INICIAR SESIÓNAnabelle nunca fue la chica que alguien elegiría. En su propia familia la consideran una vergüenza. En su manada se burlan de su cuerpo. Y cuando finalmente descubre quién es su compañero destinado, cree que quizá la Diosa de la Luna le ha dado una oportunidad para ser amada. Se equivoca. Damian Blackwood la rechaza delante de toda la manada, dejándola destrozada y humillada. Pero esa misma noche, otro hombre aparece. Lucas. Un poderoso alfa al que todos temen… y el único hombre capaz de calmar al lobo salvaje que lleva años atormentándolo. Porque hay algo diferente en Anabelle. Su aroma lo obsesiona. Su presencia tranquiliza a su lobo. Y cuanto más cerca está de ella, más imposible se vuelve dejarla ir. Cuando Lucas ve cómo todos la maltratan, decide ponerle fin. —Haré que todos sepan que eres mía. Annabelle no quiere la compasión de otro hombre. Mucho menos convertirse en la posesión de un alfa arrogante y dominante. Así que cuando Lucas le ofrece convertirse en su Luna, ella hace lo impensable. Lo rechaza. Pero Lucas nunca ha sido un hombre que acepte un no como respuesta. Y esta vez, está decidido a demostrarle Annabelle que ser suya no significa ser prisionera. Significa ser la única mujer a la que él protegerá con su vida.
Ver más«¿Qué coño? ¿Por qué ella?»
Anabelle equilibró cuidadosamente la bandeja sobre una mano, un truco con el que se entretenía cada vez que tenía la oportunidad.
Ignoró las miradas clavadas en ella, a los lobos que se agrupaban y empezaban a susurrar en cuanto pasaba junto a ellos. Escuchaba sus risitas, escuchaba sus murmullos, incluso cuando estaban a varios metros de distancia, pero no permitió que nada de eso la afectara.
—Mírala. ¿Es que no tiene otra cosa que ponerse? —sus oídos captaron una de las voces—. ¿Por qué tiene que llevar un vestido que le deja las tetas tan expuestas, como una puta?
—Apuesto a que solo intenta llamar la atención, pero jamás podrá ser como Fiona —añadió otra.
Las voces continuaron, cargadas de malicia. Anabelle bajó discretamente la mirada hacia su pecho. No era que quisiera presumir de sus senos. El vestido le quedaba una talla pequeño y la zona del pecho era incómoda y demasiado ajustada. Y para empeorar las cosas, tenía una talla 38DD.
Anabelle suspiró y aceleró el paso para alejarse del grupo de chismosas.
Quizá debería haberme tomado ese entrenamiento más en serio, pensó.
Por el rabillo del ojo, vio a otra chica tropezando con una bandeja en las manos. Se lanzó hacia ella, extendió la mano y la ayudó a estabilizar la bandeja.
Las personas que estaban alrededor se detuvieron y la miraron sorprendidas. No esperaban que se moviera tan rápido a pesar de su tamaño.
La chica parpadeó al mirar a Anabelle.
—G-gracias —dijo.
Los ojos de Anabelle se abrieron sorprendidos. Luego sonrió y continuó su camino.
—Ten cuidado. No querrás que vuelva a comer del suelo como la última vez —dijo alguien detrás de ella.
Todas estallaron en carcajadas.
Anabelle se mordió el labio y finalmente llegó a su mesa. Dejó la bandeja y miró a su alrededor.
Su mesa estaba aislada del resto.
Sus padres y su querida hermana estaban sentados al frente, mientras que ella estaba sola al fondo.
Siempre había sido así.
Por desgracia para Anabelle, aquellas chicas se sentaron en una mesa alejada de ella. Anabelle se enderezó al notar su presencia. Cuando ellas se giraron y casualmente la vieron, sus rostros se retorcieron de asco.
Eran las amigas más cercanas de su hermana y, por alguna razón, siempre la apartaban.
Pusieron los ojos en blanco y volvieron a girarse.
—¿Escucharon que el alfa de la manada Luna Azul llegará hoy con sus hijos?
—¡Oh, Dios mío! ¿De verdad? —exclamó otra, llevándose una mano a la boca.
—¡Sí! Escuché que los hijos pronto elegirán a sus parejas.
—¡Dios mío! ¡Miren mi cabello! ¡¿Y el maquillaje?! ¿Cómo me veo?
—Relájate, chica. Aunque te veas bien, ni siquiera te mirarían. Ellos están muy por encima de nosotras; nosotras apenas estamos por encima del suelo —suspiró otra con impotencia.
—El alfa de la manada Luna Azul… —murmuró Anabelle.
Había oído hablar de ellos. Eran famosos por su enorme poder y sus estrictas reglas. Ninguno de los hijos del alfa se había casado ni había salido con alguien que estuviera por debajo de su clase.
Sumida en sus pensamientos, Anabelle no se dio cuenta de que había empezado a enrollarse el cabello alrededor de los dedos. Una de las chicas lo vio y soltó un bufido.
—Aunque no tengamos ninguna oportunidad, jamás podría ser una chica gorda y fea como tú —dijo, poniendo los ojos en blanco hacia Anabelle.
Anabelle se quedó inmóvil.
Frunció el ceño. Abrió la boca para defenderse—
—Oh, chicas. No hablen así de mi hermana. Ella tiene el alma más hermosa del mundo.
Una figura se acercó a ellas.
Todas se giraron para ver a una joven alta y morena.
Anabelle se sonrojó ante las palabras de su hermana.
—Oh, hola, Fiona. Solo le estábamos diciendo a tu hermana que el alfa de la manada Luna Azul venía —dijo una de las chicas.
Fiona tomó asiento junto a Anabelle, aunque había un lugar libre en la mesa de las otras chicas.
—¿Ah, sí?
Las chicas comenzaron a hablar sobre el alfa y sus hijos.
Mi hermana Fiona era la favorita de todos. No solo era «amable» e «inteligente», sino que también era bonita.
Anabelle dejó de prestar atención a la conversación. Acercó la bandeja hacia ella y comenzó a picotear la comida.
De repente, se armó un alboroto a su alrededor.
Levantó la mirada y vio una figura alta acercándose a ellas. Las otras chicas comenzaron a acomodarse los vestidos a medida que aquella figura se aproximaba.
Los ojos de Anabelle se encontraron con los de él, pero solo por una fracción de segundo antes de que apartara la mirada con una leve curva en los labios.
Su corazón se aceleró.
Era Damian.
El beta de la manada.
Era el sueño de todas las chicas.
Alto, guapo, delgado pero musculoso. Era amable y sonreía mucho.
Esa era una de las razones por las que Anabelle estaba enamorada de él.
Su corazón volvió a acelerarse cuando se dio cuenta de que se dirigía hacia su mesa, aunque sus ojos no volvieron a posarse sobre ella.
—Hola, señoritas —dijo en cuanto llegó a su mesa.
—Maria, Gloria, Serena… —llamó a todas las chicas por sus nombres hasta llegar a la mesa donde estaba ella.
Cuando llegó a Anabelle, ella contuvo la respiración, con los ojos brillantes.
Él dudó.
—Eh… he olvidado tu nombre —dijo, dedicándole una sonrisa amable.
El hoyuelo de su barbilla izquierda deslumbró a Anabelle.
La voz de Anabelle se suavizó instintivamente al responder:
—Es Ana—
—Y Fiona.
Damian pasó por alto a Anabelle y tomó la mano de su hermana. Se inclinó y depositó un suave beso sobre ella.
Todas las chicas suspiraron embelesadas.
Era un auténtico Príncipe Encantador.
Anabelle se sonrojó y apartó la mirada.
Algún día… algún día un hombre me tratará así, pensó.
La fiesta continuó, y Damian y los demás siguieron saludando a las otras mesas. Todos se reunieron en grupos para conversar.
Una vez más, Anabelle quedó aislada.
Llegó la medianoche.
Poco a poco, comenzó a sentirse extraña. Cada vez tenía más calor. Levantó una mano para abanicarse.
Su loba, dentro de su mente, se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro.
Entonces lo sintió.
Un tirón agudo en las costillas y, después, una oleada de calor.
Se quedó completamente inmóvil.
Cuando comprendió lo que estaba sucediendo, apretó con fuerza el vestido entre sus manos.
Había entrado en celo.
Su aroma se esparció por el aire a su alrededor.
Anabelle rezó para que nadie lo notara, pero eso era imposible.
Las personas a su alrededor comenzaron a detenerse una tras otra y a olfatear el aire.
Las conversaciones se apagaron.
—¿Huelen eso?
—¿Qué es ese aroma?
Para empeorar las cosas, el aroma se hizo cada vez más fuerte, extendiéndose por todos lados y llegando hasta cada rincón del salón.
Anabelle quería enterrarse bajo tierra.
La música se detuvo y los líderes de la manada que estaban al frente se pusieron de pie.
—Nunca había… —comenzó uno, pero se detuvo.
—¿De quién es ese aroma?
—Es tan… único —susurró otro.
Anabelle notó algo por el rabillo del ojo.
Se giró y vio a Damian olfateando el aire, dando primero un paso involuntario y luego otro.
Comenzó a acercarse hacia ella con los ojos cerrados, siguiendo el aroma.
—Mate —gruñó.
La multitud soltó un jadeo colectivo.
Las chicas que estaban alrededor apretaron los dientes, consumidas por los celos hacia quienquiera que perteneciera aquel aroma.
La multitud se abrió automáticamente para dejarlo pasar.
Anabelle no podía moverse.
Estaba nerviosa.
¿Era ella? ¿Era ella su mate?
Su corazón se aceleró, lleno de anticipación y también de miedo ante aquella posibilidad. Sus manos apretaron el borde de su vestido. Hizo todo lo posible por evitar que la sonrisa desapareciera de su rostro.
Quería gritar de emoción, saltar y bailar.
La Diosa de la Luna realmente la amaba.
El hombre del que estaba enamorada estaba a punto de convertirse en su mate.
Por fin podría abandonar su hogar, donde todos la despreciaban.
Cuando se uniera a él y se convirtiera en la pareja de un beta, la gente empezaría a tratarla como merecía.
Anabelle notó que la gente susurraba.
El camino de Damian conducía directamente hacia ella.
El aroma también provenía de ella.
Los hombres que estaban cerca comenzaron a olfatear con avidez.
El aroma era único.
Había algo adictivo en él.
Si no fuera por el lugar en el que se encontraban, probablemente se habrían abalanzado sobre ella.
Uno de ellos dio un paso adelante.
Tenía la boca abierta y la saliva se le escapaba por la comisura mientras miraba a Anabelle con los ojos brillantes.
Las chicas se agruparon, con los rostros retorcidos por la envidia.
Susurraban sobre lo afortunada que era.
—Esa puta fea… Sé que hizo esto a propósito.
Aquella frase fue como un balde de agua helada sobre su cabeza.
—Exacto. ¿Cómo podría ella ser su mate?
Entonces Damian se detuvo.
Justo frente a ella.
—Mate —murmuró con una sonrisa antes de abrir los ojos.
Durante un momento, simplemente se quedó mirándola.
Como si su mente estuviera intentando procesar lo que estaba ocurriendo.
Entonces lo comprendió.
Su rostro se contrajo.
Sus cejas se fruncieron.
Sus labios se curvaron, pero no por sorpresa ni felicidad.
Sino por asco.
—¿Qué coño?
Lo dijo en voz alta, lo bastante alto como para que todos pudieran escucharlo.
—¿Por qué ella?
Fue como si un rayo la hubiera golpeado.
Anabelle se quedó paralizada.
Todos se quedaron paralizados.
Capítulo 5—Arrodíllate.Las palabras cayeron sobre el salón como una orden proveniente de lo alto. La presión era tan poderosa que los lobos más débiles también cayeron de rodillas, mientras que los más fuertes apenas podían mantenerse en pie.El peso de aquella palabra se asentó sobre todos.Los jadeos resonaron por el salón. Los ancianos se tensaron. El aire se volvió más pesado y la tensión se espesó con la incredulidad.La cabeza de Damian se alzó de golpe.Sus ojos se encontraron con los del alfa y su corazón se hundió. Su rostro se transformó en una expresión de absoluto desconcierto.—¿Qué? —susurró.lucas entrecerró los ojos al mirarlo.Aquellos ojos oscuros parecían decir: «No me hagas repetirlo».La mandíbula de Damian se tensó. Era tan insignificante que el alfa ni siquiera consideraba necesario gastar palabras con él.Damian quería negarse.Era humillante.Miró a Anabelle.«¿Por qué tiene que arrodillarse delante de esta gorda?», pensó con repugnancia.Anabelle apartó la
Capítulo 4Ella sabía exactamente quién era.La comprensión la golpeó antes de que pudiera evitarlo.«De todas las personas… tenía que ser él.»Un pensamiento amargo se extendió por su pecho.Este lobo pervertido.Lucas miró hacia abajo, observando a la mujer con expresión fría.Anabelle contuvo la respiración.«¿También había venido a burlarse de ella?», se preguntó mientras daba un paso atrás.El miedo, la indignación y el desprecio hacia sí misma estaban escritos en todo su rostro.«¿Había venido a presenciar su humillación? ¿A reírse?»Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del vestido, clavándose las uñas en la palma.Se obligó a mirarlo a los ojos y levantó ligeramente la barbilla.Ya había sido humillada suficiente.Una persona más solo haría que doliera todavía más.—Si quieres reírte… —su voz tembló, pero no retrocedió—. Entonces hazlo.Durante un momento…No ocurrió nada.Gradualmente, la presión aumentó, como si una mano invisible e invencible estuviera presionando sobr
LucasHabía recibido la invitación tres días atrás: una cena formal entre manadas.La reunión era política.Necesaria…Una pérdida de tiempo.Su padre había insistido en que asistiera, diciéndole que sería beneficioso para la paz y el progreso de su manada, ya que él sería el próximo alfa.Pero Lucas sabía más que eso.Ahora estaba sentado en una conferencia privada, rodeado de alfas mayores que bebían licores caros y fumaban cigarrillos, mientras la hija del alfa Bennet estaba elegantemente sentada frente a él.Todos conversaban y reían entre ellos.La mujer le dijo algo a su padre, quien soltó una carcajada y la elogió.Lucas apenas se dio cuenta.Su atención estaba completamente concentrada en el teléfono que sostenía en la mano, oculto debajo de la mesa.Después de la única hora de sueño que había conseguido una semana atrás, Lucas no había vuelto a cerrar los ojos.Su condición estaba empeorando.Su lobo caminaba inquieto bajo su piel, agitado y feroz.La violencia que se acumula
Capítulo 2Damian se detuvo frente a ella. Abrió los ojos y su rostro se contrajo de asco.—¿Qué coño? —murmuró para sí, aunque lo dijo lo bastante alto como para que todos lo escucharan—. ¿Por qué ella?En cuanto pronunció aquellas palabras, toda la sala quedó paralizada.Después, los rostros a su alrededor reflejaron todo tipo de reacciones. Comenzaron a observarla de arriba abajo; algunos incluso empezaron a reírse.—¿Qué quieres decir con «por qué ella»? Es tu mate, ¿no? —El joven lobo que había dado un paso al frente se acercó a ellos. Quería aproximarse para olfatearla más profundamente. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Anabelle y su mirada se volvió más intensa, llena de deseo.—Hay tantas mujeres en el salón, pero la Diosa de la Luna tuvo que elegir a la más fea de todas —espetó Damian, cruzándose de brazos sobre el pecho. Su tono se elevaba con cada frase, dejando clara su insatisfacción y el asco que sentía por ella.Se escuchó una carcajada colectiva.—Exacto. De todas las












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