INICIAR SESIÓNQuiero, con todas mis fuerzas, concentrarme en los correos electrónicos que redacto, pero no puedo. Hago tres viajes a la impresora antes de imprimir el papel correcto, y los tres cafés que llevo no me están ayudando. Me muerdo el labio, intentando enfocarme en la pantalla, pero las palabras de los correos se desdibujan, y mi dedo tamborilea sobre el ratón como si pudiera ahuyentar la paranoia.
Dominic no ha salido de su despacho desde que hemos hablado, y estoy rezando porque nadie llegue y me obligue a llamarlo. No quiero hablar con él.
Cuando las puertas del ascensor se abren con un pequeño escándalo, me enderezo en la silla con una sonrisa. Es Calvin, el jefe de seguridad de la empresa, y de Dominic. Es un hombre que impone, nunca lo he visto sonreír, ni siquiera me ha dirigido la palabra en estos años. Sus ojos, de un gris frío, me recorren brevemente antes de detenerse en la puerta del despacho.
—Vengo por el jefe —anuncia.
Levanto el teléfono y marco su extensión.
—Calvin está aquí —digo cuando descuelga y antes de que pregunte.
—Voy.
Sale de su despacho imponente, retocándose el dobladillo de las mangas de la camisa. Odio que sea tan atractivo. Dios. ¿En qué estoy pensando? Su cabello oscuro está perfectamente peinado, pero hay algo en su postura, en la tensión de sus hombros, que me dice que la nota lo ha afectado más de lo que deja ver.
Me caza mirándolo, seguramente en otra ocasión esto llenaría su ego para seguir intentando abrirme las piernas.
—Estaremos en la sala de seguridad. Si alguien llama diles que estoy reunido.
Por suerte, nadie reclama su atención. Nadie importante, al menos. Salvo la becaria, que sube con una pila de papeles sin importancia y una sonrisa nerviosa que no oculta lo que realmente quiere. No debe tener más de veinte años, con el pelo rubio recogido en una coleta alta y un brillo en los ojos que me recuerda a mí misma cuando empecé aquí, antes de que supiera en qué me estaba metiendo. Está aquí por un par de créditos universitarios y, probablemente, por un buen rato en el despacho de Dominic. Se lleva el disgusto del día cuando le digo que está ocupado.
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Para la hora de irme, Andrew está cuadrado frente a la puerta giratoria de la empresa.
—Tengo órdenes de llevarla a casa.
—¿No tendrías que quedarte a trabajar?
—Trabajo para el jefe, no para la empresa. Y el jefe ordena que la lleve a casa.
Y no tengo escapatoria. Andrew es un hombre con una espalda tan grande que no veo el camino mientras me escolta detrás de él hasta un todoterreno del garaje. Tengo que saltar para meterme en él y voy encogida en los asientos traseros los veinte minutos de viaje
Espero que sea solo esto, pero el martes por la mañana el todoterreno vuelve a estar ahí, aparcado delante de mi edificio. Andrew me hace un gesto con la cabeza para que me meta dentro. Vale, me viene bien porque mi coche sigue en la empresa. Pero el miércoles es lo mismo, y el jueves.
Dominic ha terminado una reunión cuando entro en la sala. Tengo que recoger todos los vasos, tirar los papeles llenos de garabatos y que parezca que por aquí no ha pasado nadie.
—Dile a Andrew que pare —suelto, antes de que pueda decir nada. Mi voz sale más dura de lo que esperaba, pero estoy harta. Quiero mi vida de vuelta. Mi coche. Mi libertad.
Quiero otro trabajo lejos de él y de sus mierdas.
Dominic me arquea una ceja como si estuviera loca. Se echa contra el respaldo de la silla de cuero en la que está sentado, y me odio por apretar las piernas cuando cruza los brazos y el movimiento hace que su camisa se tense contra sus músculos. Odio que mi cuerpo reaccione, que mi mirada se desvíe a sus antebrazos tatuados antes de volver a su rostro. Para serme sincera, me sorprende mi fuerza de voluntad con él.
—¿Que pare el qué?
—Lo sabes muy bien.
Sonríe de una forma tan oscura que me eriza la piel.
—No os entiendo a las mujeres, lo digo de verdad. ¿Quieres o no quieres que haga algo al respecto de tu seguridad?
Aprieto los labios con fuerza, y con rabia, porque tiene razón, pero no lo diré en alto. De todas formas diga lo que diga hará lo que quiera porque es el jefe, porque es Dominic Russo. Porque no soy yo la que le importa, son las cosas que podría contar de sus negocios.
Levanto la vista, y sus ojos oscuros están clavados en mí, esperando una respuesta. Siempre espera, como si disfrutara de verme retorcer en su red. Me cruzo de brazos, imitando su postura, aunque sé que no tengo ni una décima parte de su intimidación.
—Vale, no me entiendas, me da igual. ¿Te vas que tengo que recoger esto?
—Te recuerdo que soy tu jefe. Háblame con respeto.
El veneno me escuece en la lengua. Sin embargo, pongo mi mejor postura y señalo educadamente la puerta.
—Jefe, ¿puede usted marcharse para que yo haga mi trabajo?
Dominic suelta una risa baja, casi un gruñido, que hace que un escalofrío me recorra la espalda. Se levanta lentamente de la silla de cuero, cada movimiento deliberado, como si estuviera midiendo cada centímetro del espacio entre nosotros.
Se detiene a un paso de mí, tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo, el aroma de su colonia. Sus ojos me recorren, deteniéndose en mis piernas desnudas hasta el filo de mi falda de tubo.
—Y tengo otra reunión el lunes a primera hora.
—No está en el calendario —replico, sin mirarlo.
—Lo está ahora, anótalo.
Asiento con la cabeza, y mi coleta rebota. Dominic levanta la mano y se enreda mi pelo en su mano, no me hace daño, no es un bruto, sólo me obliga a poner mis ojos en él. Su agarre es firme, controlado, y el roce de sus dedos contra mi nuca envía un escalofrío traicionero por mi columna. Quiero apartarme, siempre quiero, pero nunca lo hago lo suficiente.
—Sí, jefe.
—Buena chica —susurra, soltando mi pelo con una lentitud que me hace contener el aliento. Luego se da la vuelta y se va.
Ahora, rara vez venimos a trabajar en la empresa. En un par de reuniones, sus socios se mostraron sorprendidos al saber que yo seguía siendo su secretaria después de todo. Pero es sencillo: yo no quiero ser una mujer florero y me gusta lo que hago; y Dominic dice que no quiere a otra persona a su lado porque soy la única que lo entiende, dentro y fuera del trabajo. Por eso somos el mejor equipo del mundo. —¡Olivia! ¿Un café después? —me ofrece Clara tras la recepción del edificio.Yo asiento a toda prisa colándome por los tornos antes de que la cosita pequeña que no me hace ni caso se meta de nuevo sola en un ascensor.—¡Sí! ¡Te veo en un rato! Yo a ti qué te he dicho de irte de la mano de mamá —le digo, aunque sé que es una batalla perdida.En cuanto las puertas del ascensor se abren en la última planta, Isabella se suelta de mi mano y corre a las grandes puertas de madera del despacho de su padre. Su pelo oscuro, heredado de Dominic, se agita en dos coletitas desordenadas, y sus oj
Dudé bastante sobre quién me llevaría al altar. Al principio pensé en mi tía, porque es mi única familia, y aunque la invité y está aquí, no lo sentí correcto. Tuve la idea de hacerlo sola, pero hace dos semanas me arrepentí y ahora me alegro de haberle pedido a Andrew que esté a mi lado. Cuando se lo pedí, debió ver a una chica de la edad que podrían tener sus hijas, asustada de que fuera demasiado tarde, estaba casi a punto de llorar cuando me puse a suplicarle que me acompañara. Él me dio una sonrisa tranquilizadora, como la de un padre, y aquí está ahora.La ceremonia es corta, íntima, perfecta. Cuando decimos nuestros votos, siento que cada palabra se graba en mi corazón. Prometo amarlo, apoyarlo, estar a su lado, y cuando él promete lo mismo, con esa voz grave que me hace estremecer, sé que esto es real. Que, a pesar de todo, esto es lo que más quiero.Cuando el oficiante nos declara marido y mujer, Dominic me besa con una intensidad que me roba el aliento, y los aplausos llenan
Creía haber estado enamorada antes, pero me doy cuenta de que jamás había sentido lo que era amar de verdad hasta que Dominic ha arrasado con todo de mi.Nuestra boda es perfecta. En un parador idílico de Italia: un castillo de piedra mediano con un gran jardín tan verde que contrasta de maravilla con las sillas blancas que se extienden delante del altar de ceremonias. Es el sitio de mis sueños. Quizás demasiado grande para los pocos que somos, pero Dominic insistió en que, aunque fuéramos solos los dos, este sería nuestro lugar.—¿Señora Russo? —Dan dos toques en la puerta y la entreabro un poco—. Hay un hombre en la recepción que dice ser el padre del señor Russo, pero no está en la lista de invitados.Joder.—Dame un segundo —le pido, antes de recoger mi bata de seda blanca del respaldo de la silla. Mientras la sigo por el inmenso castillo, las sandalias blancas se me resbalan de los pies por las prisas—. ¿Lo sabe Dominic?Por favor, no quiero una pelea el día de mi boda. ¿Cómo siq
Por la mañana, me despierto con el suave toque de una caricia en la mejilla. Es demasiado pronto, o mi cuerpo sigue cansado por el sexo desenfrenado de anoche. Aprieto los ojos con un quejido. Creo que Dominic se ríe antes de pasarme el dedo por la nariz.—Estás despierta.—Más o menos —murmuro.¿Por qué está tan lejos? Me acurruco más cerca suya, hasta que mi frente está apoyada en su pecho y puedo respirar su piel.—Tengo algo para ti —me susurra, mientras me peina los enredos del pelo con sus dedos—. Lo traje del viaje y no he tenido momento para dártelo.Levanto la vista, curiosa, justo cuando él se desliza fuera de la cama. Lo observo mientras se pone unos bóxers, y no puedo evitar morderme el labio al ver los arañazos rojos que le recorren la espalda.Vuelve a la cama con una caja cuadrada, azul pastel y con letras en cursiva grabadas.Levanto la tapa con cuidado, y dentro encuentro un collar de diamantes que brilla incluso en la suave luz de la mañana. Es delicado, fino, con un
Me he planteado irme a una de las habitaciones vacías de la mansión para no dormir con él; lo he intentado en dos cuartos diferentes sin éxito antes de arrastrarme a su lado y sentir como el sueño me vencía. Dominic también seguía despierto cuando me he metido bajo las śabanas, no sé si él también estaba luchando para mantener la distancia, pero no ha sido hasta que me ha abrazado que se ha quedado dormido.Por la mañana, me deslizo fuera de sus brazos tratando de no despertarlo. Lo consigo. Pillo a Bobby de sorpresa perdido por uno de los pasillos de la mansión, maulla perezoso cuando lo cojo en brazos y me lo llevo al jardín para que me dé compañía.La discusión de anoche aún me ronda. Si es que se le puede llamar discusión. No fue una pelea, no hubo gritos ni portazos, pero sus palabras —“La gente que está metida en mi mundo no tiene hijos, Olivia”— se me han clavado como un cuchillo. ¿De qué habla? Si Dominic es el dueño de su mundo. No es que quiera un hijo ahora mismo, pero la f
En todo este tiempo, nunca he estado más de unas horas a solas en la mansión. Domic tenía razón cuando decía que esto era muy solitario.Se fue ayer a ver los últimos detalles de la nueva sucursal, y aunque no han pasado ni veinticuatro horas, ya me estoy aburriendo como una ostra. He usado el gimnasio, la piscina climatizada —ahora que ha llegado el otoño, la piscina exterior no es más que decoración—, he hecho tres bandejas de galletas, y he suplicado a las chicas que por favor vengan a hacerme compañía esta noche. Me tumbo en el sofá del salón principal, con Bobby ronroneando en mi regazo, y miro el techo altísimo de la mansión. Todo es tan grande, tan silencioso sin Dominic aquí. Su presencia llena este lugar, y sin él, parece que falta algo. No es solo que lo eche de menos —que lo hago, y mucho—, es que la casa se siente como un museo sin su energía. Suspiro y agarro el móvil, marcando su número sin pensarlo demasiado. Necesito escuchar su voz, aunque sea solo un rato.El teléfo







