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Loba Renacida para Enterrar el Pasado
Loba Renacida para Enterrar el Pasado
Penulis: Hyacinth

Capítulo 1

Penulis: Hyacinth
Enfermería de la manada Blackwood.

El dolor punzante en el brazo me sacó del recuerdo de mi muerte. El sanador terminó de ponerme la última capa de venda en la herida y me recordó:

—No la mojes estos días. La hoja estaba impregnada de plata, así que tu loba va a sanar más despacio de lo normal.

Adrian estaba sentado en la silla junto al escritorio del sanador y se rio con desprecio.

—Es solo un corte, Serena. ¿Desde cuándo eres tan delicada?

No dije nada. Los demás sanadores se miraron incómodos. Todos habían presenciado el ataque.

El errante había salido de la reclusión del Consejo dos años antes. Era enorme, tenía el rostro lleno de cicatrices y la complexión robusta de un lobo acostumbrado a la violencia. La hoja de su arma medía casi treinta centímetros. Me desgarró la carne del brazo y me dejó una herida que necesitó más de veinte puntos.

Y su blanco original era el corazón de Adrian.

Mi silencio lo enojó. Sus ojos oscuros se ensombrecieron y la opresión de su aura de Alfa cayó pesadamente sobre la enfermería.

—No hagas tanto drama, Serena. Ya te dije que, como me salvaste la vida, puedes pedirme lo que quieras. ¿Qué más esperas? ¿Por qué te quedas ahí sentada mirándome como si te hubiera hecho algo malo?

Miré al hombre que había crecido a mi lado. No sabía en qué momento Adrian había dejado de hablarme como a la mujer que amaba y había empezado a tratarme con la arrogancia que un Alfa reservaba para un subordinado desobediente. Ahora toda su ternura era para Ivy. La huérfana que había rescatado durante la gran inundación, hacía ocho años.

Me fijé en la liga para el cabello con un conejito rosa que él llevaba en la muñeca. Era de ella.

Echó un vistazo a la liga y por un instante se le notó el pánico, pero se obligó a disimularlo. Contuve aquel dolor tan conocido y levanté la mirada hacia él con una sonrisa.

—¿Lo que quiera?

Adrian se quedó inmóvil. Apretó la mandíbula, pero aun así asintió con la resignación de quien se prepara para hacer un sacrificio.

—Sí.

Uno de los sanadores, que había estudiado con él en la academia de Alfas, se rio enseguida.

—Entonces más vale que te rindas, Alfa. Serena va a conseguir que hagas la ceremonia de marca.

Los demás se sumaron a la broma.

—Ocho años juntos ya es suficiente. Ya es hora de que la hagas tu Luna oficialmente.

—Yo ya tengo listas mis túnicas ceremoniales. ¿En qué luna llena lo celebramos?

Las risas llenaron la enfermería. Todos estaban seguros de que le pediría que me marcara. Toda la manada Blackwood sabía cuánto lo amaba. Hacía ocho años, Adrian me había elegido en privado como su compañera. Me había prometido que, en cuanto heredara el título de Alfa, me marcaría ante la manada y me nombraría públicamente su Luna.

Pero la ceremonia se había pospuesto varias veces por Ivy. Y ahora yo había recibido la hoja destinada a su corazón. Nadie dudaba de que usaría la deuda de vida que tenía conmigo para exigir la ceremonia que tanto había deseado. Él también lo creía.

Ya se estaba preparando para aceptar. Mientras los oía bromear, abrí la boca para pedirle a Adrian que me liberara de su reclamo. Antes de que pudiera hablar, un guardia joven irrumpió en la enfermería.

—Alfa, pasa algo. ¡Ivy está amenazando con suicidarse!

Otra vez.

Si mal no recordaba, era la vez número ciento ocho que Ivy amenazaba con hacerlo. Exactamente igual que en mi vida anterior. Apenas el guardia terminó de hablar, Adrian salió corriendo.

Cuando llegamos a la azotea de la casa de la manada, ella ya estaba del otro lado de la barandilla. Tenía los ojos rojos e hinchados, y su rostro delicado lucía mortalmente pálido. Llevaba puesta una de las camisas blancas de Adrian; el borde apenas le cubría los muslos y dejaba sus piernas esbeltas expuestas al viento frío. Entonces recordé que Ivy había estado presente durante el ataque.

Mientras yo me arrojaba delante del arma, Adrian la había estrechado entre sus brazos y la había protegido con su cuerpo. Después, ella había salido de la suite privada de Adrian con esta misma camisa blanca, la que yo le había regalado por su cumpleaños.

—¡No te acerques más! —gritó Ivy.

Adrian se detuvo enseguida. La dureza que me había mostrado en la enfermería desapareció. Bajó la voz y le habló con preocupación.

—Ivy, vuelve a pasar la barandilla. Después te lo explicaré todo.

—Serena recibió esa cuchillada por ti y le prometiste lo que quisiera. —Las lágrimas le corrían por las mejillas—. Te ama muchísimo. Va a pedirte la ceremonia de marca y tú vas a aceptar, ¿no es cierto?

Nadie le respondió. No hacía falta. Todos los lobos en esa azotea creían lo mismo.

—Perdóname, Adrian. —Le temblaban los hombros—. Pero si la marcas, te perderé por el resto de mi vida. Prefiero morir.

Adelantó un pie hacia el vacío.

—¡Detente!

La fuerza de la orden de Alfa de Adrian se extendió por la azotea, pero su voz expresaba miedo por ella.

—Primero baja de ahí. Te explicaré lo que sea que te asuste.

Ivy lo miró fijamente entre lágrimas.

—¿No me vas a abandonar?

—No.

Respondió sin dudar.

A Adrian le importaba todo lo que tuviera que ver con Ivy. A ella le gustaba el rosa, así que la pulsera de cuarzo rosa que él había encargado en un principio para mi cumpleaños terminó siendo su premio por aprobar los exámenes finales de la academia.

Le daban miedo los truenos, así que, por tarde que fuera, bastaba un mensaje asustado de ella para que Adrian se fuera de mi lado y corriera a su habitación.

Una vez, me acompañó al funeral de mi abuelo en otro territorio. Esa noche, una tormenta violenta cerró el paso de montaña. Cuando Ivy lo llamó llorando y Adrian se dio cuenta de que no podía regresar con ella, arremetió contra mí, furioso.

—¿Tenía que morirse hoy?

Me lo quedé mirando, sin poder creer que el hombre que amaba fuera capaz de decir algo tan cruel.

Cuando Adrian me confesó por primera vez lo que sentía, me prometió que yo siempre sería la persona a la que elegiría por encima de todos los demás. Pero cuando él, a sus veintiséis años, conoció a Ivy, de dieciocho, toda esa devoción incondicional pasó a ser de ella.

Recordaba cada lágrima que ella derramaba. Contestaba cada vez que ella lo llamaba asustada. Trataba cualquier dolor de ella como una emergencia, mientras que mis heridas más profundas solo demostraban que yo hacía drama.

En mi vida anterior, los celos me habían cegado. Había usado la deuda de vida que tenía conmigo para obligarlo a hacer la ceremonia de marca, convencida de que, una vez nombrada su Luna, podría recuperarlo. En cambio, esa decisión me destruyó.

Esta vez, ya no sentía celos. Ya no esperaba que Adrian recordara que alguna vez me había amado. Mientras lo veía consolar a Ivy y la sangre de la herida que había recibido por él traspasaba las vendas, solo me quedaba un pensamiento:

Ya no lo quería.

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