MasukClara Dawson pensó que era solo otro empleo como niñera. Pero nada en la mansión Blackthorn es normal. Tras sus imponentes muros y pasillos susurrantes, se esconde una niña rota por el silencio... y un hombre aún más peligroso: Alexander Blake. Frío, controlador y marcado por una pérdida que aún arde en las paredes de su casa, Alexander no tolera errores, ni afectos innecesarios. Clara llegó para cuidar a Isla, su hija de seis años. Pero lo que encuentra es un mundo donde sentir está prohibido, y cada vínculo es una amenaza. Aun así, Isla comienza a sonreír... y eso desata la furia del hombre que todo lo vigila. Pero lo que Alexander no esperaba es que Clara no se quebrara tan fácilmente. En un ambiente gótico lleno de secretos, Clara deberá elegir entre su libertad y proteger a una niña que empieza a confiar en ella. Aunque eso signifique desafiar al hombre más temido de todos. ¿Hasta dónde puede llegar una mujer sin nada que perder… cuando empieza a sentir demasiado?
Lihat lebih banyakCapítulo 52 – El tren donde viajaban los hijos de LucíaLas puertas se abrieron al mismo tiempo.Todas.Las del primer vagón.Las del último.Las que daban a los pasillos oscuros de la estación.Incluso aquellas que no tenían cerradura ni bisagras.El investigador permaneció inmóvil, con la fotografía de su propia muerte entre los dedos.Frente a él, la adolescente del vestido amarillo sonreía.Detrás de ella, la mujer de la manta roja sostenía una fotografía antigua.Y en algún lugar del tren, un bebé comenzó a llorar.Uno.Dos.Tres sollozos.Después, silencio.—¿Qué significa todo esto? —preguntó el investigador.Su voz apenas consiguió atravesar el aire.La adolescente ladeó la cabeza.—¿Todavía no lo entiendes, papá?Él retrocedió.—Deja de llamarme así.—Puedo llamarte como quieras. Padre. Hermano. Hijo. Incluso Lucía, si eso te hace sentir mejor.La joven sonrió un poco más.—Pero ninguno de esos nombres es el verdadero.El investigador apretó la fotografía.—¿Quién soy?La ado
Capítulo 51 – El hombre que nació con el nombre de LucíaEl investigador no podía moverse.La mujer sentada en el banco seguía observándolo con una sonrisa tranquila, como si no acabara de pronunciar el nombre que había perseguido sus pesadillas durante toda su vida.Lucía.El bebé descansaba entre sus brazos, envuelto en una manta roja.A lo lejos, el tren volvió a silbar.El reloj de la estación marcaba las 3:20.El investigador miró su reloj de pulsera.Las agujas también señalaban las 3:20.—¿Quién eres? —preguntó finalmente.La mujer inclinó la cabeza.—Ya te lo he dicho.—No. Me has dicho un nombre. Quiero saber quién eres realmente.La sonrisa de la mujer desapareció.Por primera vez, pareció decepcionada.—Sigues haciendo las preguntas equivocadas.El investigador llevó una mano al bolsillo de su chaqueta. Allí guardaba la fotografía que había encontrado en el vagón abandonado. La imagen mostraba una escena que todavía no había ocurrido: él, mucho más viejo, sentado junto a un
Capítulo 50 – El bebé que recordaba todas las muertesEl tren se detuvo a las 3:19.No frenó lentamente.No produjo el chirrido habitual de las ruedas contra los rieles.Simplemente dejó de avanzar, como si alguien hubiera detenido el tiempo con una mano invisible.La mujer de la cicatriz permaneció inmóvil en medio del vagón.Tenía al bebé entre los brazos.Frente a ella estaba su madre.La misma mujer que había desaparecido de la casa amarilla veintidós años atrás.El mismo camisón blanco.El mismo cabello desordenado.El mismo anillo de plata con la piedra negra.Pero había algo que no encajaba.La mujer no respiraba.Su pecho permanecía inmóvil y sus labios conservaban aquella sonrisa que Lucía recordaba de sus pesadillas.—Mamá… —susurró la mujer adulta.La recién llegada inclinó la cabeza.—¿Por qué has tardado tanto en encontrarme?La mujer de la cicatriz comenzó a llorar.—Te busqué durante veintidós años.—No me buscaste en el lugar correcto.—¿Dónde estabas?La madre señaló
Capítulo 49 – La madre que debía matar a su hijaEl cuchillo brilló bajo la luz amarillenta del pasillo.Lucía no se movió.Tenía cinco años.Sus pequeños dedos todavía sostenían la fotografía que había encontrado detrás del reloj. El papel temblaba entre sus manos, aunque ella no sabía si era por el frío o por el miedo que comenzaba a apoderarse de su cuerpo.Su madre estaba de pie detrás de ella.Llevaba el cabello desordenado, los pies descalzos y el camisón blanco que siempre utilizaba para dormir. Sin embargo, había algo diferente en su rostro.Sus ojos estaban llenos de lágrimas.Y su mano derecha sostenía un cuchillo de cocina.—Mamá… —susurró Lucía.La mujer apretó los labios.—No me mires así, mi amor.—¿Por qué tienes ese cuchillo?La madre bajó la mirada hacia el arma.Durante unos segundos pareció no reconocerla. Como si alguien se la hubiera colocado en la mano mientras dormía.Después volvió a mirar a su hija.—Porque hay cosas que una madre nunca debería tener que hacer


















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