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Capítulo 3

Author: Bagel
En ese momento me acordé de otras cosas que había vivido con Roman. Durante mi segundo año de universidad, por ejemplo, ayudé con la inauguración de la galería. Por él había recorrido todas las tiendas de marcos de la ciudad y me había desvelado durante tres días seguidos. Hasta me había quedado ronca.

Pero la noche de la inauguración, Clara fue quien se paró frente a las fotografías colgadas en la pared para explicarle al curador el significado de cada una. Lo hizo con una soltura y un encanto que le valieron sus elogios. El curador dijo que Roman y Clara habían nacido para trabajar juntos.

—Nos entendemos de maravilla —comentó Roman con una sonrisa mientras levantaba su copa de champaña.

Yo me quedé en un rincón, con una pila de marcos vacíos que acababan de descolgar. Desde el principio hasta el final de la velada, Roman no me miró ni una sola vez.

También recordé el verano de mi tercer año de universidad, cuando Roman se empeñó en buscar emociones fuertes en el territorio de un cártel. Sabía lo caótico que era el mundo criminal y me daba miedo que terminara en medio de un fuego cruzado. Pasé los quince días previos investigando rutas y preparándole botiquines. Hasta intenté encontrar proveedores confiables para comprar chalecos antibalas de Kevlar.

Pero el día de la salida, Roman me dijo, con un cigarrillo entre los labios, que la camioneta estaba llena. Me pidió que me portara bien y me quedara en la zona segura.

Arrastré mi maleta hasta las rejas de hierro de la propiedad de su familia y pasé toda la tarde plantada allí, con la maleta a mi lado. Esa noche vi una publicación de Clara:

«El hombre más salvaje necesita una mujer sin miedo, dispuesta a jugarse la vida a su lado».

En la foto, ella ocupaba el asiento del copiloto y Roman tenía una mano sobre el volante. La luz del atardecer resaltaba sus facciones marcadas. Se veía guapísimo, pero nunca lo había sentido tan ajeno.

Otra vez, durante una cena privada de celebración de su familia, un capo de uno de los grupos de la organización bromeó con él:

—¿Por qué no vino tu noviecita? —preguntó con una sonrisa burlona.

—Es demasiado delicada y no aguantaría estar aquí —respondió Roman con la copa de vino en la mano, sin darle importancia—. Aunque viniera, no sabría ni qué decir.

Lo dijo como si nada, con la misma calma de siempre. Yo estaba afuera del salón privado, con el remedio para la resaca que le había preparado entre las manos. Al final, no abrí la puerta. Le mandé un mensaje para decirle que no me sentía bien y me acosté temprano. Ni siquiera respondió para preguntar cómo estaba.

Por separado, aquellos momentos parecían detalles sin importancia, cosas de todos los días. Pero se habían ido acumulando hasta convertirse en un peso sobre mi pecho. No sentía dolor, pero aquella presión me iba dejando sin aire.

La camioneta se detuvo por fin en una gasolinera vieja y descuidada junto a la carretera del desierto. Aguanté las náuseas, me colgué la mochila al hombro y abrí la puerta. Al poner los pies en el suelo, las piernas casi no me sostuvieron y tuve que agarrarme para no caer.

El heavy metal seguía sonando a un volumen ensordecedor. Roman acercaba la cabeza a la de Clara para mirar las fotos espontáneas que habían tomado con la cámara y no paraba de reírse.

—Voy a la tienda a comprar pastillas para el mareo. No tardo —avisé con la poca fuerza que me quedaba, todavía agarrada de la puerta.

Roman no apartó los ojos de la pantalla ni volteó hacia mí. Era evidente que no me había escuchado. Clara sí me miró por el retrovisor desde el asiento del copiloto, pero no dijo una palabra.

La gasolinera estaba llena de viajeros de todo tipo y la tienda de conveniencia quedaba al fondo. Tuve que esperar en una fila larguísima para comprar las pastillas. También saqué del refrigerador una botella de agua mineral con gas. Cuando terminé de pagar y salí, el cielo sobre el desierto ya empezaba a oscurecer.

Con la caja de pastillas y la bebida fría entre las manos, apuré el paso hasta donde habíamos estacionado. El espacio que había ocupado la camioneta negra estaba vacío.

Me quedé quieta. Al principio pensé que el mareo me había confundido y que estaba buscando en el lugar equivocado. Avancé entre las camionetas de carga y las casas rodantes, miré de un lado a otro y volví a buscar. No había rastro de la nuestra.

Estaba sola en aquella gasolinera deteriorada, rodeada de hombres desconocidos de aspecto rudo. El olor a gasolina me llenaba la nariz.

Entonces sonó mi teléfono y escuché la voz de Roman.

—Blair, ¿adónde te fuiste? —preguntó al otro lado de la línea.

Se me cerró la garganta. Tuve que hacer un esfuerzo para responder.

—Estoy en la gasolinera —le expliqué con la voz ronca—. Había demasiada gente en la tienda y apenas acabo de salir.

—¿Por qué no subiste a la camioneta o me buscaste? —me reclamó después de un suspiro—. Acabo de voltear y vi que el asiento trasero estaba vacío. Me asustaste muchísimo. Blair, ya te graduaste de la universidad. ¿Cómo es posible que todavía te pierdas?

Me quedé unos segundos sin entender lo que acababa de escuchar.

—Me bajé a comprar medicina —le recordé mientras miraba el estacionamiento vacío—. ¿No se dieron cuenta?

—Pensé que se había quedado dormida atrás —intervino Clara con tono burlón antes de dirigirse a él—. Roman, ya recorrimos decenas de kilómetros. Si regresamos ahora, nos vamos a perder ese atardecer perfecto en el cañón.

—Blair, deja de hacer un drama —me reprendió Roman en voz más baja—. Estamos en medio de la nada. Si damos la vuelta en la próxima salida para regresar, vamos a perder por lo menos dos horas. Es un lío hacer todo eso. Pídele a alguien en la carretera que te lleve o págale para que te acerque. Ven a buscarnos a la siguiente salida hacia el cañón.

Seguía allí, sola, rodeada de hombres corpulentos que no conocía, con aquel olor a gasolina que no se iba. Un camión de carga pasó junto a mí con un estruendo y levantó una nube de polvo que me hizo arder los ojos. Apreté el teléfono contra la oreja para oírlo a pesar del ruido.

—Roman, ¿de verdad no vas a volver por mí? —pregunté sin apartar la vista de la carretera.

Hubo unos segundos de silencio. Cuando respondió, sonaba impaciente.

—¿Tienes que armar un escándalo por esto? —reclamó con fastidio—. No te dejamos ahí a propósito. Ya eres adulta. ¿No puedes buscar por tu cuenta a alguien que te lleve?

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