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Una comida que no decide

Author: Vicenta Soler
last update publish date: 2026-10-08 23:39:47

Diego cerró el portátil cuando Ernesto puso el segundo plato sobre la mesa. Faltaba poco para la una. La caja de herramientas estaba junto a la salida, donde la había dejado antes de sentarse a corregir un plano, y su padre tuvo que pasar al lado para traer los cubiertos.

—Guarda eso. La comida está casi lista.

Diego miró el reloj y apoyó las manos sobre la tapa del portátil.

—Voy a La Sirena a la una y media. Anoche te lo dije.

Ernesto dejó los cubiertos junto a los dos platos.

—Te oí. Por eso
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    Diego sostuvo un extremo de la mesa mientras Valentina comprobaba el sitio que habían elegido. Ella se apartó del recorrido hacia la cocina y le indicó que la acercaran un poco más a la pared.—Ahí. Si ponemos las fuentes de este lado, no estorban el servicio.Apoyaron la mesa. Diego esperó a que Valentina soltara el borde antes de retirarse. Habían acordado dejar preparados los préstamos aquel martes, para que al día siguiente solo hiciera falta entregarlos.Thomas llegó con dos bandejas. Las colocó sobre un paño y volvió por una caja de vasos. Diego acomodó las piezas más pesadas en el extremo que le había señalado Valentina; después ella regresó a la cocina.No habían vuelto a hablar del abrazo. Lo recordaba al ponerse la camisa por la mañana, al notar la tela sobre el lugar donde ella había apoyado la mejilla. Desde el domingo tenía ganas de preguntarle qué había sentido después. La había visto ocupada y se había guardado la pregunta, sin decidir aún si estaba respetando su tiempo

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    Valentina encontró una cuchara que no era suya dentro de una fuente prestada. La sacó, miró la pequeña flor grabada en el mango y se la mostró a Thomas.—¿De quién es?Su hermano levantó los hombros.—La fuente sí sé de quién es.—Magnífico. Podemos devolverla llena de preguntas.Thomas sonrió y fue a buscar el resto de los utensilios que quedaban por entregar. Era lunes y habían empezado a reunirlos antes del servicio, aprovechando la mesa libre junto a la entrada. Algunas cosas habían vuelto ya a sus dueños; las que seguían allí parecían haberse mezclado con las propias durante años.Valentina apartó la cuchara para preguntar por ella. Le gustaba recuperar espacio, pero devolver los préstamos significaba también recibir a gente que había visto a Diego entrar y salir durante las últimas semanas. No sabía qué daban por hecho. Había aprendido a continuar sirviendo mientras alguien bajaba la voz o le tocaba el brazo con una delicadeza que ella no había pedido.Puso una fuente sobre otra

  • Lo Que el Mar No Se Llevó   Un abrazo pedido

    Valentina esperó a que Thomas se sentara antes de cerrar la puerta de la vivienda. Había terminado el servicio, pero aún llegaba olor a sopa desde el restaurante. Marcela dejó tres vasos sobre la mesa y tomó la silla más cercana a la cocina.—Ernesto le pagó a Mauricio —dijo Valentina—. Para que fingiera aquella llamada. Lo ha reconocido esta mañana.Thomas dejó el vaso sin beber.—¿Se lo dijo a Diego?—Sí. Y Diego me lo contó a las once.Les explicó lo necesario. Mauricio no hablaba con nadie; Ernesto había acordado lo que debía decir y llevado a su hijo hasta el pasillo. Valentina no añadió las frases de la llamada. Su hermano ya conocía la acusación y ella no quería volver a oírla en su propia voz.Marcela se quedó mirando sus manos.—Era eso lo que llevaba el sobre.—Sí.La mujer alzó la vista.—No vi lo que había dentro.—Lo sé, Marcela.Valentina acercó su vaso. No tenía sed, pero necesitaba sostener algo mientras Thomas se levantaba y volvía a sentarse sin haber llegado a ningu

  • Lo Que el Mar No Se Llevó   La verdad entera

    Diego dejó la bolsa junto a la escalera. Dentro llevaba las correcciones que pensaba enviar por la tarde; en la mesa solo quedaban las dos tazas del desayuno.—Voy a seguir preguntando por el alquiler —dijo.Ernesto retiró una miga con la yema del dedo.—Ayer terminaste los arreglos. Podrías descansar un domingo.—No voy a salir ahora. A las once he quedado con Valentina.Su padre levantó la vista. Diego no añadió una explicación sobre la visita ni recogió la bolsa para aparentar que tenía prisa. Necesitaba que aquella conversación ocurriera antes de ir a verla.—Lo de buscar casa sigue adelante.—Ya te he oído.Ernesto se levantó con su taza y la llevó a la cocina. Diego permaneció sentado. Oyó el agua correr unos segundos; cuando su padre volvió, traía un paño que dejó junto al frutero sin usarlo.—Aunque encuentres dónde meterte, vas a seguir siendo mi hijo.—Sí.—Entonces no sé por qué hablas como si tuvieras que quitarte de encima todo lo que he hecho por ti.Diego apoyó los pies

  • Lo Que el Mar No Se Llevó   El trabajo que sí termina

    Valentina había empezado a desatarse el delantal cuando Diego apareció en la entrada. Terminó de soltar el nudo antes de saludarlo. Thomas recogía las últimas mesas y Marcela guardaba en la cocina lo que serviría al día siguiente; no había una tarea esperando a Diego.La víspera habían revisado el sector pendiente sin empezar a repararlo. La hoja seguía junto al inventario. Valentina la había leído otra vez por la mañana, pero ahora no fue a buscarla.—¿Has terminado? —preguntó él.—Por hoy, sí.Diego miró hacia la calle.—Iba a caminar un rato. ¿Te apetece?Valentina sostuvo el delantal entre las manos. Podía ver desde allí dos vasos sobre una mesa, la escoba apoyada junto al mostrador y el sitio donde faltaba devolver una silla. Thomas tomó los vasos antes de que ella se acercara.—Deja el delantal en casa —le dijo—. No creo que te lo pidan para salir.Ella lo miró.—A ti te lo he tenido que pedir para trabajar.Su hermano sonrió y siguió recogiendo. Valentina fue a la vivienda, dej

  • Lo Que el Mar No Se Llevó   La agenda sale de la mesa

    Ernesto tenía el dedo sobre una anotación cuando Diego llegó a recoger sus papeles.—Aquí has puesto que sales a las cinco.—A esa hora tengo que estar en La Sirena.Su padre acercó la hoja para leer el resto. Diego reconoció el horario escrito el día anterior, entre dos correcciones de un plano. Había dejado todo allí antes de cenar, por la facilidad de encontrarlo preparado a la mañana siguiente.—Entonces podemos ocuparnos del techo después de comer.Diego sacó una carpeta de la bolsa y empezó a guardar las hojas. Separó las que correspondían a la casa y las dejó junto al frutero.La noche anterior había anunciado que buscaría un alquiler en el pueblo. Ernesto había respondido que primero acabaran con lo que tenían entre manos. Después había preguntado si quería más pan. Diego no había retirado el anuncio, pero tampoco había conseguido que su padre lo tratara como algo que iba a ocurrir.—Esta mañana voy a preguntar por la vivienda que te dije. Y necesito enviar unas correcciones.

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