La residencia King estaba extrañamente silenciosa aquella noche. Elena permanecía sentada en la sala, con el teléfono entre las manos y la mirada perdida en la oscuridad del jardín exterior. Habían pasado horas desde el último mensaje anónimo, pero su pecho seguía oprimido por la misma ansiedad, no había cenado, tampoco podía dormir, cada vez que cerraba los ojos, veía la fotografía de Vanessa con Sebastian, parecían perfectos, demasiado perfectos.
—Sigues despierta — La voz fría de Margaret King rompió el silencio.
Elena levantó la mirada lentamente, su suegra estaba de pie frente a ella, impecable como siempre, con una expresión tan cortante que bastaba para congelar el ambiente. Ni siquiera intentó fingir amabilidad aquella noche, simplemente la observó, como si evaluara algo defectuoso.
—Pensé que ya dormía, señora King —dijo Elena con calma — Margaret soltó una risa breve, sin humor.
—No he venido a intercambiar cortesías contigo — Elena ya sabía lo que venía, aun así, guardó silencio. Margaret avanzó un paso. —Seré directa. Divórciate de mi hijo.
Las palabras cayeron pesadas, pero esta vez Elena no tembló, no lloró, no bajó la cabeza, algo dentro de ella había comenzado a romperse… o quizá a endurecerse, alzó la mirada y respondió con frialdad.
—No tiene sentido que me diga eso a mí — Margaret frunció el ceño ante lo expuesto por la esposa de su hijo. Elena continuó, su voz fue suave, pero afilada. —Puede ir a decírselo a su hijo.
El rostro de Margaret se endureció.
—¿Te atreves a responderme?
—Solo estoy siendo sincera.
—¿Sincera?
Margaret sonrió con desprecio.
—Entonces yo también lo seré. Mírate, Elena. Ya no eres la mujer con la que Sebastian se casó — Elena apretó los dedos. Margaret no se detuvo. —Un hombre como mi hijo necesita una esposa que esté a su altura.
Su mirada bajó lentamente por el cuerpo de Elena, cruel, calculadora.
—No… esto — Elena sintió la punzada, pero no habló. Margaret dio el golpe final.
—Vanessa ha regresado — Silencio. —Ella sí pertenece a nuestro mundo — La mandíbula de Elena se tensó. Margaret sonrió, había encontrado la herida. —Hermosa, elegante, culta… y Sebastian nunca dejó de apreciarla.
Elena sintió el corazón golpear con fuerza. Entonces una voz masculina irrumpió desde la entrada, arrastrada, ronca, ebria.
—¿Decirme qué? — Ambas giraron. Sebastian estaba en la puerta. Su corbata aflojada. El cabello ligeramente desordenado. La mirada nublada por el alcohol. Pero lo que congeló a Elena no fue su estado, fue la mujer que lo sostenía.
Vanessa.
Su respiración se cortó, Vanessa lucía impecable, un vestido crema abrazaba su figura con elegancia. Su maquillaje era sutil. Su sonrisa tranquila. Parecía sacada de una portada de revista, perfecta, como siempre. Elena sintió el peso de la comparación caer sobre ella, antes de que alguien hablara, pequeños pasos resonaron por la escalera.
Lily apareció y sus ojos se iluminaron.
—¡Tía Vanessa! — Corrió hacia ella con una alegría devastadora.
—¡Por fin llegaste! ¡Qué hermosa estás!
Vanessa sonrió con calidez. Lily siguió hablando emocionada.
—¿Fuiste a jugar con papá? ¿Por qué no me llevaron? — Luego la abrazó con fuerza. Elena sintió un dolor punzante en el pecho, su propia hija. Abrazando a otra mujer con una felicidad que hacía tiempo no le mostraba a ella.
Vanessa acarició el cabello de Lily, su voz fue dulce.
—No, pequeña. Solo me encontré con tu padre por casualidad — Lily infló las mejillas.
—Entonces puedes quedarte esta noche en nuestra casa — Miró a Vanessa suplicante. —¡Quiero jugar contigo!
Vanessa alzó la mirada, sus ojos se cruzaron con los de Elena, solo un segundo, pero bastó, había demasiadas cosas en esa mirada.
¿Compasión?
¿Superioridad?
¿Provocación?
Elena no pudo descifrarlo. Vanessa volvió a mirar a Lily.
—Lo siento, princesa. Tengo asuntos que atender.
Lily hizo puchero.
—No es justo — Se queja la niña. Vanessa sonrió suavemente, luego ayudó a Sebastian a sentarse en el sofá, él apenas parecía consciente de lo que ocurría.