INICIAR SESIÓN
Odio a mi jefe. Es tan gruñón que a veces deseo que un día simplemente desaparezca de mi vida.
Sin embargo, para muchas mujeres, trabajar cerca de él, es el premio mayor, él es el hombre más irresistible que jamás hayan conocido.
Alto, con anchos hombros, una figura imponente y atractiva, sus ojos oscuros parecen tener un magnetismo que atrae a todos a su alrededor. Su piel morena y varonil, junto con su boca sensual, lo convierten en el epítome de la masculinidad.
Pero, ¿de qué sirve todo eso? Podría ser el hombre perfecto, pero su personalidad detestable lo arruina todo.
Siempre me grita, siempre está serio. Una sola mirada de él es suficiente para hacerme temblar, pero no de la forma en que tus piernas se humedecen por deseo, sino del miedo a ser regañada.
Mi trabajo como su asistente personal no se limita a estar presente en sus reuniones o hablar con sus socios; también implica mantener a raya a sus numerosas novias.
Es un presidente tan sensual y sexy que es acosado por miles de mujeres.
Cada seis meses, cambia de novia, y ninguna de ellas dura más de ese tiempo. El final siempre es el mismo.
—Lo siento, señorita Robles, el señor D’Argent no puede seguir con usted. Hay diferencias irreconciliables, pero envía este obsequio por la dedicación que tuvo a la relación.
Ahora la señorita Robles llora y, en un arranque de desesperación, me abofetea.
—¡Tú, es tu culpa, perra zorra! Seguro que arruinaste mi relación porque lo quieres solo para ti.
Me contengo a no atacarla, a no dejar que la rabia me consuma.
Los guardias la detienen mientras yo me alejo, con la mejilla roja y la ira tragándose mi bilis.
Odio a Azkarion D’Argent; no solo es un cobarde que no se atreve a dar la cara, sino que usa a las mujeres como si fueran corbatas, además de ser mezquino, arrogante y detestable.
Sin embargo, no puedo renunciar. Mi hermana depende del dinero que gano para tratar su terrible enfermedad.
Cada día, el peso de esa responsabilidad me aplasta un poco más.
Llego a la empresa, el edificio más alto de Ciudad Piedad, con la esperanza de que el día fuera diferente.
Subí al décimo piso, toqué la puerta y escuché su voz, grave y casi ronca.
—Adelante.
Al entrar, lo que vi me dejó sin palabras.
—Jefe, yo… —mis ojos se abren con horror. No puedo apartar la mirada de la escena que se despliega ante mí, como si mis pies estuvieran pegados al suelo.
Mi corazón late con fuerza y el calor inunda mis mejillas, estoy segura de que lucen más rojas que el carmesí.
Me falta el aliento, y lo que veo me deja completamente aturdida.
Ahí está él, Azkarion D’Argent, y una mujer.
Ella está recargada contra el escritorio, su rostro hundido en la mesa desnuda solo de la cintura para abajo.
Y Azkarion, ahí, embistiéndola por detrás, tomándola del cabello con una fuerza vívida.
Pero eso no es lo peor. Lo peor es su mirada, sus ojos oscuros y penetrantes clavados en mí, mientras su cuerpo se mueve sobre esa mujer.
Y yo, ahí, como una estúpida, no puedo moverme, aunque quiero.
La confusión y la rabia se entrelazan en mi interior. Reacciono, intento escapar de esa escena, de ese momento tan humillante, pero su voz me detiene en seco.
—Verena Hills, ¡no te atrevas a irte o te despediré!
Me detengo en seco, sintiendo cómo el miedo se apodera de mí.
No puedo perder este trabajo, no puedo permitirme el lujo de dejarlo ir.
Me giro lentamente y lo miro.
Sus ojos oscuros parecen tan grandes, las pupilas dilatadas por la excitación del momento.
Él sigue moviéndose con un desenfreno casi primitivo, pero no hace ningún gesto; su rostro parece tallado en hielo, impasible y distante, como si estuviera en otro mundo.
Cierra los ojos un segundo, tomando una respiración profunda.
La mujer que está con él gime como una gata en celo, su voz se agudiza al pronunciar su nombre de una manera tan infantil que me provoca un escalofrío.
Retrocedo un paso, sintiendo cómo algo en esa voz hace que mi cuerpo tiemble.
Maldita sea, ¿qué está pasando? Siento algo extraño, una mezcla de deseo y repulsión.
¿Cómo se sentirá estar ahí, en su lugar?
A mis veintitrés años, nunca he tenido sexo. No me juzguen, tengo un sueño, uno que muchos considerarían absurdo: llegar virgen hasta el día de mi boda.
Pero en este trabajo, tengo algo seguro: moriré soltera por culpa de Azkarion D’Argent.
La ironía de mi situación no me escapa.
Vuelvo al presente, y él termina lo que estaba haciendo.
Su mirada se baja, y cualquier sensación que había sentido se reemplaza en mí por una indignación ardiente.
—Ya puedes irte, mujer —dice con desdén.
—Pero… señor… —intenta protestar, pero su tono es firme.
—¡Largo!
La mujer se va, acomodándose la ropa, y yo no la miro, ni quiero. Es un momento que preferiría olvidar.
—Verena, ven conmigo —ordena, y lo veo caminar hacia el baño.
Ruedo los ojos, sintiendo que mi paciencia se agota, pero lo sigo.
Al entrar, lo veo lanzar el preservativo al excusado, y la imagen me provoca un asco inmediato.
—Señor D’Argent, ¿sabe la contaminación que realiza? —no puedo evitarlo, la indignación brota de mis labios.
Él sonríe, está con los pantalones puestos, pero desabrochados, y su media sonrisa me da escalofríos.
—Verena Hills, recuérdame, ¿a cuánto equivale mi fortuna?
—Bueno… usted tiene una fortuna de casi mil quinientos billones de dólares, y… es el quinto hombre más rico del mundo, el más rico menor de cuarenta años —respondo, sintiendo que mis palabras resuenan en el aire.
Su sonrisa se ensancha, como si disfrutara de la conversación.
—¿Ahora sabes el valor de cada espermatozoide? —pregunta, mientras hala la palanca del inodoro, y solo siento asco.
Comienza a desnudarse, y no puedo soportarlo más; me giro, escuchando el sonido de la regadera al abrirse.
La puerta de cristal marmoleado nos separa, pero puedo ver su silueta a través de la puerta.
Por un segundo, me quedo pasmada.
¿Cómo es posible que un hombre pueda tener un cuerpo tallado por dioses y al mismo tiempo ser tan desalmado?
Sacudo mi cabeza, tratando de despejar mis pensamientos confusos.
—Señor, ¿puedo retirarme? —pregunto, intentando mantener la voz firme.
—Verena, mañana iré al cóctel de los treinta, vendrás conmigo —dice con una autoridad que no deja lugar a dudas.
—¿Por qué? —exclamo sin pensarlo, la sorpresa tiñendo mi voz.
—¡Porque eres una reina! Tonta, ¡eres mi asistente! Si necesito firmar, debes leer lo que firmo. Puedes largarte —exclama con desesperación y enojo, siempre es así cuando quiere ridiculizarme.
No digo nada, simplemente salgo de ahí, sintiendo cómo la frustración y el desprecio burbujean dentro de mí.
Azkarion D’Argent, eres el hombre más insoportable del mundo
POV AstraEsa tarde toda la familia se reunió en casa de los abuelos.El calor era intenso.La piscina estaba llena. Las risas resonaban por todas partes.Los bebés jugaban en un pequeño corral acuático bajo la vigilancia de las niñeras.Los abuelos los observaban mientras discutían una partida de cartas. Los demás nadábamos.Bromeábamos. Reíamos. Vivíamos.Me detuve un momento.Observé todo. El jardín. La casa. Las magnolias.Las personas que amaba.Mi esposo. Mi hijo. Mi familia.Y recordé todo lo que había ocurrido para llegar hasta allí.Todo el dolor. Todas las pérdidas. Todas las batallas.Había valido la pena.Una suave brisa movió mi cabello. Y sonreí.Porque finalmente comprendí algo.La felicidad no se construye sola. La mía había sido levantada por muchas manos.Por mi familia. Por quienes me amaron. Por quienes nunca me dejaron caer.Apreté la mano de Cassian. Y observé a mi hijo reír.Entonces supe que el futuro estaba a salvo.Y que, pasara lo que pasara, una cosa era seg
POV AstraMoría de ganas de conocer a la pequeña Miracle.Durante días enteros estuve hablando con Athissa por teléfono, escuchando cada detalle sobre la bebé.Que si bostezaba igual que Ronald. Que si dormía abrazando una mantita.Que si tenía unas mejillas tan regordetas que daban ganas de morderlas.Yo quería verla. Quería cargarla. Quería consentirla.Pero mi hijo tenía otros planes.Quince días después del nacimiento de Miracle, decidí descubrir que los bebés tienen un talento extraordinario para arruinar cualquier agenda perfectamente organizada.Porque rompí fuente.Y lo hice de la forma más dramática posible.***Era temprano por la mañana.Yo estaba terminando de desayunar cuando sentí algo extraño.Primero fue una presión.Luego un dolor. Y después...Un chorro de líquido cayó por mis piernas.Me quedé inmóvil.Miré el suelo.Miré mi ropa.Volví a mirar el suelo.—Oh.Cassian levantó la vista de inmediato.—¿Qué pasó?—Creo...Volví a mirar.—Creo que nuestro hijo acaba de to
POV AthissaObservé a Ronald desde la mesa de la cocina.Eran apenas las seis de la mañana.La casa seguía en silencio.El sol apenas comenzaba a asomarse por las ventanas.Y yo ya estaba despierta. Otra vez.Suspiré mientras acomodaba una mano sobre mi enorme vientre.Dormir se había convertido en una misión imposible durante las últimas semanas.Mi espalda me dolía. Mis piernas se cansaban.Y aquella pequeña princesa parecía convencida de que las madrugadas eran el momento perfecto para practicar gimnasia dentro de mi barriga.Sentí una patadita. Luego otra. Y otra más.—Ay...Me reí suavemente.—¿No piensas dejar dormir a tu mamá ni un solo día?Ronald volteó desde la cocina.Tenía puesto uno de sus delantales favoritos y estaba concentrado preparando el desayuno.El aroma a pan tostado y café llenaba toda la habitación.Verlo así me hacía sonreír.Aún me costaba creer que aquel hombre fuera mi esposo.Que después de todo lo que habíamos vivido hubiéramos llegado hasta aquí.—¿Está
POV AstraMiré a Albert alejarse.Lo observé mientras su figura se perdía poco a poco entre los árboles del parque, bajo la luz tenue de los faroles.Y, por primera vez en muchos años, no sentí que una parte de mí se marchara con él.Simplemente lo vi irse.Y comprendí que aquello era el final.El verdadero final.Albert había sido el hombre que creí era el amor de mi vida.El hombre por el que lloré. El hombre por el que me humillé.El hombre por el que llegué a cuestionar mi propio valor.Pero ahora entendía algo que antes era incapaz de ver.No era el amor de mi vida. Solo fue una escala en el camino.Una etapa. Una lección. Una herida que necesitaba vivir para convertirme en quien soy hoy.Suspiré mientras acariciaba mi enorme vientre.Porque si era completamente sincera, la Astra de entonces y la Astra de ahora parecían dos personas diferentes.Cuando era niña, Albert me salvó.Y desde ese día lo convertí en un héroe.En algo perfecto.Lo puse en un pedestal tan alto que dejé de v
POV Albert.La vi.Sí.Vi a la mujer que amo.Vi a la esposa que perdí.Y lo primero que noté no fue al hombre que caminaba a su lado, ni las bolsas que cargaban, ni siquiera la sonrisa que iluminaba su rostro.Fue su vientre. Astra estaba embarazada.Sentí que el mundo entero se detenía.Mi respiración se cortó.Mi pecho se comprimió con tanta fuerza que por un instante pensé que iba a caer de rodillas allí mismo.Embarazada.La mujer a la que una vez llamé mi esposa.La mujer que alguna vez soñó con construir una familia conmigo.La mujer a la que yo herí. Y entonces las palabras regresaron.Crueles. Insoportables. Imborrables.Palabras que salieron de mi propia boca.—No serías una buena madre.—Nunca te imaginé embarazada.Las recordé con una claridad terrible.Como si alguien las estuviera repitiendo una y otra vez dentro de mi cabeza.Y ahí estaba ella.Devolviéndome aquellas palabras. Obligándome a tragarlas.A soportar el peso de cada una.Porque Astra lucía exactamente como la
POV AstraVisitar a los nuevos bebés fue una de las experiencias más hermosas que había vivido en mucho tiempo.Apenas entré a la habitación, sentí que algo cálido se instalaba dentro de mi pecho.Eran tan pequeños. Tan perfectos. Tan frágiles.Ainoha descansaba en la cama con una expresión de felicidad que jamás le había visto antes. Su cabello caía sobre sus hombros y sus brazos rodeaban al bebé con una delicadeza infinita, como si sostuviera el tesoro más valioso del mundo.Y probablemente lo hacía.Me acerqué despacio.Los observé dormir. Sus diminutos dedos. Sus mejillas rosadas. Sus pestañas apenas visibles.No habían elegido sus nombres todavía, pero eso no importaba.Yo ya los amaba. Sonreí sin darme cuenta.Instintivamente llevé una mano a mi vientre.Mi bebé respondió con un pequeño movimiento.Una suave patadita.Como si quisiera participar en aquel momento.—¿Los ves, pequeñito? —susurré acariciando mi barriga—. Pronto tú también estarás aquí.Sentí una mezcla extraña de em







