí de inmediato.

Las comisuras de los labios de Adrian se curvaron ligeramente.

Probablemente, creía que lo que había dicho la noche anterior sobre cancelar la boda no había sido más que un arranque de rabia que todavía no se me pasaba.

Unos minutos después, ambos se marcharon.

En cuanto la puerta se cerró, la sonrisa desapareció de mi rostro.

Saqué el celular y llamé a la empresa de mudanzas que había contratado con anticipación.

—Hola. Ya pueden subir.

—Son cuatro cajas. Todas van a San Francisco.

Los empleados de la mudanza llegaron media hora después.

No me llevaría demasiadas cosas.

Mi computadora portátil, mis discos duros, mis bocetos de diseño y los materiales de trabajo que había acumulado a lo largo de los años.

La ropa y las joyas que me había regalado Adrian, junto con todo lo que nos pertenecía a los dos, se quedaron allí.

Una vez que se llevaron las cajas, regresé al escritorio.

Todavía había dos correos electrónicos impresos sobre él.

Uno era de nuestra organizadora de bodas.

El otro, del lugar que habíamos reservado para la ceremonia.

Después de regresar a casa la noche anterior, había cancelado oficialmente la boda.

Poco después, apareció una confirmación en mi celular.

«Su cancelación fue procesada».

La observé durante unos segundos y luego cerré la pantalla.

Cinco años juntos y, al final, lo único de lo que tuve que ocuparme fue de unas cuantas cajas y unos formularios de cancelación.

Para aquella tarde, el departamento ya estaba vacío.

Corté la electricidad, revisé cada habitación por última vez y me marché con una sola maleta negra.

Adrian todavía creía que estaba ocupada llevando mis cosas a nuestro nuevo hogar.

Seguramente esa noche estaría sentado en aquel penthouse con Luca y los demás, esperando a que yo apareciera.

Cerré con llave la puerta del departamento donde habíamos vivido durante cinco años y dejé las llaves en la administración del edificio.

Después, pedí un auto.

El conductor me miró por el espejo retrovisor.

—¿Adónde vamos?

Miré la tarjeta de embarque que tenía en el celular.

—Al aeropuerto JFK.

El auto se incorporó al tráfico de Manhattan.

El edificio se fue haciendo cada vez más pequeño detrás de mí.

Y, aun en ese momento, Adrian seguramente seguía creyendo que por fin había aprendido a comportarme.

***

Ya habían abierto la segunda botella de champán en el penthouse de Tribeca.

Luca estaba recostado en el sofá, riéndose tan fuerte que casi derramó su bebida.

—Adrian, tengo que reconocértelo. Hace seis meses, Claire habría derribado esa puerta si se hubiera enterado que Mia tenía acceso antes que ella.

Otro levantó su copa.

—Y ayer ni siquiera armó un escándalo.

—Parece que por fin aprendió la lección —comentó otro hombre entre risas.

Adrian estaba junto a la barra, haciendo girar el whisky dentro de su vaso. Su expresión seguía siendo tranquila, pero no lograba ocultar su satisfacción.

—Antes armaba un drama por cualquier cosa.

Luca sonrió de oreja a oreja.

—Entonces, ¿lo de la huella funcionó?

Adrian levantó ligeramente la barbilla, sin mostrar la menor sorpresa.

—Por fin está aprendiendo lo que significa estar a mi lado. Si ya aprendió a ser una verdadera Donna, la boda sigue en pie.

Luca soltó una carcajada y levantó su copa.

—Te dije que terminaría entrando en razón. Claire lleva años obsesionada con casarse contigo. Nunca se habría atrevido a marcharse de verdad.

Los demás se rieron con él.

Incluso Mia sonrió.

Nadie en aquella habitación parecía tener la menor duda.

Justo entonces, el celular de Adrian vibró sobre la barra.

Luca volvió a reírse.

—¡Hablando del rey de Roma!

Adrian bajó la mirada con una leve sonrisa, esperando un mensaje mío en el que le preguntara si todavía estaba enojado o a qué hora debía llegar.

Pero, en cuanto leyó lo que decía, el vaso se le resbaló de la mano y se hizo añicos contra el suelo.

«Adrian, lo nuestro se acabó».

«Querías que dejara de importarme con quién estabas. Ahora ya no me importa».

«La boda está cancelada. Puedes estar con quien quieras».
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