INICIAR SESIÓN
Sebastián la había estado observando desde hacía exactamente cuarenta y cinco minutos. No era su tipo de actividad favorita en un viernes por la noche, pero había algo en la mujer de la barra que rompía con la monotonía del restaurante. Ella no bebía como alguien que disfruta de una copa; bebía como alguien que intenta apagar un incendio interno. Era joven, quizás de unos treinta años, con una belleza caótica que resaltaba bajo las luces tenues del local. Tenía el cabello castaño algo revuelto y unos ojos que, incluso a la distancia, se veían cargados de una electricidad peligrosa.
"Es demasiado linda para estar tan sola y tan desesperada", pensó Sebastián, dándole un sorbo a su whisky.
Al principio, su intención fue simplemente esperar a que ella terminara, acercarse con la seguridad de quien no tiene nada que perder y ver si esa noche de viernes terminaba con una compañía interesante. Su mirada recorría la curva de sus hombros y la forma en que ella apretaba la copa, calculando el momento justo para intervenir. Pero entonces, la vio mirar hacia la mesa doce con una expresión que le heló la sangre: una mezcla de odio, adoración y una derrota absoluta. Siguió su mirada y vio al tipo del anillo. Lo entendió todo. Ella estaba allí para presenciar su propio funeral.
Cuando la mujer se levantó para pagar y la escena en la caja empezó a tornarse tensa, Sebastián supo que su entrada triunfal ya no sería para una seducción ligera, sino para un rescate por pura curiosidad.
— Señora, la tarjeta sale denegada.
Catarina parpadeó, sintiendo que el poco equilibrio que le quedaba se tambaleaba peligrosamente sobre los tacones que había elegido para una noche que imaginaba triunfal. "¿Señora?", pensó con una punzada de amargura que superaba el efecto del alcohol. Miró de reojo su mano izquierda; no había un anillo, ni un compromiso, ni rastro de los cuatro años que le había entregado a la persona equivocada. Solo el vacío de una piel que aún recordaba un peso que nunca llegó a estar ahí.
— Eso es imposible, vuelva a probar —insistió ella, tratando de mantener la dignidad mientras el nudo en su garganta amenazaba con explotar. Su voz, usualmente alegre y melódica, sonaba ahora rasposa, cansada.
— Ya lo he intentado dos veces —respondió el camarero con una indiferencia profesional que dolía más que el rechazo bancario—. ¿Tiene otro medio de pago?
Catarina sintió un frío recorrerle la espalda, a pesar de la calefacción del exclusivo restaurante. Acababan de acreditarle su sueldo en la editorial donde trabajaba como editora de ficción; era matemáticamente imposible que no hubiera fondos. Pero entonces recordó los cargos automáticos del departamento que solía compartir, los gastos de una ruptura que no pidió y, por supuesto, el precio exorbitante de la botella de vino que se había terminado ella sola mientras observaba, desde la penumbra de la barra, la mesa número doce.
Allí estaba él. Rodrigo. El hombre que hace apenas un mes le había dicho, con los ojos húmedos de una mentira bien ensayada, que "no estaba listo para nada serio" y que "necesitaba encontrarse a sí mismo". Resultaba que se había encontrado muy rápido, y en los brazos de otra. Allí estaba, hincando la rodilla frente a una mujer que parecía sacada de una revista de moda. El que siempre pedía dividir la cuenta hasta el último centavo, hoy pagaba la cena más cara del menú y un diamante que brillaba con una luz insultante.
— Al parecer mi tarjeta tiene problemas... y no tengo efectivo —susurró Catarina, sintiendo que los ojos de los demás clientes se clavaban en su nuca como alfileres.
— Cárgalo a mi cuenta, por favor —una voz profunda, calmada y con un matiz de impaciencia intervino a su lado.
Catarina se giró bruscamente. Un hombre de mirada intensa y expresión indescifrable la observaba. Tenía unos hombros anchos, un abrigo negro de corte impecable y una mirada que decía que el resto del mundo le resultaba ligeramente molesto.
— Oh, no, no es necesario —balbuceó ella, avergonzada, tratando de recuperar un poco de orgullo—. No acepto caridad de hombres guapos. Es una regla personal. Bueno, la inventé hace cinco segundos, pero es una regla firme.
El hombre ni siquiera parpadeó. Sus ojos recorrieron el rostro de Catarina, deteniéndose en el rímel ligeramente corrido y en la forma en que ella se aferraba a la barra para no tambalearse.
— No es caridad. Es pragmatismo —respondió él con una lógica aplastante—. El camarero está a punto de llamar a seguridad y yo solo quiero terminar mi trago en paz. Considera que estoy comprando el silencio de esta escena.
Catarina se quedó boquiabierta, pero el cansancio le ganó a la soberbia. Se sentó de nuevo en el taburete.
— Eres un poco grosero, ¿sabes? —dijo ella, aunque aceptó el gesto—. Pero gracias. Supongo. Me llamo Catarina.
— Sebastián —respondió él escuetamente, haciendo una seña al camarero para que se retirara.
— ¿Sabes qué es lo peor, Sebastián? —Catarina se inclinó hacia él, ignorando que apenas se conocían—. Ese de ahí es Rodrigo. Cuatro años juntos. Cuatro años de "Cariño, este mes no podemos ir de vacaciones porque estoy ahorrando para nuestro futuro". ¡Nuestro futuro! Resulta que el futuro tenía nombre de modelo y se llama Tiffany. El que decía que el matrimonio era una institución arcaica. Y mírale ahora... le está poniendo un anillo del tamaño de un satélite artificial.
Sebastián pidió otro whisky doble. Parecía que la verborragia de su acompañante lo obligaba a anestesiarse un poco.
— La gente no cambia, Catarina. Solo dejan de fingir. Él decidió primero que ya no quería estar contigo, y ahora ella decidió que quería su dinero. Es un contrato simple.
— ¡Eres un cínico! El amor no es un contrato —Catarina sintió que el alcohol le daba una valentía poética—. El amor es entrega.
Pasaron los minutos y el restaurante empezó a vaciarse. Rodrigo y su prometida se marcharon entre risas, sin que él se percatara siquiera de que su ex estaba a pocos metros. Catarina se quedó en silencio, mirando el fondo de su copa vacía. La adrenalina de la rabia estaba bajando, dejando paso a una tristeza pesada.
— Se han ido —susurró ella—. Y yo me quedé sin tarjeta, sin novio y con un desconocido que me odia por haberle arruinado la noche.
Sebastián suspiró profundamente. Miró afuera; empezaba a llover con fuerza. Miró a Catarina, que ahora luchaba por mantener los ojos abiertos.
— No te odio —dijo él—. Pero tampoco voy a dejar que te quedes a dormir en la barra. Mi coche está fuera.
El trayecto en el coche fue un borrón de luces de neón y lluvia golpeando el parabrisas. Catarina, vencida por el agotamiento emocional, apenas pudo articular la dirección de su barrio antes de que el mundo se apagara para ella. Se quedó dormida con la mejilla apoyada en el cuero frío del asiento, murmurando algo sobre cepillos de dientes que Sebastián decidió ignorar.
Cuando el motor se detuvo, Catarina abrió los ojos con esfuerzo.
— ¿Cómo supiste que vivía aquí? —preguntó ella, reconociendo la fachada de su edificio.
— No lo sabía —respondió él, bajando del coche para abrirle la puerta—. Yo vivo en este edificio.
Catarina se quedó de piedra mientras bajaba del auto, el aire frío de la noche despejándola un poco.
— ¿Eres vecino? Nunca te había visto antes.
— Vivo aquí desde hace un mes. Soy de los que prefiere no cruzarse con nadie.
Subieron al ascensor en un silencio roto sólo por el sonido metálico de los cables. Frente al tablero de botones, Sebastián esperó.
— ¿Qué piso? —preguntó.
— El siete — respondió ella.
Él arqueó una ceja y presionó el botón.
— Yo igual.
Al llegar al rellano, la sorpresa fue doble. Catarina se detuvo frente a su puerta, buscando las llaves con torpeza.
— Gracias por todo. Mañana te devolveré el dinero.
— No hace falta —respondió él, sacando sus propias llaves para abrir la puerta justo al lado de la de ella—. Tómalo como un regalo de bienvenida. O como una lección: las inversiones emocionales siempre dan pérdidas.
Catarina se quedó mirando la madera oscura de la puerta de Sebastián, procesando que el hombre que la había rescatado de su peor noche era, ahora, el hombre que viviría a menos de dos metros de su propia soledad.
EPÍLOGOAllí, sentada tras una larga mesa de roble, Catarina Soler, ahora oficialmente Catarina de la Torre, firmaba ejemplares con una sonrisa que le iluminaba el rostro entero.Había pasado exactamente un año.Ese día no solo marcaba el lanzamiento oficial de su primera novela un éxito de preventa editado bajo el sello de Ediciones Nova. Ese día también era su primer aniversario de bodas.Celebrar su primer año de casados rodeados de cientos de personas, periodistas literarios y fotógrafos no era precisamente el escenario romántico, privado y minuciosamente estructurado que Sebastián de la Torre habría organizado. Sin embargo, cuando la editorial propuso la fecha para el evento, Sebastián no había dudado ni una fracción de segundo en ceder la exclusividad de su aniversario.— ¡Cata, sonríe pa
CAPÍTULO 110Sebastián de la Torre estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero de su suite, ajustándose los gemelos de plata en los puños de su camisa blanca. Vestía un esmoquin de tres piezas de color azul medianoche oscuro, casi negro, con solapas de seda que acentuaban la amplitud de sus hombros. Su cabello estaba perfectamente peinado, y su rostro, como de costumbre, no revelaba el más mínimo atisbo de ansiedad.O al menos, eso es lo que él intentaba proyectar.Gabriel, que ejercía como padrino de bodas, estaba sentado en un sofá de cuero marrón, bebiendo una copa de whisky puro y observándolo con una sonrisa de pura diversión.— Llevas ajustando ese mismo gemelo durante cuatro minutos, Sebas. Si lo aprietas más, le vas a cortar la circulación a tu propia mano —se burló el abogado, alzando el vaso en un brindis silencioso.Sebastián soltó el gemelo y exhaló un suspiro imperceptible, girándose hacia su amigo.— Es un problema de calibración del metal. — Sí, claro. La culpa es
CAPÍTULO 109Catarina estaba de pie frente al ventanal, envuelta en una bata de seda blanca con la palabra "Novia" bordada en hilo de oro en la espalda. Miraba los jardines impecablemente cuidados, donde decenas de operarios daban los últimos retoques a la carpa bajo la cual se celebraría la recepción. — ¡Catarina, por el amor de Dios, aléjate de la ventana! ¡Si el novio mira hacia arriba antes de tiempo, traerá mala suerte! —la voz de Eloísa Soler resonó en la habitación, cargada de esa ansiedad maternal que solo las bodas pueden desatar.Catarina soltó una carcajada limpia y cristalina, girándose para ver a su madre. Eloísa llevaba un elegante vestido de color lavanda y sostenía un vaporizador portátil como si fuera un arma defensiva.— Mamá, Sebastián está en el ala oeste de la estancia. Además, ambos sabemos que él no cree en la mala suerte, solo en los errores humanos. Las puertas dobles de la suite se abrieron de par en par, interrumpiendo el debate. Sofía y Clara irrumpieron
CAPÍTULO 108— Doctor de la Torre —comenzó Catarina, utilizando aquel tono formal y corporativo que ahora era un juego privado entre los dos— Creo que ha llegado el momento de solicitar una reunión urgente con recursos humanos.Sebastián no levantó la vista de inmediato, pero una pequeña sonrisa curvó la comisura de sus labios. Bloqueó la tableta, la dejó a un lado y entrelazó las manos sobre la mesa, dándole su absoluta y total atención.— Si se trata de una queja sobre el jefe, señorita, debo advertirle que el tribunal está fuertemente sesgado a su favor —respondió él, con un brillo juguetón en sus ojos oscuros— ¿Qué sucede, Catarina?Catarina sintió que el corazón le daba un salto, no por miedo, sino por una emoción pura y abrumadora. Se sentó en la silla contigua a la de él, girando el cuerpo para mirarlo de frente.— Sucede que voy a presentar mi renuncia —dijo ella, soltando las palabras de golpe, observando atentamente la reacción de su prometido.Sebastián no parpadeó. No hubo
CAPÍTULO 107— Bueno, doctor de la Torre —comenzó el patriarca, utilizando el título profesional como una barrera defensiva— Mi mujer está llorando de emoción en las tiendas de novias y mi hija parece caminar sobre las nubes. Me citó usted aquí a solas, a espaldas de ellas. Asumo que no me trajo a este lugar tan fino para hablar del clima. ¿Qué es lo que quiere?Sebastián no parpadeó. Hoy no era el abogado invencible; hoy era simplemente un hombre frente al padre de la mujer que amaba.— Le agradezco que haya aceptado la invitación, señor Soler —respondió Sebastián, con una voz grave y mesurada— Y tiene razón. No lo cité para hablar de trivialidades. Lo invité porque, aunque he ganado todos los litigios legales que me he propuesto en mi vida, hay un asunto pendiente que no lo he podido resolver aún.Héctor arqueó una ceja, desconfiado.— ¿Un asunto pendiente? ¿De qué está hablando? Usted ya tiene el sí de mi hija. Tiene el anillo en su dedo y la fecha fijada. El caso, como diría usted
CAPÍTULO 106 — Ya casi estoy —anunció la voz ahogada de Catarina desde el interior del probador— Aunque creo que acabo de perder la sensibilidad en las costillas flotantes.— El dolor es belleza, cuñada. ¡Sal ya! —la animó Sofía, dando un sorbo a su champán.La cortina se descorrió. Catarina salió al pequeño pedestal iluminado. Llevaba un vestido de corte princesa, con una falda de tul tan inmensa que parecía una nube a punto de estallar, y un escote bordado con pedrería que destellaba bajo la luz.El silencio en la sala fue inmediato.Clara ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos.— Cata... te quiero, pero pareces un pastel de bodas a punto de ser devorado en una fiesta infantil.Sofía soltó una carcajada que resonó en el salón.— ¡Exacto! Hay demasiado volumen. Catarina se miró en el espejo, intentando moverse, pero la falda pesaba una tonelada. Sonrió ante la mención de su prometido.— Tienen razón. Apenas puedo respirar, y mucho menos caminar. Sebastián me pediría que firmara un







