INICIAR SESIÓNValentina no durmió.
Cada vez que cerraba los ojos escuchaba la misma frase.
Casarte conmigo.
A las siete de la mañana seguía sentada en el borde de su cama, mirando el techo.
—Esto tiene que ser una pesadilla.
Su teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
Dante Moretti: 10:00 a. m. Hotel Bellagio. Ven sola.
Valentina soltó una carcajada incrédula.
—Qué romántico.
Bloqueó el teléfono.
Dos segundos después volvió a desbloquearlo.
No podía ignorarlo.
No después de descubrir que su padre debía tres millones de dólares.
A las nueve y cincuenta y ocho entró al hotel.
Dante ya estaba allí.
Sentado en una mesa privada, con un café frente a él y varios documentos perfectamente ordenados.
Valentina tomó asiento.
—Tienes cinco minutos.
Dante levantó la mirada.
—Llegas tarde.
—Llegué exactamente a las diez.
—Dos minutos tarde.
—Entonces empieza a cobrarme intereses.
Él la observó durante unos segundos.
—Tienes carácter.
—Y tú tienes una personalidad horrible.
Por primera vez, Dante pareció divertido.
—Eso dicen.
Valentina señaló los documentos.
—Habla.
Dante deslizó una carpeta hacia ella.
—Tu padre tiene cuarenta y ocho horas.
—Ya lo sé.
—Si no paga, perderá la empresa, la casa y cualquier otro activo que pueda utilizarse para cubrir la deuda.
Valentina tragó saliva.
—¿Y el matrimonio?
—La deuda desaparecerá.
Ella abrió la carpeta.
Había un contrato.
Lo leyó rápidamente.
Un año.
Matrimonio legal.
Residencia en la mansión Moretti.
Apariciones públicas cuando Dante las considerara necesarias.
Fidelidad durante el contrato.
Y una cláusula que la hizo fruncir el ceño.
—¿Qué significa esto?
—¿Cuál?
—“La esposa deberá permanecer bajo protección del esposo durante la vigencia del acuerdo”.
—Significa exactamente lo que dice.
—No soy una prisionera.
—No.
Dante se inclinó ligeramente hacia delante.
—Pero desde ayer tampoco eres una mujer completamente segura.
Valentina lo miró fijamente.
—¿Quién quiere hacerme daño?
Silencio.
Dante no respondió.
—¿Dante?
—Firma el contrato y no tendrás que preocuparte.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darte.
Valentina cerró la carpeta.
—No voy a casarme con un desconocido.
—Entonces tu padre perderá todo.
—No puedes obligarme.
—No.
Dante sostuvo su mirada.
—Pero tampoco puedo obligarte a ignorar las consecuencias.
Valentina se levantó.
—Necesito pensarlo.
—Tienes hasta esta noche.
—¿Y si digo que no?
Dante guardó silencio durante unos segundos.
—Entonces mañana comenzarás a conocer el mundo que tu padre ha intentado ocultarte.
Aquellas palabras la hicieron detenerse.
—¿Qué significa eso?
Dante la miró de una manera extraña.
Como si estuviera a punto de decir algo.
Pero finalmente negó con la cabeza.
—Nada.
Valentina salió del hotel.
No sabía que Dante permaneció mirando la puerta durante varios segundos después de que ella desapareciera.
—¿Está seguro? —preguntó su hombre de confianza desde la esquina.
Dante no respondió.
—Ella no sabe quién es.
Dante bajó la mirada hacia una fotografía escondida dentro de la carpeta.
Era una fotografía antigua.
Una mujer joven sostenía a una bebé.
En la parte posterior había una fecha.
12 de agosto de 2003.
Dante pasó el pulgar por el borde de la fotografía.
—Todavía no.
—¿Por qué?
Dante levantó la mirada.
—Porque si descubre la verdad demasiado pronto, correrá.
—¿Y qué quiere hacer mientras tanto?
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Casarme con ella.
Su hombre frunció el ceño.
—¿Por protección?
Dante volvió a guardar la fotografía.
—Por ahora.
Pero mientras decía aquellas palabras, incluso él sabía que estaba mintiendo.
Porque había una razón por la que había buscado a Valentina durante tanto tiempo.
Y no tenía nada que ver con los tres millones de dólares.
Tenía que ver con su sangre.
Con un apellido que había sido borrado de la historia.
Y con una familia que llevaba veinte años esperando encontrar a su última heredera.
Dante miró hacia la ventana.
—Prepárense.
—¿Para qué?
—Esta noche conoceré a mi futura esposa.
Valentina llevaba más de una hora sentada en el borde de la cama. La fotografía seguía sobre sus piernas. La mujer del aeropuerto. La pulsera. La frase. Dile a Dante que su padre no fue el único que traicionó a los De Luca. No podía dejar de leerla. Una y otra vez. Como si las palabras fueran a cambiar. Pero no cambiaban. Dante estaba de pie junto a la ventana. —No voy a obligarte a creerme —dijo finalmente—. Pero necesito que entiendas algo. Valentina no levantó la mirada. —¿Qué? —No sabemos si esa mujer es Isabella. —Pero tú lo dijiste. —Dije que podría ser ella. —Para mí no es lo mismo. Dante se acercó lentamente. —Lo sé. Valentina dejó la fotografía sobre la cama. —¿Sabes qué es lo peor? —Dímelo. —Que ya no sé quién soy. Dante permaneció en silencio. —Toda mi vida tuve respuestas para las cosas más simples —continuó ella—. Mi nombre era Valentina Russo. Mi padre era Gabriel. Mi madre había muerto cuando yo era pequeña. Tenía una vida normal. Soltó una peq
Valentina permaneció inmóvil.Valentina no podía apartar la mirada de Alessandro. —No. La palabra salió apenas como un susurro. —No puede ser él. Alessandro no respondió. Dante permanecía a unos pasos, observándola. —¿Cómo se llama? —preguntó Valentina. Alessandro bajó la mirada. —Gabriel Russo. El nombre cayó sobre ella como un golpe. Gabriel. Su padre. El hombre que la había llevado al colegio durante años. El que le preparaba el desayuno cuando era niña. El que se quedaba despierto cuando tenía fiebre. El hombre al que había abrazado cada cumpleaños. —Él no... Valentina negó varias veces. —Él no pudo hacerle eso a mi familia. —Valentina —dijo Alessandro—, hay cosas que todavía no sabemos. Ella levantó la mirada. —Pero acabas de decir que su nombre está en la lista. —Sí. —Entonces dime qué hizo. Alessandro tomó aire. —No sabemos si participó voluntariamente. —¿Cómo que no? Dante intervino. —Hay una diferencia entre estar en una lista y haber ejecutado una
Valentina no podía apartar la mirada de Alessandro. —No. La palabra salió apenas como un susurro. —No puede ser él. Alessandro no respondió. Dante permanecía a unos pasos, observándola. —¿Cómo se llama? —preguntó Valentina. Alessandro bajó la mirada. —Gabriel Russo. El nombre cayó sobre ella como un golpe. Gabriel. Su padre. El hombre que la había llevado al colegio durante años. El que le preparaba el desayuno cuando era niña. El que se quedaba despierto cuando tenía fiebre. El hombre al que había abrazado cada cumpleaños. —Él no... Valentina negó varias veces. —Él no pudo hacerle eso a mi familia. —Valentina —dijo Alessandro—, hay cosas que todavía no sabemos. Ella levantó la mirada. —Pero acabas de decir que su nombre está en la lista. —Sí. —Entonces dime qué hizo. Alessandro tomó aire. —No sabemos si participó voluntariamente. —¿Cómo que no? Dante intervino. —Hay una diferencia entre estar en una lista y haber ejecutado una orden. Valentina lo miró. —
Valentina volvió a leer la carta. Una vez. Dos veces. Tres. Las palabras seguían allí. “Tu padre fue quien ordenó matarnos.” Levantó lentamente la mirada. Dante no apartó los ojos de ella. Por primera vez desde que lo conocía, no parecía el hombre frío y seguro que siempre tenía una respuesta. Parecía un hombre que acababa de perder algo. —¿Es verdad? —preguntó Valentina. Dante no respondió. —Dante. Alessandro permaneció en silencio. Valentina apretó la carta entre sus dedos. —Te estoy preguntando a ti. Dante cerró los ojos durante unos segundos. —Sí. Una sola palabra. Y fue suficiente. Valentina sintió que las piernas le temblaban. —Entonces tu padre... —Sí. —Él ordenó matar a mi familia. —Sí. —¿Y tú lo sabías? Dante negó. —No en aquel momento. —Pero después lo descubriste. —Sí. Valentina dio un paso atrás. —¿Cuándo? —Hace cuatro años. Ella lo miró con incredulidad. —¿Y desde entonces me has estado vigilando? —Sí. —¿Por qué? Dante respiró profunda
Valentina dejó de respirar. Durante unos segundos, todo lo que existía en aquella habitación fue aquella voz. Hija. Una palabra. Solo una. Pero había sido suficiente para destruir todo lo que creía saber sobre su vida. Dante permanecía frente a ella, completamente inmóvil. —Quédate detrás de mí —susurró. Valentina negó. —Es mi padre. —Precisamente por eso. —No sabes si es él. Dante la miró. —Sí lo sé. Ella frunció el ceño. —¿Cómo? —Porque yo también conozco esa voz. Valentina sintió un escalofrío. Los pasos se acercaron. —Valentina —repitió el hombre—. No quiero hacerte daño. Ella dio un paso hacia la puerta. Dante la sujetó suavemente del brazo. —Espera. —Llevo veintitrés años esperando. Él la soltó. Valentina salió del despacho. El hombre estaba al final del pasillo. Era mayor de lo que aparecía en la fotografía. Cabello oscuro con algunas canas. Barba corta. Una cicatriz atravesaba parte de su ceja. Pero sus ojos... Valentina los reconoció. Eran los
Valentina sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. —¿Alguien que conozco? Dante no respondió inmediatamente. Ella dio un paso hacia él. —Acabas de decir que la persona que ordenó matar a mi familia es alguien que conozco. —Sí. —¿Quién? Dante dejó el teléfono sobre la mesa. —No quiero decírtelo aquí. Valentina soltó una risa incrédula. —¿Aquí? Miró a su alrededor. —Estamos en una habitación secreta dentro de tu casa, después de que un desconocido intentara entrar en mi habitación. Creo que ya superamos el punto en el que importa el lugar. Dante la observó. —Es tu padre. El silencio fue inmediato. Valentina parpadeó. —¿Qué? —Tu padre sabe más de lo que te ha contado. Ella negó con la cabeza. —No. —Valentina... —No. La respuesta salió más fuerte. —Él me crió. —Lo sé. —Estuvo conmigo cuando era niña. —Lo sé. —Me cuidó. —Y también te ocultó tu identidad. Valentina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. —Eso no significa que haya matado a mi fam







