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Capítulo 2

Autor: Jasmine Flower
POV: Aria

Antes de marcharme de la manada Blood Moon, decidí devolver todo lo que les pertenecía. No pensaba llevarme al Norte nada que siguiera atándome a ellos.

Cuando Rowan tenía doce años, ganó su primer torneo juvenil de combate para lobos. Al terminar, me puso la medalla entre las manos y aseguró que un futuro Beta no podía darse el lujo de perder el primer reconocimiento que había conseguido. Por eso me pidió que se la guardara.

Lo encontré en el salón de entrenamiento, armando la estructura de una cama para la habitación de Lyra. A su lado se amontonaban un colchón nuevo, una lámpara de escritorio, varias mantas y más de una docena de cajas sin abrir.

—Sabía que no íbamos a distanciarnos por una tontería como esta —comentó Rowan al verme. Dejó la herramienta junto a la estructura y me sonrió como si hubiera estado esperándome.

Le extendí la medalla sobre la palma abierta.

—Toma. Es tuya —dije sin bajar la mano.

Rowan dejó de sonreír. Miró la medalla, pero no la recibió.

—¿Por qué? —preguntó mientras levantaba los ojos hacia mí—. Guárdala como siempre.

—Mañana me voy de Blood Moon. Quizá no tenga otra oportunidad de devolvértela —le expliqué.

Tomó la medalla y la lanzó dentro de una caja con tornillos, piezas y herramientas sobrantes. El metal chocó contra el contenido con un sonido seco. Rowan hizo un gesto con la mano, como si eso no tuviera importancia.

—Solo vas a llegar antes a Frostland. No vas a desaparecer para siempre —replicó—. Deja de hablar como si fuera una despedida definitiva. —Señaló el equipaje amontonado junto a la puerta y añadió—: Llegaste justo a tiempo. Ayuda a Lyra a subir esas cajas.

—No —respondí.

Rowan dejó de moverse y me miró como si no hubiera entendido. No estaba acostumbrado a que me negara sin buscar una excusa que lo dejara conforme.

—No importa. Puedo hacerlo sola —intervino Lyra mientras se acercaba al equipaje—. Aria sigue molesta con nosotros.

—Esto no tiene nada que ver con mi enojo —aclaré sin dejar de mirar a Rowan—. Tú preparaste sus cosas. Tú las subirás.

Me volteé y salí del salón. Ya estaba en el pasillo cuando escuché que Rowan reclamaba a mis espaldas:

—¿Desde cuándo se niega a ayudar con algo tan sencillo?

Esa tarde encontré a Julian en los archivos de la manada Blood Moon. Dejé sobre su escritorio los manuscritos de las competencias tácticas que había guardado en mi casa. Él bajó los ojos hacia los documentos, pero no los tocó.

—Rowan dijo que también le devolviste su medalla —comentó antes de mirarme.

—Sí —confirmé.

—Y ahora vienes a devolverme esto —continuó mientras señalaba los manuscritos con la barbilla—. Aria, ¿qué estás haciendo?

—Me estoy deshaciendo de las cosas que ya no deberían estar conmigo —respondí.

Julian frunció el ceño. Miró los manuscritos y luego mi rostro, sin decir nada. Por primera vez, parecía preguntarse si esa acción era algo más que otro berrinche pasajero.

Antes de que pudiera insistir, Lyra se acercó con los formularios de inscripción de Moonvale entre las manos.

—Julian, ¿puedes revisar mi horario? Tengo miedo de elegir las clases equivocadas —le pidió mientras le mostraba los documentos.

—Déjame verlo —respondió él, dejando de mirarme para recibir los formularios.

Lyra se sentó a su lado. Julian estaba a punto de revisar los documentos cuando volvió a dirigirse a mí.

—Deja de devolvernos cosas solo para demostrar que estás molesta —me reprendió—. Hablaremos cuando se te pase.

Ya se había dado cuenta de que me despedía. Solo prefería creer que estaba haciendo otra escena.

Asher me detuvo fuera de la residencia principal de la manada. Como futuro Delta de Blood Moon, siempre había sido el más directo de los cuatro.

—Qué bueno que volviste —dijo antes de lanzarme un disco duro portátil.

Lo atrapé contra mi pecho y lo miré, desconcertada.

—Aquí están todos los videos que grabamos durante estos años —explicó Asher—. Prepara un montaje para los dieciocho años de Lyra.

—No lo haré —respondí mientras alzaba la vista hacia él.

—Tú eres la que mejor edita —insistió.

—Eso no te da derecho a decidir que yo lo haré sin preguntarme —le advertí.

Asher negó con la cabeza, molesto por seguir discutiendo.

—Borra las partes donde apareces, añade algunas fotos de Lyra y termina el video —exigió con un tono más brusco—. ¿Qué tiene de difícil?

—Ella no formó parte de nuestra infancia —le recordé.

—Por eso necesita los videos —replicó sin ceder.

Querían conservar los dieciocho años de recuerdos, pero les daba igual que fuera yo quien había vivido esos momentos con ellos. Le tendí el disco duro y Asher ni siquiera levantó la mano para recibirlo.

—Que cree sus propios recuerdos —insistí sin bajar el disco.

—Quédatelo por ahora. Quiero el video terminado para mañana —ordenó antes de darme la espalda.

Se marchó sin esperar otra respuesta, como si mi negativa no tuviera ningún valor.

Esa noche, Damian me pidió que nos encontráramos en el restaurante al que siempre íbamos. Dijo que por fin tendríamos esa primera cita formal que nunca habíamos tenido. Acepté porque me quedaba una última cosa por devolver.

Pasó casi todo el tiempo pendiente del teléfono. Cada vez que Lyra le escribía, bajaba los ojos hacia la pantalla para responderle. Me quité el anillo de obsidiana que había usado durante dos años y lo dejé sobre el mantel, junto a su teléfono.

Cuando teníamos dieciséis años, Damian superó la prueba para convertirse en heredero del Alfa. Después me regaló aquel anillo y prometió que algún día lo reemplazaría con el sello de la Luna.

—Llévatelo —le pedí.

Damian dejó de escribir. Puso el teléfono sobre la mesa, miró el anillo y luego levantó los ojos hacia mí, como si no entendiera por qué se lo estaba devolviendo.

—Aria, solo tuvimos una discusión. No tienes por qué devolverlo —protestó.

—Mañana me voy de Blood Moon —repetí.

—¿Vas a entrar antes de tiempo a Frostland? —preguntó.

—Sí —confirmé.

Recogió el anillo y lo hizo girar entre los dedos, como si yo se lo hubiera prestado por unos días.

—Está bien. Volveré a ponértelo cuando regreses a casa —aseguró Damian. Miró otra vez la pantalla del teléfono y, tras una pausa, añadió—: Cuando terminemos la inscripción en Moonvale, los cinco iremos al Norte para visitarte.

Al decir "los cinco", se refería a Damian, Rowan, Julian, Asher y Lyra. No lo corregí. Me levanté de la mesa y salí del restaurante antes de que sirvieran la cena.

Al llegar a casa, conecté el disco duro de Asher a mi computadora e hice una copia de todos los videos originales en la nube. Dejé los archivos del disco tal como estaban. Al día siguiente se lo devolvería sin modificar nada.

No le debía a Lyra una versión de mi infancia armada con recuerdos que no le pertenecían. Tampoco iba a borrarme de mi pasado para que le resultara más fácil ocupar mi lugar.

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