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Capítulo 3

Author: Mira
Llegué al bar y me puse el diminuto uniforme de mesera.

El dueño era un hombre decente. Cuando se enteró de que estaba ahorrando para pagar mis estudios en el extranjero, empezó a pagarme un dólar más por hora que a las demás meseras.

Durante el último año, había pasado cinco horas al día de pie, soportando los insultos y las agresiones de los clientes borrachos. Lo había aguantado todo sin quejarme, porque sabía que cada segundo que resistía allí me acercaba un poco más a Zúrich.

Aquella noche, después de tres horas de pie con unos tacones que no eran de mi talla, había ganado cien dólares en propinas.

Antes de que pudiera celebrarlo, el dueño me agarró del brazo.

—Heather, acaban de llegar cuatro clientes a la sala VIP número uno. ¡Ve a atenderlos!

Me guiñó un ojo, entusiasmado.

—Atiéndelos bien. Solo con sus propinas podrías pagar tu vuelo a Zúrich.

Le di las gracias y me dirigí a la sala VIP con una bandeja cargada de botellas, ignorando el dolor de mis pies.

La sala estaba en penumbra y las sombras ocultaban los rostros de los clientes. Como no lograba distinguirlos, me incliné hacia ellos, tal como hacía siempre, y les pregunté si deseaban algo de beber.

Silencio. Nadie respondió.

Alcé la vista y me encontré con el rostro furioso de Julian.

—¡Heather, no puedo creer que tengas un trabajo así!

Julian me arrebató la bandeja de un manotazo y clavó los ojos en mi uniforme revelador. Las botellas cayeron al suelo y se hicieron pedazos. Algunos fragmentos de vidrio me cortaron el tobillo.

Soporté el dolor sin decir nada.

Dominic también se puso de pie y me fulminó con la mirada.

—¿Ya olvidaste todo lo que te enseñamos desde pequeña?

Bajé la cabeza.

—Necesito el dinero.

Julian resopló con desprecio.

Leah se acercó y entrelazó su brazo con el mío.

—Heather, si necesitabas dinero, ¿por qué no se lo pediste a Dominic o a Julian?

Inclinó la cabeza, fingiendo inocencia.

—Creí que tenías una cuenta para tu mesada. Yo ni siquiera tengo una.

Hacía mucho tiempo que habían dejado de depositarme dinero.

Ahora me ganaba cada centavo con aquel uniforme y las bebidas que servía, reuniendo las propinas una a una.

Pero cualquier explicación solo se convertiría, a ojos de mis hermanos, en una prueba más de que había caído tan bajo como ellos creían.

Así que no me justifiqué. Me limité a mirar la sonrisa burlona que Leah apenas disimulaba y respondí con calma.

—Tienes razón. No tienes una cuenta para tu mesada porque no la necesitas. Puedes sacar dinero directamente del fideicomiso de la familia Weems y tienes acceso a mucho más de lo que yo tuve jamás. Así que ahórrate esa actitud condescendiente, Leah.

A Leah se le enrojecieron los ojos. Se cubrió el rostro con las manos y empezó a llorar en voz baja.

—¿Quién te dio derecho a hablarle así a Leah?

Darian me empujó. Perdí el equilibrio y caí de rodillas sobre los vidrios rotos.

Ninguno de los dos hermanos pareció notarlo: ya se habían apresurado a consolar a Leah.

—Yo solo intentaba ayudar a Heather y ella...

Sus sollozos teatrales me revolvieron el estómago.

—¡Quiero irme a casa!

—Está bien, vámonos a casa. ¡No pierdas el tiempo con alguien como Heather!

Mis hermanos se llevaron a Leah de la sala sin mirar atrás.

Darian no se fue enseguida. Se quedó parado frente a mí, sacó de su cartera un grueso fajo de billetes y me lo arrojó a la cara.

—Necesitas dinero, ¿no? Tómalo, y que no te vuelva a ver por este barrio.

Me agaché despacio, tiré del borde de mi falda para cubrir los cortes ensangrentados de mis rodillas y recogí los billetes uno por uno.

—Gracias por la propina, señor —dije, manteniendo un tono cortés.

Apretó los puños y me miró como si quisiera hacerme pedazos.

¡Pum!

Darian salió dando un portazo y me dejó sola en la sala.
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