Mag-log in—Muy bien, Sor Inés —contesté intrigada y asustada, me incorporé para seguirla.
Mientras nos dirigimos a la dirección del colegio, ella me tomaba de la mano con cariño sin mencionar una sola palabra, mientras movía la cabeza y hacía un gran esfuerzo para no llorar. Al llegar se encontraban todas las hermanas allí con lágrimas en los ojos, me hicieron sentar con mucha delicadeza.
—Hija —comenzó a hablar la madre superiora— siento mucho tener que darte esta noticia. Pero tus padres han fallecido en un accidente y debes prepararte para ir al entierro de tus padres
—¡No, no madre, eso no debe ser cierto! —Grité retrocediendo asustada.
—Lo siento mucho, hija, lo siento— dijo Sor Inés y me abrazó muy fuerte llorando a la par conmigo.
—Debes de calmarte Ángel —me pedía la madre Superiora, pero por mucho que lo intentaba no podía.
Luego de un buen rato que me dejaron desahogarme, y que me sentaran, trajeron un vaso de agua obligándome a beberlo. Me llené de valor y pregunté.
—¿Cómo pasó?
—Lo siento tanto, hija, pero nadie sabe exactamente cómo pasó. —explicaba la madre Superiora también muy afligida. —Los agentes que trajeron la información solo dijeron que habían muerto en extrañas circunstancias.
—¿Extrañas circunstancias? ¿Qué quiere decir eso?
—No lo sabemos querida, ni ellos dieron una explicación. Ahora tienes que reponerte e ir a despedirte de ellos y hacer todo lo demás.
La madre Superiora, hablaba y hablaba, pero mi mente se había quedado detenida en aquella frase “extrañas circunstancias” ¿Qué quería decir aquello? ¿Qué tipo de muerte es esa? De seguro no era cierto, sí, me dije. No están muertos, solo no saben donde están. Y así de a poco me fui llenando de una esperanza llena de miedo. Y mientras las monjitas hablaban, recogían mis cosas y me preparaban para el viaje, yo solo pensaba en la posibilidad de que todo fuera una horrible pesadilla de la que muy pronto despertaría.
Muy pronto la realidad lo equivocada que estaba, cuando dos ataúdes me recibieron al llegar a la iglesia de mi pequeño pueblo, y escuchaba a todos murmurar esa frase, “extrañas Circunstancias” Nunca supe que quería decir aquello, ni tampoco me importó en aquel momento, lo único que tenía presente era.
¡Que se habían ido para siempre dejándome sola en el mundo!
No hay nada más terrible que entrar a un lugar donde reposan los restos de los seres queridos, que más amas en el mundo. La sensación de vacío, impotencia y abandono que sientes no se puede comparar con nada más. Aun con mis pocos años, experimentaba todas estas sensaciones juntas. El trayecto de regreso a mi pueblo en aquel carruaje lúgubre, lo hicimos en silencio.
Nos seguía otro enorme que utilizaba la escuela para cuando cargaba cosas para ir al mercado, el cual emitía unos chillones ruidos que los hacía sentir en medio de la noche tenebrosos y escalofriantes. Llegamos al pueblito de pocas casas, junto al amanecer. El escándalo de los carruajes hizo que todos se despertaran. Avanzamos por la única calle existente, hasta detenernos delante de la iglesia que permanecía abierta.
Descendí con ayuda de Sor Inés, que me tomó de la mano, junto a Sor Caridad y así, subimos los cuatro escalones de la entrada, y vimos aquella escena que jamás pensé ver en toda mi vida. Hasta ese momento todavía albergaba la esperanza de que todo fuera un error. Y mientras avanzamos despacio, sintiendo como mis pies pesaban con cada paso más y más. Me iba dando cuenta que sí, que no era mentira, que todo lo que dijeron era cierto.
¡Mis padres habían muerto y me dejaron sola!
Nos detuvimos al llegar al final, allí donde dos enormes velas blancas en grande candelabros se consumían con la llama. Era la única luz a esa hora en que todavía no había aparecido el sol, lo cual le daba a todo un aspecto macabro y tenebroso. Avancé sola dos pasos hasta situarme en medio de ambos con el corazón latiendo aceleradamente como si se me fuera a salir cuando los viera.
Pero ambos ataúdes estaban sellados, y tampoco tenían una foto encima, por lo que no podía determinar si en verdad eran ellos, y si lo eran. No sabía quién era quién. Retrocedí ante el ataque de terror que me sorprendió, al darme cuenta de que todo era cierto, ¡cierto!
Las monjas corrieron a abrazarme y se mantuvieron así hasta que la voz de un hombre hizo que saltáramos asustadas, al girarnos vimos al padre de la iglesia vestido de negro. Al percatarse de que era yo, vino rápido a mi encuentro y me abrazó también. Al separarse lo miré a sus ojos, y fue entonces que supe que no existía un error, esos dentro de las cajas eran mis padres. Nadie decía nada, solo el silencio nos acompañaba. Giré de nuevo hasta colocarme de frente a ellos, volví a acercarme y me quedé allí.
Ante los sarcófagos de mis padres, y bajo las miradas de Sor Inés, Sor Caridad las dos monjitas que me habían acompañado, y del padre de la iglesia. Observaba en silencio a aquellas cajas que me impedían ver a mis adorables papás que estaban selladas.
—¿Puedo verlos? —pregunté con un hilo de voz.
—Desgraciadamente no, querida.
Contestó el padre suavemente acercándose hasta colocarse a mi lado, y siguió hablando bajo como si no quisiera molestar a los muertos, pensé yo que tenía que hacer un esfuerzo para escucharlo.
—Como sabes, murieron en extrañas circunstancias y nos prohibieron abrir los sarcófagos. Los policías que los trajeron, dijeron que no estaban en condiciones de que nadie los viera y que debíamos sepultarlos lo antes posible. He esperado que llegaras con ellos aquí, pero me temo mi niña, que solo podemos hacer la ceremonia y llevarlos a su morada final.
Término de explicarme todo aquello que no entendí. ¿Mi mente seguía atascada en “circunstancias extrañas” Por lo que al padre terminar de explicar todo aquello, lo miré y pregunté.
—¿Qué quiere decir eso? —pregunté desesperada ante la frase. —Todo el mundo dice extrañas circunstancias, pero nadie me dice cuáles son las extrañas circunstancias.
Terminé de hablar y caí de bruces delante de las cajas, llorando desconsoladamente, mientras pensaba. ¿Qué cosa horrible les pasó a mis padres que nadie es capaz de decírmelo? ¿Los asesinaron, es eso? Me pregunté ante la incógnita que me provocaba todo aquello. Sor Inés corrió a levantarme mientras Sor Caridad, trataba de limpiar mi rostro.
—Tienes que calmarte querida —me habló Sor Inés dulcemente. —No es que no quieran decirte, es que nadie sabe. La policía no le dijo cuáles eran. Vamos, mira ya están llegando los demás.
Hice un gran esfuerzo para dejar de llorar, investigaría yo misma, me dije. Y mientras la misa transcurría de a poco me fui dando cuenta de que me había quedado sola en el mundo. Pues, ahora que lo pensaba, nunca había conocido otro familiar que no fueran mis padres. Es más, las pocas veces que mi curiosidad me llevó a realizar esas preguntas a mis ellos, obtenía como respuesta el silencio, por tal motivo, con el tiempo me dejó de preocupar el tema. Era tan feliz junto a ellos, que no sentí la necesidad de alguien más. Su amor era tan grande que llenaba cada uno de mis requerimientos, quedando sin saber nada de si tenía o no familia, solo existían las monjas.
Sin darme apenas cuenta de lo que hacía, en mi temor y conocimiento que no tenía a nadie más en el mundo, las tomé de sus manos. Ellas me sonrieron y apretaron con fuerza infundiéndome valor, y sin decirlo, me respondieron con su mirada.
—¡No estás sola, nos tienes a nosotras!
La ceremonia se hizo como de rigor, los pocos habitantes del poblado habían asistido. Todos me dieron las condolencias y me dedicaron una mirada de lástima, y me acompañaron al entierro de mis padres. Siempre de la mano de mis dos queridas y angelicales hermanas que no se separaron de mí un solo instante.
Al terminar en el cementerio, fuimos a visitar mi casa. No lo podía creer, se sentía tan vacía, tan falta de vida. Corrí a su habitación dejándome caer en su cama, todavía podía percibir el olor a ellos. Envolví las sábanas, las fundas y todo lo que aún mantenía su esencia. Las monjitas sin hablar no decían nada, se dedicaron a empacar todo.
Nos había acompañado un enorme carruaje, con dos mozos que comenzaron a subir todo lo que existía dentro de la casa en él. Yo los miraba hacer observando cómo de a poco la casa se vaciaba y al mismo tiempo sentía que lo hacía mi alma. Al terminar tuvimos que ir a la iglesia de nuevo, para recoger y hablar algo importante y regresar.
—Ya estamos aquí, padre —Dijo Sor Inés al entrar en una habitación detrás de la capilla después de tocar.
—Pasen por favor y tomen asiento.
Era un pequeño despacho con un buró, muchos libros y un gran crucifijo en la pared detrás de donde se sentaba el padre.
—¿Para qué quería vernos? —preguntó sor caridad.
—Quería entregarles esto. —Dijo extrayendo de una gaveta un viejo sobre amarillo—lo dejaron hace muchos años tus padres conmigo Ángel.
—¿Mis padres?
Los años pasaron y mi Julián, no aparecía. Sin embargo, había algo que llamaba mucho mi atención, pues era lo último que me había regalado antes de partir, y había tomado el trabajo de colocarlo el mismo. Un hermoso ramo de nomeolvides lo había colocado en un búcaro muy precioso. Se mantenía fresco como el primer día que me lo había regalado, y eso hacía que mi corazón guardara la esperanza de que él regresara un día a mi lado. La hacienda la había convertido, la planta baja en un refugio para los necesitados. La planta alta la transformé en una acogedora vivienda, donde todas las temporadas de verano recibía a mis queridas amigas Sor Inés y Sor Caridad, que con los años decidieron dejar el colegio y quedarse a ayudarme en mi hermosa labor. El padre Bartolomé murió como un santo en su sueño, a la edad de noventa años. Los niños huérfanos más grandes, cuando cumplieron la mayoría de edad y terminaron sus estudios, regresaron a sus propiedades encargándose de los menores, y vien
—Así es, soy la esposa de Abdoulayé Agoyán Cuando terminé de decir eso, se hizo un gran silencio y me rodearon todos los habitantes de aquel lugar girando a mi alrededor, no sabría decir si me estudiaban o con mirada amenazante.—¡Imposible! — dijo el anciano. — ¡Él desapareció hace miles de años con toda su gente!Abrí mis brazos en el centro del círculo que ellos me habían hecho llenándome completamente de luz, pedí que mi esposo apareciera ante mí y al momento Julián apareció en todo su esplendor.—¡Mi rey! —exclamaron y se arrodillaron haciendo tres inclinaciones ante él.—¿Cómo sabemos que es él? —preguntó la misma anciana.Julián golpeó con el bastón en el piso y hizo que aparecieran todos los demás delante de sus ancestros y familiares, así como el altar. Y otra vez todos volvieron arrodillarse y hacer tres enormes reverencia para luego acostarse con los brazos en cruz y hacer un saludo. Después a un signo de Julián se pusieron todos de pie y comenzaron a mirarse entre ell
Me hablaba Tomaza al tiempo que terminaba de arreglarme el vestido, mientras Dolores me cepillaba el cabello, las miraba con dulzura y salí al encuentro del padre.—Pero mírate, si pareces que no estuviste enferma, Dios es grande. — ¿Y cómo fue eso que le dio por visitarme padre?—Nada, estaba yo en mi parroquia arreglando unos candelabros, cuando escuché una voz que me decía que debía venir a verte. Como me quedé preocupado después de tú confesión y de todo lo que me dijiste que iban a hacer ese día, temía que algo malo te hubiese pasado, me monté en mi mulo y aquí me tienes.— ¿Quien le abrió la puerta?— Eso fue otro misterio, cuando toqué estaba cerrada, pero después de esperar un rato empujé un poco y se abrió, como no te encontré subí a tú cuarto donde estabas dormida profundamente. Busqué a todos los sirvientes y no los encontré, mandé a mi monaguillo que me había acompañado a decirle al señor Edmundo lo que pasaba, y se apareció hace un rato con esa señora y unos cuantos obre
Gritó en medio de aquella locura, yo temblaba en el centro del círculo de luz, comencé a llorar ante la imposibilidad de hacer lo que se me pedía. Cuando de pronto vi a mis padres que me tomaban mis manos sonrientes, infundiéndome tranquilidad, y me ayudaron a realizarlo. Al tiempo que me iluminaba aún más y conmigo toda la habitación se iluminó, dejando que viera las criaturas demoníacas más horribles que se pudiesen ver.—¡No las mires! —me pidió Julián que a pesar de estar dirigiendo todo, no me perdía de vista. Y todo se volvió muy confuso de pronto. Las extrañas criaturas avanzaban hacía mí y era como si se tragaran la luz convirtiendo todo en oscuridad. Todos conjuraban, gritaban o rezaban, pero podía ver que el mal estaba ganando y me asusté .—No mi Ángel, confía en mí, en nosotros. Me pidió Julián por encima de todo aquella algarabía, dirigí mis ojos y los conecté con los suyos, una fuerza muy grande nos unió, y me iluminé aún más haciendo que la oscuridad comenzara a
Luego vi como la mía entraba dentro de las suya, que salió después colocándola en mi pecho y regresó a Julián.—Ahora alma mía, no importa que yo desaparezca, no importa que muera el capitán, no importa que muera yo. Regresaré a ti y me sabrás reconocer, solo por esas gemas que me traerán de regreso dentro de alguien.—¿Qué quieres decir?—Quiero decir que estamos unidos por una eternidad, y en todas las reencarnaciones de nosotros nos encontraremos y volveremos a casarnos, a ser una familia y a vivir felices. Te amo mi querida esposa, te amo.—Yo también Julián, pero enséñame cómo te reconocería si la gema no estará visible.—TócameLo hice, y una pequeña sensación de felicidad me embargó y a mi mente se reflejó la gema suya hermosa y divina. —¿También ves la mía?—Sí.Nos quedamos casi toda la tarde dentro del invernadero, hasta que vimos aparecer el capitán a lo lejos en su corcel. Pude ver claramente como se disipó delante de mí, fue y se introdujo dentro del capitán,
Las semanas pasaron, sin que mis sirvientes dejaran de hacer diferentes preparativos para la gran ceremonia, que deberíamos de realizar. No solamente entraron todos mis antepasados en el salón negro, sino que sacaron todos los suyos del cuarto aquel que nunca había podido entrar y los colocaron allá también. Mi trabajo consistía en entretener al capitán Luis Manuel, que ya se había acostumbrado a que me apareciera todos los días en el cuartel, hasta creía que estaba muy enamorada de él y me daba miedo quedarme sola en la casa. Por lo que optó por esperarme en las mañanas, para que me fuera con él a su trabajo y pasarnos todo el día en el pueblo y regresar en las tardes. En las noches Julián se apoderaba de su cuerpo y trataba de enseñarme muchísimas cosas de la magia, que yo practicaba todo lo que podía. A veces me gustaba mucho lo que aprendía y otras veces me llenaba de terror. Pasaba muchas horas en la iglesia esperando por el capitán y conversando con el padre Bartolomé,







