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Capítulo 2 — Jaula Dorada

Penulis: Queen Bee
last update Tanggal publikasi: 2026-04-19 01:33:26

La sala acristalada en el último piso de Rurik Motors ofrecía un espectáculo silencioso de Moscú por la noche: fría, pulsante e indiferente. Dmitry permanecía frente a la pared de vidrio, los hombros erguidos, el cigarrillo encendido entre los dedos, soltando el humo con la misma lentitud con que el tiempo parecía transcurrir.

Allá abajo, la ciudad de Moscú se movía con una coreografía repetitiva. Los autos se deslizaban por las avenidas como insectos metálicos, las luces parpadeaban como señales vitales de un cuerpo del que él ya no se sentía parte.

La pantalla encendida detrás de él mostraba números, gráficos, proyecciones. Era el futuro de la empresa estampado en detalles técnicos, la cima de un proyecto colosal que llevaría el nombre Rurik aún más lejos. Pero nada de eso lo conmovía. Ni orgullo. Ni placer. Solo el sonido amortiguado de su propia ausencia.

«Otra máquina», pensó. «Otro triunfo hueco».

Dentro de él, el Lycan gruñía, como si aquel vacío también le resultara intolerable.

— A cada conquista… más lejos de lo que realmente importa — murmuró, sin girarse.

La respuesta llegó inmediata, sombría y cruda:

«Estamos atrapados en esta m****a. Esto no nos alimenta, no nos excita. No satisface una m****a».

Dmitry inhaló profundamente, sintiendo el humo llenar sus pulmones antes de apagar el cigarrillo con un gesto preciso.

El pasado pesaba. El presente asfixiaba. Y el futuro… era solo otro contrato por cumplir.

Cuando la puerta se abrió sin anuncio, ni siquiera necesitó mirar para saber quién era.

— ¡Dmitry! — El tono ligero y burlón de Alexei rompió el silencio como vidrio agrietado. El hermano entró cargando una botella de whisky, abriéndose paso directamente hacia el sillón frente al escritorio. — Deberían estudiarte. Nunca vi a alguien tan devoto a la rutina de su propia prisión.

Dmitry se giró despacio, con un leve arqueo en la ceja.

— Las prisiones tienen propósitos. Las mías mantienen este imperio en pie.

— Ajá. Y también garantizan que mueras poco a poco con clase — Alexei sirvió dos vasos, deslizando uno hacia él. — Solo un trago, señor deber y disciplina. No todo tiene que ser puño cerrado.

Dmitry se acercó y se sentó sin prisa. Miró el líquido ámbar como si fuera algo distante, abstracto.

— ¿Cómo están los Demidov? — soltó, en voz baja, sin apartar la mirada del vaso.

Alexei se detuvo por un segundo. La sonrisa se borró de sus labios, reemplazada por una sombra.

— Hay movimiento. Pequeño, por ahora. Pero no es ruido vacío.

«Aquellos que nos quitaron a nuestra madre… hijos de puta».

El Lycan se alzó dentro de él, sutil como un cuchillo deslizándose por la carne.

Los dedos de Dmitry se cerraron con más fuerza alrededor del vaso.

— Que se acerquen. Tengo curiosidad por ver quién tendrá el coraje de repetir el error.

— Solo ten cuidado de no convertirte en lo que juraste destruir — murmuró Alexei. — La furia tiene dientes, pero también devora a su dueño.

Dmitry levantó los ojos con lentitud, su presencia densa como piedra mojada. Alexei, como de costumbre, retrocedió con una broma.

— ¿Y Natalia? ¿Cómo va el teatro conyugal más emocionante de Rusia?

Dmitry soltó solo una risa sin vida.

— Estable. Como una trinchera.

— Ah, qué romántico. Tan inspirador — Alexei giró el vaso entre los dedos. — Solo falta el final trágico.

«Sabemos lo que falta».

El Lycan. Siempre directo. Siempre voraz.

Dmitry se levantó, regresando a la ventana. El reflejo de su propio rostro se mezclaba con el paisaje de la ciudad, como si él fuera parte del vidrio y no de la carne.

— Lo que yo quiero no tiene espacio en lo que necesito sostener.

Alexei suspiró detrás de él, arrastrando el sillón al levantarse.

— No estás hecho de acero, hermano. Y hasta el acero se rompe cuando no se forja con cuidado.

Dmitry permaneció inmóvil. Solo las luces de la ciudad se movían.

— Ah, y antes de que se me olvide… — Alexei se acomodó el cuello del abrigo. — Me cansé de los viajes. Me quedaré más por aquí.

Dmitry lo miró de reojo.

— Eso suena… poco común viniendo de ti.

— Sí. Pero cruzarme con Natalia en casa cada vez que regreso es un tipo de tortura refinada — hizo una mueca dramática. — Esa mujer tiene el don de succionar corazones. Estoy empezando a pensar que su clan la envió para acabar con la cordura Rurik, un macho a la vez.

Dmitry soltó un sonido ronco. Algo entre risa y lamento.

— Ella no es tu esposa.

— Y menos mal. Uno de nosotros ya se sacrificó por todos — Alexei guiñó un ojo. — Te veo en la cena.

Abrió la puerta.

Y fue entonces cuando sucedió.

El aire cambió.

Como si el tiempo se detuviera por un segundo, Dmitry contuvo la respiración. Sus ojos se abrieron un milímetro, lo suficiente para que el instinto tomara el control.

Llegó primero como un recuerdo olvidado. Un olor. Dulce, envolvente. Canela y miel. Vainilla en medio del frío. Flores silvestres bajo la nieve. Tan real que parecía tocar algo dentro de su pecho.

El Lycan se quedó en silencio por un segundo.

Y luego…

«Esto… es para nosotros».

El cuerpo entero de Dmitry reaccionó. La sangre hirvió. La piel pareció estirarse por dentro, como si algo quisiera emerger.

Se giró.

— ¿Qué fue eso? — preguntó Alexei, notando el súbito endurecimiento de su hermano.

Dmitry no respondió. Sus ojos estaban fijos en la puerta, donde el perfume aún flotaba.

«Predestinada».

La palabra no era una idea.

Era un decreto.

— ¿Quién pasó por aquí antes que tú? — preguntó Dmitry, en voz baja pero firme.

Alexei pareció confundido.

— El sector de publicidad. Las entrevistas… — dudó. — Candidatas para el puesto de la directiva.

Dmitry no dijo nada. Solo se quedó allí. Silencioso.

Pero dentro de él, el Lycan rugía, no con ira, sino con certeza.

«Encuéntrala».

***

La puerta se había cerrado hacía pocos minutos, y el silencio que cayó sobre la oficina no trajo alivio. Dmitry permaneció inmóvil, los músculos tensos bajo la tela de la camisa impecablemente alineada. El whisky en el vaso ahora parecía sin sabor. Nada más importaba. Nada, excepto aquel aroma.

Ella.

Aquella fragancia seguía presente en el aire, como si hubiera impregnado el propio oxígeno que respiraba. Miel, canela, vainilla y flores. No era solo un aroma. Era un llamado. Un instinto que superaba cualquier lógica.

«No».

Intentó resistir. Apretó los puños, se alejó de la puerta y volvió a encarar la ciudad a través del vidrio. Moscú seguía allí, indiferente al caos interno que se instalaba dentro de él. Su mandíbula se tensó. El Lycan gruñía ahora, impaciente. El deseo de control, de orden… se escapaba entre sus dedos.

«Ella está aquí. Pasó por aquí. Y tú la dejaste ir».

Dmitry sintió la piel hormiguear. Su esencia —mitad hombre, mitad bestia— golpeaba contra las barreras que había erguido durante años. Barreras construidas a fuerza de disciplina y sacrificio. Pero en ese instante… se rompían como vidrio fino.

El sonido de la puerta del ascensor al final del pasillo resonó en su memoria. Pasos ligeros, risas amortiguadas, la voz de Alexei… y otro sonido. Un latido sutil. Corazón acelerado, olor a nerviosismo mezclado con dulzura.

Cerró los ojos.

«Ella nos sintió».

El Lycan se arrastraba en su mente, impaciente. No aceptaba vacilación. No frente a aquello. Frente a ella.

«Encuéntrala. Ahora».

— M****a… — gruñó Dmitry entre dientes.

Salió de la sala con pasos largos, ignorando las miradas de los empleados en el pasillo. Entró al ascensor y presionó el botón del piso inferior con fuerza innecesaria. El aroma todavía estaba allí, débil, pero presente. Inspiraba como si intentara absorberla dentro de sí.

En el garaje, abrió la puerta del auto y encendió el motor como un autómata. Sus ojos azules estaban más claros, casi plateados, reflejo de la inquietud de la bestia. El aroma venía en oleadas, como si lo guiara, como si la propia ciudad hubiera decidido trazar un camino hasta ella.

Siguió. Sin saber quién era. Sin saber por qué. Solo siguiendo el llamado.

Barrio tras barrio, cruzando semáforos en rojo que no vio, adelantando autos como si estuviera en trance. Hasta detenerse frente a un edificio modesto en una zona más antigua de la ciudad. No era el tipo de lugar donde solía estar. Pero allí… allí el aroma era puro. Intenso.

Salió del auto despacio, como si cada paso pesara demasiado. El Lycan rugía de euforia, rozando contra los límites de la carne.

«Ella está aquí. Ahora. Tan cerca…»

Entró al edificio como una sombra, ignorando al portero, las miradas, las voces. El ascensor estaba ocupado, así que subió las escaleras hasta el segundo piso. Se detuvo frente a una puerta blanca. Sencilla.

La fragancia era casi física en ese momento. Su cuerpo entero reaccionaba a ella. Y por primera vez en años, Dmitry sintió algo que lo asustaba.

Vulnerabilidad.

Allí, parado frente a aquella puerta común, el Alfa de los Rurik se sentía a merced de algo que no podía controlar. El Lycan no solo quería, necesitaba.

Dmitry apoyó la mano en la madera de la puerta. Sintió la vibración del interior. Risas. Pasos. Tres latidos cardíacos. Pero uno en especial…

Más rápido. Más dulce. Más familiar.

— Tú… — susurró, como si se lo dijera a sí mismo, como si su voz pudiera alcanzarla a través de las capas de tiempo, destino y madera.

Su pecho subía y bajaba despacio. Quería retroceder. Quería luchar contra lo que sentía.

Pero no podía, porque ahora lo sabía.

Ella era real.

Y era suya.

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