LOGIN«Dilo.» La garganta de Elara se cerró. —Te pertenezco —susurró. La mirada del Alfa Kane Blackthorn permaneció fría. —¿Entiendes lo que eso significa? Después de que su padre, el Beta Draven, es descubierto como un traidor responsable de crímenes inimaginables, Elara lo pierde todo de la noche a la mañana. Su nombre. Su libertad. Su lugar en la Manada Luna de Sangre. Como castigo por los pecados de su padre, es llevada al palacio del Alfa y puesta bajo el control de Kane Blackthorn. El despiadado Alfa es conocido por su corazón implacable y su odio hacia la traición. Para él, la misericordia es una debilidad y el amor, una distracción. Elara debería odiarlo. Debería temerle. Pero cuanto más se acerca al hombre que tiene su destino en sus manos, más se da cuenta de que hay algo más detrás de sus ojos fríos que crueldad. Porque el Alfa que afirma que ella no es más que un castigo podría ser el mismo hombre que el destino eligió para ella. Y cuando la verdad sobre su vínculo salga a la luz, Kane tendrá que elegir entre el trono que protege y la mujer que el destino puso en su camino. Él la rechazó. Pero su lobo la eligió.
View MoreElara ya no podía soportar las burlas.
La Manada Luna de Sangre nunca dormía, no de verdad, pero aquella mañana un extraño silencio se apoderó de la tierra—demasiado silencioso, demasiado pesado, como si el mundo mismo contuviera la respiración. Incluso los pájaros habían abandonado el cielo.
Elara caminaba con las manos esposadas a la espalda, las muñecas doloridas por las cadenas de plata que quemaban su piel. Los guardias la flanqueaban a ambos lados, altos guerreros con armaduras oscuras que reflejaban la amargura de sus corazones. Sus botas aplastaban las hojas muertas mientras la conducían hacia la plaza central.
No hizo preguntas.
No porque no pudiera obtener las respuestas que buscaba, sino porque las preguntas ya no servían de nada.
Solo respiraba lentamente, con cuidado, como si respirar fuera un pecado.
—Sigue caminando —rugió uno de los guardias.
Ella obedeció.
La manada se había reunido—cientos de lobos formando un círculo alrededor de la plataforma de ejecución. Sus rostros se confundían entre sí, llenos de juicio. Algunos ojos mostraban compasión; otros, una satisfacción salvaje.
Pero todos estaban esperando.
Esperando al Alfa.
Esperando ver morir a su padre.
Esperando que ella fuera ejecutada junto a él.
Todavía estaba pensando en ello cuando la empujaron hacia adelante y la arrojaron al suelo.
—¡Ahh! —gritó Elara al caer sobre las espinas; su suave y lechosa piel se desgarró y comenzó a sangrar.
—¡Ahí está! —gritaron los miembros de la manada.
Los gritos que escuchó hicieron que levantara la cabeza desde donde yacía.
¡No merece seguir viva!
¡Tiene que morir!
¡Debe sentir lo mismo que sintieron esos jóvenes lobos!
Antes de que pudiera reaccionar, comenzaron a lanzarle pesadas piedras. Todas impactaron contra su cuerpo. Algunas golpearon su cabeza, nariz, labios, pecho y piernas... por todo su cuerpo en cuestión de segundos.
—Levántate.
Elara tragó saliva y se puso de pie. Sus piernas se sentían como plumas; sus pasos vacilaban, pero la más mínima vacilación hacía que los miembros de la manada le lanzaran piedras y que los guardias la empujaran desde atrás.
El marco de ejecución se alzaba frente a ella, su madera demasiado nueva para un lugar como aquel...
—Supongo que construyeron un marco nuevo para el otrora temido y respetado Beta —murmuró Elara, mordiéndose los labios.
En el centro, su padre estaba arrodillado con las manos atadas, los ojos vendados y unas cadenas sujetas alrededor de su cuello. Su presencia, antes aterradora, había desaparecido, reemplazada por el cascarón aterrorizado de un hombre.
Levantó la cabeza cuando sintió su presencia.
—Elara... —susurró con voz ronca y débil.
Su respiración se entrecortó.
—Elara... hija mía...
Elara no recordaba haber movido los pies, pero de repente se encontró junto al marco, limpiándole las lágrimas. Su rostro estaba hinchado por la paliza, su cabello rubio, antes impecable, estaba enredado y manchado de sangre.
Elara se mordió los labios, saboreando su propia sangre. Había imaginado muchas versiones de su padre a lo largo de los años:
Frío.
Cruel.
Estricto.
Malvado.
Pero nunca había imaginado esta versión rota de él, y eso le atravesó el corazón más que todas las demás.
Miró los ojos acusadores que la rodeaban.
Quería hablar.
Quería gritar que ella no lo sabía.
Que no tenía nada que ver con sus horrores.
Que jamás había siquiera imaginado las cosas que había hecho.
Pero su voz desapareció.
Mi padre amasó una fortuna gracias a sus actos malvados, y yo fui tratada como una princesa en mi propio hogar. Disfruté de aquella riqueza construida con las lágrimas y el sudor de jóvenes lobos inocentes.
Lo merezco.
La multitud se apartó cuando una figura alta y corpulenta avanzó. Los lobos se abrieron como el agua.
El Alfa Kane Blackthorn.
En el momento en que apareció, el aire cambió—afilado, tenso, frío.
La multitud se enderezó instintivamente, inclinando la cabeza y bajando la mirada. Su presencia exigía obediencia sin necesidad de una sola palabra.
El Alfa Kane caminaba con la confianza de un hombre que no temía a nada.
Ni a la muerte.
Ni al destino.
Su cabello oscuro caía sobre su frente en mechones desordenados, y la larga túnica negra que llevaba ondeaba con el viento frío.
Parecía demasiado joven para poseer semejante poder,
demasiado joven para haber heredado una manada que se ahogaba en la oscuridad,
demasiado joven para cargar con el peso de tantos pecados.
Y, aun así, el suelo parecía agrietarse bajo sus pies.
Las manadas temblaban bajo su mirada.
Caminó lentamente hacia el marco y clavó los ojos en Draven con una expresión tranquila y oscura.
—Draven de la Manada Luna de Sangre —espetó—. Has sido acusado de crímenes... crímenes contra nuestro pueblo: traficar con jóvenes lobos para venderlos como esclavos, reproductores y esclavos sexuales. Has confesado estos crímenes.
Fuertes jadeos recorrieron la multitud, aunque todos ya habían escuchado las noticias.
Aunque los miembros de la manada ya lo sabían.
La mirada de Kane se endureció.
—¿Tienes algo que decir antes de que se cumpla tu sentencia?
Draven tragó saliva y sus ojos se desviaron hacia Elara. Por un instante, la culpa apareció en su rostro—culpa verdadera, rara y cruda.
—Elara —susurró—. Lo siento...
Su estómago se retorció.
Elara sintió cómo todas las miradas se dirigían hacia ella.
La hija de un traidor.
La hija del Beta.
Posible cómplice.
Kane siguió la dirección de la mirada de Draven y giró para observarla.
Los ojos del Alfa se posaron sobre ella como sobre una presa marcada—penetrantes, inmóviles.
Su expresión seguía siendo la misma: fría, ilegible. Pero algo en su mirada cambió, aunque solo fuera por un instante.
¿Compasión?
¿Cálculo?
No podía saberlo.
—Comiencen —ordenó Kane.
La ejecución fue rápida.
Draven no gritó. Orgullo o culpa—Elara no lo sabía—, pero inclinó la cabeza como si aceptara el golpe final.
Un grito desgarrador escapó de su garganta, ahogado y lleno de dolor, pero los guardias sujetaron sus brazos antes de que pudiera correr hacia él.
Cuando todo terminó, comenzó a nevar—no suavemente, sino en fuertes copos helados que le golpeaban las mejillas como diminutas picaduras de insectos. Los lobos murmuraban oraciones; otros susurraban maldiciones; algunos simplemente se dieron la vuelta y se marcharon.
Y Kane...
Kane ni siquiera volvió a mirar el cuerpo.
Se dio la vuelta, con el abrigo ondeando detrás de él, y se alejó como si aquella ejecución no hubiera sido más que una reunión a la que debía asistir.
Pero se detuvo cuando llegó hasta ella.
Elara se quedó inmóvil.
Un pequeño espacio los separaba.
La nieve se acumulaba sobre sus oscuras pestañas, un cruel contraste con el calor de su mirada mientras estudiaba a la hija del traidor más odiado de la manada.
—¿No sabías nada de sus crímenes? —preguntó, sorprendiéndola.
Su voz no era dura, pero la pregunta la golpeó como un puñetazo.
—No —susurró—. Lo juro.
Uno de los guardias soltó una risa burlona.
—Todos juran lo mismo...
El otro se rio.
Kane levantó una mano, silenciándolos al instante.
Mantuvo los ojos sobre ella.
Buscando.
Decidiendo.
—Ha sido ejecutado —dijo Kane con voz firme—. Pero la manada exige justicia más allá de la muerte.
Tu destino se decidirá en el palacio.
El cuerpo de Elara se quedó helado.
—¿Mi destino?
—Serás llevada al palacio —dijo Kane—. Hasta que yo decida qué hacer contigo.
—¿Se la llevará? —preguntó Luciano, su Beta.
—¿Por qué perdonarla? —susurró con furia el líder de sus guerreros.
Una mujer escupió cerca de los pies de Elara.
—Es de su sangre. Será igual que él.
Los murmullos se volvieron más crueles.
Elara bajó la cabeza—no por miedo, sino por vergüenza.
—Suficiente —gruñó Kane.
La multitud quedó en silencio.
El Alfa se acercó un paso más y levantó su barbilla con el más leve roce de sus dedos.
Elara se tensó, encontrando difícil respirar ante aquella cercanía repentina... ante la extraña sensación que recorrió sus nervios.
Kane volvió a hablar.
—Tu vida ahora está bajo mis órdenes, Elara Draven.
Sus palabras fueron más frías que la nieve que caía a su alrededor.
—Cuando entres en mi palacio, ya no serás una ciudadana de la Manada Luna de Sangre.
Su respiración se entrecortó.
—Me perteneces.
A LA MAÑANA SIGUIENTE — HABITACIONES DE LAS SIRVIENTAS—Elara, irás con Evie a limpiar la habitación de Lady Anika —dijo Lady Claribel.La habitación quedó en silencio.Lizzy frunció el ceño.—¿Está segura de eso, mi lady?Algunas de las otras sirvientas se movieron incómodas.—Ella pidió específicamente a Elara —respondió Lady Claribel.—Pero… ¿por qué? —susurró alguien—. El Alfa…—Si ella está calentando la cama del Alfa junto con Lady Anika —dijo una sirvienta con brusquedad—, entonces limpiar su habitación no debería estar por debajo de ella.—Debería recordar cuál es su lugar —murmuró otra.Elara mantuvo los ojos fijos en el suelo.—Lo haré, Lady Claribel —dijo en voz baja.Levantó la mirada justo a tiempo para ver a Evie poner los ojos en blanco antes de salir.Lizzy se acercó a ella.—Ten cuidado, Elara. No confío en Evie. Mantente fuerte.Elara asintió y la siguió.---HABITACIONES DE LADY ANIKADentro de las habitaciones de Lady Anika, Clara estaba cepillándole el cabello cua
---**LA HABITACIÓN DE LADY CLARIBEL**El golpe en la puerta llegó suavemente.Demasiado suavemente.Elara se estremeció de todos modos.Ya estaba vestida, con un vestido sencillo que Lady Claribel le había insistido en ponerse en lugar del uniforme de criada. El baño caliente había aliviado el dolor de sus huesos, pero no el de su mente.Lady Claribel se enderezó de inmediato.—Yo veré quién es —dijo.La puerta se abrió.Dos guardias estaban afuera.—Venimos por Elara —dijo uno.La habitación se quedó en silencio.Lady Claribel tragó saliva; su mano se apretó en el pomo de la puerta. —Elara no se encuentra bien.—No puedes desobedecer la orden del Alfa —respondió el guardia.El corazón de Elara se hundió en el estómago.Claro.Esta amabilidad nunca había sido permanente.—Iré —dijo Elara en voz baja, antes de que Lady Claribel pudiera discutir.La mujer mayor se giró bruscamente. —Niña…—Está bien —susurró Elara. Levantó la barbilla, aunque las manos le temblaban—. No quiero que te m
HABITACIÓN DE LADY CLARIBELElara estaba despierta, pero no abrió los ojos de inmediato.Algo se sentía diferente.La superficie debajo de ella era suave... demasiado suave para ser la fría piedra a la que estaba acostumbrada, y el aire a su alrededor era cálido, casi reconfortante. Lentamente, con cautela, abrió los ojos y miró a su alrededor.Aquella no era la habitación de las criadas.Su corazón dio un vuelco. Entonces... ¿dónde estaba?—Estás despierta.La voz hizo que se tensara. Era la misma que había escuchado justo antes de que todo se volviera oscuro en el almacén.Lizzy se acercó, asegurándose de que Elara pudiera verla con claridad.—¿Cómo llegué aquí?—Lizzy te trajo —murmuró Lady Claribel.—Te desmayaste en el almacén —añadió Lizzy.Elara suspiró.—Deberías bañarte primero —continuó Lady Claribel con suavidad—. Tu cena ya está preparada.Lizzy ayudó a Elara a levantarse de la cama, sosteniéndola cuando sus piernas se debilitaron bajo su peso.—¿Cómo te sientes? —preguntó
CUARTO DE LAS SIRVIENTAS — AMANECERElara despertó al escuchar voces.Agudas.Molestas.Duras.—¿Está muerta?Otra soltó un resoplido.—Si lo estuviera, ya nos habríamos enterado.Sus pestañas se movieron débilmente. Cada parte de su cuerpo protestó con dolor cuando intentó levantarse. Un dolor punzante se había instalado entre sus muslos y su vientre, una sensación de ardor que le revolvía el estómago. Sus piernas se sentían pesadas, como si ya no le pertenecieran.Durante un instante de confusión, no recordó dónde estaba.Entonces, los recuerdos se estrellaron contra ella de golpe.La habitación del Alfa.Sus manos.Su voz.El dolor.El aire se le quedó atrapado en la garganta y una oleada de náuseas le revolvió el estómago. Cerró los ojos con fuerza, deseando poder devolver aquellos recuerdos a la oscuridad, pero se aferraban a ella como una segunda piel.Suspiró al darse cuenta de que estaba en el frío suelo de la sala de las sirvientas.Sin manta.Sin almohada.Sin consuelo.—Est


















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