INICIAR SESIÓN—Está muerta ¿O no? No era ella. No podía ser ella. Mi tía Latifah está muerta. Jabari retrocedió soltando al fin los hombros temblorosos de Munira. El guerrero y la doncella observaron desconcertados al niño que estaba de pie frente a ellos. Entonces Munira reconoció al pequeño, se trataba de uno de los huérfanos que había llegado al inicio del invierno como refugiados de la frontera. Recordaba a aquel niño particularmente porque su forma de vestir lo había diferenciado entre el resto. La gente de las fronteras solía vestir con prendas hechas de lana de yak, un animal resistente para llevar cargas pero que no se criaba en las cercanías de la ciudad, mas aquel pequeño llevaba un abrigo de karakul, una criatura pequeña que los comerciantes criaban en las inmediaciones de los muros del Castillo Negro. Era un detalle tan insignificante que lo había dejado pasar en ese entonces, ahora se arrepentía de su descuido. Munira se arrodilló, poniéndose a la altura del muchacho antes de habl
Pocas eran las veces que el Mago Zhadli había mostrado su verdadera forma por más tiempo que lo que dura un pestañeo. Había pasado tantos años camuflándose en rostros ajenos, saltando de máscara en máscara, que su propia anatomía le resultaba extraña. Zhadli era un mestizo diferente al resto de los que conocía pues las Lamias no se reproducían como el resto de las criaturas mágicas. Eran una especie conformada únicamente por hembras que tenían la capacidad de crear vida sin la necesidad de un macho que las impregne. Esta partenogénesis había mantenido vivas a las Lamias durante miles de años. Los hombres no eran necesarios, permitidos y mucho menos deseados entre el clan de las Lamias. Tampoco era común para tan orgullosas criaturas tomar una forma semihumana que les permitiera interactuar con los humanos. Consideraban a los mortales demasiado simples e inferiores como para perder su tiempo en interactuar con ellos.Quienes desaparecían en los bosques de las Lamias se convertían en co
El Mago siguió con los ojos la figura furiosa de Munira hasta que la puerta se cerró a sus espaldas. Era una curiosidad particular la que la joven descendiente del clan de los zorros despertaba en Zhadli y bien sabía él que no debía dejarse llevar por ese instinto curioso que corría en su sangre de Lamia. —”No era el lago…” —Zhadli repitió las palabras con la vista aún fija en la puerta. Sólo entonces Zarah y Tabar reaccionaron de la sorpresa que la repentina partida de Munira les había producido— “Eran sus ojos” ¿Puede decirme a qué se refería con esas enigmáticas palabras, mi Señora?Cuando sus ojos verdes encontraron la mirada cómplice del Mago, Zarah comprendió que le estaban ofreciendo un misericordioso camino de escape. No tuvo más que ver las líneas que dibujaba la expresión de Zhadli para entender que sabía muy bien los efectos que las hierbas del Ocaso podían tener en una mestiza como ella y conocía aún mejor la crueldad que podían cargar las manos mortales que preparaban ta
Munira siguió en silencio los pasos del guerrero hasta que ambos se refugiaron en una de las alcobas vacías del Castillo Negro. Los ojos verdes se desviaron buscando la inconfundible figura del Mago a sus espaldas. Por alguna razón creyó que la seguiría. Sintió una repentina e inesperada decepción al notar que no era así. Cerró la puerta a sus espaldas y el reflejo de la náusea la acorraló por un segundo. El malestar de las últimas semanas comenzaba a inundar su cuerpo. Jabari observaba a Munira con el velo de la preocupación cubriendo sus ojos azules. A pesar del evidente malestar de la doncella, no sé atrevió a preguntarle cómo se sentía. Un muro impenetrable se había formado entre ellos desde la muerte de Aysel. La mujer que alguna vez consideró una hermana, una segunda madre, se mantenía de pie frente a él con la indiferencia dibujada en el rostro. Jabari nunca comprendió qué los había distanciado. Nunca tuvo la valentía de preguntar si Munira lo culpaba por la muerte de Aysel o s
Tabar había dormido, si es que se le puede llamar dormir a la vigilia expectante a la que se había sometido, tres días y tres noches junto al cuerpo tembloroso e inconsciente de Zarah. Acariciaba su frente, secando el sudor con un paño de lino, mientras susurraba en su oído dormido cosas que no se atrevía a confesarle mientras estaba consciente. Cada mañana se levantaba fingiendo serenidad frente a los guerreros, cumplía las tareas de su esposa en el castillo con la excusa de que una gripe ligera la había debilitado y que él mismo la había obligado a permanecer en el Cuarto Blanco para recuperarse. Pero todas las tardes volvía a encontrarse la misma escena desoladora. Zarah tendida en su cama, inmóvil, soltando gemidos esporádicos de dolor. Casi siempre el Mago se encontraba sentado a su lado intentando aliviar con magia el sufrimiento del cuerpo. Munira había sentido ciertas náuseas después de beber la infusión. Su reacción no había sido tan fuerte como la de Zarah, pero si lo s
"Este calor no hace daño" la voz resonó en la mente intranquila de Zarah "Este calor puede sanarte, puede alimentarte, puede iluminarte en la oscuridad". La Señora de Dragones se encontró una vez más en ese cuarto oscuro de su mente donde los hilos se entrelazaban unos con otros, rodeándola en un sin fin de nudos. Reconoció el hilo que había atrapado entre sus dedos la última vez, cuando el Mago la había obligado a desenterrar desde el fondo de su memoria las raíces de su linaje. El hilo estaba encendido, deslumbraba con un brillo dorado casi cegador. Recorrió los hilos con la mirada hasta encontrar uno que parpadeaba llamándola, atrayéndola hasta ese recuerdo enterrado por el bloqueo de Ziamara. Lo abrazó con fuerza, sintiendo el ardor de la magia en la palma de sus manos. Inhaló el olor inconfundible del Palacio de Sol Naciente que el recuerdo había traído hasta ella como una brisa de dolor y nostalgia, empañada por la lejanía. —¿Hierbas del Ocaso?—La voz inconfundible de su p







