LOGINPOV LeonaApenas cruzo el umbral de la puerta y me dispongo a avanzar por el pasillo, una figura emerge de la penumbra junto al ascensor. Tacones apresurados, respiración agitada.Antes de que pueda reaccionar o dar un paso al costado, unos dedos pulcros y rígidos se clavan en mi brazo con una fuerza desmedida, tomándome por sorpresa.—¿Qué pretendes viniendo a rondar a Ignacio? —sisea Clara, perdiendo por completo la compostura refinada y dulce que siempre la ha caracterizado.Sus ojos, habitualmente tranquilos e ingenuos, están inyectados de rabia. El temblor rabioso de sus labios y el tinte pálido de su rostro me lo confirman al instante: Clara lo sabe todo. Sabe sobre el lugar que ocupé en la vida de Ignacio durante tres años. Por lo que veo, ya no hay máscaras entre nosotras.A decir verdad, lo prefiero así. Fingir cansa más que decir la verdad.—Suéltame, Clara —digo con voz pausada, intentando mantener la templanza mientras tiro levemente de mi brazo para liberarme de su agarre
POV LeonaMe quedo inmóvil a dos pasos de la cama. La tentación instintiva de dar un paso atrás y aferrarme al picaporte de la puerta me golpea con fuerza, pero obligo a mis pies a mantenerse firmes sobre el piso de vinilo. El olor a antiséptico y el pitido rítmico del monitor cardiaco son los únicos testigos del aire denso que se forma entre los dos.—No te levantes, Ignacio —repito, endureciendo el tono de mi voz para enmascarar la sacudida que dio mi pecho al verlo tan debilitado—. Apenas acabas de salir de terapia intensiva. No vine aquí para que te alteres, ni te esfuerces.Esboza una tibia sonrisa. No es ni por asomo el poderoso Ignacio que conozco.—No me importa —raspa él, ignorando la advertencia. Logra acomodarse apenas un poco más erguido, aunque la respiración se le corta y debe cerrar los ojos un instante por el esfuerzo. Cuando los vuelve a abrir, sus pupilas oscuras brillan con una fiebre desesperada—. Creí que no vendrías. Le supliqué a Anna que te buscara, le pedí a l
POV Leona Luciano detiene el auto frente a la entrada principal del hospital y apaga el motor, pero no hace ademán de bajar. —Hasta la puerta, como acordamos —dice, con una media sonrisa que se le queda a mitad de camino. —Hasta la puerta —repito. Por un momento nadie se mueve. Afuera, la mañana todavía es fresca y el movimiento de enfermeras y familiares empieza apenas a llenar la acera. Yo tengo las manos entrelazadas sobre mi regazo y me doy cuenta de que las estoy apretando con tanta fuerza que se me han puesto blancos los nudillos. Luciano estira la mano y las cubre con la suya. —Es mejor que subas sola —murmura—. Es tu conversación, Leona; no la mía. Si estoy cerca voy a querer protegerte, y eso no es lo que necesitas hoy. Ya sabes lo que opino sobre esto... Pero no pienso interferir. Lo miro. Veo esos ojos grises, serenos, con una sombra de algo que no se atreve a nombrar. Entiendo lo que cuesta ese gesto y se lo agradezco más de lo que podría decirle. —¿Estará
POV LeonaLa cena transcurre casi en completo silencio. Parece que, después de la conversación que tuvimos, ninguno de los dos tiene ganas de hablar.No puedo evitar sentir una cierta desolación ante el solo hecho de pensar en separarme de Luciano, pero a la vez siento que es lo mejor.Cuando levanto mi mirada me encuentro con los inquisitivos ojos de Luciano. Mi respiración se corta al instante.Mi semblante debe ser bastante expresivo, porque Luciano comienza a reír como un tonto.—¿Puedes decirme qué estamos haciendo, Leona? —dice, dejando los cubiertos sobre la mesa.—¿Qué hacemos? —replico, desconcertada.—Esto. No hablar de nada como si ya nos hubiésemos dicho todo, cuando no es así —dice, recostándose contra el respaldo y agudizando la mirada—. Si quieres irte de esta casa, está bien para mí. No voy a mentirte: lo odio, lo admito.Trago saliva y aprieto la servilleta antes de decir algo. Muy dentro de mí, no quería admitir que me dolía un poco que él no me pidiera que me quedar
POV LucianoMiro la hora antes de bajar del auto.¡Maldita sea! Se me ha ido el día con tantas obligaciones que he tenido que cumplir. Primero, la reunión en la empresa: todos temas urgentes y algunos que sobrepasan a mi abuelo y a su delicada salud. Y luego, el hospital; no puedo dejar a mis pacientes abandonados a su suerte.Paulatinamente me estoy dando cuenta de que luché por una posición que ahora no estoy disfrutando. Pensé que una vez que le quitara a Ignacio todo lo que él poseía me sentiría feliz, pero en lugar de eso estoy experimentando algo totalmente opuesto.Me pregunto por qué vengarme de Ignacio no me está trayendo la satisfacción que pensé que tendría. Hay un gran vacío dentro de mí... Un vacío inexplicable que me está diciendo que algo en esta historia no está del todo bien. Sigo sintiendo una gran aversión por él y, por supuesto, verlo cerca de Leona me provoca un profundo rechazo; pero aun así y con todas estas emociones encontradas, no logro sentirme victorioso en
NarradorLa casa de los Della Rovere nunca estaba del todo en silencio, pero a esa hora de la tarde se acercaba bastante.Elena se había servido un té que ya no humeaba y lo sostenía entre las manos sin beberlo, sentada en el escritorio de la biblioteca, con la lámpara encendida y el resto de la habitación sumido en sombras. Había vuelto del hospital hacía horas. Anna dormía, agotada, en su cuarto. Clara se había ido, pálida y callada, cosa que a Elena le había parecido casi un alivio.Cerró los ojos un instante y volvió a ver el pasillo del hospital.Esa mirada. Esa forma de sostenerle los ojos sin una sola grieta, sin esa vieja docilidad que ella había aprendido a reconocer en las mujeres como Leona: las que esperan, las que se disculpan, las que agradecen las migajas. Había visto algo distinto, y le había inquietado más de lo que estaba dispuesta a admitir. Sus manos habían temblado. Solo un segundo, pero habían temblado.Elena apretó la taza.Porque ahora el cuadro era claro: Igna







