INICIAR SESIÓN
La lluvia llevaba casi una hora golpeando los cristales del pequeño restaurante cuando Valentina Russo miró el reloj por quinta vez.
Las nueve y cuarenta y tres.
Su padre todavía no había llegado.
—Si vuelve a llegar tarde, juro que voy a cobrarle por cada minuto que me hace esperar.
La camarera soltó una pequeña risa mientras dejaba una taza de café sobre la mesa.
—¿Problemas familiares?
—Mi padre.
Valentina tomó el café entre las manos.
—Es peor.
La camarera sonrió y regresó a la barra.
Valentina intentó distraerse mirando por la ventana, pero algo llamó su atención.
Un automóvil negro acababa de detenerse frente al restaurante.
No era extraño.
Lo extraño era el hombre que descendió de él.
Alto.
Traje negro perfectamente ajustado.
Cabello oscuro.
Expresión seria.
Y una mirada que parecía capaz de atravesar los cristales.
Valentina frunció el ceño.
El hombre entró al restaurante.
No miró a nadie.
Caminó directamente hacia ella.
—¿Valentina Russo?
Ella levantó una ceja.
—Depende de quién pregunte.
El hombre tomó asiento frente a ella sin pedir permiso.
Valentina dejó la taza sobre la mesa.
—¿Perdón?
—Dante Moretti.
El nombre no le decía absolutamente nada.
—¿Debería conocerte?
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa apareció en los labios del hombre.
No era una sonrisa amable.
Era una advertencia.
—No todavía.
Valentina cruzó los brazos.
—Entonces supongo que tenemos un problema.
Dante dejó un sobre sobre la mesa.
—Tu padre me debe dinero.
La expresión de Valentina cambió.
—¿Qué?
—Una cantidad considerable.
—Mi padre no tiene deudas contigo.
—Eso es lo que él te ha hecho creer.
Valentina tomó el sobre.
Antes de abrirlo, escuchó el sonido de la puerta.
Su padre acababa de entrar.
Estaba empapado.
Pálido.
Y cuando vio a Dante...
se detuvo.
Valentina nunca había visto miedo en los ojos de su padre.
Hasta ese momento.
—Papá...
Él no respondió.
Miró a Dante.
—Te dije que necesitaba tiempo.
Dante se levantó lentamente.
—Se acabó.
Valentina se puso de pie.
—¿Alguien piensa explicarme qué está pasando?
Su padre evitó mirarla.
—Valentina, vete a casa.
—No.
—Por favor.
—No pienso irme a ninguna parte.
Dante observó la escena en silencio.
Después sacó una carpeta negra de su abrigo y la colocó frente a ella.
—Tu padre tiene cuarenta y ocho horas para pagarme.
Valentina abrió la carpeta.
Documentos.
Contratos.
Transferencias.
Cifras que no podía comprender.
Y una cantidad que le hizo perder el aliento.
—Esto no puede ser real.
—Lo es.
—¿Cuánto?
Su padre cerró los ojos.
Dante respondió:
—Tres millones de dólares.
Valentina lo miró como si acabara de escuchar una locura.
—¿Tres... millones?
—Y no soy el único al que tu padre le debe dinero.
Un escalofrío recorrió su espalda.
—¿A quién más?
Dante sostuvo su mirada.
—A personas que no tendrán la misma paciencia que yo.
Su padre dio un paso hacia ella.
—Valentina, por favor, confía en mí.
Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Llevo toda mi vida confiando en ti.
Dante tomó su abrigo.
—Mañana recibirás una visita.
—¿Qué visita?
Él se detuvo junto a la puerta.
—La propuesta que puede salvar a tu familia.
Valentina sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.
—¿Qué propuesta?
Dante giró ligeramente la cabeza.
—Casarte conmigo.
Y salió.
Valentina permaneció inmóvil.
Sin saber que acababa de conocer al hombre que cambiaría para siempre su vida.
Y sin imaginar que Dante Moretti no había llegado hasta ella por la deuda de su padre.
Había llegado porque llevaba meses buscando a alguien.
A una heredera.
Y acababa de encontrarla.
Valentina llevaba más de una hora sentada en el borde de la cama. La fotografía seguía sobre sus piernas. La mujer del aeropuerto. La pulsera. La frase. Dile a Dante que su padre no fue el único que traicionó a los De Luca. No podía dejar de leerla. Una y otra vez. Como si las palabras fueran a cambiar. Pero no cambiaban. Dante estaba de pie junto a la ventana. —No voy a obligarte a creerme —dijo finalmente—. Pero necesito que entiendas algo. Valentina no levantó la mirada. —¿Qué? —No sabemos si esa mujer es Isabella. —Pero tú lo dijiste. —Dije que podría ser ella. —Para mí no es lo mismo. Dante se acercó lentamente. —Lo sé. Valentina dejó la fotografía sobre la cama. —¿Sabes qué es lo peor? —Dímelo. —Que ya no sé quién soy. Dante permaneció en silencio. —Toda mi vida tuve respuestas para las cosas más simples —continuó ella—. Mi nombre era Valentina Russo. Mi padre era Gabriel. Mi madre había muerto cuando yo era pequeña. Tenía una vida normal. Soltó una peq
Valentina permaneció inmóvil.Valentina no podía apartar la mirada de Alessandro. —No. La palabra salió apenas como un susurro. —No puede ser él. Alessandro no respondió. Dante permanecía a unos pasos, observándola. —¿Cómo se llama? —preguntó Valentina. Alessandro bajó la mirada. —Gabriel Russo. El nombre cayó sobre ella como un golpe. Gabriel. Su padre. El hombre que la había llevado al colegio durante años. El que le preparaba el desayuno cuando era niña. El que se quedaba despierto cuando tenía fiebre. El hombre al que había abrazado cada cumpleaños. —Él no... Valentina negó varias veces. —Él no pudo hacerle eso a mi familia. —Valentina —dijo Alessandro—, hay cosas que todavía no sabemos. Ella levantó la mirada. —Pero acabas de decir que su nombre está en la lista. —Sí. —Entonces dime qué hizo. Alessandro tomó aire. —No sabemos si participó voluntariamente. —¿Cómo que no? Dante intervino. —Hay una diferencia entre estar en una lista y haber ejecutado una
Valentina no podía apartar la mirada de Alessandro. —No. La palabra salió apenas como un susurro. —No puede ser él. Alessandro no respondió. Dante permanecía a unos pasos, observándola. —¿Cómo se llama? —preguntó Valentina. Alessandro bajó la mirada. —Gabriel Russo. El nombre cayó sobre ella como un golpe. Gabriel. Su padre. El hombre que la había llevado al colegio durante años. El que le preparaba el desayuno cuando era niña. El que se quedaba despierto cuando tenía fiebre. El hombre al que había abrazado cada cumpleaños. —Él no... Valentina negó varias veces. —Él no pudo hacerle eso a mi familia. —Valentina —dijo Alessandro—, hay cosas que todavía no sabemos. Ella levantó la mirada. —Pero acabas de decir que su nombre está en la lista. —Sí. —Entonces dime qué hizo. Alessandro tomó aire. —No sabemos si participó voluntariamente. —¿Cómo que no? Dante intervino. —Hay una diferencia entre estar en una lista y haber ejecutado una orden. Valentina lo miró. —
Valentina volvió a leer la carta. Una vez. Dos veces. Tres. Las palabras seguían allí. “Tu padre fue quien ordenó matarnos.” Levantó lentamente la mirada. Dante no apartó los ojos de ella. Por primera vez desde que lo conocía, no parecía el hombre frío y seguro que siempre tenía una respuesta. Parecía un hombre que acababa de perder algo. —¿Es verdad? —preguntó Valentina. Dante no respondió. —Dante. Alessandro permaneció en silencio. Valentina apretó la carta entre sus dedos. —Te estoy preguntando a ti. Dante cerró los ojos durante unos segundos. —Sí. Una sola palabra. Y fue suficiente. Valentina sintió que las piernas le temblaban. —Entonces tu padre... —Sí. —Él ordenó matar a mi familia. —Sí. —¿Y tú lo sabías? Dante negó. —No en aquel momento. —Pero después lo descubriste. —Sí. Valentina dio un paso atrás. —¿Cuándo? —Hace cuatro años. Ella lo miró con incredulidad. —¿Y desde entonces me has estado vigilando? —Sí. —¿Por qué? Dante respiró profunda
Valentina dejó de respirar. Durante unos segundos, todo lo que existía en aquella habitación fue aquella voz. Hija. Una palabra. Solo una. Pero había sido suficiente para destruir todo lo que creía saber sobre su vida. Dante permanecía frente a ella, completamente inmóvil. —Quédate detrás de mí —susurró. Valentina negó. —Es mi padre. —Precisamente por eso. —No sabes si es él. Dante la miró. —Sí lo sé. Ella frunció el ceño. —¿Cómo? —Porque yo también conozco esa voz. Valentina sintió un escalofrío. Los pasos se acercaron. —Valentina —repitió el hombre—. No quiero hacerte daño. Ella dio un paso hacia la puerta. Dante la sujetó suavemente del brazo. —Espera. —Llevo veintitrés años esperando. Él la soltó. Valentina salió del despacho. El hombre estaba al final del pasillo. Era mayor de lo que aparecía en la fotografía. Cabello oscuro con algunas canas. Barba corta. Una cicatriz atravesaba parte de su ceja. Pero sus ojos... Valentina los reconoció. Eran los
Valentina sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. —¿Alguien que conozco? Dante no respondió inmediatamente. Ella dio un paso hacia él. —Acabas de decir que la persona que ordenó matar a mi familia es alguien que conozco. —Sí. —¿Quién? Dante dejó el teléfono sobre la mesa. —No quiero decírtelo aquí. Valentina soltó una risa incrédula. —¿Aquí? Miró a su alrededor. —Estamos en una habitación secreta dentro de tu casa, después de que un desconocido intentara entrar en mi habitación. Creo que ya superamos el punto en el que importa el lugar. Dante la observó. —Es tu padre. El silencio fue inmediato. Valentina parpadeó. —¿Qué? —Tu padre sabe más de lo que te ha contado. Ella negó con la cabeza. —No. —Valentina... —No. La respuesta salió más fuerte. —Él me crió. —Lo sé. —Estuvo conmigo cuando era niña. —Lo sé. —Me cuidó. —Y también te ocultó tu identidad. Valentina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. —Eso no significa que haya matado a mi fam







