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Capítulo 8— El gusto del vacío

Author: Déesse
last update publish date: 2025-11-26 03:52:21

MARIUS

El café está demasiado caliente.

Aun así, lo bebo. Quema, pero lo encuentro casi agradable.

Es lo único que me hace sentir vivo esta mañana.

Sentado en la mesa de la cocina, los miro sin realmente verlos.

Mi madre está allí, soberana, envuelta en su bata de seda como una emperatriz en el exilio. Su rostro ya está perfectamente maquillado. Parece que duerme maquillada. Odia que la vean débil.

Inès, por su parte, trona en la silla como una reina de otro tipo: piernas cruzadas, camisón transparente, sonrisa cruel en los labios, y esa forma de lamerse los dedos al comer una fresa, como si todo a su alrededor fuera sexual.

— Deberías haber venido a ver, dice mi madre con un brillo en los ojos, entre dos bocados. Cuando se despertó, empapada, temblando, medio muerta… Un verdadero deleite.

— Ni siquiera se atrevió a abrir la boca, añade Inès, mordiendo otra fresa. Parecía una rata atrapada en un sótano.

— Una rata… pero sin dientes. Esa nunca mordió a nadie. Solo sirve para lloriquear en su rincón.

Se ríen. Una risa cortante, como cuchillos chocando entre sí.

Mastico lentamente mi croissant. No tiene sabor. Todo es soso esta mañana, incluso la victoria.

— Se ha ido, digo. Esta mañana. La oí abrir la puerta, bajar en silencio. Cerró la puerta sin cerrarla.

Inès pone los ojos en blanco.

— ¿Crees que va a ir a algún lado? No tiene nada. Ni una maldita amiga. ¿Quién querría de ella, en serio?

— Quizás a un hogar para desechos sentimentales, sugiere mi madre con una risa seca. O a la calle. Le vendrá bien. Siempre son las más transparentes las que terminan vendiendo lo que les queda.

No digo nada. Solo me quedo mirando mi plato vacío.

Inès pasa su mano por mi muslo, lentamente, posesiva.

— Verás, ahora podremos redecorar toda la habitación. Quemar su ropa. Borrar su olor. Finalmente respirar.

Miro a esta mujer que es, sin embargo, la hermana de Gracias.

La misma sangre, pero nada más. No la misma luz. No la misma dulzura. Tampoco el mismo dolor.

— ¿Qué se llevó, crees? pregunta Inès, con la boca llena. ¿Una vieja bolsa? ¿Una braga y un cepillo de dientes?

— Se fue con lo que valía: nada, se ríe mi madre.

Esa palabra me golpea: nada.

Me levanto, sin una palabra, sin una mirada.

Digo que voy a ducharme, pero subo a la habitación de invitados.

No puedo soportar nuestra habitación. No desde que ha sido mancillada por sus risas, por sus suspiros, por esa traición que llevan como un trofeo.

En la habitación de invitados, me siento al borde de la cama.

Mis manos tiemblan. Las miro.

Ellas han sostenido a Gracias. La han acariciado.

Han sostenido la cabeza de Inès contra mi piel.

Ya no saben hacer la diferencia.

Miro a mi alrededor.

Todo está limpio. Demasiado limpio. Demasiado silencioso. Como una casa vacía después de un entierro.

Y luego, la vuelvo a ver.

Gracias.

Anoche. En el pasillo.

Los ojos fijos. La cara pálida. El cabello mojado como un animal salido de un pozo.

No me insultó. Ni una sola vez.

No me preguntó por qué.

Gritó, golpeó, lloró.

Simplemente desapareció, se fue, ¡al fin!

Y ese silencio se adhiere a mi piel como una quemadura.

Saco mi teléfono.

Subo la conversación.

Sus mensajes son simples, llenos de cuidados, de pequeñas atenciones. Recetas. Recordatorios para mis citas. Fotos de un cuscús fallido, de un cielo rosa que quería mostrarme.

Y esta imagen: ella, en mi cama, la cabeza en mi hombro. Sonreía.

Me amaba.

Era claro. Era diáfano.

Y yo, lo eché a perder como un cigarrillo aplastado.

Elimino todo, de un gesto.

No por odio.

Por miedo.

Me miro en el espejo.

Y no veo a un hombre libre.

Veo a un hombre solo. Un hombre que lo tuvo todo y no guardó nada.

Regreso a la cocina.

Ellas hablan en voz alta. Están planeando un fin de semana, una escapada, una sesión de fotos para anunciar “oficialmente” la nueva relación.

— Marius, ¿estás ahí? pregunta Inès, su sonrisa ya pegada a sus dientes blancos. ¿Vas con nosotras a Roma, eh? Te necesitamos para las fotos.

La miro.

Miro a mi madre.

Y me pregunto qué harán ellas cuando no quede nada por destruir.

Digo que sí. Sonrío.

Pero en el fondo, tengo frío.

Un frío que ni Roma, ni Inès, ni siquiera la muerte de Gracias podrán calentar.

Porque no es a ella a quien hemos enterrado esta mañana.

Soy yo.

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