INICIAR SESIÓNMientras tanto, en la habitación del hotel. Las últimas gotas de agua de la ducha cayeron al suelo de mármol antes de que el chorro se cortara.
El hombre salió del baño con una toalla enrollada en la cintura. Un vapor tenue aún flotaba en el aire, pero el calor dentro de su cuerpo no había desaparecido por completo. Le palpitaba la cabeza: los restos del veneno que la noche anterior había destruido su consciencia. Se secó el cabello con brusquedad. Al entrar a la zona principal de la habitación, se detuvo en seco. La cama vacía, las sábanas revueltas, y ninguna persona a la vista. La mandíbula se le endureció. Caminó lentamente por la habitación. Su mirada cayó al suelo: su billetera estaba tirada ahí. La recogió y la abrió rápido. El dinero había desaparecido. El hombre resopló; la mirada se le oscureció. —Vino solo por el dinero... —murmuró con frialdad. Sus ojos recorrieron la habitación una vez más. La camisa que había llevado la noche anterior también había desaparecido. Alguien tocó la puerta. —Adelante —ordenó con firmeza. Un hombre de traje negro entró e hizo una reverencia respetuosa. —Señor Alex, aquí tiene su ropa de cambio. El nombre quedó suspendido en el aire con todo su peso. El hombre era Alex Roman Vasillo. Alex tomó la ropa sin prestarle demasiada atención, luego se vistió con movimientos pausados, demasiado tranquilos para alguien que acababa de descubrir una grave intrusión en su espacio. Una vez listo, se abotonó la camisa. Solo entonces miró a su guardaespaldas. —Encuentra a la mujer que anoche entró a mi habitación. — El tono de su voz era grave, lo suficientemente peligroso—. Búscala donde sea que esté. —Alex se acercó un paso—. Ella destruyó todo lo que yo había protegido hasta ahora. El guardaespaldas inclinó aún más la cabeza. Comprendía que se trataba de algo mucho más grande que un simple robo de dinero. Su señor no era un hombre que se dejara tocar por cualquier mujer. A diferencia del viejo Patriarca Vasillo, conocido en el pasado por su vida licenciosa, Alex había crecido de manera distinta. Guardaba distancia, mantenía el control. Incluso en el mundo oscuro en el que se movía, jamás mezclaba los asuntos personales con la debilidad. Estaba acostumbrado a la soledad, porque para él, ensuciarse las manos con el trabajo ya era suficiente. No quería llevar el caos al territorio que consideraba suyo. Pero ahora alguien había penetrado en su espacio más íntimo. El guardaespaldas también sabía que el regreso de Alex a Alemania no era casual. Durante años se había aislado en Egipto, construyendo su propia red, alejándose del centro de la familia. Volvió al enterarse de que el Patriarca Vasillo había caído enfermo, atacado por un viejo enemigo. Su regreso no era por nostalgia, sino por guerra y venganza. Alex miró por la ventana de la suite hacia el cielo de Berlín, que empezaba a palidecer. —Encuéntrala antes de que se ponga el sol —dijo con frialdad. Porque para un Vasillo, nadie podía entrar en su territorio sin consecuencias. *** Mientras tanto, el avión comenzó a rodar lentamente por la pista. Tania estaba sentada junto a la ventanilla, las manos entrelazadas sobre el regazo. Su respiración aún no se había estabilizado del todo, pero por primera vez desde la noche anterior, sentía que al fin estaba a salvo. Las luces de la cabina se atenuaron; el rugido de los motores creció. Berlín se encogía tras el cristal. Cuando las ruedas se despegaron del suelo, el pecho de Tania se sintió más ligero. Las lágrimas volvieron a asomarse, pero esta vez no eran de miedo. No eran de dolor. Sino de un alivio tan profundo que casi dolía. Miró por la ventanilla. La ciudad desaparecía poco a poco tras las nubes blancas. Los edificios altos, el hotel de lujo, la casa grande de su tío: todo quedaba allá abajo. —Soy libre... —susurró. No sabía cómo sería su vida de ahora en adelante. No sabía por dónde empezar. Pero al menos había elegido vivir. Tania apoyó la cabeza en el asiento. El cuerpo aún le dolía, la herida en su corazón no había sanado. Las imágenes de la noche anterior todavía intentaban colarse en sus pensamientos. *** Ya era mediodía. El ambiente en Berlín se sentía frío a pesar del sol brillante. Dentro de la suite del hotel, la atmósfera era aún más gélida. Alex Roman Vasillo estaba de pie frente al gran ventanal, contemplando la ciudad con una mirada sombría. El traje negro recién puesto se veía impecable y costoso, pero el aura que lo rodeaba era mucho más cortante que la tela más fina. Un golpe suave sonó en la puerta. —¡Adelante! Mario, su asistente personal y mano derecha de mayor confianza, entró con paso cauteloso. —Señor Alex —dijo con respeto—. Ya revisamos todas las grabaciones de las cámaras de seguridad del hotel. Alex no se volvió. —il? Mario tragó saliva. —El rostro de la mujer no se distingue con claridad. El cabello le cubría casi toda la cara. Sin embargo, por sus movimientos... parece que estaba bajo los efectos de alguna droga. La habitación se sumió en un silencio aún más denso. Mario continuó: —Lo más probable es que a ella también la hayan sedado. Sus movimientos eran inestables. Parece que entró a su habitación sin ser consciente de lo que hacía. Ese pequeño secreto, lejos de apaciguarlo, hizo que la mandíbula de Alex se tensara más. —Una mujer desconocida —su voz era grave y peligrosa— que se atrevió a entrar a mi habitación. Para cualquier otro hombre, aquello habría sido un simple error. Para Alex, era una transgresión. Su territorio jamás debía ser tocado. Su vida era demasiado peligrosa para permitir que un extraño entrara sin permiso. Su mirada oscura finalmente se posó en Mario. —¿Dónde están los guardaespaldas que vigilaban anoche? —Ya los tenemos retenidos para interrogatorio, señor. —Negligencia. —Alex resopló con frialdad—. Castígalos. Mario entendió de inmediato. En la organización Vasillo no había espacio para la tolerancia. El más mínimo error podía significar traición. —Sí, señor. Pero antes de que Mario se diera la vuelta, la voz de Alex volvió a sonar, esta vez más afilada que antes. —Y si esa mujer viene a reclamar responsabilidades... Mario se quedó inmóvil. —Mátenla. —La orden fue pronunciada sin emoción alguna. Sin titubeo, sin compasión. Mario conocía muy bien a su señor. Alex Roman Vasillo nunca lanzaba amenazas vacías. Mario solo asintió. —Entendido, señor. Cuando la puerta volvió a cerrarse, Alex se quedó solo. Pero por primera vez en su vida, algo perturbaba sus pensamientos. No era por el dinero desaparecido, ni por la habitación violada. Sino por un par de ojos difusos: ojos que ni siquiera había visto con claridad, pero que por alguna razón permanecían en sus recuerdos como una sombra. Cerró el puño. —Más te vale que no te encuentre —murmuró, más que una advertencia: una promesa extremadamente peligrosa.Aquella mañana, la habitación del señor Rocchi estaba llena de un silencio pesado, como si sus paredes guardaran demasiados recuerdos sin resolver. Estaba sentado en su viejo sillón de madera, con el cuerpo ligeramente encorvado, mientras en sus manos sostenía una fotografía envejecida cuyo color había ido palideciendo con el paso del tiempo. Su mirada se quedó fija largo rato en aquella imagen: un retrato de décadas atrás, cuando todo parecía aún sencillo.Allí estaba él, de pie junto al señor Vasillo, los dos con una gran sonrisa, como si el mundo nunca los hubiera herido. Sin embargo, ahora esa sonrisa se sentía como una ironía.Sus dedos se apretaron sobre la fotografía; su mandíbula se tensó y se escuchó su respiración pesada.—Nunca debería haber llegado a esto —murmuró en voz muy baja, casi inaudible. Pero los recuerdos del pasado irrumpieron enseguida: el rostro de su hijo, de su nuera, una pérdida que nunca había sanado del todo.—Puede que tú también hayas perdido algo... —c
El auto se detuvo suavemente frente a un lujoso edificio que se elevaba hacia las alturas. Las puertas automáticas se abrieron, y varios guardias que ya estaban de guardia desde antes se pusieron de pie de inmediato, inclinando la cabeza con todo respeto.—Buenas noches, señor.Alex bajó primero, luego se volvió levemente.—Tania, baja. —Su tono seguía tranquilo, pero sin dejar espacio para rechazarlo.Tania abrió la puerta y bajó junto con Renzi y Renzo. Los dos niños miraron a su alrededor con curiosidad; el lujo del lugar era demasiado llamativo para ignorarlo, y era la segunda vez que iban allí.En cuanto entraron al penthouse, una atmósfera cálida pero elegante los recibió. Las lámparas de cristal reflejaban una suave luz, mientras que el suelo de mármol brillaba bajo sus pies.Una empleada de mediana edad se acercó enseguida. Su porte era elegante; su rostro, amable pero lleno de respeto.—Bienvenido, señor —dijo inclinándose ligeramente.Alex solo asintió brevemente.-Llévalos
El auto salió del departamento a alta velocidad. El ambiente dentro era silencioso, pero lleno de una tensión que todavía no se disipaba. Renzi estaba sentada abrazando a Tania con fuerza; su rostro aún estaba hinchado de tanto llorar.Mientras tanto, Renzo estaba sentado al otro lado, callado, pero con una mirada aguda y cargada de pensamientos.Alex estaba sentado adelante, con la mandíbula tensa. De vez en cuando miraba por el espejo retrovisor, asegurándose de cómo estaban los de atrás, pero su mente claramente no estaba tranquila.Pasaron varios minutos sin ningún sonido. Hasta que al fin:—No volvemos a esa casa. —La voz de Alex rompió el silencio.Tania se volvió de inmediato. —¿Qué quieres decir?—Vienen conmigo —continuó Alex con firmeza—. Al penthouse. A partir de ahora viven allá. —Su tono no era una petición, era una orden.Tania frunció el ceño. —No.Alex se volvió de inmediato; su mirada se agudizó. —¿Cómo?—Dije que no —repitió Tania con más claridad—. Abuelo debe estar
La risa de Diego seguía resonando en el interior de la habitación, rebotando en las paredes del departamento que ahora estaba lleno de hombres armados. La atmósfera, que ya era tensa, se volvió aún más inquietante, como si hubiera algo que todavía no estaba del todo resuelto.Y fue en ese momento cuando el teléfono de Diego sonó. Ese sonido se oyó con toda claridad en medio del silencio.Uno de los hombres de Alex que sostenía el teléfono se volvió de inmediato. Pero antes de que pudiera decir nada, Tania ya se había movido rápido y había tomado el teléfono.—Dámelo —dijo con firmeza.Tania no pensó mucho. Lo contestó de inmediato y activó el altavoz.(Hola...) Se escuchó la voz grave de un hombre del otro lado.(Diego,) lo llamó aquella voz, firme pero algo apresurada.(¿Dónde estás ahora?)Tania se quedó paralizada al instante; se le cortó la respiración.[¿Qué hay de los niños?) continuó. [Están contigo, ¿verdad?)La habitación se quedó de repente en silencio; todos se miraron. Tan
Mientras todos estaban distraidos, la pantalla de la laptop seguía avanzando, y Renzo se movió de golpe.—¡Basta!Renzo apartó la mano de Diego con fuerza. El movimiento fue tan rápido que Diego se tambaleó hacia atrás, perdiendo el equilibrio.—¡Tú! —Diego todavía no había podido reaccionar.Renzo corrió de inmediato hacia Renzi.—¡Hermano! —Renzi entró en pánico.—¡Detente! —ordenó Renzo. Su mano golpeó el teclado y presionó con firmeza un botón de cancelar, y la pantalla parpadeó de inmediato para indicar que el proceso se había detenido.—¡Aaarg! —Diego gritó lleno de rabia. Su rostro se volvió salvaje.—¿Se atrevieron a frustrarlo?!Sin pensarlo, lanzó el cuchillo que tenía en la mano directamente hacia Renzo y Renzi.—¡Muéranse los dos!Pero en ese mismo instante, Alex se movió rápido y con reflejos el teléfono que tenía en la mano fue lanzado con precisión. El cuchillo salió despedido en el aire y cayó al suelo, a apenas unos centímetros del cuerpo de Renzo.Renzi soltó un grit
El auto de Mario se detuvo de golpe frente a la vieja bodega.Un leve polvillo se levantó cuando las puertas se abrieron con rapidez. Varios hombres bajaron de inmediato y se desplegaron, revisando cada rincón con agilidad.—¡Revisen todo! —ordenó Mario con firmeza.Pasos apresurados llenaron esa zona silenciosa. La puerta de la bodega fue empujada hacia adentro.Pasaron algunos segundos de tensión antes de que uno de los hombres gritara: —¡No hay nadie aquí!Mario entró más a fondo, con los ojos barriendo la habitación.Las cuerdas de las ataduras seguían tiradas en el suelo.Restos de comida en la mesa. Un aire sofocante que aún guardaba el rastro de la presencia de alguien.Mario apretó el puño.—Maldición... —murmuró en voz baja.Agarró el teléfono de inmediato y marcó un número.En otro auto que avanzaba rápido, el teléfono de Alex sonó.Lo contestó de inmediato.—¿Sí?[Señor...] la voz de Mario sonaba tensa. (Ya llegamos.)—¿Dónde están ellos? —preguntó Alex sin rodeos.Un breve







