LOGINDespertar no fue abrir los ojos.Fue volver a sentir peso.Mi cuerpo.Mi respiración.Un dolor profundo, pero soportable.Intenté moverme y el sonido constante de un monitor me recordó que seguía aquí.Viva.Abrí los ojos lentamente.Luz blanca. Techo blanco. El olor limpio y frío de hospital.Y luego... él.Damián estaba inclinado hacia adelante en una silla, con la cabeza apoyada en el borde de la cama, su mano aferrada a la mía como si temiera que volviera a irme.Tenía la barba más crecida. Ojeras profundas. La ropa arrugada.Parecía un hombre que no había dormido en días.Intenté hablar.—Damián...Mi voz fue apenas un hilo.Pero fue suficiente.Se incorporó de golpe, como si alguien le hubiera devuelto el alma al cuerpo. Apoyó su cabeza sobre mi mano.—Moriste por unos segundos —Me respondió —. Y yo morí contigo.Nunca lo había visto así.Sus ojos se llenaron de lágrimas sin intentar esconderlas.—Pero regresaste... —continuó —. Y esta vez, Lucrecia... esta vez nadie nos va a se
No fue el silencio que me despertó, si no la calma. Lucrecia incluso durmiendo era inquieta. Siempre entrelazaba sus pies con los míos, buscaba mi mano o enterrar su cara en mi lecho y toda la madrugada no había sido así. Extendí la mano, como siempre. Busqué su vientre. Su calor, pero no había nada. Abrí los ojos. La cama estaba fría de su lado.—Lucrecia... —murmuré, todavía medio dormido.Silencio.Me incorporé, observé el reloj y eran las cinco de la mañana. El baño estaba vacío. El clóset abierto. Una ausencia que tenía forma.El corazón empezó a latir distinto.Demasiado rápido.Bajé al salón. Nada. La cocina intacta.Entonces lo vi.Su teléfono no estaba cargando en la mesa donde siempre lo dejaba.La promesa."Pase lo que pase, no harás nada sola."Sentí un golpe seco en el estómago.Tomé mi celular. La llamé.Apagado.La sangre me zumbaba en los oídos cuando el mío vibró.Dayana.No contesté al primer timbrazo.Contesté al segundo.—¿Qué quieres? —mi voz salió áspera.Del
La mañana comenzó demasiado luminosa.Farah hablaba sin parar mientras caminábamos por un lugar llamado el Casco Antiguo. El sol caía sobre las fachadas coloniales y por un momento me sentí fuera del caos.—Cuando nazca, yo voy a enseñarle a ser rebelde —decía ella riendo—. No puedes tener un hijo tan perfecto como mi hermano.Sonreí.—Por favor, con que no herede mi terquedad estamos bien.—Eso es imposible.Mi teléfono vibró.No miré enseguida.Hasta que vibró otra vez.Y otra.Lo saqué.Una foto.Paula caminando por los alrededores de la hacienda acompañada de uno de los perros de caza tomada desde lejos.Desde dentro de la hacienda.Mi pulso se detuvo.Mensaje:"Ha llegado la hora. Tendrás que venir sola. Esta vez no fallaré."Sentí que el suelo se inclinaba.—Lu... —Farah frunció el ceño—. Te pusiste pálida, ¿estás bien?—Es el calor —mentí.Pero el teléfono volvió a vibrar.Ubicación enviada.El viejo galpón al final de la propiedad. Donde todo empezó aquella noche de disparos.
No conocía con exactitud la ciudad de Panamá, pero era extremadamente bella, aunque muy calurosa. Damián tenía un bello apartamento a orilla de la Bahía de Panamá en medio del corazón de la ciudad. La vista era simplemente hermosa, pero sabía que no sería suficiente para entretenerme en este gran edificio.—José se encargará de la hacienda el tiempo que estemos acá. yo aprovechare para ir a la oficina y ponerme al día lo mayormente posble.—¿Y yo que hare? Me volveré loca si me quedo encerrada en estas cuatros paredes sola.—No lo estarás mi cielo —Me da un casto beso —. Las chicas y tus padres se encuentran en el apartamento de alado. Ellos también han venido con nosotros.El tiemble suena, Damián se acerca abrir y entra corriendo Brianna en vestido de baño y detrás de ella Farah. —La calor me está matando, ¿vamos a la piscina? —Me esperan en la oficina te veo luego nena —Deja un beso en mi vientre y otro en mi boca —. Te amo. —Y yo a ti. Sale dejándonos a solas. Voy a la habit
Habían pasado tres días desde aquella madrugada interminable. Las máquinas seguían marcando el ritmo irregular del corazón de mi padre, pero al menos ya no estaba en peligro inminente. Los médicos fueron claros: debía permanecer en reposo absoluto y bajo cuidados continuos.Fue entonces cuando Damián propuso lo que, en el fondo, todos sabíamos que era lo correcto.—No puede quedarse solo en la mansión —dijo con firmeza, mirando a mamá y a mí—. La soledad lo mataría más rápido que cualquier enfermedad.Mi madre, aún con los ojos hinchados de tanto llorar, asintió en silencio.—Tiene razón —murmuró con voz apenas audible—. Carlos necesita compañía, calor de hogar... y de familia.Lo miré, sintiendo un nudo en el pecho.—Entonces lo llevaremos con nosotros. A la hacienda —afirmé.Farah, que hasta ese momento había permanecido en silencio, apretó mis manos con emoción contenida. Su mirada reflejaba algo más profundo: la esperanza de sanar heridas que el tiempo nunca había podido borrar.
Habían pasado semanas y yo seguía asimilando mi embarazo. Cada mañana me miraba al espejo para ver cómo crecía lentamente. No podía creer que mi vida había cambiado tanto estos meses. Había pasado de tener una vida sin rumbo a tener una familia, mi propia familia.—Buenos días mi cielo —Enrolla sus manos sobre mi cintura acariciando mi vientre —. ¿Cómo amanecen las dos personitas más importantes de mi vida? —Feliz y sin nauseas por el momento. Reímos. Acaricia mi vientre mientras reparte besos en mi cuello. Me giro lentamente y acaricio sus mejillas besando sus labios de manera casta. —Hoy debo viajar a la ciudad. Necesito cerrar unos negocios con nuevos inversionistas, ¿estarás bien sin mi? —Sobreviviré sin ti cariño —Sonrió enrollando mis manos sobre su cuello —. Además tengo a mamá, Bri, Fara y Mama Rosario. —José estará a cargo de toda la vigilancia y Aban lo apoyará. —Estaremos bien Damián. Suspira asintiendo. Deja un beso sobre mi frente y otro sobre mi vientre. —Nos ve







