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La esposa de Blackwood
La esposa de Blackwood
Autor: Kandy Orta

Capítulo 1

Autor: Kandy Orta
last update Fecha de publicación: 2026-02-10 05:02:38

La lluvia golpeaba los ventanales del piso 45 como si quisiera entrar a la fuerza. Eran las 10:47 p.m. La oficina estaba desierta, solo quedaba el zumbido lejano del aire acondicionado y el eco de mis tacones cuando me acerqué a su escritorio con la carpeta de la junta de accionistas.

Sebastián Blackwood levantó la vista de su laptop. Sin preámbulos, empujó un sobre negro hacia mí.

—Cásate conmigo. Máximo un año. O pierdo todo lo que he construido.

La carpeta casi se me cae. Mis dedos se congelaron alrededor del borde.

—¿Disculpe?

—No me hagas repetirlo, Chloe. —Mi nombre en su boca sonó diferente, menos impersonal—. Mi abuelo dejó una cláusula en el testamento. Si no estoy casado antes de los veintinueve, Blackwood Tech pasa a Ethan. Mi primo. No voy a permitirlo.

Abrí el sobre con manos que apenas obedecían. Contrato matrimonial temporal. Un año prorrogable. Un millón al final. Deudas de mi padre cubiertas desde el día uno. Hipoteca de mi madre liquidada. Contacto físico solo si ambos lo consentimos expresamente. Sin emociones. Sin complicaciones.

Levanté la vista, el corazón latiéndome en la garganta.

—¿Por qué yo?

—Porque confío en ti. —Se inclinó hacia adelante, codos en las rodillas—. Llevas tres años manejando mi caos sin fallar. Eres discreta. Inteligente. No buscas titulares ni mi dinero. Eres… perfecta para esto.

Perfecta. La palabra me dolió como un golpe sordo. Como si fuera solo una herramienta más en su kit de supervivencia corporativa.

—¿Y si digo que no?

—Mañana busco otra secretaria. —Hizo una pausa breve, casi imperceptible—. Pero ninguna será como tú.

El silencio se estiró entre nosotros, roto solo por la lluvia. Pensé en mi padre, en las noches que tosía hasta quedarse sin aire, en mi madre limpiando mesas hasta las tres de la mañana para cubrir lo que el seguro no alcanzaba. Pensé en cómo había dejado la universidad a medio camino, en mis dibujos digitales guardados en una carpeta que nunca abría porque no había tiempo ni dinero para soñar con ser ilustradora.

Tragué saliva.

—Necesito pensarlo.

—Tienes hasta mañana a las ocho. —Se levantó, alto e imponente, su presencia llenando la oficina—. Piénsalo bien, Chloe. Una vez que firmes… serás la esposa de Blackwood.

No dijo nada más. Solo me miró un segundo, como si estuviera evaluando si yo era capaz de cargar con esto, y luego salió sin despedirse.

Me quedé sola con el sobre en la mano y el eco de sus palabras.

Salí del edificio empapada antes de llegar a la parada del metro. La lluvia caía fría, implacable. Caminé sin rumbo un rato, el sobre metido en el bolso como si quemara.

Recuerdo perfectamente el día en que entré por primera vez en Blackwood Tech, hace tres años. Tenía veintidós, un traje barato de segunda mano y un nudo permanente en el estómago. Mi padre había enfermado de repente: pulmones dañados por años en la fábrica, diagnóstico crónico, despido disfrazado de “reducción de personal”. Mi madre, mesera de toda la vida, empezó a hacer turnos dobles. Yo pausé la universidad, estaba estudiando diseño digital e ilustración, y vendí todo lo que pude para ayudar. El trabajo en Blackwood Tech llegó como un salvavidas: sueldo decente, seguro médico que cubría parte de los tratamientos caros, estabilidad.

La entrevista fue brutal. Sebastián, con veinticinco años ya, sentado detrás de un escritorio de vidrio, ojos grises que me recorrieron como si midiera mi resistencia. “Empieza mañana. Prueba de un mes. Si no das la talla, estás fuera”. Sobreviví. Aprendí sus manías: café negro sin azúcar a las 7:00, silencio absoluto durante las llamadas, informes impecables. Nadie duraba con él. Yo sí. Me convertí en su sombra eficiente, discreta, indispensable.

Tres años después, seguía allí. Mi vida se había reducido a agendas, correos y noches tardías en la oficina. No tenía tiempo para amigos, para citas, para dibujar. Mis sueños de ilustración profesional estaban congelados en una tableta que acumulaba polvo. Pero mi padre mejoraba. Mi madre respiraba un poco más tranquila. Y yo… yo había aprendido a no esperar nada más.

Ahora esto. Un matrimonio falso por un millón. Un escape definitivo para mi familia. Pero también una cadena con el hombre que había sido mi jefe, mi verdugo silencioso y, en secreto, el centro de demasiadas miradas robadas.

Llegué a casa calada hasta los huesos. Sara, mi compañera de piso, no estaba. Me quité la ropa mojada, me senté en el sofá con el sobre abierto frente a mí y miré las cláusulas hasta que las letras se volvieron borrosas.

Un año como mucho.

Un millón al final. Y Sebastián Blackwood como esposo temporal.

Cerré los ojos. La lluvia seguía cayendo afuera.

Mañana a las ocho tenía que decidir.

Y supe, en el fondo, que ya estaba a medio camino de decir sí.
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Comentarios (1)
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Zuleima Carpintero
Tenía mucho problemas ella.
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