Relatos Prohibidos
Gimió y sus ojos me buscaron.
―¡Amor! ―gimoteó observándome con calor, con los ojos medio abiertos, dorados, brillantes, deseosos.
Exhalé profundo y le sonreí.
―¿Quieres que te pruebe? ―pregunté con la voz baja, tentadora, como el susurro del diablo, sabiendo que aquella situación la tenía confundida, porque lo deseaba, al mismo tiempo, su recato no le permitía decirme donde concentrar la estimulación de mi boca.