ログイン«Esto va a ser un problema, alfa».
El Lycan murmuró en su mente, con voz baja y arrastrada, como una advertencia susurrada entre dientes.
Dmitry no respondió. Movió la muñeca discretamente, consultando el reloj como quien intenta recordarse a sí mismo que el tiempo todavía obedecía reglas. Era una excusa. Un intento sutil de traer su propio foco de vuelta a la superficie.
— Es tarde — dijo con voz controlada, el tono perfectamente neutro—. Imagino que estarás cansada de tu primer día.
Susan sonrió, una curva leve en los labios que oscilaba entre alivio y algo que él no supo nombrar de inmediato. Tal vez una punzada de decepción.
— Un poco, sí.
— Entonces, terminamos por hoy — dio un paso hacia atrás, alejándose lo suficiente para no sentir tan intensamente el aroma que ella emanaba. Un perfume discreto mezclado con el calor natural de su piel, que se empeñaba en llamarlo—. Pero quiero que me envíes un borrador con esas ideas. Quiero ver cómo pretendes desarrollarlas en el próximo trimestre.
Ella asintió, volviendo al modo profesional con naturalidad. Dmitry observó ese gesto con atención silenciosa.
— Claro. Puedo preparar algo y enviártelo mañana por la mañana.
— Excelente. Quedas dispensada.
Susan recogió sus cosas, ajustándose los lentes con el mismo gesto inconsciente de antes, y caminó hacia la puerta. Cuando su mano tocó el pomo, dudó. Se giró, con los ojos verdes buscando los de él con una suavidad inesperada.
— Gracias, Dmitry.
Él levantó el rostro, los ojos azules fijos en ella con una intensidad contenida.
— ¿Por qué?
— Por darme la oportunidad de mostrar mis ideas.
Era simple. Sincero. Un gesto pequeño que, de alguna forma, se deslizó por debajo de la armadura que él vestía todos los días.
Debería haber solo asentido y dejarla ir.
Pero no lo hizo.
— Susan…
Ella se detuvo, se giró otra vez, esperando.
Dmitry dio un leve paso hacia adelante, sin cruzar la línea. Su presencia seguía firme, pero sin invadir. Lo suficiente para hacerse sentir.
— Tienes talento. No dejes que nadie te convenza de lo contrario.
Por un segundo, el rostro de ella se iluminó de sorpresa. Pero luego se suavizó, como si aquellas palabras hubieran alcanzado un punto vulnerable que ella misma intentaba mantener protegido.
— Gracias.
Y, esta vez, se fue.
Dmitry permaneció allí, los ojos fijos en la puerta ahora cerrada. El silencio de la sala parecía más denso con la ausencia de ella. Su pecho subía y bajaba de forma lenta pero irregular, como si intentara convencerse de que aún estaba al control.
«Ella nos incita…» gruñó el Lycan con una mezcla de fascinación e inquietud. «De un modo que ni tú vas a poder fingir que no sientes».
Él permaneció en silencio, con la mandíbula apretada. No necesitaba responder. Porque ambos lo sabían.
Era verdad.
***
Susan abrió la puerta del pequeño apartamento y entró con un suspiro cansado, cerrándola detrás de sí como quien intenta contener el torbellino que la acompañaba desde que dejó Rurik Motors.
El silencio habitual del espacio debería haberla reconfortado, pero aquella noche había algo en el aire. Una inquietud que no venía de fuera, estaba dentro de ella.
Dejó el bolso en el gancho junto a la puerta y se quitó los zapatos, sintiendo el frío del suelo acariciar sus pies. Jenn y Carla aún estaban en el hospital, atrapadas en la rutina exhaustiva de los turnos nocturnos.
Por ahora, solo estaba Susan… y los pensamientos que parecían resonar en cada rincón del apartamento.
Caminó hasta la cocina y llenó un vaso con agua, bebiendo a sorbos mientras apoyaba los codos en la encimera. Sus ojos vagaron por la sala de estar, pero no veía realmente lo que tenía delante.
Lo veía a él.
Dmitry.
El nombre resonó dentro de ella como un susurro caliente e incómodo, arrastrando consigo el recuerdo de su voz. Grave, controlada, e intensa lo suficiente para hacerla contener la respiración.
Cerró los ojos por un instante, y allí estaban de nuevo las palabras:
«Tienes talento. No dejes que nadie te convenza de lo contrario».
No era solo lo que decía. Era el cómo. El tono firme. La certeza cortante. Como si aquella verdad le perteneciera y él no tuviera la menor intención de dejarla olvidarla.
Susan soltó una risa breve y nerviosa, pasándose las manos por el rostro como quien intenta borrar algo grabado a fuego.
— Ok… Eso fue extraño — murmuró.
Tomó el celular, abrió el bloc de notas. Necesitaba concentrarse. Tenía trabajo que hacer. Ideas para desarrollar. Una campaña entera para armar.
«Las mejores marcas cuentan historias». Escribió, repitiendo la frase que había usado en la reunión, casi como un mantra para rescatar su cordura.
Sabía lo que quería hacer con Rurik Motors. Quería crear conexión emocional. Hacer que el público se viera al volante de aquellos autos, que sintiera algo. Pertenencia.
Pero, por más que lo intentara, su mente se empeñaba en deslizarse de nuevo hacia él. Hacia Dmitry. Hacia la forma en que la miraba.
No como un jefe. Como un hombre que veía algo… peligroso.
Susan empujó el celular lejos y se pasó las manos por el cabello, intentando contener el escalofrío que amenazaba su espalda.
— Dios mío, Susan… Deja de hacer esto.
Pero ¿cómo ignorarlo?
Dmitry Rurik no era solo un hombre imponente. Era el tipo de presencia que llenaba el ambiente incluso antes de hablar. Y cuando hablaba… era como si sus palabras invadieran la piel, quemando por dentro.
Susan apretó los ojos, intentando alejar aquel sentimiento. Era incorrecto. Él era su jefe. Y más que eso… estaba casado.
Y ella no era una mujer común.
— Él no puede saber — susurró para sí misma, casi como una plegaria.
Sabía lo que llevaba en la sangre, aunque hiciera todo por vivir como una humana cualquiera. Descendiente directa de la Diosa Morrigan. Un nombre que aún hacía estremecer a muchos Lycans, incluso en silencio.
Brujas como ella no podían ser controladas. No podían ser marcadas. Y los Lycans, criaturas tan instintivas y territoriales, odiaban aquello que no podían dominar.
«Cuando él descubra, querrá deshacerse de ti».
Esa verdad martilleaba en su cabeza cada vez que pensaba demasiado en Dmitry. Usaba el collar con el símbolo ancestral, un artefacto encantado para contener la energía natural que emanaba. Un sello para impedir que los Lycans la notaran más de lo que debían.
Funcionaba con todos. Siempre había funcionado.
Pero no con él… Ella vio la forma en que la había mirado. Era como si la protección se disolviera. Como si su sangre gritara por él, incluso contra su voluntad. Y, peor aún, como si la de él respondiera.
— Tengo que mantenerme lejos — susurró, apretando el collar entre los dedos.
Era el único camino seguro.
…
La luz suave del celular iluminaba el rostro de Susan, que escribía con dedos ágiles pero inquietos. Escribía, borraba. Reempezaba. Garabateaba ideas para la nueva campaña de Rurik Motors, inmersa en conceptos que desafiaban lo convencional.
«Los autos de Rurik no son solo vehículos. Son jornadas esperando a suceder».
Sonrió sola al escribir aquello, satisfecha con la imagen que había creado. Pero antes de que pudiera desarrollar el resto del concepto, el cansancio cobró su precio. Los ojos le pesaron y el calor del sofá la envolvió como un abrazo silencioso.
El celular aún reposaba entre sus dedos cuando el sueño venció. Se deslizó despacio y quedó apoyado sobre su pecho, parpadeando con una luz suave en la penumbra de la sala.
Parte IEl laboratorio estaba escondido bajo una antigua fábrica abandonada, a tres horas de Moscú, en una región que ni siquiera los mapas más detallados de los clanes registraban. Alexei bajó de la camioneta con los ojos violetas ya brillando en la penumbra de la mañana, y el humo de Umbra ondulaba alrededor de su cuerpo como una segunda piel.Detrás de él, veinte hombres de ambos clanes —Rurik y Demidov— esperaban la orden. Andrei estaba al frente, con los consejeros Timofey y Eldar justo detrás. Dmitry se había ofrecido a ir, pero Alexei se negó. Aquel era el último núcleo, y quería acabar con aquello solo, con sus propias manos."Es el último." Umbra habló en su mente, la voz llena de una profunda satisfacción. "Después de esto, se acabó."—Se acabó. —repitió Alexei, y la palabra pesó como cinco meses de cacería.Cinco meses desde la ceremonia. Cinco meses desde que se había convertido en Alfa Supremo de los dos clanes. Desde que Carla había dicho que sí. Y, durante todo ese tiem
Alexei saludó a los Alfas uno por uno, y cada apretón de manos cargaba un peso que él todavía estaba aprendiendo a llevar. Fidor Kovalenko habló sobre la importancia de la unión, Mikhail Chernov murmuró algo sobre la Luna y el destino, Anatoly Dragunov intentó arrancarle alguna promesa sobre el futuro del clan, e Irina Vasiliev simplemente inclinó la cabeza, sus ojos claros cargando más respeto que cualquier discurso.Él respondía a todos con la misma formalidad, la misma calma, la misma máscara de Alfa Supremo que había llevado desde el momento en que la Corona había tocado su cabeza. Pero, por dentro, había una inquietud que no tenía nada que ver con la política de los clanes.El estuche estaba en el bolsillo interior del abrigo. Los anillos estaban allí, calientes, palpitando con la misma luz que había visto en las manos de las pixies, esperando el momento adecuado. Y Umbra también estaba inquieto, la presencia dentro de él ondulando como una marea que no encontraba descanso.“Ella
Alexei permanecía en el centro del salón, con la Corona Lunar recién colocada sobre su cabeza, cuando el Guardián levantó el bastón una vez más. El silencio que siguió fue absoluto —todos los Alfas, Ancianos y consejeros permanecían de pie, observando al nuevo Alfa Supremo y a su compañera.El Guardián se volvió lentamente hacia Carla.—Dama Carla. Acércate.Ella sintió el vínculo palpitar y Alexei giró el rostro hacia ella. Sus ojos se encontraron por un instante —y en aquella mirada, él le dijo todo lo que no podía decir en voz alta. "Ve. Estoy aquí."Carla respiró profundamente y caminó hasta el centro del círculo. El vestido azul y plata se deslizó sobre el mármol, los hilos de cristales oscuros brillando bajo la luz de la Luna. Se detuvo junto a Alexei, y él extendió la mano hacia ella. Ella la tomó, los dedos vendados apretando los de él con una fuerza que no era física.El Guardián observó a ambos durante un instante y después volvió su atención hacia Carla.—No eres Lycan. —di
Alexei caminó hasta la Piedra de la Luna Antigua, sintiendo el peso de todo el salón sobre sus hombros. Los ojos de todos los clanes estaban fijos en él —Alfas, Ancianos, consejeros, guerreros. La Luna, a través del techo de vidrio, parecía más grande de lo que jamás había visto, y la luz plateada bañaba la piedra negra como si el propio cielo estuviera presente.El Guardián levantó la mano, y una pequeña hoja de plata oscura brilló entre sus dedos. Sostuvo la palma de Alexei y le hizo un corte leve. La sangre brotó de inmediato, oscura contra la piel clara. Alexei giró la mano y una única gota cayó sobre la piedra.La superficie negra absorbió la sangre como si tuviera sed. Durante un instante, no ocurrió nada. Entonces las runas grabadas en la piedra comenzaron a brillar —primero en rojo, después en plata y luego en un violeta profundo. El Guardián observó los colores, con la expresión ilegible.—¿De qué sangre provienes? —La voz resonó por el salón.Alexei respiró profundamente, lo
Alexei bajó primero y extendió la mano hacia Carla. Ella la aceptó, el vestido azul y plata deslizándose sobre el suelo metálico, y ambos caminaron lado a lado hacia la entrada trasera de la mansión Velesov.Nikandr los esperaba allí, acompañado por su fiel mayordomo. El anciano llevaba un traje ceremonial gris oscuro, con el símbolo de los Velesov bordado en plata sobre el pecho, y cuando vio a Alexei y Carla acercarse, inclinó la cabeza en señal de respeto —un gesto que Alexei comenzaba a acostumbrarse a recibir.—Alfa Supremo. Dama Carla. —La voz de Nikandr cargaba solemnidad, pero también un calor genuino. —El salón ya está lleno. Todos los clanes enviaron representantes.Alexei asintió, sintiendo el peso del momento.—¿Algún problema?—Ninguno. Consejeros en sus posiciones, estandartes levantados y la Luna está alta. —Nikandr hizo un gesto hacia la puerta. —Vengan. Los llevaré hasta el salón.La mansión era aún más impresionante por dentro. Los pasillos eran amplios, con techos a
Bajaron juntas.La mansión Rurik parecía otra. Los pasillos estaban decorados con flores blancas y plateadas, y el vestíbulo principal estaba lleno de guardias y miembros de la familia. Demyan apareció primero, corriendo hacia ellas con un traje azul oscuro hecho a medida.—¡Tía Kala! —Se detuvo frente a ella, con los ojos azul gélido muy abiertos. —¡Estás muy bonita!—Gracias, mi amor. —Carla se agachó con cuidado para no arrugar el vestido y besó su frente. —Ya eres todo un hombrecito.Demyan sonrió orgulloso y Dmitry apareció justo detrás, también vestido de gala. Miró a Carla y, por un instante, su expresión fue de genuino respeto.—¿Estás lista para esto? —preguntó, con la voz baja.—No. —admitió Carla. —Pero lo haré de todos modos.Dmitry asintió, y había aprobación en su mirada. Fue entonces cuando Carla levantó los ojos hacia la escalera, donde Alexei estaba de pie al pie de los escalones.Llevaba un traje que parecía haber sido hecho para combinar con el de ella —un abrigo az
El camino hasta la sede de Rurik Motors fue recorrido en absoluto silencio. La ciudad pulsaba afuera, indiferente a la tormenta que giraba dentro de él.Dmitry mantenía una mano firme en el volante y la otra sosteniendo su mentón, los ojos fijos en la carretera, pero la mente lejos de allí. Necesit
Dmitry abrió los ojos y supo que ya no estaba en el mundo despierto.No era la primera vez.Aquel salón lujoso, de arquitectura antigua y silenciosa opulencia, ya lo había acogido antes. Un reflejo distorsionado de la realidad, tal vez. O un plano etéreo que solo existía en las intersecciones entre
El gran salón de reuniones de Rurik Motors exudaba imponencia. Las ventanas de vidrio que iban del suelo al techo ofrecían una vista privilegiada de la ciudad de Moscú, mientras que la mesa oval de madera oscura dominaba el centro de la sala. El cuero negro de las sillas, el brillo discreto de los
La sala acristalada en el último piso de Rurik Motors ofrecía un espectáculo silencioso de Moscú por la noche: fría, pulsante e indiferente. Dmitry permanecía frente a la pared de vidrio, los hombros erguidos, el cigarrillo encendido entre los dedos, soltando el humo con la misma lentitud con que e







