—Gracias por traerlo —dijo Margaret.
Vanessa asintió.
—No fue nada.
Elena dio un paso adelante.
—Yo te acompaño a la salida.
Pero antes de que pudiera avanzar, una mano fuerte rodeó su muñeca.
Sebastian.
Elena se sobresaltó, él alzó la mirada, sus ojos oscuros estaban vidriosos, pero enfocados en ella, solo en ella.
—No te vayas — Su voz era baja, áspera, casi vulnerable. Elena parpadeó.
—Sebastian…— Él se puso de pie de golpe, inestable, pero firme y tiró de ella.
—Ven.
—Sebastian, espera — No la escuchó, la arrastró por el pasillo. Margaret llamó su nombre. Lily preguntó algo. Vanessa guardó silencio. La puerta de la habitación se cerró de golpe. Elena quedó contra la madera. Respirando agitadamente.
—¿Qué haces? — Sebastian se acercó demasiado, el olor a alcohol la envolvió.
Whisky.
Perfume.
Y algo intensamente masculino que le revolvió el pulso, él levantó una mano. Sus dedos rozaron su mejilla, luego bajaron, lentamente, hasta su cuello. Elena tembló. Hacía tanto tiempo, demasiado.
—Sebastian…— Susurra ella. Su voz salió quebrada, el hombre no respondió, solo siguió acariciándola como si quisiera memorizarla, como si buscara algo perdido, sus dedos descendieron por su hombro, su cintura, su respiración se volvió más pesada.
Elena sintió que el cuerpo le ardía, cada nervio despertó, cada caricia se sentía amplificada, él acercó el rostro a su cuello, su aliento caliente rozó su piel, ella cerró los ojos, un pequeño jadeo escapó de sus labios, años, si, años esperando su toque, años deseando sentirse deseada y ahora él la tocaba.
La necesidad dentro de Elena explotó, su racionalidad comenzó a desmoronarse. Sebastian murmuró contra su piel, una voz ronca, profunda, solorosamente íntima.
—Elena…— Su nombre en sus labios casi la destruyó. Temblando, ella alzó las manos hacia su pecho. Sus dedos comenzaron a desabrochar su camisa, uno, dos, tres botones.
Entonces se detuvo, su respiración murió, había una marca, roja, nítida, lápiz labial, sobre la tela blanca, el mundo volvió de golpe.
El recuerdo de Vanessa, la entrada, su cercanía, su perfume, su cuerpo sosteniéndolo, toda la calidez desapareció, toda la ilusión murió. Elena recuperó la lucidez brutalmente, empujó a Sebastian, él retrocedió, sorprendido.
—¿Elena? – El hombre incluso se escuchaba sorprendido.
Ella respiraba con dificultad, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, pero esta vez no eran solo de dolor, también eran de cansancio, de rendición, lo miró de verdad y habló.
—Creo que deberíamos divorciarnos — Silencio. Sebastian quedó inmóvil, ella continuó, su voz temblaba, pero no retrocedió. —Terminemos esto de buena manera.
Las palabras parecieron atravesar la niebla del alcohol. Sebastian parpadeó, como si despertara.
—¿Qué tonterías estás diciendo? — Frunció el ceño. Entonces bajó la mirada, vio la marca de labial, su expresión cambió, entendió rápido, demasiado rápido. —No — Se llevó una mano a la camisa. —Elena, espera. No pienses demasiado — Su voz se volvió urgente. —Solo estaba borracho y ella me sostuvo — Miró la marca, luego volvió a ella. —Seguramente me manchó accidentalmente.
Elena lo observó, silencio, entonces habló, con una calma que asustaba.
—Te creo.
Sebastian se congeló.
—Entonces — Su garganta se tensó.
—¿Por qué sigues queriendo divorciarte? — Elena sonrió. Pero fue una sonrisa rota, triste, vacía, las lágrimas finalmente cayeron.
—Porque ya no me amas — Sebastian abrió la boca, quiso hablar, negarlo, rebatirlo, pero Elena no se lo permitió, lo interrumpió. Cada palabra salió como una herida abierta. —No sigas fingiendo — Su voz se quebró. —Solo eres capaz de acostarte conmigo cuando estás borracho.
Sebastian quedó inmóvil. Elena dio un paso atrás, su llanto se volvió silencioso, devastador.
—Dime, Sebastian…— Alzó la mirada. Sus ojos rojos se clavaron en él y formuló la pregunta que llevaba años enterrada. La pregunta que ambos habían evitado. —Cuando me miras…¿Todavía ves a tu esposa?
Otra lágrima cayó.
—¿O solo ves a una mujer que ya no deseas?