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Capitulo 2

Autor: Berenice
last update Fecha de publicación: 2026-10-01 13:21:44

Esa madrugada, Tania despertó con un dolor punzante que le recorría todo el cuerpo. Tardó unos segundos en recuperar del todo la consciencia. El cielo tras la cortina aún estaba oscuro. La luz de la habitación era tenue, proyectando sombras alargadas en la pared.

Giró la vista hacia un lado: vacío. No había nadie.

Las sábanas revueltas eran la única prueba de que la noche anterior no había sido un sueño. Pero no había rastro del hombre.

El corazón de Tania latió más rápido.

—¿Ya se habrá ido?

La pregunta aún no tenía respuesta cuando el sonido de agua corriendo llegó desde el baño.

Tania se quedó helada. «El hombre sigue adentro.»

Su consciencia volvió por completo. Se levantó de la cama a toda prisa, pero el dolor insoportable casi la hizo caer de nuevo. Las rodillas le flaquearon; su cuerpo se sentía ajeno.

Contuvo la respiración, aguantó el dolor y se obligó a ponerse de pie.

—Tengo que irme... —susurró.

Sus ojos buscaron su ropa. El vestido fino que había llevado la noche anterior estaba tirado en el suelo, roto en varias partes. Imposible usarlo para salir del hotel sin llamar la atención.

Sin otra opción, Tania tomó la camisa del hombre, que colgaba del respaldo de una silla. Se la puso con manos temblorosas. La camisa blanca le quedaba enorme, cubriéndola hasta la mitad del muslo. Al menos era suficiente para sacarla de esa habitación.

El agua seguía corriendo; no tenía mucho tiempo. Tania caminó hacia la puerta, pero su paso se detuvo. Se dio cuenta de algo más doloroso que su propio cuerpo.

No tenía dinero. Ni un centavo. No podría ir lejos sin dinero; ni siquiera tenía para un taxi. Conteniendo la respiración, Tania volvió la mirada hacia la habitación. Sus ojos recorrieron la mesita junto al sofá. Ahí descansaba una billetera negra.

Caminó rápido hasta ella; la mano le titubeó un instante antes de abrirla. Dentro había tarjetas sin nombre y unos cuantos billetes de dólar.

Los contó con rapidez: solo había dos. Tania resopló, exasperada en medio del pánico.

—Vive en una suite de hotel como esta y solo guarda dos

billetes... —murmuró.

Exasperada, pero los tomó de todos modos para el transporte. No se atrevió a tomar ninguna tarjeta. No quería dejar más rastro del que ya existía.

El sonido del agua en el baño de pronto se atenuó. Sin mirar atrás, Tania abrió la puerta con cuidado. El pasillo del hotel estaba en silencio en el frío de la madrugada berlinesa. Con pasos entorpecidos por el dolor y el pecho lleno de una mezcla de miedo y determinación, Tania se marchó.

No dijo nada. No dejó ningún mensaje. Solo se llevó dos billetes, heridas invisibles y la decisión de desaparecer lo más lejos posible de esa noche.

Las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja.

En cuanto Tania entró al vestíbulo del hotel, el aire cálido la recibió, en contraste total con el frío que sentía en el pecho.

Varios pares de ojos se volvieron hacia ella.

Su apariencia era inusual. Una camisa blanca demasiado grande, un andar ligeramente torpe: era evidente que llamaba la atención. El cabello revuelto, el rostro pálido.

Pero a Tania no le importó. No le quedaban fuerzas para sentir vergüenza. Solo quería irse. Con paso acelerado, miró a izquierda y derecha buscando la salida. La recepción. Los sofás del vestíbulo. La puerta giratoria grande que daba a la calle.

Se dirigió a la puerta sin detenerse.

El aire de la madrugada berlinesa tocó su piel al salir. Frío, cortante, pero de algún modo más reconfortante que la habitación del hotel. Varios taxis estaban estacionados frente al edificio. Sin pensarlo, Tania abrió la puerta de uno y se subió al asiento trasero.

—Wohin? —preguntó el chofer escuetamente.

Tania le dio la dirección de la casa de su tío. Con voz baja pero firme.

El auto comenzó a moverse. Las calles aún estaban oscuras, las luces de la ciudad tenues, la mayoría de las tiendas todavía cerradas. Berlín a las tres y algo de la madrugada: la ciudad aún no despertaba del todo.

Dentro del auto en movimiento, Tania miraba por la ventanilla.

Las lágrimas le cayeron sin hacer ruido. Nunca imaginó que las personas a las que consideraba familia, las que la habían criado desde la muerte de sus padres, pudieran venderla como un objeto.

El llanto se le escapó quedamente; se cubrió el rostro con ambas manos.

—¿Por qué mi vida tiene que ser así?

Pasaron varios minutos en silencio. El taxista no hizo preguntas. Solo la miró un par de veces por el retrovisor, quizá intrigado, pero optó por no entrometerse.

Tania respiró hondo, tratando de darse fuerzas. Tenía que volver a la casa de su tío.

Todas sus pertenencias estaban ahí. El pasaporte de repuesto. Los documentos. Los restos de un pequeño ahorro que había escondido. Si realmente quería irse de Alemania y volver a casa, necesitaba recogerlo todo esa misma noche.

El auto giró hacia una zona residencial más tranquila. El llanto de Tania cedió, reemplazado por una determinación que lentamente se endurecía dentro de su pecho. Quizá no podía cambiar lo que había ocurrido esa noche. Pero aún podía elegir lo que vendría después.

El taxi se detuvo frente a la casa grande de su tío.

La luz del jardín seguía encendida tenuemente, pero el ambiente se veía solitario. No había autos en la entrada. Ni sonidos, ni señales de vida.

Tania pagó con los dos billetes que había tomado de la habitación del hotel. Las manos aún le temblaban, pero esta vez no por miedo, sino por la determinación que empezaba a solidificarse.

Bajó del auto.

La reja estaba entreabierta. El guardia de seguridad la miró sorprendido.

-¿Señorita Tania? —preguntó, extrañado por su aspecto inusual. ¿Acaba de llegar?

Tania se sobresaltó levemente, luego se obligó a mantener la calma.

—¿Mi tío y mi tía ya se levantaron? —preguntó en voz baja.

El guardia negó con la cabeza.

—No han vuelto, señorita. Desde ayer por la tarde que salieron todos juntos. Aún no regresan.

Tania se quedó callada unos segundos, luego resopló.

Por supuesto: debían estar celebrando el éxito de la transacción. Derrochando el dinero que obtuvieron por venderla.

Ella, que casi lo había perdido todo, mientras ellos probablemente reían en algún restaurante caro.

—Bien —respondió Tania secamente.

Entró a la casa sin esperar más. La casa se sentía ajena a pesar de que había vivido ahí durante años. Las paredes que alguna vez consideró su refugio ahora se sentían como una jaula.

Se dirigió a su habitación y abrió la puerta con rapidez. Todas sus pertenencias seguían ahí. El armario, el escritorio. Una maleta pequeña en la esquina. Sin perder tiempo, Tania sacó la maleta y empezó a meter la ropa indispensable.

Abrió el cajón del escritorio y sacó los ahorros que había escondido durante tanto tiempo: dinero de trabajos de medio tiempo y lo que quedaba de lo que le habían dejado sus difuntos padres y que nunca había tocado.

Cuando todo estuvo listo, Tania se sentó un momento al borde de la cama. Encendió su teléfono y reservó el primer vuelo de regreso a casa. El vuelo de madrugada aún tenía disponibilidad.

Reservó sin dudarlo.

Una vez en el aeropuerto, solo tendría que imprimir el pase de abordar y partir de inmediato. Ya no quedaba espacio para pensarlo dos veces.

Minutos después, Tania sacó la maleta de su habitación.

Recorrió el pasillo de la casa por última vez.

Al pasar por la caseta de vigilancia, el guardia volvió a hablarle.

—¿Señorita Tania, adónde va tan temprano?

Tania se detuvo un instante.

—Me voy de aquí —dijo con calma.

El guardia la miró confundido.

—¿Irse? ¿Quiere decir..?

—Si mi tío y mi tía preguntan si volví —continuó Tania, mirando al frente—, por favor no les diga nada.

El guardia se quedó en silencio; solo asintió levemente.

Tania no volvió la vista atrás.

Cruzó la reja de la casa que durante tanto tiempo había

llamado su hogar.

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