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Capítulo 3 — Llama Prohibida

ผู้เขียน: Queen Bee
last update วันที่เผยแพร่: 2026-04-19 01:37:08

El gran salón de reuniones de Rurik Motors exudaba imponencia. Las ventanas de vidrio que iban del suelo al techo ofrecían una vista privilegiada de la ciudad de Moscú, mientras que la mesa oval de madera oscura dominaba el centro de la sala. El cuero negro de las sillas, el brillo discreto de los metales y la ausencia de cualquier exceso decorativo delataban el nivel de exigencia que reinaba allí dentro.

Susan sintió el peso del ambiente en cuanto cruzó la puerta.

Respiró hondo, ajustó los lentes con un gesto discreto y apretó la carpeta contra el pecho. Su primer día ya comenzaría con una reunión que involucraba a las principales mentes de la empresa. Y a Dmitry Rurik.

Nunca lo había visto en persona, pero todos sabían quién era. El hombre detrás del imperio. Un nombre que cargaba autoridad y misterio con la misma facilidad con que vestía sus caros trajes.

Caminó hasta el lugar reservado para ella, consciente de las miradas que la seguían. Estaba acostumbrada a la atención —a veces curiosa, a veces juzgadora—. Pero en aquella sala, esperaba que miraran más allá de su cuerpo y vieran su competencia. Eso era lo que importaba.

Pocos minutos después, las puertas dobles se abrieron. Y el aire cambió.

Dmitry entró.

Era como si el ambiente se contrajera a su alrededor, curvándose ante la presencia que dominaba sin esfuerzo. Alto, los hombros anchos sosteniendo un traje oscuro impecable, el cabello blanco contrastando con la piel pálida y los ojos… los ojos eran una sentencia.

Azules. Intensos. Penetrantes.

Susan contuvo la respiración sin darse cuenta cuando él pasó detrás de su silla. El perfume amaderado, envolvente y masculino invadió su espacio, despertando algo que no supo nombrar.

Y entonces, él la miró.

Por un instante, solo eso: ojos contra ojos.

Pero fue suficiente.

Dmitry se detuvo. El siguiente paso se retrasó una fracción de segundo. Internamente, el Lycan se estremeció.

Aquel aroma.

Dulce y cálido. Natural. Ningún perfume conseguía ocultarlo. Era ella.

Su mirada se hundió en ella como una hoja precisa, cortando la superficie y yendo profundo —más profundo de lo que debía—. Observó el cabello rojizo recogido con precisión, las lentes de los anteojos enmarcando los ojos verdes y atentos. Las suaves pecas, la piel clara… Y luego, por un segundo, su mirada descendió, capturando las curvas delineadas bajo el blazer ajustado.

La Bestia se alzó.

El Lycan, contenido durante años de disciplina y rituales de autocontrol, ahora se debatía dentro de él. Como un animal encadenado que, al reconocer el olor de su hembra, exige libertad. Exige posesión.

Dmitry apartó la mirada con esfuerzo.

— Empecemos — dijo. Su voz salió grave, más baja de lo habitual.

La reunión comenzó, pero él no escuchaba.

La voz del jefe de marketing se convertía en un zumbido indistinto mientras el aroma de ella llenaba sus sentidos, más vívido con cada respiración. Era como si el mundo entero hubiera desaparecido, quedando solo ella en aquella sala… y él, luchando contra sí mismo.

«Ella es diferente».

El Lycan susurraba, gruñía, impaciente.

«Es nuestra. Ahora. Reclámala».

Dmitry mantenía la mandíbula apretada. Sus manos reposaban sobre la mesa, inmóviles, pero sus sentidos estaban a flor de piel. La bestia quería saltar. Quería tocarla. Probarla. Marcar cada pedazo de aquella piel delicada con sus dientes, con su esencia.

«No».

Pero era una negación débil. Inestable.

Sus ojos volvieron a ella nuevamente. Susan no lo notó de inmediato; estaba anotando algo, con el ceño ligeramente fruncido. Y Dmitry la devoraba con la mirada.

Curiosidad. Deseo. Instinto.

— Susan — su voz cortó la sala como una hoja.

Ella levantó el rostro, sorprendida de que la llamara. Su nombre en la boca de él sonó demasiado personal. Íntimo.

— ¿Sí, señor?

Él se inclinó ligeramente, sin apartar los ojos de ella.

— Trabajaste en Semyon Motors, ¿correcto?

— Sí — respondió ella con firmeza, aunque sentía el corazón acelerado—. Fui asesora de publicidad durante tres años.

Dmitry asintió lentamente. El tono de voz era neutro, pero sus ojos… Sus ojos gritaban.

— ¿Y qué opinas de nuestro enfoque de marketing?

La pregunta tomó a la sala por sorpresa. El jefe de marketing guardó silencio, sin saber si debía continuar. Pero Dmitry no le prestó atención. Toda su energía estaba dirigida a Susan.

Ella se humedeció los labios, consciente de cada mirada, pero aún más consciente de aquella. La de él.

— La campaña fue bien ejecutada, los números lo demuestran — comenzó con cautela—. Pero creo que la comunicación visual podría ser más audaz. Especialmente en las redes sociales. El público más joven busca algo menos institucional, más emocional.

Dmitry la escuchó en silencio. Cada palabra de ella entraba como un comando directo en su piel.

— ¿Crees que debemos ser más… accesibles?

— Accesibles no es la palabra — mantuvo la mirada—. Sino auténticos. Una marca fuerte necesita crear conexiones emocionales. No basta con vender. Hay que hacer sentir.

El Lycan vibró dentro de él.

«Ella entiende. Ve más allá».

Por un instante, ya no era Dmitry, el CEO frío y calculador. Era solo un depredador hechizado por el aroma de su hembra.

Sonrió. Solo un leve trazo en la comisura de la boca, pero que hizo que su rostro esculpido pareciera más peligroso. Intrigado. Fascinado.

— Hablaremos más sobre esto después — dijo, con la voz más baja de lo necesario.

Susan asintió. Pero su corazón se aceleró, como si ya supiera que aquel “después” no sería solo una conversación profesional.

La reunión continuó, pero para Dmitry nada más tenía sentido. Todo era ruido. Todo era espera.

Aquella mujer había entrado en su vida con una presencia que desafiaba la razón, el estatus y hasta la maldita maldición que llevaba en la sangre.

Y ahora, el Lycan dentro de él no quería solo observarla.

Quería marcarla.

Y él, por más que intentara negarlo, también lo quería.

***

Cuando recibió la noticia de que había sido contratada, Susan dio saltos de alegría en el pasillo del pequeño apartamento que compartía con sus amigas. Pero ahora, frente a él, la euforia cedía espacio a algo más incómodo. Un recelo sutil, difícil de nombrar, pero imposible de ignorar. Estaba llamando la atención. Más de lo que pretendía. Y eso no era exactamente bueno. No frente a un Lycan, considerando lo que ella era.

La sala de reuniones se fue vaciando poco a poco. El arrastrar de sillas y el susurro de papeles llenaban el ambiente de sonidos breves, casi apresurados. Dmitry permanecía sentado a la cabecera de la mesa de vidrio, postura impecable, la mirada fija. Sus dedos largos deslizaban, sin prisa, por el reposabrazos de la silla de cuero. Sus ojos azules, tan fríos como la ciudad más allá de las ventanas, seguían los gestos de Susan con atención indebida.

Ella recogía el bloc de notas, ajustaba los lentes con un gesto distraído y sujetaba un mechón rebelde de cabello detrás de la oreja. La luz de la sala resaltaba los reflejos cobrizos de los mechones, el contraste con la piel clara y las delicadas pecas. Pero no era solo eso.

No era solo la apariencia.

Era algo más. Algo que lo incomodaba por ser… familiar.

— Señorita Grigorieva, quédese un momento más — su voz resonó firme. No había amabilidad, pero tampoco sonó grosera.

Susan se detuvo, sorprendida, con la mano aún sobre el cuaderno. Enderezó la postura, sin ocultar la vacilación que cruzó sus ojos.

— Claro, señor Rurik.

Algunos empleados se miraron entre sí antes de salir, como si supieran que había algo extraño allí. Cuando la puerta por fin se cerró y el silencio cayó sobre la sala, Dmitry se levantó con calma. Sus manos fueron a los bolsillos del pantalón oscuro mientras caminaba hasta la amplia ventana.

Las luces de Moscú parpadeaban afuera, indiferentes a la inquietud que crecía dentro de él.

La sentía.

El aroma de ella.

El pulso acelerado.

La tensión contenida en cada músculo.

Susan permaneció de pie, cerca de la silla donde había estado, sujetando el bloc contra su cuerpo como si aquello fuera un escudo. El intento de mantener la postura profesional era evidente. Admirable. Casi conmovedor.

— Sobre la campaña — comenzó Dmitry, sin girarse. Su voz estaba controlada, neutra—. Trajiste observaciones interesantes hoy. Me gustaría oír más… entender tu visión con claridad.

«Mentiroso». La voz del Lycan sonó baja, irónica, arrastrándose en su mente como humo. «Solo quieres ver si ella siente. Si la conexión es real. Admítelo, quieres que reaccione».

La ignoró. O lo intentó.

Se giró despacio, y su mirada encontró la de ella.

Susan no retrocedió. Había miedo, sí, pero también determinación.

— Creo que Rurik Motors tiene una identidad fuerte basada en tradición y excelencia, señor Rurik — comenzó ella, con más firmeza de la que él esperaba—. Pero veo espacio para explorar la emoción detrás de eso. La experiencia de conducir un auto de Rurik… la libertad, el poder. No se trata solo del producto. Se trata de cómo hace sentir a la persona.

«Ella ve más que apariencia. Más que estatus». El Lycan susurró. «Ella entiende».

Dmitry se acercó despacio. Solo un paso. Lo suficientemente pequeño para no parecer una amenaza. Lo suficientemente lento para observar el impacto. Y vio: los dedos de ella apretaron el bloc con más fuerza, su pecho se elevó en una respiración contenida, y sus ojos vacilaron por un instante antes de volver a mirarlo.

— Emoción, entonces — repitió él. La palabra sonó extraña en su boca—. ¿Y cómo sugieres que transmitamos eso?

— Campañas narrativas — respondió ella, con un leve brillo en la mirada—. Historias que muestren a personas reales viviendo momentos inolvidables con los autos. No solo imágenes bonitas y frases de impacto. Sino conexiones. Experiencias. Verdad.

Dmitry la observó en silencio durante unos segundos. Y, por primera vez en años, sintió que el control se le escapaba. No por completo, pero lo suficiente para incomodar.

Ella no se doblegaba. No temblaba. Y aunque estaba nerviosa, no lo miraba como a un monstruo ni como a un hombre al que había que adular.

«Ella es diferente». El Lycan murmuró, casi con reverencia. «Es nuestra».

La respiración de Dmitry se volvió pesada. Inspiró profundamente, buscando estabilidad. No. No podía ser. No tan pronto. No con ella.

— Esa propuesta será evaluada — dijo al fin. La voz firme, de vuelta al tono profesional. Pero había una sombra en sus ojos. Un punto ciego creciendo en el centro de la razón.

Susan frunció el ceño, tal vez percibiendo el cambio repentino.

— ¿Señor Rurik…?

Él parpadeó, apartando la mirada por un instante.

— Dmitry — corrigió, sin pensar.

Ella abrió un poco los ojos.

— ¿Perdón?

— Cuando estemos discutiendo ideas… llámame por mi nombre — la miró de nuevo—. Sin necesidad de formalidades aquí dentro.

Susan dudó.

— Está bien… Dmitry.

Hubo un silencio tenso después de aquello. La forma en que su nombre salió de los labios de ella… era equivocada. Peligrosa. Porque ahora ya no era solo el aroma, ni solo el sonido de su voz o la firmeza en sus argumentos.

Era ella.

Y el instinto comenzaba a gritar, aunque él se negara a escucharlo.

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