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CAP. 4- Propuesta inesperada.

Author: MariDel
last update publish date: 2026-05-16 07:46:34

Cap. 4 - Propuesta inesperada

Majo

Me di una ducha para calmar los nervios. No sabía cómo actuar. La noche anterior me había sentido tan poderosa y desenvuelta que me dejé llevar. Tardé un poco más de la cuenta porque quería darle una salida. Quizás, para él, solo había sido algo pasajero y no quería volver a verme.

No se escuchaba ningún ruido afuera y la tristeza se apoderó de mí. Salí algo molesta. Había pensado que era diferente de los demás hombres que intentaban conquistarme.

Me llevé una grata sorpresa cuando lo vi regresar con varias bolsas del almacén de la esquina y unas flores sencillas. Las acepté y enseguida las puse en agua junto con una aspirina para prolongar su duración. Luego preparé un desayuno para dos.

Desayunamos y, como era domingo, pasamos la tarde mirando películas y series. Hablamos mucho y, en un momento, me preguntó por mis planes de futuro. Fui sincera: quería validar mi título y después buscar algún pueblo donde establecerme.

Cuando terminé de hablar, me preguntó con evidente molestia:

—¿Te irás? ¿No te gustaría quedarte?

Le sonreí antes de responder:

—No tengo nada que me ate a este lugar y, como te conté, a mi familia no le agrada mi estilo de vida. Prefiero mantenerme alejada. No somos compatibles.

Los recuerdos del pasado me inundaron, pero no podía confesarle que estaba huyendo de ellos.

Su expresión cambió por completo.

—¿Quieres casarte conmigo? Podrías quedarte y yo te protegería. Sé que es apresurado, pero llevamos años hablando y funcionamos bien.

Era la primera vez que lo veía nervioso.

Me tomé un momento para analizarlo. En otros países, muchas mujeres se casaban antes de conocer a sus esposos, y aquello no sería muy diferente de las pretensiones de mi familia. Parecía una buena idea. Posiblemente, cuando se enteraran, dejarían de perseguirme.

Me colgué de su cuello y acepté. Le aclaré que probablemente tendría que comunicarme con mi familia para informarles de mi decisión y que no debía esperar una bienvenida de su parte. Me miró con extrañeza, pero aceptó. Me contó que no sería un problema, ya que no tenía familia y le gustaría que formáramos una desde cero.

Sería un trámite sencillo. Firmaríamos en el registro civil y luego comeríamos algo en casa. Cada uno conservaría su departamento hasta que finalizaran los contratos, ya que no teníamos suficiente dinero para afrontar las penalizaciones.

Como mi trabajo con la Nona se desarrollaba principalmente en horario de oficina, me pidió mis documentos para iniciar los trámites y conseguir una fecha. Cuando se los entregué, frunció el ceño.

—¿María Grass? Creo haber escuchado ese nombre.

Hacía años que nadie me llamaba así. Lo odiaba. Podría haber solicitado un cambio de nombre en Argentina, pero Fernán no habría tardado en volver a molestarme. Respondí con despreocupación, intentando parecer relajada:

—¡María Joaquina Grass! María es un nombre demasiado común. Media Argentina se llama así, y lo mismo ocurre con mi apellido.

Luca no hizo más preguntas y eso me tranquilizó. Quería informarles que ya no tenían control sobre mi vida. Sería desheredada, pero poco me importaba. Había aprendido a vivir con lo justo y nunca había temido trabajar, algo que para ellos era un tabú.

Gianluca

Mientras Majo se duchaba, tuve la oportunidad de huir. Solo debía abrir la puerta y marcharme, pero no lo hice. Me gustaba la complicidad que teníamos. Con ella podía vivir sin dar explicaciones ni pensar en los beneficios que podría aportar a mi vida.

Decidí tomar el control de mi vida. Me arriesgaría al amor por primera vez. Después de tantos años manteniendo una existencia ordenada, debería ser capaz de sostener dos vidas: una dedicada a los negocios y al dinero, y otra en la que pudiera ser feliz de una manera sencilla.

Recordé un almacén cercano y fui a buscar algo para desayunar. Elegí al azar algunas cosas que supuse que le gustarían y, en la puerta, compré unas margaritas. Sus ojos brillaron al ver aquel arreglo improvisado y terminamos pasando todo el día juntos como una pareja de enamorados.

Entre charla y charla, le pregunté por sus planes de futuro. Estaba seguro de que solo quería desarrollar su carrera en un gran hospital, así que no estaba preparado para escuchar que pensaba marcharse de Madrid y establecerse en un pueblo remoto para atender a gente común. Era una idea demasiado altruista para mí, pero el miedo a perder aquella nueva realidad me llevó a proponerle matrimonio. La propuesta surgió con naturalidad. Si aceptaba, ya encontraría la manera de hacer que funcionara.

Los pocos minutos que tardó en responder me parecieron eternos, pero su respuesta me tranquilizó. Sus problemas familiares no me importaban. Como por el momento no podría oficializar nuestra relación, incluso me beneficiaba que no se llevara bien con ellos.

Lo de su nombre sí me sorprendió, pero debía de ser una simple coincidencia. Majo era amable y de buen corazón, mientras que aquella María Grass de la que había oído hablar tenía una reputación terrible y, según me habían contado, solo buscaba una vida fácil. Jorgelina era el nexo entre ella y su familia. Supuestamente, debía soportar sus berrinches y malos tratos para evitarle escándalos a la familia que había pagado su educación.

El trabajo de cuidadora en una residencia de ancianos la mantendría ocupada mientras se organizaba. Acepté que no podría tenerla encerrada en casa cuidándome ni trabajando en alguna clínica de mis amigos, atendiendo esguinces o dolores de cabeza.

Acepté todo lo que propuso. Solo quería celebrar con una comida en casa y que cada uno mantuviera su vivienda hasta que terminaran los contratos. Por alguna razón, ella creía que yo no tenía propiedades.

El destino parecía querer unirnos definitivamente al darme el control de los asuntos legales. Esperé a que se durmiera profundamente para llamar a mi asistente. Era importante coordinar los trámites. Solo necesitaba un acuerdo prenupcial claro y un registro civil que no llamara la atención. Para dejar en claro cuánto me importaba casarme con Majo, le di un ultimátum:

—Tienes cuarenta y ocho horas para resolverlo.

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