LOGINZarah siempre fue una mujer enfermiza cuyas fiebres le traían desde niña delirios que duraban semanas. Su padre apenas la dejaba abandonar el castillo a causa de su enfermedad o eso es lo que le hizo creer a los súbditos del Reino de Sol Naciente. Cuando Tabar, el Rey de los Dragones, viene a pedir la mano de su hermana mayor Miriam, es Zarah quien es entregada al salvaje gobernante para salvar a la princesa heredera del trono del reino del este. Un año después de que su esposo partiera a la guerra se ha convertido en la Señora de la fortaleza de los Dragones, mas en el camino ha sido torturada por Ada, la encargada del castillo y antigua amante de su esposo, y rechazada por los sirvientes del castillo negro. Ahora que la guerra ha terminado y Tabar vuelve al Reino su corazón se inquieta al pensar en tener que convivir en ese lugar donde no es bienvenida, con un hombre que la desprecia y al que le oculta cientos de secretos.
View More—Está muerta ¿O no? No era ella. No podía ser ella. Mi tía Latifah está muerta. Jabari retrocedió soltando al fin los hombros temblorosos de Munira. El guerrero y la doncella observaron desconcertados al niño que estaba de pie frente a ellos. Entonces Munira reconoció al pequeño, se trataba de uno de los huérfanos que había llegado al inicio del invierno como refugiados de la frontera. Recordaba a aquel niño particularmente porque su forma de vestir lo había diferenciado entre el resto. La gente de las fronteras solía vestir con prendas hechas de lana de yak, un animal resistente para llevar cargas pero que no se criaba en las cercanías de la ciudad, mas aquel pequeño llevaba un abrigo de karakul, una criatura pequeña que los comerciantes criaban en las inmediaciones de los muros del Castillo Negro. Era un detalle tan insignificante que lo había dejado pasar en ese entonces, ahora se arrepentía de su descuido. Munira se arrodilló, poniéndose a la altura del muchacho antes de habl
Pocas eran las veces que el Mago Zhadli había mostrado su verdadera forma por más tiempo que lo que dura un pestañeo. Había pasado tantos años camuflándose en rostros ajenos, saltando de máscara en máscara, que su propia anatomía le resultaba extraña. Zhadli era un mestizo diferente al resto de los que conocía pues las Lamias no se reproducían como el resto de las criaturas mágicas. Eran una especie conformada únicamente por hembras que tenían la capacidad de crear vida sin la necesidad de un macho que las impregne. Esta partenogénesis había mantenido vivas a las Lamias durante miles de años. Los hombres no eran necesarios, permitidos y mucho menos deseados entre el clan de las Lamias. Tampoco era común para tan orgullosas criaturas tomar una forma semihumana que les permitiera interactuar con los humanos. Consideraban a los mortales demasiado simples e inferiores como para perder su tiempo en interactuar con ellos.Quienes desaparecían en los bosques de las Lamias se convertían en co
El Mago siguió con los ojos la figura furiosa de Munira hasta que la puerta se cerró a sus espaldas. Era una curiosidad particular la que la joven descendiente del clan de los zorros despertaba en Zhadli y bien sabía él que no debía dejarse llevar por ese instinto curioso que corría en su sangre de Lamia. —”No era el lago…” —Zhadli repitió las palabras con la vista aún fija en la puerta. Sólo entonces Zarah y Tabar reaccionaron de la sorpresa que la repentina partida de Munira les había producido— “Eran sus ojos” ¿Puede decirme a qué se refería con esas enigmáticas palabras, mi Señora?Cuando sus ojos verdes encontraron la mirada cómplice del Mago, Zarah comprendió que le estaban ofreciendo un misericordioso camino de escape. No tuvo más que ver las líneas que dibujaba la expresión de Zhadli para entender que sabía muy bien los efectos que las hierbas del Ocaso podían tener en una mestiza como ella y conocía aún mejor la crueldad que podían cargar las manos mortales que preparaban ta
Munira siguió en silencio los pasos del guerrero hasta que ambos se refugiaron en una de las alcobas vacías del Castillo Negro. Los ojos verdes se desviaron buscando la inconfundible figura del Mago a sus espaldas. Por alguna razón creyó que la seguiría. Sintió una repentina e inesperada decepción al notar que no era así. Cerró la puerta a sus espaldas y el reflejo de la náusea la acorraló por un segundo. El malestar de las últimas semanas comenzaba a inundar su cuerpo. Jabari observaba a Munira con el velo de la preocupación cubriendo sus ojos azules. A pesar del evidente malestar de la doncella, no sé atrevió a preguntarle cómo se sentía. Un muro impenetrable se había formado entre ellos desde la muerte de Aysel. La mujer que alguna vez consideró una hermana, una segunda madre, se mantenía de pie frente a él con la indiferencia dibujada en el rostro. Jabari nunca comprendió qué los había distanciado. Nunca tuvo la valentía de preguntar si Munira lo culpaba por la muerte de Aysel o s












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