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Capítulo 16: Búsqueda

Autor: Maelor
last update Data de publicação: 2026-09-01 02:08:01

La mentira de Elena cayó sobre Cristian como un bloque de hielo, pero en lugar de apagar su furia, pareció encender un berrinche de frustración salvaje en su mirada. El silencio absoluto que se instaló en el aula magna se volvió asfixiante. Cristian la observó fijos sus ojos oscuros en las pupilas azules de la joven, buscando un rastro de duda, una grieta en su máscara profesional. Pero Elena no parpadeó. Sostuvo la mentira con la misma frialdad matemática con la que un cirujano sostiene el esc
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    La cercanía de Cristian era una presión física insoportable en mitad del laboratorio cerrado. Sus manos, apoyadas con fuerza sobre el borde de metal de la encimera, cercaban por completo a Elena, dejándole como única opción clavar sus ojos azules en la fijeza oscura y posesiva de su mirada. El olor a cuero, tabaco y lluvia que traía en la chaqueta se mezclaba con el cloro del ambiente, nublándole la lógica científica. Elena sentía el frío del acero inoxidable atravesándole la bata de tercer año en la espalda, pero obligó a sus músculos a no ceder. Tenía que inventar algo. Una explicación técnica, una mentira médica tan perfecta y estructurada que la mente dopada del Capo no pudiera desarmar.—Se está equivocando de diagnóstico, señor Cristian —soltó Elena, forzando un tono de voz gélido, profesional y cortante, imitando la frialdad del doctor Vance—. Si doblo turnos en este sótano a las tres de la mañana no es por usted, sino por la investigación clínica de la facultad. El doctor Silv

  • Las promesas rotas del capo   Capítulo 18: El observador en la penumbra

    El reloj de pared de la suite 402 marcaba las tres de la madrugada. El hospital de lujo había entrado en ese estado de letargo profundo donde las luces de los pasillos se atenuaban y el único sonido constante era el susurro del sistema de ventilación. Cristian permanecía inmóvil junto a la cama, completamente vestido de negro, esperando a que el respirador de Bianca indicara que se había dormido profundamente en el sofá de lectura.No le costó trabajo burlar la seguridad esta vez. Su cuerpo asimilaba las rutas con una destreza que desafiaba la lógica de su pérdida de memoria. Salió de la suite VIP usando la llave de anulación manual que le había quitado al jefe de escoltas por la tarde y se dirigió directamente al hueco de las escaleras traseras. Esta vez no corría; descendía los peldaños con una lentitud calculada, amortiguando el peso de sus pasos sobre el cemento frío.Su lóbulo frontal ya no martilleaba con la violencia del día anterior. La certeza de saber que el expediente de Si

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    El portazo del coche oficial retumbó en la parte trasera de la facultad pública como un disparo sordo. Cristian se dejó caer sobre los asientos de cuero negro de su berlina blindada, ignorando las llamadas perdidas que hacían vibrar el teléfono en el bolsillo de su chaqueta. Afuera, la lluvia de la tarde golpeaba los cristales tintados con una violencia rítmica, aislando el habitáculo del resto del mundo.Colocó la carpeta de cartón marrón que Silva le había entregado sobre sus rodillas. Sus dedos, rígidos por la tensión acumulada en el aula magna, acariciaron el borde del material antes de abrirlo. Tenía el pecho agitado y un dolor punzante justo detrás de los ojos, un aviso claro de que su lóbulo frontal estaba protestando por el esfuerzo. Pero no le importó. El berrinche sordo que le quemaba las entrañas desde que vio a Elena en el estrado era más fuerte que cualquier prescripción médica.Abrió la carpeta y encendió la pequeña luz de cortesía superior. La bombilla halógena arrojó u

  • Las promesas rotas del capo   Capítulo 16: Búsqueda

    La mentira de Elena cayó sobre Cristian como un bloque de hielo, pero en lugar de apagar su furia, pareció encender un berrinche de frustración salvaje en su mirada. El silencio absoluto que se instaló en el aula magna se volvió asfixiante. Cristian la observó fijos sus ojos oscuros en las pupilas azules de la joven, buscando un rastro de duda, una grieta en su máscara profesional. Pero Elena no parpadeó. Sostuvo la mentira con la misma frialdad matemática con la que un cirujano sostiene el escalpelo sobre el tejido expuesto.De repente, Cristian soltó el antebrazo de Elena con un movimiento brusco, dándole un paso hacia atrás de golpe. Sus fosas nasales se dilataron y se pasó una mano por el rostro, con una expresión de rechazo absoluto, apartándose del lado de Elena como si tenerla cerca le quemara. El olor a ozono, desinfectante y lluvia que emanaba de la ropa de ella parecía provocarle un cortocircuito físico, una repulsión instintiva mezclada con una atracción tan posesiva que le

  • Las promesas rotas del capo   Capítulo 16: De vuelta al aula

    El regreso a las aulas de la facultad de medicina pública no trajo la paz que Elena tanto necesitaba. Habían pasado dos semanas desde la cirugía de su madre. Dos semanas en las que el doctor Arthur Vance había cumplido su palabra de manera milimétrica: su madre descansaba en una habitación privada de la clínica VIP, con las constantes vitales estables y un pronóstico de recuperación favorable. A cambio, Elena se había convertido en un espectro. Cumplía con sus clases reglamentarias de tercer año de diez de la mañana a cuatro de la tarde, y el resto de la noche lo pasaba encerrada en los laboratorios subterráneos del hospital de la mafia, analizando muestras bajo la estricta vigilancia de los hombres de la matriarca.No tenía licencia médica, no era más que una estudiante con un pulso privilegiado, y esa falta de estatus legal era la correa con la que la suegra la mantenía atada al cuello.Aquella tarde de martes, el aula magna de patología neurológica estaba sumida en un murmullo dens

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    El zumbido del aire filtrado en el quirófano VIP número tres era lo único que rompía el silencio de las seis de la mañana. Las luces de xenón, blancas y deslumbrantes, caían con precisión milimétrica sobre la mesa de operaciones. En el centro, oculta bajo sábanas quirúrgicas de color azul estéril que solo dejaban al descubierto el área rapada y marcada de su cuero cabelludo, yacía la madre de Elena. El ambiente estaba impregnado de un olor penetrante a ozono, alcohol isopropílico y yodo, una mezcla química que a Elena se le instalaba en la garganta con la familiaridad de una condena.Elena permanecía estática a un lado de la camilla, con los brazos flexionados sobre el pecho y las manos enguantadas alzadas, tal como dictaba el protocolo de esterilidad de la clínica. Su rostro estaba semicubierto por la mascarilla quirúrgica, pero sus ojos azules, fijos en el monitor de constantes vitales, delataban la tormenta interna que arrastraba desde la madrugada. No había dormido un solo segundo

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