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Capítulo 4

Author: Bagel
Clara se burló al fondo de la llamada, con un tono juguetón.

—La consientes demasiado —le reprochó a Roman entre risas—. Siempre es lo mismo. Le sale mal una cosita y ya quiere que el mundo entero gire a su alrededor.

Sonreí con amargura al escucharla. Así que dejarme abandonada en una carretera peligrosa del desierto era una tontería que ni siquiera valía la pena mencionar. El atardecer que tanto querían ver importaba más que yo, sola en medio de la nada.

Bajé la mirada hacia la botella de agua mineral con gas que tenía en la mano. El frío me había entumecido la palma, pero no se comparaba con lo fría que me sentía por dentro.

—Está bien —respondí con calma, sin levantar la vista de la botella.

—Mándame tu ubicación en tiempo real cuando consigas transporte —me pidió Roman con un tono más relajado—. Quédate donde estás y no te vayas a otro lado. Y no llores. Eso solo arruina el ambiente cuando salimos a divertirnos.

Colgué sin responderle. El viento sopló a lo largo de la carretera y empecé a llorar. Esta vez no me agaché a llorar a gritos, como había hecho durante tantas discusiones. Las lágrimas se deslizaron por mis mejillas, una tras otra, hasta caer sobre la tapa de la botella sin hacer ruido.

Recordé lo que mi mamá me había dicho antes de que saliera de viaje.

—¿De verdad tienes que irte con esa familia tan peligrosa a un lugar tan apartado? —me había preguntado con preocupación—. Cada vez que sales con él, vuelves agotada.

—Es nuestro viaje para celebrar la graduación —le había asegurado, empeñada en defender a Roman—. Te prometo que será la última vez que haga una locura con él.

Aquella vez sí fue la última.

Abrí la aplicación de reservas y compré un boleto de autobús a un pequeño pueblo costero del sur. Allí estaban las calles antiguas por las que siempre había querido pasear, la costa preciosa que tanto deseaba conocer y aquel local de sopa de almejas que llevaba tiempo queriendo probar.

También había un pequeño estudio de fotografía al que había enviado mi currículum en secreto. La dueña me había mandado una invitación formal para una entrevista la semana anterior, pero no me había atrevido a responder. Roman ya me había dicho lo que quería que hiciera:

—No me quedaría tranquilo si te fueras tan lejos tú sola —me había advertido, como si necesitara su permiso para irme—. Ven conmigo a la propiedad de mi familia. Voy a pedir que te consigan un trabajo tranquilo.

No me había negado en aquel momento, aunque no quería ir. Llevaba tanto tiempo acostumbrada a que él decidiera por mí que había dejado de elegir mi propio camino. Pero allí, en la gasolinera, me dieron ganas de romper esa jaula con mis propias manos.

Pasé a la aplicación donde organizaba el itinerario y cancelé todas las reservas de los campamentos exclusivos y las suites de lujo que nos esperaban en la ruta del cañón. Las había pagado de mi bolsillo. Hacer todas esas reservas había sido un fastidio. Me había ocupado sola de cada una y los depósitos, que eran carísimos, habían salido de mi cuenta.

No tenía por qué seguir organizándole un viaje a un hombre que me había abandonado al costado de la carretera. Ni siquiera iba a formar parte de ese viaje.

Luego abrí la aplicación de mensajes, quité a Roman de mis contactos favoritos y bloqueé el número de Clara. Por último, le escribí a mi mamá:

«Mamá, ya no voy a ir al Gran Cañón. Quiero ir a ver el mar».

Me respondió casi al instante:

«Ve, mi niña. Esta vez no te preocupes por nadie más. Solo cuídate mucho».

Volví a llorar al leer sus palabras. Ella no me pedía que me adaptara a los planes de nadie. Solo quería que estuviera bien.

Ya había anochecido en el desierto. Con la mochila al hombro, caminé por la carretera hacia la parada de autobús en mal estado que quedaba cerca. Detrás de mí, los faros de los autos formaban una larga fila de luces. Me recordaron todos esos años en los que había seguido a Roman sin pensar adónde me llevaba, por un camino que no tenía salida.

Esta vez ya no iba a correr detrás de él.

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