LOGINThalia fue vendida por su padre a Praxis Stratos para saldar la deuda de su hermano. Ella se entregó al griego no solo por obligación, sino porque en el fondo le gustaba, pero después de una noche de pasión él la echó a la calle y ella se marchó para no volver jamás. Praxis tenía un plan de venganza muy bien trazado, pero en cuanto conoció a Thalia se le derrumbó todo. Por eso tuvo que rechazarla. Sin embargo, cuando la encontró cinco años después con dos niños de la misma edad, el mundo se le puso de cabeza. Praxis no tuvo dudas, esos niños eran sus hijos y por tenerlos a su lado era capaz de lo que fuera. Incluso de convertir a su peor enemiga en su esposa.
View MoreEpílogo. Con el mar en la sangre un Legado vivirá.El viento del Egeo seguía oliendo igual: salado, libre, eterno.Pasaron los años, y sin embargo, en la costa de Vouliagmeni, el tiempo parecía haberse detenido.El mar seguía golpeando las rocas como el primer día.El mismo mar que los separó, que los enfrentó, que los unió.— — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — Helios Konstantinos corría por el jardín de la mansión, con el cabello oscuro y los ojos de su madre.Llevaba un pequeño velero de madera en las manos, regalo de su padre.Lo colocó sobre una fuente de piedra y lo observó flotar, riendo, mientras el sol de media tarde lo bañaba en luz.—Papá dice que el mar siempre devuelve lo que ama —le dijo a su abuela, que lo observaba desde la terraza.Ariadna, sentada bajo una sombrilla blanca, sonrió con ternura.El cabello le caía suelto sobre los hombros, y en s
Capítulo setenta y seis. Bajo el cielo de Santorini.El sol caía lento sobre los acantilados blancos de Santorini, tiñendo el mar Egeo de un azul tan profundo que parecía no tener fin.El viento olía a sal, a jazmín y a nuevos comienzos.Ariadna caminaba descalza por la terraza de la villa donde habían decidido pasar unos días después de la tormenta. El bebé dormía en el interior, protegido del viento, mientras ella observaba el horizonte con esa serenidad que Andreas adoraba en silencio.Él la miraba desde la distancia, apoyado en el marco de la puerta.Era una imagen que habría querido capturar para siempre: la mujer que había desafiado a su destino y lo había cambiado todo.—¿Sabes? —dijo ella sin volverse—. A veces me pregunto si realmente nos ganamos toda esta paz.Andreas se acercó despacio, rodeándola por detrás con los brazos. —No la ganamos —susurró junto a su oído—. La construimos. Con sangre, con lágrimas… y con amor.Ariadna sonrió, apoyando la cabeza en su pecho. —Entonce
Capítulo setenta y cinco. Un nuevo comienzo.El amanecer en Mykonos es un suspiro dorado que se posa sobre el mar, calmo y engañosamente sereno. Andreas observa el horizonte con el ceño fruncido, apoyado contra la barandilla del balcón. No ha dormido. Su mente lleva toda la noche repasando nombres, rostros, traiciones.Helena Dukas.Su nombre suena como una herida vieja que vuelve a abrirse.Ariadna lo observa desde la cama, envuelta en la sábana. Su rostro tiene un brillo distinto, más maduro, más fuerte. La maternidad le ha dado una calma que Andreas envidia en silencio.—Estás pensando demasiado —dice ella con voz suave.Él gira apenas la cabeza. —No puedo evitarlo. Si Helena realmente está detrás de todo, entonces todo lo que hicimos para limpiar el nombre de la familia… no sirvió de nada.Ariadna se incorpora y se acerca a él. Le rodea la cintura con los brazos desde atrás, apoyando el rostro contra su espalda. —No digas eso. Sirvió para liberarte. De Leonidas, del pasado, de l
Capítulo setenta y cuatro. No dejes que la venganza te consuma.El sol se filtra suavemente por las cortinas del dormitorio, tiñendo las sábanas de un dorado tenue. Ariadna abre los ojos despacio, percibiendo primero el sonido rítmico del mar al chocar contra las rocas y luego la respiración profunda de Andreas a su lado.Durante unos segundos, se queda observándolo en silencio. Su rostro parece más relajado cuando duerme, sin el peso de los pensamientos que lo atormentan cada día. Su mano descansa sobre su abdomen, donde crece la pequeña vida que los une más de lo que jamás imaginó.Ariadna sonríe, apenas, y le acaricia el cabello con suavidad. —Vas a ser un padre increíble… —susurra, sin esperar respuesta.Andreas se mueve apenas, entre sueños, y la atrae hacia él con naturalidad. Ella ríe en voz baja, atrapada entre su pecho y el calor de las sábanas.—Si sigues moviéndote así, no voy a poder dormir —murmura él, con la voz ronca, sin abrir los ojos.—Ya estás despierto —responde e












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