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Penulis: Lizzy Fash
last update Tanggal publikasi: 2026-04-24 11:23:49

ALIAN

Había pasado un año.

Un año entero, increíble y desgarrador había transcurrido desde que dejé el imperio de Dominic, su mansión vacía y el dolor constante de sentirme invisible al lado de un hombre que era indiferente a mi existencia.

Ahora trabajaba con Michael Hamilton —el abogado misterioso supuestamente “asexual” que había sorprendido al país al tomar el control de Hamilton & Co. y dirigirla con una brillantez helada y una precisión quirúrgica.

¿Y yo? Era su contadora principal.

Bueno… en cierto sentido.

Emocionalmente, era la mujer que todavía a veces olvidaba respirar cada vez que él pronunciaba mi nombre como si fuera algo sagrado que no debería tocar.

Esa noche era la gala anual de la empresa. La única ocasión en la que todos fingían divertirse mientras secretamente competían por quién llevaba el atuendo más caro y quién lucía la acompañante más impresionante.

Jenna, mi cuñada —y ahora mi autoproclamada hada madrina de la venganza y la renovación personal— me había arrastrado al salón de baile de Hamilton Hall con un vestido azul marino sin espalda que, según ella, “haría que Michael Hamilton recordara su masculinidad”.

Tenía razón. El hombre apenas parpadeó cuando me vio al inicio de la noche y luego me preguntó cortésmente si había cenado. Pero el brillo en sus ojos contaba otra historia.

—¿Puedes recordarme por qué estoy usando un vestido que apenas cubre mi espalda? —murmuré mientras Jenna y yo estábamos junto a la barandilla de cristal que daba al skyline de la ciudad, disfrutando de una copa de champán.

—Porque —respondió con una sonrisa pícara— eres una diosa que olvidó que tenía truenos en el alma. Esta noche, tu estúpido ex se va a ahogar en arrepentimiento, y con suerte tú eliges a alguien, te acuestas y por fin te divorcias.

Suspiré.  

—Dijiste que no hablaríamos de él.

Levantó su copa.  

—Tú dijiste eso. Yo nunca estuve de acuerdo.

Reí a mi pesar. Jenna tenía ese efecto en la gente: el raro talento de convertir las heridas en chistes internos.

Tomé otro sorbo, intentando calmar los nervios. Michael estaba al otro lado del salón, rodeado de miembros de la junta y políticos. El esmoquin se le ajustaba como una segunda piel, lo suficientemente afilado como para cortar el aire. Se veía sereno y controlado, pero de vez en cuando su mirada se desviaba hacia mí. Miradas fugaces, intensas, que ardían como revelaciones.

Y entonces, tal como Jenna había predicho —porque el universo adora el drama—, Dominic apareció.

Del brazo de una modelo que parecía cobrar por su sonrisa.

Esta vez no me congelé. No titubeé. Solo lo miré un segundo y luego aparté la vista.

—Así se hace, reina —murmuró Jenna.

—No soy una reina —susurré.

—Eres su esposa separada. Que esté aquí con otra mujer es una falta de respeto total, así que divórciate ya. Y sí eres una reina, boo, nunca lo olvides. No puedo creer que esté emparentada con ese imbécil.

Sonreí al escuchar la voz conocida detrás de mí.

—Aliana.

La forma en que pronunciaba mi nombre todavía me irritaba, no por cariño, sino por su descaro. Dominic siempre hablaba como si todo lo que tocaba el sol le perteneciera, incluyéndome a mí.

Me giré con una sonrisa calmada.  

—Dominic.

—Te ves… diferente —dijo, recorriéndome con la mirada de una forma que antes me emocionaba y ahora solo me provocaba ganas de desinfectante—. Trabajar con Hamilton te sienta bien.

Incliné la cabeza.  

—¿Quieres decir que trabajar para alguien que realmente valora mis talentos?

Su mandíbula se tensó.  

—Por favor, no empieces, Aliana. Tú decidiste irte. Pero sigues siendo mi esposa.

Jenna casi escupe su bebida a mi lado.  

—¿Qué demonios?

Ni siquiera la miré.  

—Perdiste ese derecho el día que llevaste a tu secretaria como acompañante a nuestra cena de aniversario.

—Era negocios.

—Claro. Mi terapia también era un gasto, y aun así te quejaste de ella durante años.

Se acercó más y bajó la voz.  

—¿De verdad crees que Hamilton se interesará en una mujer con tantos problemas como tú?

Sonreí con suavidad.  

—¿Te refieres a una mujer que no murió esperando que la amaras? Sí, creo que correré el riesgo.

Parpadeó, desconcertado.

Y en ese momento, señoras y señores, supe que por fin era verdaderamente libre.

A mitad del evento empezó a llover. Los truenos sonaban como aplausos a mi nueva fuerza. El techo de cristal del salón hacía parecer que las estrellas caían.

Cuando terminaron los discursos, la gente comenzó a marcharse. Jenna entrelazó su brazo con el mío.  

—Te juro que Michael estuvo a punto de golpear a tu marido esta noche.

—Ya no es tu hermano —dije, colocándome el chal sobre los hombros.

—Lo es. Pero sigue siendo un idiota. Y hablando de idiotas —susurró con ojos brillantes—, ¿sabes que Hamilton te mira como si fueras un postre prohibido?

Cerré los ojos un segundo.  

—No es verdad.

Sonrió con picardía.  

—Claro que sí. Me lo contó alguien que trabaja dos oficinas más allá. Dice que ha notado cómo se comporta cuando estás en tu hora de almuerzo. Parece un robot que de pronto recordó lo que se siente al respirar. Palabras de ella, no mías.

Suspiré dramáticamente, sonrojándome.  

—Jenna, basta. Michael no sale con nadie. Él es—

—Una persona —me interrumpió—. Y cariño, la forma en que te miró esta noche… definitivamente no es asexual.

—¡Jenna!

Se rio.  

—Solo digo, Aliana, no subestimes tu poder. Has brillado tanto que el universo subió la apuesta con los hombres que te ofrece. Vive un poco. Solo tienes treinta y dos años y él treinta y cuatro. Si alguna vez se acerca… no lo rechaces.

Antes de que pudiera responder, un trueno fuerte sacudió el edificio.

—Bien, quizá deberíamos esperar a que pase la tormenta antes de salir —dijo Jenna mirando las puertas de cristal.

En ese preciso momento, Michael se acercó. Su voz era firme en medio del caos.  

—Aliana.

Me moví, intentando parecer tranquila.  

—Señor Hamilton.

Levantó ligeramente una ceja —me había pedido varias veces que lo llamara Michael, pero siempre sonaba demasiado… íntimo, así que nunca lo hacía.

—Está lloviendo muy fuerte —dijo sin rodeos—. Déjame llevarte a casa.

—Ah, no es necesario. Jenna podría—

Jenna levantó las manos.  

—Ni hablar. Mi coche está bloqueado por cuatro sedanes de lujo. Ve con él.

—Jenna…

Sonrió ampliamente.  

—Por favor. Dame esta pequeña emoción vicaria antes de que muera sola.

Exhalé derrotada.  

—Está bien.

La lluvia era implacable afuera: cortinas plateadas en el parabrisas, relámpagos cortando el cielo de vez en cuando.

Michael conducía en silencio, una mano en el volante y la otra sosteniendo su barbilla. Intenté concentrarme en las luces de la ciudad, pero me descubrí robándole miradas: la línea definida de su mandíbula, la ligera barba, la forma en que sus pestañas rozaban sus mejillas cada vez que parpadeaba.

—Bien —dije finalmente, rompiendo el silencio incómodo—, no tenías que traerme. Podría haber tomado un taxi.

Me miró un segundo.  

—Quise hacerlo.

—Ah.

De nuevo, silencio.

Luego carraspeó.  

—Manejaste muy bien a Dominic esta noche.

Solté una risa suave.  

—Gracias. Me he acostumbrado a ignorarlo.

Sonrió ligeramente.  

—Me alegra. Pensé que ibas a dejar que te pisoteara.

Lo miré y luego aclaré mi garganta.  

—Fui una tonta al amarlo, pero ese capítulo ya está cerrado.

Asintió una sola vez.  

—Soportaste heartbreak y humillación, pero sigues manteniendo la elegancia. Eso es admirable.

Me quedé sin palabras. Sus cumplidos no eran ligeros; tenían peso y propósito.

La lluvia se intensificó, golpeando con fuerza el techo del coche.

Frunció ligeramente el ceño.  

—Hay inundaciones en las calles. Mi casa está a cinco minutos, la tuya a veinte con este clima. Te vas a enfermar. ¿Podemos ir a mi penthouse en lugar de eso?

Cerré los ojos un instante.  

—¿A tu casa?

Ofreció una sonrisa pequeña, casi juvenil.  

—Te prometo que no tengo malas intenciones.

No pude evitar reírme.  

—Eso es lo que todos los caballeros encantadores dicen antes de que salga el documental en N*****x.

Él soltó una risa genuina y algo se removió en mi pecho.

—Está bien —respondí al fin—. Tú mandas.

Su penthouse era exactamente como lo imaginaba: elegante, minimalista y extremadamente ordenado. Un lugar que olía a cedro y poder.

—Ponte cómoda —dijo quitándose el saco—. Hay vino o té, lo que prefieras.

—Té —respondí, quitándome los tacones—. El vino me hace decir cosas que no puedo retractar.

Sonrió.  

—Entonces será té.

Me senté en el sofá, observándolo moverse: sereno, deliberado, completamente ajeno a lo cautivador que era.

—¿Por qué tengo la sensación de que no sueles traer gente aquí? —pregunté.

No se giró.  

—No me gusta tener gente en mi espacio personal.

—Entonces sí.

—Por supuesto —dijo colocando dos tazas sobre la mesa.

Durante un rato bebimos en silencio mientras la lluvia golpeaba suavemente las ventanas. Se sentía extrañamente íntimo, como algo que no debería ser real, pero lo era.

—Entonces —dije al cabo de un rato, en tono juguetón—, Jenna cree que te gusto.

Se detuvo un segundo, con la taza suspendida en el aire.  

—¿Eso cree?

—No te preocupes, le dije que estaba equivocada.

Sonrió sutilmente.  

—¿De verdad crees que lo está?

Mi respiración se detuvo.  

—¿Y tú?

Su mirada se levantó hasta encontrar la mía: calmada pero intensa, como la quietud antes de una tormenta.  

—Creo que eres la primera persona en mucho tiempo que me hace olvidar que se supone que debo ser intocable.

La habitación se quedó en silencio, solo se escuchaba la tormenta afuera.

—Mike…

Apartó la mirada y soltó un largo suspiro.  

—No te preocupes. No voy a actuar en consecuencia. No soy ese tipo de hombre.

—Tal vez sí lo seas —murmuré antes de poder contenerme.

Sus ojos regresaron a los míos: sorprendidos, inquisitivos.

Por un instante creí que me besaría.

En lugar de eso, solo sonrió: una sonrisa pequeña y melancólica.

—Bebe tu té, Aliana —dijo suavemente—. Te llevaré a casa en cuanto pare la lluvia.

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