LOGINCapítulo 2
Damian se detuvo frente a ella. Abrió los ojos y su rostro se contrajo de asco.
—¿Qué coño? —murmuró para sí, aunque lo dijo lo bastante alto como para que todos lo escucharan—. ¿Por qué ella?
En cuanto pronunció aquellas palabras, toda la sala quedó paralizada.
Después, los rostros a su alrededor reflejaron todo tipo de reacciones. Comenzaron a observarla de arriba abajo; algunos incluso empezaron a reírse.
—¿Qué quieres decir con «por qué ella»? Es tu mate, ¿no? —El joven lobo que había dado un paso al frente se acercó a ellos. Quería aproximarse para olfatearla más profundamente. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Anabelle y su mirada se volvió más intensa, llena de deseo.
—Hay tantas mujeres en el salón, pero la Diosa de la Luna tuvo que elegir a la más fea de todas —espetó Damian, cruzándose de brazos sobre el pecho. Su tono se elevaba con cada frase, dejando clara su insatisfacción y el asco que sentía por ella.
Se escuchó una carcajada colectiva.
—Exacto. De todas las chicas, tenía que ser ella. Debería haber sido yo. Soy más bonita —dijo una de las chicas, levantando la barbilla con arrogancia.
Anabelle se mordió el labio. Sus ojos cayeron al suelo.
La chica que había hablado era la exnovia de Damian. Siempre había sentido celos de su apariencia.
¿Por qué ella? ¿Por qué la Diosa de la Luna tuvo que elegir precisamente este momento para humillarla?
—Podría haber sido cualquiera. Mira a Fiona. Es delgada y alta, justo mi tipo. No quiero a una tonta gorda y bajita —se burló Damian.
Las personas a su alrededor se rieron.
Se escucharon unos tacones.
Fiona avanzó con pasos elegantes, moviendo exageradamente las caderas.
—Oh, vamos, Damian. Mi hermana podrá ser rubia, pero no es tan tonta como dicen los rumores. Y tampoco es gorda.
Fiona se detuvo y dejó que sus ojos recorrieran lentamente el cuerpo de Anabelle, como si quisiera asegurarse de que todos entendieran sus palabras.
—Es… de talla grande.
Fiona pronunció la última frase con una sonrisa.
Parecía estar defendiendo a Anabelle, pero todos sabían perfectamente lo que estaba haciendo.
Todos estallaron en carcajadas.
Incluso Damian soltó una risita, llevándose el puño a la boca.
—Habría sido demasiado buena para ti. Necesitas a alguien que no te robe el protagonismo. Alguien que pueda quedarse detrás de ti sin llamar demasiado la atención —continuó Fiona.
—Pero su aroma… Su aroma es único. ¿No te gusta? —intervino el hombre de antes. Quería descubrir qué sentía Damian por Anabelle.
En su mente, si Damian rechazaba a Anabelle, él se acercaría inmediatamente a ella fingiendo estar de su lado. Así podría aparearse con una mujer que poseía un aroma tan único.
Y no era el único lobo que había tenido aquella idea.
Otros jóvenes comenzaron a acercarse.
—¡Joder, no! ¿Qué clase de aroma es ese? Ni siquiera huele a flores o frutas como el de las demás. Es repugnante… —escupió Damian.
Anabelle no levantó la cabeza.
A esas alturas, se sentía completamente entumecida ante todo.
Había esperado aquello.
Sabía que era demasiado bueno para ser verdad cuando descubrió que Damian era su mate. Sabía que no sería suficiente, tal como los demás habían dicho.
Damian era un beta. Merecía a alguien hermoso y en buena forma.
No a alguien que apenas podía mantener la espalda recta.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Una cayó sobre su pecho y se hundió lentamente en la tela de su vestido.
Nadie lo notó.
—No solo es extraño. También es una descarada. No me gustan las chicas como ella —añadió Damian sin piedad.
—Es tan vergonzoso —dijo alguien entre la multitud.
Todos soltaron unas risitas.
—¿De verdad? Pero yo los vi besándose… —El joven se llevó una mano a la barbilla, como si estuviera reflexionando. Sus ojos permanecían fijos en Damian.
Damian se quedó paralizado por un segundo.
Luego se aclaró la garganta para ocultar su vergüenza.
—En aquel momento fue una apuesta. Yo lo reté a besarla. Damian jamás habría besado a Anabelle por voluntad propia —intervino Fiona antes de que nadie pudiera hacerlo.
Su voz sonó fuerte y orgullosa.
Damian le dedicó una sonrisa agradecida.
—Sí, es verdad. Esa noche había bebido mucho. Pensé que quizá besarla sería agradable a pesar de su apariencia, pero me equivoqué. Fue como besar un tronco de madera —dijo.
Todos se echaron a reír.
Los lobos que habían mostrado interés en Anabelle comenzaron a retroceder.
—Puaj. Qué asco. Pobre Damian. ¿Cómo pudiste retar a alguien así? —Una de las amigas de Fiona le dio una palmada juguetona en el brazo.
Fiona puso una expresión inocente.
—Mi hermana todavía es virgen y ningún lobo parecía interesado en ella. Pensé que quizá su primer beso podía dárselo alguien guapo —se encogió de hombros.
Las demás rieron.
—Alguien con quien solo podría soñar —añadió otra.
Fiona soltó una risita.
No hizo ningún intento por detenerlas.
Anabelle se mordió el labio.
Recordaba aquella noche.
La noche en que Fiona le había rogado que asistiera a la fiesta de cumpleaños de una de sus amigas.
Damian sí la había besado, pero solo durante unos segundos. Cuando se apartó, se limpió la boca repetidamente antes de abandonar la habitación.
En aquel momento, Fiona le había dicho que a Damian no le gustaba besar a chicas al azar, y Anabelle le había creído.
Tenían razón.
Damian no era alguien con quien ella tuviera permitido soñar.
Su agarre sobre la ropa se hizo más fuerte.
Anabelle quería abandonar el salón, pero había gente a su alrededor.
Sus piernas se negaban a responder.
—Pero, Damian…
—Suficiente —dijo Damian rápidamente, como si temiera que alguien intentara emparejarlos.
—I, Damian Blackwood, rechazo este vínculo.
Lo dijo sin la menor vacilación.
La cabeza de Anabelle se levantó de golpe.
Sus ojos se abrieron, incrédulos.
Los otros hombres que aún permanecían allí, creyendo que tenían alguna oportunidad, retrocedieron.
Nadie quería a un tronco de madera rechazado.
—¿Cómo pudiste…? —susurró ella mientras más lágrimas escapaban de sus ojos.
Su voz se quebró.
Sabía que él no la quería, pero nunca imaginó que la rechazaría tan rápido y delante de todo el mundo.
—Lo siento, Anabelle. No es nada personal. Pero no puedo pasar el resto de mi vida con una chica como tú —dijo Damian.
Pero no había ni una pizca de arrepentimiento en sus ojos.
En cambio, parecía aliviado.
—Yo… —Anabelle comenzó a hablar, pero las palabras se le atascaron en la garganta cuando un dolor atravesó el lado izquierdo de su pecho.
Al principio fue pequeño.
Como una aguja.
Luego aumentó.
En un segundo, sintió como si un cuchillo estuviera siendo clavado y retorcido dentro de su pecho.
Se dobló sobre sí misma.
Todos retrocedieron como si fuera alguna clase de enfermedad contagiosa.
Anabelle se sostuvo de la mesa con una mano mientras con la otra intentaba cubrirse el pecho.
Sollozos escaparon de sus labios mientras intentaba recuperar el aliento.
Fiona sonrió disimuladamente al verla en ese estado.
—Dios mío, qué patética —se rio alguien en voz alta.
—Lo sé, ¿verdad? Se cree que puede seducir a cualquiera solo porque su aroma es diferente…
Las mujeres se volvieron más atrevidas.
Se regodeaban en su desgracia.
Anabelle sabía que no era querida dentro de la manada, pero hasta aquella noche no había comprendido la magnitud de su desprecio.
Entonces se escucharon unos pasos pesados.
La multitud volvió a abrirse.
—¡Anabelle! —alguien rugió su nombre.
Anabelle luchó por levantar la cabeza.
—Papá…
¡Paf!
Todos soltaron un jadeo.
—¿Es que no puedes hacer otra cosa que avergonzar a nuestra familia? —rugió el padre de Anabelle.
La mano de Anabelle se elevó lentamente hasta su rostro. Acarició el lugar que ardía.
Las lágrimas nublaban su visión.
No era la primera vez que recibía una bofetada, pero aquella vez dolía más.
Abrió la boca para decir algo, pero se detuvo y cambió de opinión.
—Lo siento, padre —susurró.
—¿Lo sientes? ¿Por qué no puedes ser como tu hermana? —la reprendió él mientras la agarraba de los brazos y la obligaba a mantenerse de pie.
Anabelle estaba un poco mareada y tropezó, ganándose más miradas de desprecio de quienes la rodeaban.
—Deja de fingir que eres una víctima. Nunca puedes hacer nada bien. ¡Mírate! ¿Estás satisfecha contigo misma?
Su madre habló después.
Miró a Anabelle como si fuera basura que hubiera recogido del borde de la carretera.
—No, mamá. No quería que esto sucediera —sollozó Anabelle.
Apretó los puños.
No era culpa suya. Nada de aquello era lo que quería. Ella no había querido que el hombre que amaba la rechazara delante de todo el mundo.
Quería gritarlo.
Pero conocía su lugar.
—No querías que sucediera, pero sucedió de todos modos. No quiero verte hasta mañana. Sal de aquí —ordenó su madre, señalando la salida.
Anabelle mantuvo la cabeza inclinada.
Sabía que, si miraba a sus padres, solo encontraría aquella expresión que siempre le dedicaban.
La única expresión que ella recibía de ellos.
Asco.
Anabelle asintió.
Se apartó de la mesa.
Le temblaban las piernas.
Las personas, especialmente las mujeres, se apartaban en cuanto ella se acercaba.
Como si estuviera contaminada.
Cuando estaba a punto de llegar a la puerta, alguien estiró una pierna delante de ella.
No la vio a tiempo.
Tropezó y cayó de bruces al no poder recuperar el equilibrio.
Cerró los ojos, preparándose para golpear el suelo.
Pero cayó sobre algo.
Algo mucho más blando de lo que esperaba.
Y mucho menos doloroso.
Esperó.
Seguía de pie.
Anabelle abrió lentamente los ojos y lo primero que vio fue un botón dorado.
Había caído sobre alguien.
Se sonrojó de vergüenza.
Justo cuando pensaba que aquella noche no podía empeorar.
A juzgar por el botón, aquella persona pertenecía a una clase social muy alta.
Levantó rápidamente la cabeza, con los ojos muy abiertos por el pánico.
Y se encontró con unos ojos oscuros que la observaban directamente.
Su intenso aroma penetró en su nariz, dominando por completo el suyo.
Era Lucas.
Anabelle no podía moverse.
Contuvo la respiración.
Sus ojos recorrieron el rostro de ella y luego descendieron lentamente por su cuerpo.
Anabelle sintió un escalofrío recorrerla por cada lugar donde se posaba su mirada.
Entonces sus labios finos se movieron.
—¿Estás bien? —preguntó.
Le tomó un segundo darse cuenta de que le estaba hablando a ella.
¡A ELLA!
—¿Q-qué? —tartamudeó Anabelle.
Quiso retroceder, pero los brazos de él la mantenían en su sitio.
Sus ojos oscuros eran profundos y estaban llenos de…
¿Preocupación?
¿Por qué parece preocupado por mí?
—¡Tú, zorra!
Un grito la hizo reaccionar.
—¡¿Cómo te atreves?!
Todos se giraron hacia la voz, que continuó después de aquel estallido.
—¿No te basta con haber deshonrado a nuestra familia y ahora ya estás lanzándote a los brazos de otro hombre? ¿Qué clase de chica eres?
Anabelle se giró y vio a su madre gritándole.
El resto los observaba con hostilidad.
Parecían estar a un paso de abalanzarse sobre ella.
Anabelle retrocedió asustada, pero la enorme mano de él la mantuvo quieta.
Entonces…
—¿Quién te crees que eres para hablarle así?
La voz retumbó sobre ella.
No estaba cerca de él, pero podía sentir la presión de su poder.
Sus rodillas casi cedieron.
Este debe ser el poder de un alfa.
Capítulo 5—Arrodíllate.Las palabras cayeron sobre el salón como una orden proveniente de lo alto. La presión era tan poderosa que los lobos más débiles también cayeron de rodillas, mientras que los más fuertes apenas podían mantenerse en pie.El peso de aquella palabra se asentó sobre todos.Los jadeos resonaron por el salón. Los ancianos se tensaron. El aire se volvió más pesado y la tensión se espesó con la incredulidad.La cabeza de Damian se alzó de golpe.Sus ojos se encontraron con los del alfa y su corazón se hundió. Su rostro se transformó en una expresión de absoluto desconcierto.—¿Qué? —susurró.lucas entrecerró los ojos al mirarlo.Aquellos ojos oscuros parecían decir: «No me hagas repetirlo».La mandíbula de Damian se tensó. Era tan insignificante que el alfa ni siquiera consideraba necesario gastar palabras con él.Damian quería negarse.Era humillante.Miró a Anabelle.«¿Por qué tiene que arrodillarse delante de esta gorda?», pensó con repugnancia.Anabelle apartó la
Capítulo 4Ella sabía exactamente quién era.La comprensión la golpeó antes de que pudiera evitarlo.«De todas las personas… tenía que ser él.»Un pensamiento amargo se extendió por su pecho.Este lobo pervertido.Lucas miró hacia abajo, observando a la mujer con expresión fría.Anabelle contuvo la respiración.«¿También había venido a burlarse de ella?», se preguntó mientras daba un paso atrás.El miedo, la indignación y el desprecio hacia sí misma estaban escritos en todo su rostro.«¿Había venido a presenciar su humillación? ¿A reírse?»Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del vestido, clavándose las uñas en la palma.Se obligó a mirarlo a los ojos y levantó ligeramente la barbilla.Ya había sido humillada suficiente.Una persona más solo haría que doliera todavía más.—Si quieres reírte… —su voz tembló, pero no retrocedió—. Entonces hazlo.Durante un momento…No ocurrió nada.Gradualmente, la presión aumentó, como si una mano invisible e invencible estuviera presionando sobr
LucasHabía recibido la invitación tres días atrás: una cena formal entre manadas.La reunión era política.Necesaria…Una pérdida de tiempo.Su padre había insistido en que asistiera, diciéndole que sería beneficioso para la paz y el progreso de su manada, ya que él sería el próximo alfa.Pero Lucas sabía más que eso.Ahora estaba sentado en una conferencia privada, rodeado de alfas mayores que bebían licores caros y fumaban cigarrillos, mientras la hija del alfa Bennet estaba elegantemente sentada frente a él.Todos conversaban y reían entre ellos.La mujer le dijo algo a su padre, quien soltó una carcajada y la elogió.Lucas apenas se dio cuenta.Su atención estaba completamente concentrada en el teléfono que sostenía en la mano, oculto debajo de la mesa.Después de la única hora de sueño que había conseguido una semana atrás, Lucas no había vuelto a cerrar los ojos.Su condición estaba empeorando.Su lobo caminaba inquieto bajo su piel, agitado y feroz.La violencia que se acumula
Capítulo 2Damian se detuvo frente a ella. Abrió los ojos y su rostro se contrajo de asco.—¿Qué coño? —murmuró para sí, aunque lo dijo lo bastante alto como para que todos lo escucharan—. ¿Por qué ella?En cuanto pronunció aquellas palabras, toda la sala quedó paralizada.Después, los rostros a su alrededor reflejaron todo tipo de reacciones. Comenzaron a observarla de arriba abajo; algunos incluso empezaron a reírse.—¿Qué quieres decir con «por qué ella»? Es tu mate, ¿no? —El joven lobo que había dado un paso al frente se acercó a ellos. Quería aproximarse para olfatearla más profundamente. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Anabelle y su mirada se volvió más intensa, llena de deseo.—Hay tantas mujeres en el salón, pero la Diosa de la Luna tuvo que elegir a la más fea de todas —espetó Damian, cruzándose de brazos sobre el pecho. Su tono se elevaba con cada frase, dejando clara su insatisfacción y el asco que sentía por ella.Se escuchó una carcajada colectiva.—Exacto. De todas las
«¿Qué coño? ¿Por qué ella?»Su voz resonó por el salón en silencio.Cientos de miradas burlonas se volvieron hacia Anabelle .Su compañero destinado la miraba como si fuera suciedad pegada a la suela de su zapato.Capítulo 1Anabelle equilibró cuidadosamente la bandeja sobre una mano, un truco con el que se entretenía cada vez que tenía la oportunidad.Ignoró las miradas clavadas en ella, a los lobos que se agrupaban y empezaban a susurrar en cuanto pasaba junto a ellos. Escuchaba sus risitas, escuchaba sus murmullos, incluso cuando estaban a varios metros de distancia, pero no permitió que nada de eso la afectara.—Mírala. ¿Es que no tiene otra cosa que ponerse? —sus oídos captaron una de las voces—. ¿Por qué tiene que llevar un vestido que le deja las tetas tan expuestas, como una puta?—Apuesto a que solo intenta llamar la atención, pero jamás podrá ser como Fiona —añadió otra.Las voces continuaron, cargadas de malicia. Anabelle bajó discretamente la mirada hacia su pecho. No era







