Beranda / Romance / La culpa del desamor / I. Una herida más profunda.

Share

La culpa del desamor
La culpa del desamor
Penulis: Debbie Folk

I. Una herida más profunda.

Penulis: Debbie Folk
last update Tanggal publikasi: 2024-12-10 12:43:32

La llevé al límite. La subestimé, a pesar de todas sus advertencias. Creí que la había roto lo suficiente como para tenerla nuevamente a mi merced, pero solo estaba jugando, y al parecer, iba a ganar la partida. Después de todos estos años, había logrado lo que ninguna otra pudo: hacer que me sintiera tan seguro a su lado que bajé completamente la guardia. Siempre supe que era diferente; por eso la elegí como mi esposa, como la mujer con quien quería pasar el resto de mis días. Y así hubiera sido, si su inteligencia no la hubiera llevado a descubrir todos mis secretos, a indagar en mis errores y a ver que no soy la imagen que construí para ella.

No pueden culparme por no amar como el resto. No es mi culpa que no pueda sentir como mi padre amaba a mi madre, o como mi hermano ama a su esposa. Pero sé que soy capaz de amar, porque amo a mis hijos, al menos a los que tuve con ella. Ahora siento una angustia que nunca antes había experimentado. ¿Qué va a pasar con ellos después de todo esto?

Mis pensamientos son un caos. Hace unos minutos la vi fuera de control, desordenando la casa con rabia, subiendo y bajando las escaleras en un frenesí desesperado. Luego, desde el segundo piso, oí que hablaba por teléfono. Minutos después bajó mucho más calmada, respiró profundamente y comenzó a contar.

Un sonido de sirenas empieza a hacerse más fuerte. Ella presiona la herida en mi abdomen para detener la hemorragia, y eso me desconcierta. ¿Cuál es su plan? Hace solo un momento habíamos tenido una de nuestras sesiones de sexo más intensas. La hice gemir sin descanso, su cuerpo explotaba sobre el mío una y otra vez. Sus orgasmos eran reales; no había forma de fingir esa palpitación, el rubor en sus mejillas, la humedad en todos sus rincones. Lo estábamos disfrutando, hasta que, inesperadamente, rompió la botella de whisky y me clavó el vidrio en el estómago justo cuando la embestía con todas mis fuerzas.

Sus ojos, aún nublados por el placer, se transformaron en un abismo frío y calculador, y entonces comprendí que ese instante de éxtasis había sido mi sentencia. Me sentía extraño, no solo por el ataque; mis extremidades pesaban como plomo, y la habitación giraba. Reconocí esa neblina en mi mente: había estado allí antes, pero esta vez... esta vez era diferente. ¿Cómo llegamos a esto?

No vi las señales, pero sé que me lo merezco. La traté mal durante los últimos meses de nuestro matrimonio. Le di su libertad para que dejara de joderme la vida, la culpé de cosas que sabía perfectamente que no eran su culpa. Pensé que al sacarla de mi vida la estaba castigando, pero ella se recuperó con una rapidez sorprendente. Pude haberla dejado ser feliz con ese hombre. Pude haber aprovechado esa situación para pasar más tiempo con mis hijos, pero mi ego no soportaba la idea de que alguien más le diera la felicidad que yo no fui capaz de ofrecerle. Tuve que intervenir y recuperarla.

El alboroto de personas acercándose al edificio me saca de mis pensamientos. Firenze llora mientras presiona mi herida con más fuerza. Estoy confundido. ¿No quería matarme? ¿Por qué ahora intenta salvarme? ¿Será que pensó en nuestros hijos, en lo que les ocurrirá si su padre muere y su madre termina en la cárcel?

De pronto, irrumpen en el departamento. Ella grita desesperada:

—¡Solo me estaba defendiendo! Él estaba abusando de mí, y yo solo quería detenerlo.

—Está bien, señora, nos haremos cargo. ¿Puede identificarse? ¿Puede identificar a su agresor?

—Soy Firenze Brooks, y él es mi exesposo, Anthony Walker. Vine porque me citó para hablar de nuestros hijos, pero estaba ebrio y parecía drogado...

—Tranquila, la llevaremos al hospital. Allí tomaremos su declaración.

Agresor. No puedo creer lo que acabo de escuchar. Todo esto tenía que ser parte de un plan. Esta traición me duele como si descubriera que mi héroe de la infancia es un personaje ficticio. Sé que no la amé como ella esperaba, o quizá como la mayoría de las personas describen el amor. Pero esto… esto es algo que nunca imaginé.

De pronto sentí como si un puño cerrado hubiera impactado mi corazón con una fuerza inexplicable, provocando una corriente helada por todo mi cuerpo hasta convertirse en lágrimas resbalando por mi rostro. Me pregunto si al ver mis lágrimas, Firenze sintió algún atisbo de satisfacción. Si todo esto fue parte de un plan para vengarse de mí, lejos de molestarme me hace sentir la persona más importante en su vida.

Haber premeditado todo este incidente significa que realmente la rompí. Que fuera capaz de montar todo esto por lastimarme, que haya alterado sus principios y su esencia significa que esta vez la herida fue más profunda. Tal vez el otro tipo era realmente el amor de su vida, el nuevo dueño de su corazón, pero yo, sin duda, soy el dueño de sus pensamientos.

Lanjutkan membaca buku ini secara gratis
Pindai kode untuk mengunduh Aplikasi

Bab terbaru

  • La culpa del desamor   EPÍLOGO

    El aire olía a tierra mojada y lirios. El viento soplaba con esa calma que precede a la tormenta, moviendo las ramas del ciprés bajo el cual me ocultaba. Desde ahí podía ver el cementerio entero: un mosaico gris de cruces, paraguas negros y pétalos arrastrados por el suelo. No debía estar aquí. Y, sin embargo, no podía marcharme.Habían pasado diez años desde la última vez que vi a mis hijos. Noah y Zoe eran aún pequeños, pero habíamos compartido lo suficiente como para habitar un rincón de sus memorias. Me recuerdan, sin duda, pero no sé cómo. Quizá con rabia, quizá con lástima. Hoy los observo de lejos, sin que lo sepan, mientras entierran al hombre que les enseñó lo que yo nunca pude.El niño que ahora toma de la mano a Zoe se parece tanto a Luca… pero esos cabellos ondulados que se mueven con el viento me devuelven a Firenze. Luca vivió la vida que yo arruiné: el hogar que nunca supe construir. Y, aun así, la enfermedad se lo llevó con una rapidez tan limpia que dejó tras de sí un

  • La culpa del desamor   90. El Adiós

    Su cabello está más oscuro, lacio, como si intentara borrar su antiguo reflejo. Sus ojos, inquebrantables, cargados de un fuego que nunca antes había visto.—Solo algo para el dolor —dice con una calma aterradora.Intento moverme, pero mi cuerpo no responde.—Tranquilo, no voy a matarte. Si eso quisiera, lo hubiera hecho desde el principio.Firenze se acerca. Me observa con la misma intensidad de siempre, pero sin el fuego que solía consumirnos; ahora esa intensidad tiene bordes fríos, precisos, casi solemnes.—A veces me pregunto qué tanto te amé, Tony —susurra.Sus palabras me golpean más fuerte que cualquier puñetazo.—Y creo que demasiado… quizás todavía hay una parte de mí que lo hace.No puedo creer lo que estoy escuchando. ¿Acaso es efecto de la droga? Si estoy alucinando, no importa. Quiero decirle que yo también la amo, que siempre la amé, que sí, soy un maldito desgraciado, pero ella es lo único real que he tenido en mi vida. No me sale la voz.—Si algo aprendí es que el amor

  • La culpa del desamor   89 Letargo

    Y así, llegamos al punto donde todo comenzó.La sirena de la patrulla se filtra entre la bruma de mi conciencia, lejana, amortiguada, como un eco distorsionado en la niebla. No entiendo lo que está pasando. Siento el peso de mi propio cuerpo, inmóvil, atrapado entre el delirio y la realidad.Luego, el dolor.Un latigazo ardiente me recorre el costado. Algo pesado oprime mi pecho, haciéndome imposible respirar con normalidad. Intento moverme, pero un mareo me hunde de nuevo en la oscuridad. Las voces se vuelven lejanas, los pasos resuenan como si estuvieran dentro de una cueva. La luz intermitente del pasillo parpadea en mi mente más que ante mis ojos.En algún momento, entre el murmullo de órdenes y el brillo estroboscópico de las sirenas, caigo por completo en la inconsciencia.Despierto en una habitación con luces fluorescentes que me lastiman la vista. El aire huele a desinfectante. Siento agujas bajo la piel, y el tirón leve de una vía intravenosa en mi brazo me confirma que estoy

  • La culpa del desamor   88 La presa y el cazador

    Durante las siguientes semanas, las cosas marcharon como yo esperaba. Sentía que mi triunfo era inminente y que dentro de poco podría recuperar todo lo que perdí. Necesitaba ser paciente; Firenze aún no estaba lista para hablar con los niños sobre nuestra reconciliación. Ella insistió en que debíamos darles tiempo para procesar los cambios, que habían sufrido suficiente con nuestra separación y que necesitaban estabilidad antes de que tomáramos cualquier decisión apresurada. También mencionó que extrañaban a su amigo Luca y que no quería que sintieran que las relaciones podían desecharse con facilidad.Todo tenía lógica. Entendí que si me pedía discreción era porque planeaba quedarse. Además, la proximidad de la inauguración de su nueva muestra le estaba demandando mucho tiempo. Si quería recuperar nuestra dinámica de pareja, tenía que respetar su espacio profesional, sus logros. Tenía que ser un apoyo para ella, y no el obstáculo en el que me había convertido por despecho.—Tony, disc

  • La culpa del desamor   87 Deja vú

    Estaba recostado en el sillón de la sala, aún en penumbra, con la pesada sensación de que todo lo que había hecho hasta ahora no había sido suficiente. La relación con Firenze y mis intentos por mantenerla bajo control habían fracasado. Pero en el fondo de mi alma, algo seguía ardiendo, algo que me impulsaba a seguir adelante con mi juego. El destino, ¿cómo no verlo? Estábamos destinados a estar juntos, y si no podía convencerla de eso, entonces era un hombre perdido.Noté que Firenze había bajado a la cocina; sostenía una taza humeante sentada sobre la silla junto a la ventana. Su figura se recortaba contra la luz tenue de la luna, pero sus ojos no se encontraban con los míos. Parecía más distante que nunca, más cerrada. Y eso solo alimentaba mis dudas. ¿Qué había fallado? Ella nunca lo entendería si no le mostraba la magnitud de lo que podía hacer por ella. Si no podía ver la verdad en mis palabras, volvería a los brazos de Luca. Me levanté y caminé hacia ella, siguiendo mi intuición

  • La culpa del desamor   86 Una Última Jugada

    Aquel día me ofrecí a cuidar a los niños, un gesto que Firenze aceptó sin pensarlo demasiado. Confiaba en que mi presencia les haría bien, pero la verdad era que tenía un propósito distinto. Necesitaba observar, escuchar, entender hasta qué punto había avanzado en su nueva vida. No podía permitir que siguiera alejándose sin dejar rastro, no cuando aún tenía poder sobre ella. La vi salir con su teléfono en mano, ajustando su abrigo con esa naturalidad que me irritaba. Se veía diferente, más segura, más firme en sus decisiones, y eso solo encendía mi necesidad de controlarla.Los niños jugaban en la sala mientras yo, con sigilo, me movía por la casa. Sabía que Luca iba a reunirse con ella y su cercanía me inquietaba. Caminé despacio por el pasillo hasta quedar a una distancia prudente de la oficina de Firenze. La puerta entreabierta me permitió escuchar sus voces. No hablaban con la complicidad de dos amantes, pero había algo en la conversación que me hizo tensar la mandíbula.—Firenze,

Bab Lainnya
Jelajahi dan baca novel bagus secara gratis
Akses gratis ke berbagai novel bagus di aplikasi GoodNovel. Unduh buku yang kamu suka dan baca di mana saja & kapan saja.
Baca buku gratis di Aplikasi
Pindai kode untuk membaca di Aplikasi
DMCA.com Protection Status