INICIAR SESIÓNCapítulo 3 — La decisión
Valentina pasó toda la tarde caminando de un lado a otro de su habitación.
El contrato estaba sobre la cama.
Lo había leído tantas veces que prácticamente podía repetir cada cláusula de memoria.
Un año.
Solo un año.
Después podría recuperar su libertad.
Eso era lo que intentaba repetirse.
Pero había una pregunta que no dejaba de perseguirla.
¿Por qué ella?
Dante Moretti podía conseguir cualquier mujer.
¿Por qué necesitaba casarse precisamente con ella?
Su teléfono vibró.
Era su padre.
—¿Dónde estás?
—En casa.
—Tenemos que hablar.
Valentina cerró los ojos.
—Ya sé lo de la deuda.
Hubo silencio.
—No sabes toda la verdad.
Aquellas palabras la hicieron incorporarse.
—Entonces cuéntamela.
—No puedo.
—¡Papá!
—Valentina, tienes que confiar en mí.
—¿Confiar en ti? ¡Un hombre apareció ayer diciendo que le debes tres millones de dólares y ahora quiere casarse conmigo!
Su padre respiró profundamente.
—Dante puede protegerte.
—Eso no responde mi pregunta.
—Es la única opción que tenemos.
Valentina apretó el teléfono.
—¿Qué estás ocultándome?
Otra pausa.
—Nada que necesites saber.
La llamada terminó.
Valentina se quedó mirando la pantalla.
Por primera vez en su vida sintió que su padre era un extraño.
A las ocho de la noche, alguien llamó a la puerta.
No era su padre.
Era Dante.
Vestía un traje oscuro y llevaba las manos en los bolsillos.
—¿Vienes a recoger tu respuesta?
—Vengo a darte una última oportunidad para decirme la verdad.
Dante la observó.
—No puedo.
—Entonces mi respuesta es no.
Él asintió lentamente.
—Entiendo.
Valentina esperaba una amenaza.
No llegó.
Dante simplemente se dio la vuelta.
—Buenas noches, Valentina.
Ella cerró la puerta.
Pero apenas unos segundos después escuchó un automóvil arrancar.
Se acercó a la ventana.
Dante se marchaba.
Y entonces vio otro automóvil estacionado al otro lado de la calle.
Un hombre dentro la estaba observando.
Valentina retrocedió.
Su corazón comenzó a acelerarse.
El automóvil arrancó inmediatamente.
Minutos después, recibió un mensaje.
Número desconocido: Deberías haber aceptado el contrato.
Valentina sintió un escalofrío.
Miró hacia la calle.
El automóvil negro de Dante todavía podía verse a lo lejos.
Entonces comprendió algo.
Quizá Dante no había estado exagerando.
Quizá realmente estaba en peligro.
Tomó el teléfono y escribió una sola frase.
Valentina: Acepto.
La respuesta llegó inmediatamente.
Dante: Lo sé. Estoy frente a tu casa.
Valentina abrió los ojos.
Corrió hacia la ventana.
El automóvil de Dante estaba nuevamente allí.
Y por primera vez, ella se preguntó si aquel hombre realmente había venido a destruir su vida...
o a salvarla.
en el siguiente capitulo veremos lo que penso Valentina si en realidad Dante vino a salvarla o a destruirla para serles sincera como escritora se llevaran una sorpresa no todo es como parece esta historia traere muchas emociones encontradas podran odiar a Dante o amarlo talvez yo no les adelantaria nada para no arruinar las sorpresas pero si siguen leyendo y comentando espero que les guste y apoyarme seria para mi una inmensa felicidad y seguir publicando mas novelas los veo en el proximo capitulo.
Valentina llevaba más de una hora sentada en el borde de la cama. La fotografía seguía sobre sus piernas. La mujer del aeropuerto. La pulsera. La frase. Dile a Dante que su padre no fue el único que traicionó a los De Luca. No podía dejar de leerla. Una y otra vez. Como si las palabras fueran a cambiar. Pero no cambiaban. Dante estaba de pie junto a la ventana. —No voy a obligarte a creerme —dijo finalmente—. Pero necesito que entiendas algo. Valentina no levantó la mirada. —¿Qué? —No sabemos si esa mujer es Isabella. —Pero tú lo dijiste. —Dije que podría ser ella. —Para mí no es lo mismo. Dante se acercó lentamente. —Lo sé. Valentina dejó la fotografía sobre la cama. —¿Sabes qué es lo peor? —Dímelo. —Que ya no sé quién soy. Dante permaneció en silencio. —Toda mi vida tuve respuestas para las cosas más simples —continuó ella—. Mi nombre era Valentina Russo. Mi padre era Gabriel. Mi madre había muerto cuando yo era pequeña. Tenía una vida normal. Soltó una peq
Valentina permaneció inmóvil.Valentina no podía apartar la mirada de Alessandro. —No. La palabra salió apenas como un susurro. —No puede ser él. Alessandro no respondió. Dante permanecía a unos pasos, observándola. —¿Cómo se llama? —preguntó Valentina. Alessandro bajó la mirada. —Gabriel Russo. El nombre cayó sobre ella como un golpe. Gabriel. Su padre. El hombre que la había llevado al colegio durante años. El que le preparaba el desayuno cuando era niña. El que se quedaba despierto cuando tenía fiebre. El hombre al que había abrazado cada cumpleaños. —Él no... Valentina negó varias veces. —Él no pudo hacerle eso a mi familia. —Valentina —dijo Alessandro—, hay cosas que todavía no sabemos. Ella levantó la mirada. —Pero acabas de decir que su nombre está en la lista. —Sí. —Entonces dime qué hizo. Alessandro tomó aire. —No sabemos si participó voluntariamente. —¿Cómo que no? Dante intervino. —Hay una diferencia entre estar en una lista y haber ejecutado una
Valentina no podía apartar la mirada de Alessandro. —No. La palabra salió apenas como un susurro. —No puede ser él. Alessandro no respondió. Dante permanecía a unos pasos, observándola. —¿Cómo se llama? —preguntó Valentina. Alessandro bajó la mirada. —Gabriel Russo. El nombre cayó sobre ella como un golpe. Gabriel. Su padre. El hombre que la había llevado al colegio durante años. El que le preparaba el desayuno cuando era niña. El que se quedaba despierto cuando tenía fiebre. El hombre al que había abrazado cada cumpleaños. —Él no... Valentina negó varias veces. —Él no pudo hacerle eso a mi familia. —Valentina —dijo Alessandro—, hay cosas que todavía no sabemos. Ella levantó la mirada. —Pero acabas de decir que su nombre está en la lista. —Sí. —Entonces dime qué hizo. Alessandro tomó aire. —No sabemos si participó voluntariamente. —¿Cómo que no? Dante intervino. —Hay una diferencia entre estar en una lista y haber ejecutado una orden. Valentina lo miró. —
Valentina volvió a leer la carta. Una vez. Dos veces. Tres. Las palabras seguían allí. “Tu padre fue quien ordenó matarnos.” Levantó lentamente la mirada. Dante no apartó los ojos de ella. Por primera vez desde que lo conocía, no parecía el hombre frío y seguro que siempre tenía una respuesta. Parecía un hombre que acababa de perder algo. —¿Es verdad? —preguntó Valentina. Dante no respondió. —Dante. Alessandro permaneció en silencio. Valentina apretó la carta entre sus dedos. —Te estoy preguntando a ti. Dante cerró los ojos durante unos segundos. —Sí. Una sola palabra. Y fue suficiente. Valentina sintió que las piernas le temblaban. —Entonces tu padre... —Sí. —Él ordenó matar a mi familia. —Sí. —¿Y tú lo sabías? Dante negó. —No en aquel momento. —Pero después lo descubriste. —Sí. Valentina dio un paso atrás. —¿Cuándo? —Hace cuatro años. Ella lo miró con incredulidad. —¿Y desde entonces me has estado vigilando? —Sí. —¿Por qué? Dante respiró profunda
Valentina dejó de respirar. Durante unos segundos, todo lo que existía en aquella habitación fue aquella voz. Hija. Una palabra. Solo una. Pero había sido suficiente para destruir todo lo que creía saber sobre su vida. Dante permanecía frente a ella, completamente inmóvil. —Quédate detrás de mí —susurró. Valentina negó. —Es mi padre. —Precisamente por eso. —No sabes si es él. Dante la miró. —Sí lo sé. Ella frunció el ceño. —¿Cómo? —Porque yo también conozco esa voz. Valentina sintió un escalofrío. Los pasos se acercaron. —Valentina —repitió el hombre—. No quiero hacerte daño. Ella dio un paso hacia la puerta. Dante la sujetó suavemente del brazo. —Espera. —Llevo veintitrés años esperando. Él la soltó. Valentina salió del despacho. El hombre estaba al final del pasillo. Era mayor de lo que aparecía en la fotografía. Cabello oscuro con algunas canas. Barba corta. Una cicatriz atravesaba parte de su ceja. Pero sus ojos... Valentina los reconoció. Eran los
Valentina sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. —¿Alguien que conozco? Dante no respondió inmediatamente. Ella dio un paso hacia él. —Acabas de decir que la persona que ordenó matar a mi familia es alguien que conozco. —Sí. —¿Quién? Dante dejó el teléfono sobre la mesa. —No quiero decírtelo aquí. Valentina soltó una risa incrédula. —¿Aquí? Miró a su alrededor. —Estamos en una habitación secreta dentro de tu casa, después de que un desconocido intentara entrar en mi habitación. Creo que ya superamos el punto en el que importa el lugar. Dante la observó. —Es tu padre. El silencio fue inmediato. Valentina parpadeó. —¿Qué? —Tu padre sabe más de lo que te ha contado. Ella negó con la cabeza. —No. —Valentina... —No. La respuesta salió más fuerte. —Él me crió. —Lo sé. —Estuvo conmigo cuando era niña. —Lo sé. —Me cuidó. —Y también te ocultó tu identidad. Valentina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. —Eso no significa que haya matado a mi fam







