Roman se empeñó en quedarse en aquel pueblo costero durante cinco días enteros. El heredero que se creía por encima de todos aparecía cada día, a la misma hora, en la esquina de mi calle.A veces mandaba a sus guardaespaldas con agua con gas importada, de la más cara. Otras veces me llevaba él mismo comida italiana de un restaurante de lujo. Hasta mandaba traer en avión unos postres franceses que yo solo había mencionado una vez, de pasada, mientras estábamos en la cama.Si hubiera hecho todo aquello seis meses atrás, me habría emocionado tanto que no habría podido dormir. Ahora, en cambio, ese cariño que llegaba tan tarde me parecía absurdo.Al quinto día, Clara no aguantó más y vino a buscarme. Esta vez llegó sola. Se quedó al principio de la cuadra. Tenía las facciones delicadas de siempre, pero la cara se le veía más demacrada de lo habitual.—Blair, supongo que ganaste —me dijo sin dejar de mirarme. La miré, confundida. Durante unos segundos no entendí por qué hablaba de ganar
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