FAZER LOGINÚltimamente Amelia estaba muy inquieta con todo lo referente a su pasado, hacía mil preguntas al respecto, nada de lo que le decían la hacía sentirse familiarizada, y cada día que pasaba parecía que iba perdiendo la alegría, en su lugar se estaba llenando de dudas e inseguridades.
En una conversación que tuvo con Ignacio le dijo:
—Quiero saber más.
—Ya te lo hemos dicho todo.
—¡No es cierto! Sé que no me dicen la verdad, tus tías me evaden cuando lea hago preguntas, he notado que Diego te mira extraño cuando estamos juntos, y Jimena… me odia pero su esposo no le deja decirme por qué.
—Sin ideas tuyas, estás tan desesperada por recordar que ya empezaste a dudar de nosotros.
—Siento como si todo lo que me dicen acerca de mi vida se tratara de la vida de otra persona. —Ignacio sintió que sus entrañas se constreñían, le preocupaba que las cosas se fueran a salir de control.
Se acercó a ella e intentó tocarle la mejilla, pero Amelia se alejó consternada y le dio la espalda, Ignacio para calmarla con una voz dócil agregó:
—Debes tranquilizarte —Se acercó por atrás y le agarró los brazos consolándola—. Nada malo te va a pasar mientras permanezcas en esta casa, si hay cosas que no he querido contarte. —Amelia se dio vuelta para verlo de frente.
—¿Qué cosas?
—No quiero decírtelas todavía, por favor ten paciencia, te las diré cuando sea en momento apropiado, cuando estés más fuerte y segura de tus decisiones.
—¿Por qué?
—Porque te vas a confundir, antes de decirte esas cosas quiero que recuerdes aunque sea algo de nosotros dos, quiero que recuerdes que me amabas a mi y no a otro.
—Me confundes con tus palabras, sé que te amo, no hace falta recordarlo. —Ignacio le agarró la mano.
—Deseo que sea así siempre.
—¿Tenía otro hombre verdad? A eso se refería Jimena.
—¿Qué te dijo Jimena?
—Que no merezco ser tu esposa, que te hice daño.
—Eso no es cierto.
—¡Dime la verdad!
—No me hiciste ningún daño te lo juro; Jimena no te aprecia simplemente porque no provienes de una buena cuna.
—Milena no es rica y Jimena la trata con consideración, hasta la está ayudando con los preparativos de su boda.
—Es que Milena es amiga de Adrian, tal vez es por eso —Le agarró la mejilla y la miró con ternura a los ojos—. Quiero que te tranquilices, pronto iremos a Estados Unidos y veremos qué dice el doctor, nada ganas llenándote de angustia. —Amelia recapacitó.
—Tienes razón, es que no sé por qué tengo tanto miedo.
—¿A qué le temes?
—Me da miedo que nada sea cierto, que nuestro matrimonio no sea como aparenta.
—¿Fue desde que Jimena te dijo esas cosas verdad? —Amelia agachó la mirada, luego asentó con la cabeza. Ignacio le agarró el mentón y levantó su rostro, mirándola fijo a los ojos agregó:
—Te aseguro que lo que ella te dijo no tiene nada qué ver contigo. Debes estar tranquila y trabajar en tu memoria como lo dijo el terapeuta, hoy en la tarde iremos a la casa en la ciudad como lo teníamos planeado. Recuerda lo que te dijo el doctor, debes volver a los lugares que frecuentabas, así podrás familiarizarte y estimular tu memoria.
Amelia sonrió lánguidamente.
—Si, debo tranquilizarme.
—Bueno, tengo que ir al grupo, en la tarde vengo a buscarte para ir a la casa.
—Está bien. —Ingancio sonrió y le dio un beso.
—Te amo.
—Yo también te amo. —Le dio otro beso y salió de la habitación con una apariencia apacible; en cuanto cerró la puerta frunció en ceño y pensó dentro de sí:
"Jimena me va a escuchar"
Llegó al grupo enardecido con Jimena y se dirigió a su oficina.
—¿Está Jimena? —Le preguntó a la secretaria.
—Si está licenciado, se encuentra con su asistente y la licenciada Jimena Chávez.
Ignacio no esperó que lo anunciara y entró a la oficina sin antes tocar la puerta, Jimena y los demás voltearon a mirar y observaron la dura expresión de su rostro, Ignacio dejó la puerta abierta, sus ojos con mirada penetrante los tenía puestos sobre Jimena. Ella se percató que venía enojado.
—¿Qué sucede, por qué entras así? —Él se acercó a ella a un lado del escritorio.
—Porque me da la gana. —Jimena miró a los demás por un segundo, luego lo miró a él y se puso de pie.
—¿No te da vergüenza hablarme así delante de Jimena?
—Vergüenza debería darte cuando te metes en mi vida.
—No sé de qué hablas. —Ignacio con una voz fuerte le dijo:
—¿Por qué le dijiste a Silvia que ella no debería estar conmigo? —Jimena se lo tomó a la lijera y despreocupada respondió:
—Aaah, es eso, claro, Silvia ya te fue con el chisme.
—¿Te parece que es un chisme atormentarla así como está indefensa? —Jimena meneó la cabeza y con sarcasmo agregó:
—¿Indefensa? ¿De verdad crees que una serpiente pierde su veneno porque no recuerda nada?
Ignacio alzó la voz.
—Te prohíbo volver a molestarla con algunos de tus comentarios, mejor dedicate a tu marido. —Jimena se cruzó de brazos.
—Fijate que no tengo por qué hacerte caso, ni creas que dejaré que esa arribista se salga con la suya tan solo porque le falta la memoria.
—Te prohíbo que vuelvas a molestarla. —Jimena frunció los labios del enojo y lo desafío con la mirada.
—¿Por qué eres tan imbécil? ¿Acaso ya se te olvidó que se acostó con ese arquitecto amigo tuyo? —A Ignacio se le enrojeció el rostro; de pronto la agarró del cuello y bruscamente la pegó contra el cuadro colgado en la pared detrás suyo.
Ignacio estaba fuera de quicio y apretó fuerte su cuello, Jimena se estaba asfixiando e intentaba soltarse de él. Mientras tanto el asistente y la otra Jimena se alarmaron, juntos intentaron calmarlo.
—¡Ignacio la estás ahogando por Dios sueltala!
Él estaba embelesado descargando su ira contra Jimena, pero ellos lograron zafarlo. Jimena tosió e intentaba recuperar oxígeno, luego se soltó a llorar y se agarró el cuello. Sollozando como niña pequeña le dijo:
—¡Intentaste matarte!
—¡No vuelvas a meterte en mi vida! —Le gritó—. Dejame vivir en paz con mi esposa, mejor averíguale la vida tu marido.
Adrián llevó a Jimena a la mansión, debido al ataque de Ignacio ella no se sintió bien y se fue a descansar. Cuando llegaron, en la sala se encontraba Amelia con Andrea y Lucrecia.
Lucrecia notó de inmediato que Jimena había llorado y se levantó del sofá preocupada.
—¿Hija qué sucede? —Jimena sollozó, luego levantó la cabeza y le enseñó el cuello, Lucrecia puso cara de asombro al ver las marcas que dejó Ignacio.
—¡¿Quién te hizo eso?!
—Ignacio. —Amelia no comprendía cómo Ignacio habría sido capaz de atacar así a su prima, pero no esperaba lo que Jimena tenía por agregar.
—¿Qué? ¿Pero por qué? —agregA Lucrecia, Jimena señaló a Amelia.
—Fue por su culpa, ella le metió cizaña en mi contra. —Lucrecia miró a Amelia.
—¿Hiciste eso?
—¡No!
—Di la verdad —Dijo Jimena enardecida—. Deja tu hipocresía. —Amelia se puso de pie y con un tono de voz medroso agregó:
—Yo no le dije nada para que te atacara.
—Intentó matarme por tu culpa, siempre haces que mi primo pierda la razón, eres una m*****a bruja. —Amelia sintió que las dudas acerca de su persona la invadían de nuevo y comenzó a llorar.
—¿Por qué me dice esas cosas? ¿Qué hice? —Andrea le dijo:
—Jimena está muy alterada, no le hagas caso.
—No estoy alterada tía, a esta zorra hay que ponerla en su lugar. —Lucrecia se enojó con Jimena y le habló fuerte.
—Callate Jimena, deja a Silvia en paz.
—Si, dejen en paz a la perra del pueblo. —Amelia estalló angustiada y gritó.
—¿Por qué me dice esas cosas?
—Cállense las dos. —Gritó Lucrecia y agarró a Jimena del brazo y la jaló hacia las escaleras, mientras tanto Andrea se hizo cargo de Amelia.
Más tarde llegó Ignacio sin imaginar que más encima Jimena se hubiera atrevido a meterse de nuevo con Amelia. Subió a buscarla para llevarla a la casa en la ciudad. Andrea y Lucrecia la convencieron de no decirle nada a Ignacio de lo sucedido en la sala con Jimena para evitar más confrontaciones, pero Amelia estaba muy consternada.
—¿Qué tienes? —Dijo Ignacio cuando la vio.
—Nada, ¿por qué lo preguntas?
—Te ves molesta.
—Solo estoy algo nerviosa. Ya sabes, por la visita que haremos a la casa.
—¿Ya estás lista?
—Si.
Amelia agarró el bolso y se marcharon a la mansión. Mientras viajaban en el auto ninguno dijo alguna palabra, ambos estaban afectados por lo que sucedía. Ignacio disimuló lo que sentía, pero estaba como una bomba programada para estallar en cualquier momento.
Cuando llegaron a la casa, antes de entrar Amelia observó curiosamente su exterior, Ignacio la agarró de la mano y la llevó a la sala.
Ella hizo una inspección general con sus ojos.
—¿Te sientes familiarizada?
—No. —Visitaron todo el primer piso y hasta el jardín. Ella sintió algo distinto.
—Siento que ya estuve aquí.
—Te gustaba jugar con los niños y el perro, casi todos los días te encontraba en el jardín cuando venía a casa. —Ella sonrió lánguidamente. Después fueron arriba, por el pasillo le enseñó en dónde estaba la habitación de cada quien, incluyendo la de Silvia, y fueron a esta.
Todo estaba intacto, igual como antes, una vez al mes Elena llevaba a las mujeres de limpieza para que la casa no se deteriorara, pero nada había sido movido de su lugar.
Amelia le dijo:
—¿Por qué teníamos habitaciones separadas? —Ignacio espabiló, rápidamente consiguió la excusa.
—Dormíamos en la misma habitación, pero a ti te gustaba tener tus cosas aparte y no querías molestarme cuando ibas a arreglarte, es que demorabas mucho maquillándote y las mucamas debían ayudarte, ya sabes, cosas de mujeres.
A Amelia le pareció lógica su explicación, sin embargo presintió que algo extraño sucedía.
Abrió el guardarropa en el área donde se colgaban los vestidos de fiesta, sacó uno y lo observó, luego otro y otro; intentaba por lo menos recordar cómo solía vestirse. La mayoría de los trajes tenían escotes muy pronunciados.
—¿Me ponía esto para salir contigo? —Ignaico sintió repugnancia hacia la ropa de Silvia y miró el vestido con menosprecio.
—Si, usabas esos vestidos. —Saco del guardarropa varios trajes a la vez y los tiró al piso, después otros.
—Le diré a Elena que queme todo eso o los regale, necesitas un nuevo guardarropa. Amelia sintió rabia.
—¿Por qué quieres quemar mi ropa? —Se inclinó y recogió todos los vestidos, —. No puedes desechar mis cosas. —Dijo enojada.
—Necesitas un guardarropa, todo esto ya está viejo.
—No me importa, ¿Acaso estoy muerta? No tienes derecho. —Ignacio le habló en un tono de voz imperante.
—Ya te dije que te voy a comprar un nuevo guardarropa, todo esto hay que desecharlo.
—¿Por qué? ¿Porque me vestía como zorra?
—No he dicho eso, ¿qué te está pasando?
—¿Por qué atacaste a Jimena?
—Ah ya entendí.
—Que intentas ocultarme amenazandola.
—No intento ocultar nada.
—Todos lo hacen, ella es la única que me habla con la verdad, pero tú la atacas y Lucrecia no la deja decirme nada. —Igancio se metió los dedos entre el cabello.
—¿De qué verdad hablas?
—¡De quién fui realmente!
—No hay nada nuevo por decir. —Amelia gritó mientras sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Si, me ocultan todo, estoy segura que me están ocultando la verdad, dormíamos en camas separadas, no veo nada en esta habitación que tenga qué ver contigo, y quieres quemar mi ropa. ¡Dime la verdad!
Ignacio gritó.
—¡Basta! deja ya de hacer tantas estúpidas preguntas, ya no sé qué coños hacer para que te quedes tranquila, siento que me voy a volver loco.
Amelia se quedó por algunos segundos mirándolo a los ojos con reproche; de pronto se dio vuelta y salió de la habitación. Ignacio se quedó paralizado por un momento, rápidamente comprendió que estuvo mal lo que hizo.
El día del cumpleaños de Silvia, Ignacio planeó sacar a Amelia a un restaurant a en la noche, la llevaría a una cena romántica.
Lucrecia organizó un almuerzo en honor a la cumpleañera, e invitó a Samanta la prima de Silvia y a dos de sus amigas, lo hizo sin consultarlo con Ignacio, simplemente quería sorprender a Silvia preparando un reencuentro con sus amigas del pasado.
Amelia planeaba aprovechar la visita de su supuesta prima y amigas para averiguar cosas acerca de su pasado, pero Ignacio estropeó sus planes cuando procuró no dejarlas solas ni por un momento, e incluso no quiso regresar al grupo por la tarde, Diego aparte le dijo:
—¿Acaso no piensas dejarla respirar?
—¿A qué te refieres?
—No te has dado cuenta que esas mujeres quieren estar solas y hablar cosas de mujeres?
—¿Cómo qué cosas tiene que hablar ella con esas tipas?
—Supongo que hablarán acerca de cómo traicionan a sus maridos, a la pobre Amelia le contarán que en el pasado era una zorra trepadora, que se casó contigo sólo por la plata y que no es una mansa paloma.
—Amelia no hizo esas cosas.
—Está usurpando a Silvia, y cargará con sus pecados por tu culpa, por no decirle la verdad.
—Pues no permitiré que le digan esas cosas.
Cuando Ignacio volvió a la sala maquinando cómo deshacerse de esas tres arpías y salvar a Amelia de la lujuria de esas mujeres. Pero se llevó la sorpresa que las cuatro ya no se encontraban en la sala, de pronto vio a Lucrecia.
—¿Dónde está Silvia? —Ella sonriente le dijo:
—Fueron arriba a hablar cosas de mujeres, tú las estabas incomodando. —Diego que había llegado detrás de Ignacio se rió.
—Lo mismo le dije yo, un hombre sabe que donde una grupo de mujeres se reúne él no debe inmiscuirse. —Ignacio frunció el ceño y lo miró con reproche. No pudo hacer nada al respecto, Amelia se había encerrado en su antigua habitación con las otras tres mujeres esperanzada en descubrir algo más de su pasado, sobre todo deseaba averiguar cosas de su matrimonio.
Llegaron a un lindo restaurant. Esa noche Amelia se sintió como una reina, Ignacio se encargó de que todo fuera perfecto. Pidió una copa de vino para él, y para Amelia desde antes había ordenado un cóctel de copa sin alcohol. El mozo sirvió ambas copas, primero le acercó a Amelia la suya, ella la recibió y le dio las gracias con una gran sonrisa, después le entregó a Ignacio la otra. Cuando el mozo se retiró, Ignacio le dijo: —Quiero brindar porque ya soy un hombre libre y porque pronto serás mi esposa. —Con una sonrisa ambos brindaron y bebieron el primer sorbo; luego Amelia le agarró la mano y le dijo: —Yo quiero brindar por ti y por nuestra felicidad. Ahora me siento segura, sin miedos, y sin ninguna duda. Te amo y le doy gracias al cielo porque te pude recuperar —Sus ojos se llenaron de lágrimas —. Creí que nunca estaríamos juntos de nuevo, pero estás aquí, conmigo. —Nunca nos volveremos a separar. —Brindemos. Brindaron y bebieron de sus copas; de pronto Amelia sintió que un
Amelia quiso visitar a Rosalía al hospital ese mismo día. Cuando llegó donde ella estaba, Rosalía tenía yesos en sus brazos y en una pierna. En ese momento se encontraba sola, su madre y dos tías que estaban pendientes de ella bajaron a la cafetería. Rosalía estaba cabizbaja, y se sorprendió un poco al ver a Amelia. Se miraron a los ojos.—No esperaba verte llegar.—¿Cómo estás? —Fatal.—Siento mucho lo de tu embarazo. Rosalía volteó levemente su cara hacia otro lado y no respondió nada al respecto. Estaba triste, a la vez avergonzada. Amelia agregó:—Mi tía me contó que Mario era su padre.—Supongo que debes estar muy enojada por eso.—No.—Es tu esposo al fin y al cabo.—Él no me importa, pero tampoco me gustaría que siguieras con él después de lo que te hizo, casi te mata, y mató a su propio hijo antes que naciera… Mario es una mala persona.—Siempre les dije a ti y a Pedro quién era Mario en realidad, y no me creyeron; claro, delante de ti y de tu papá mostraba una cara, y delan
Amelia levantó el rostro y miró a Ignacio a los ojos, besó sus labios con ternura.—Te amo con toda mi alma. —Él la sujetó fuerte de la cintura e hizo el intento de cargarla.—No quiero que volvamos a separarnos jamás.—Quiero estar contigo el resto de mi vida. —Quiero que seas mi esposa, y que todos lo sepan; ya no más mentiras ni engaños, y no dejaremos que el pasado nos vuelva a hacer daño. Te amo Amelia Duarte. Como en toda reconciliación, los besos apasionados y las caricias no se hicieron esperar, sus corazones estaban palpitantes de amor y la emoción de estar juntos de nuevo; aunque ahora estaban aún más unidos, porque no había mentiras o verdades ocultas de por medio; ahora eran un par de seres que se amaban a pesar de los problemas que habían atravesado, y se habían perdonado sus errores, porque su amor era aún más grande que la duda y la desconfianza que reinó por un tiempo. Descubrieron que no podían ser felices el uno sin el otro.***Ignacio expuso el caso de Amelia y Pe
Ignacio suspendió la agenda del día y viajó a Houston lo antes que le fue posible. Cuando el avión aterrizó y pasó todos los controles del aeropuerto, salió a buscar un taxi que lo condujera al apartamento. Observó el cielo y pensó:"¿De dónde le salió tanta valentía para venir sola a está ciudad tan inmensa; yo jamás lo habría hecho estando en su lugar. Pero Amelia es así, tan frágil y anal vez tan fuerte coló un roble; tal vez por eso jamás podré dejar de amarla. Solo espero que me perdone y me dé otra oportunidad."Tomó un taxi y le dio la dirección al chofer, para que lo llevara al edificio donde sabía que iba a encontrarla.Cuando llegó sacó la llave para abrir la puerta. Iba a introducirla pero se detuvo."No puedo invadirla así de repente, mejor tocó el timbre."Tocó el timbre y esperó un momento, como no hubo respuesta volvió a tocar, pero nadie salió. Se preguntó si tal vez ella no estaba o si no quería abrirle la puerta a nadie; entonces introdujo la llave y abrió la puerta,
Ignacio regresó a la oficina, no había pasado mucho tiempo cuando Diego llegó a preguntarle qué quería la policía.—¿Para qué te citó el detective?—Amelia escapó de su casa en San Pedro hace cuatro días y nadie sabe dónde está.—¿Por qué escapó?—No quería estar con Mario, pero él la amenazó con quitarle al niño si lo dejaba. Amelia escapó a media noche de esa casa, ¿te imaginas? sola con Pedrito por ese camino de noche y con frío… después no sé qué habrá hecho para salir de ese pueblo tan tarde, para conseguir un auto —Se consternó —. Ese mismo día me buscó y yo la eché de aquí, no pensé que estuviera tan mal con Mario al punto que deseara huir.—Seguramente estará en casa de algún familiar escondida.—Según el detective todos están muy preocupados por ella.—Por qué no vas y hablas con ellos, tal vez te digan algo. —Ignacio se puso de pie.—Tienes razón, voy a la residencia ahora mismo.***Desde que llegó a Houston, Amelia comenzó a buscar un apartamento para alquilar, y consiguió
Amelia buscó un hotel en dónde hospedarse durante el resto de la noche.Ya era de madrugada cuando Mario despertó, vio en su reloj de muñeca que habían pasado varias horas. Por alguna razón sintió curiosidad por saber de Amelia y su hijo durmiendo, entonces fue a la otra habitación, cuando entró se percató que ella y el niño no estaban. Puso una expresión de consternación y asombro, sintió rabia y a la vez se rehusó a creer que ella se había marchado. Buscó el bolso de Amelia en el perchero pero este no estaba allí.—¡Amelia! Gritó y salió al pasillo, continuó gritando su nombre y abrió todas las puertas de las demás habitaciones esperanzado con encontrarla en alguna de estas, pero ella no estaba. Bajó las escaleras, la buscó hasta en la cocina, como no la encontró, salió al patio trasero y comenzó a gritar como loco:—¡Maldita seas Amelia! ¿Dónde te metiste? A donde sea que hayas ido te voy a encontrar.***Ignacio despertó de forma repentina en la madrugada, estaba profundamente d







