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Capítulo 3. Aborto…

last update Fecha de publicación: 2026-04-28 06:50:31

Amber

El eco de los cerrojos al cerrarse tras de mí sonó como el golpe final de un martillo sobre un ataúd. Fui escoltada por un pasillo que olía a humedad y desesperación hasta una celda donde la penumbra apenas me dejaba distinguir los rostros de quienes serían mis compañeras.

Cinco mujeres me recibieron con risas gélidas. Sus miradas me recorrieron de arriba abajo, como depredadores evaluando si valía la pena el ataque. En cuanto la celadora nos dio la espalda, el grupo se cerró sobre mí en un círculo asfixiante. El aire se volvió denso, cargado de una violencia que estaba a punto de estallar.

—¡Carne joven, muchachas! —gruñó la que parecía la líder, una mujer de facciones endurecidas por los años de encierro.

—No esperemos más —añadió otra, con una sonrisa que me heló la sangre—. Hay que darle su merecido a esta perra para que aprenda a no traicionar a nadie más. Para eso nos pagaron.

—¡Exacto! Para que no ande robando información ajena —comentó una tercera, antes de lanzar un puñetazo seco directamente a mi abdomen.

El impacto me sacó el aire de los pulmones. Antes de que pudiera reaccionar o aplicar algo de lo que aprendí en mis clases de defensa, una bofetada brutal me partió el labio. Sentí el sabor metálico de la sangre inundando mi boca. Estaba débil; el accidente de hace apenas unos días me había dejado sin fuerzas, y el dolor emocional me tenía paralizada.

Dos de ellas me sujetaron por los brazos, convirtiéndome en un saco de boxeo humano. Me golpearon y patearon con una saña inhumana. Mis gemidos eran sordos, mis fuerzas se desvanecían con cada impacto.

Me lanzaron de un lado a otro como un objeto inanimado hasta que el mundo empezó a llenarse de sombras. Mientras caía al suelo de cemento, sentí una calidez extraña y aterradora extendiéndose por mis pantalones. Una mancha carmesí delataba una tragedia que ni siquiera sospechaba.

(***)

Christopher

El teléfono sonó en mi escritorio. Era la directora del retén. Me informó de una "pelea" en las celdas, pero sus siguientes palabras hicieron que el suelo desapareciera bajo mis pies.

—¿Qué demonios dices? —rugí, apretando el auricular con una fuerza que hizo crujir el plástico—. ¿Estaba embarazada? ¿Por qué la golpearon?

—Según el diagnóstico médico, la golpiza le provocó un aborto en curso —afirmó la directora con una frialdad que me dio asco—. No sabemos quiénes fueron, pero estoy "investigando".

—¡Maldición! —Cerré los puños hasta que los nudillos me quedaron blancos.

Colgué y hundí el rostro en mis manos. Un torbellino de dudas me asaltó como una jauría de lobos: ¿de quién era ese bebé? ¿Era mío? ¿O era el fruto de su traición con Dylan Lugo? La rabia y los celos luchaban contra un sentimiento de pérdida que no quería admitir.

Sentí una náusea profunda al recordar que yo mismo le había pedido a la directora que no tuviera "consideraciones ni privilegios" con ella. No deseaba esto. Jamás habría deseado la muerte de un niño, fuera de quien fuera.

(***)

Amber

Dos días después…

Desperté en una neblina de dolor. Cada parte de mi cuerpo gritaba, pero había un vacío en mi vientre que dolía más que los golpes.

—¿Dónde estoy? ¿Por qué me duele tanto...? —pregunté a la doctora que me sostenía la mano en la precaria enfermería del penal.

—Recibiste una paliza brutal, Amber —dijo con voz suave. Hizo una pausa que pareció eterna—. Y perdiste a tu bebé.

—¿Mi bebé? —El asombro me golpeó más fuerte que cualquier puñetazo—. ¿Estaba embarazada? ¡No puede ser!

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas, mezclándose con el sudor y la sangre seca. Recordé los catorce días que pasé en el hospital tras el accidente; nadie me había dicho nada. El dolor en mi pecho era ahora físico, una presión que no me dejaba respirar.

—No lo sabía... —susurré, negando con la cabeza—. Yo no lo sabía.

—Alguien con mucho poder te quiere encerrada y sufriendo —me advirtió la doctora en un susurro—. Quise trasladarte a un hospital externo, pero la directora lo prohibió.

(***)

Christopher

Ese mismo día, mi secretaria me informó que Génesis, la amiga de Amber, estaba en la recepción implorando hablar conmigo.

—No voy a recibir a nadie —le dije con voz gélida. No quería escuchar sus defensas, no quería que nadie me hiciera dudar de la traición que mis propios ojos habían visto.

Me quedé solo en mi oficina, mirando por el ventanal. La posibilidad de que ese hijo hubiera sido mío me quemaba por dentro como ácido. Pero luego recordaba a Dylan desnudo en esa suite y el odio volvía a cristalizarse.

Si ella me engañó, si vendió mis secretos, no merecía mi compasión. Pero, ¿por qué sentía este vacío insoportable en el estómago?

(***)

Una semana después…

Amber

Tras una recuperación que la doctora calificó de milagrosa, me dieron el alta de la enfermería. Gracias a la presión de la médico, quien amenazó a la directora con denunciarla por negligencia si me regresaban a la celda común, me asignaron labores de apoyo en la misma enfermería. Era un refugio temporal.

Allí recibí a Dylan y a su abogado. Ambos me juraron que moverían cielo y tierra para demostrar que yo no había robado ninguna información. Él se veía afectado, todavía con rastros de la paliza que Christopher le propinó. Verlo así solo aumentaba mi culpa. Días más tarde, pude ver a mi madre y a Génesis. Con el corazón roto, les confesé la pérdida del bebé.

—Creo que fue él, mamá —susurré tras el cristal—. Creo que Christopher mismo pagó para que me golpearan. Él es el único que tiene el poder y el odio suficiente para hacerme esto.

Sin embargo, la visita más inesperada llegó al final de la jornada. Al entrar en el área de locutorios, vi a una mujer impecablemente vestida. Su sonrisa era perfecta, pero sus ojos estaban vacíos. Era Michelle Fontaine.

—¡Amber, amiga! ¿Cuánto me duele verte así, tras las rejas? —exclamó, secándose falsas lágrimas con un pañuelo de seda que probablemente costaba más que mi fianza.

—Michelle... —La miré con una desconfianza profunda. Siempre había intuido que bajo esa fachada de elegancia se escondía un veneno que ahora empezaba a oler—. No esperaba verte aquí…

—Es que no podía quedarme callada —susurró ella, inclinándose hacia el cristal como si fuera a confiarme un secreto de vida o muerte—. Christopher ha perdido la razón, Amber. Ha hecho algo tan terrible, algo que ni siquiera yo puedo justificar... vine a decirte la verdad sobre lo que está haciendo.

Sentí un escalofrío que me recorrió la columna. La mirada de Michelle brillaba con una mezcla de triunfo y malicia que me hizo temblar las manos. ¿Qué clase de mentira o de verdad retorcida estaba a punto de soltar sobre mis heridas abiertas?

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Sofia Ramirez
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