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Capítulo 2

Autor: Kandy Orta
last update Fecha de publicación: 2026-02-10 05:03:15

Llegué a las 7:45 a.m., quince minutos antes de lo habitual. El ascensor subió en silencio hasta el piso 45 y las puertas se abrieron a un pasillo vacío, iluminado solo por las luces de emergencia y el resplandor gris del amanecer que se filtraba por los ventanales. Mi escritorio estaba exactamente como lo había dejado la noche anterior: carpeta cerrada, monitor apagado, taza lavada y colocada boca abajo. Todo en orden. Como siempre.

Me senté, encendí el ordenador y preparé su agenda del día: reuniones a las 9:00 con el equipo de desarrollo, llamada con inversionistas japoneses a las 11:30, revisión de proyecciones a las 14:00. Café negro sin azúcar listo para las 7:55 exactas. Revisé correos, prioricé los urgentes, imprimí el informe preliminar de la junta de mañana. Todo perfecto. Esperé.

Las 8:00 pasaron.

Las 8:15.

Las 8:30.

Nada. Ni un mensaje, ni un sonido de tacones en el pasillo, ni el clic de su puerta abriéndose. Solo silencio.

A las 8:42 llegó un correo. Asunto: Pendientes del día.

De: Sebastián Blackwood

Para: Chloe Collins

Hora: 8:42 a.m.

Collins,

Hoy no entraré a la oficina.

Prioridades:

- Finalizar el informe de fusión Q3 (versión final antes de las 15:00).

- Coordinar con Legal la revisión de contratos con proveedores asiáticos.

- Preparar presentación para junta de mañana (incluir slide 47 con proyecciones actualizadas).

No me molestes a menos que sea emergencia.

Blackwood

Ni un saludo. Ni una mención al sobre negro, al contrato, a la decisión que supuestamente debía darle a las 8:00. Nada.

Me quedé mirando la pantalla hasta que las letras se volvieron borrosas. El nudo en el estómago que había cargado toda la noche se apretó más. ¿Era esto una prueba? ¿O simplemente le daba igual si decía sí o no?

El día transcurrió en una niebla de tareas mecánicas. Respondí correos, actualicé slides, coordiné con Legal, evité preguntas curiosas de los compañeros que pasaban por mi escritorio (¿El jefe no viene hoy?” “No, reuniones externas”. Nadie sabía nada del sobre. Nadie sabía que mi vida pendía de una firma que aún no había dado.

Cuando el reloj marcó las 20:15, la oficina ya estaba casi desierta. Las luces de los cubículos se habían apagado una a una. Solo quedaba el zumbido de los servidores y el golpeteo distante de la lluvia que no había parado en todo el día.

El sr. Blackwood llegó a las 20:20, pasó por mi lado y sin detenerse y menos girarse, habló.

—A mi oficina, ahora.

El corazón me dio un vuelco. Cerré todo, tomé la carpeta con los papeles de la junta de mañana, el informe completo, las proyecciones, las notas de Legal y caminé por el pasillo oscuro hasta su puerta. Golpeé una vez.

—Pasa.

Entré. La oficina estaba iluminada solo por la lámpara de su escritorio y el resplandor azul de tres pantallas. Él estaba de pie junto al ventanal, de espaldas, manos en los bolsillos del pantalón. Traje gris oscuro, camisa blanca con el primer botón abierto. No se giró de inmediato.

Dejé la carpeta sobre la esquina del escritorio.

—Aquí está todo para la junta de mañana. El informe final está revisado, las proyecciones actualizadas, Legal firmó la adenda…

—Deja eso.

Su voz cortó el aire. Se giró lentamente. Sus ojos grises me encontraron al instante, intensos, impacientes.

—No vine por la junta.

Tragué saliva.

—¿Entonces?

—Estoy esperando tu respuesta.

El silencio se hizo pesado. La lluvia golpeaba el vidrio detrás de él como un reloj que marcaba los segundos.

Apreté los dedos contra el borde de la carpeta.

—Quiero condiciones.

—Ilumíname —dijo con media sonrisa.

—Si incumples cualquier cláusula del contrato, emociones, contacto no consentido, presión para que siga cuando quiera salir, la indemnización se duplica. Dos millones. Y salgo sin penalización. Sin preguntas. Sin consecuencias.

Sus ojos no se apartaron de los míos.

—¿Algo más?

Respiré hondo.

—Y financias un curso completo de ilustración digital. Uno bueno. Quiero recuperar eso que dejé atrás. Quiero algo que sea mío, independientemente de esto.

Por un segundo, algo cruzó su expresión. No era sorpresa exactamente. Era… reconocimiento. Como si hubiera esperado que pidiera algo así.

Se acercó al escritorio, sacó un bolígrafo del cajón y abrió el contrato que ya tenía preparado sobre la superficie de vidrio. Tachó una línea, añadió otra, escribió con trazo rápido y preciso.

—Hecho.

Me tendió el bolígrafo.

Lo tomé. Mis dedos rozaron los suyos un instante. Fríos. Firmes.

Miré la página. Las modificaciones estaban allí: indemnización duplicada en caso de incumplimiento por su parte. Curso de ilustración financiado al 100 %. Salida unilateral sin penalidad para mí si él falla.

Firmé.

El sonido del bolígrafo fue definitivo. Como un candado cerrándose.

Él recogió el documento, lo guardó en el sobre negro y lo cerró.

—Mañana a las 10:00. Juzgado Central. Entrada lateral. Viste apropiado. El matrimonio civil será discreto. Nadie tiene que saber que es temporal excepto nosotros y mi abogado.

Asentí, porque las palabras no salían.

Se acercó un paso más. No me tocó, pero su presencia llenó el espacio entre nosotros. Olía a madera y especias, a él.

—No te arrepientas ahora, Chloe.

—No lo haré.

Me miró un segundo más, como si buscara alguna grieta en mi decisión. Luego retrocedió.

—Vete a casa. Descansa. Mañana empieza de verdad.

Salí de la oficina sin mirar atrás. El pasillo estaba oscuro. Mis tacones resonaban demasiado fuerte en el silencio.

Cuando las puertas del ascensor se cerraron, solté el aire que había estado conteniendo.

Mañana me casaría con Sebastián Blackwood.

Por un millón, por mi familia.

Y quizás, aunque no quisiera admitirlo, por la parte de mí que había dejado de dibujar hacía demasiado tiempo.

Pero sobre todo, porque ya no había vuelta atrás.
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